Selecciona acá para volver al inicio

El Sacrilegio

EL SACRILEGIO

El triunfo obtenido por Santana en la acción del 19 de marzo demostró que Haití no era invencible. Aunque sus tropas eran incomparablemente más numerosas y disponían de mayores recursos, el ejército invasor carecía de cohesión moral, y el arma blanca, usada con verdadera maestría por los soldados nativos, tenía la virtud de hacer cundir el pánico en las filas haitianas. El ejemplo dado por Santana y por los oficiales que operaron en Azua bajo su mando, sirvió de lección a las fuerzas destacadas en la ciudad de Santiago: bastó que un grupo de andulleros, traídos de las sierras y adiestrados por el coronel Fernando Valerio, irrumpieran armados de machetes en las primeras columnas lanzadas contra la capital del Cibao, para que el invasor volviera la cara sin ofrecer casi resistencia en su huida vergonzosa.

Mientras la guerra se reducía a una serie de escaramuzas en las comarcas fronterizas, en donde el general Duvergé realizaba cada día, con un puñado de héroes, verdaderas hazañas, en la capital de la República asomaba su faz la intriga palaciega. La Junta Central Gubernativa se había dividido en dos bandos: el de los que pensaban, como los fundadores de «La Trinitaria», que el Estado naciente disponía de todos los elementos de defensa necesarios para subsistir sin ayuda extraña frente a cualquier nuevo intento de invasión de sus vecinos, y el de los que, por el contrario, creían, como Buenaventura Báez y Manuel Joaquín del Monte, que sin la protección de los Estados Unidos o de una potencia europea la República no tardaría en caer de nuevo en la barbarie pasada.

Duarte, deseoso de sustraerse a la pugnacidad de los dos grupos, reducida todavía a maquinaciones sin sentido patriótico, se dirigió el día 10 de mayo a la Junta Central Gubernativa para pedirle que se le sustituyera en el cargo de comandante del departamento de Santo Domingo y se le permitiera incorporarse al ejército expedicionario que debía cruzar la cordillera y encaminarse hacia San Juan de la Maguana con el fin de desalojar a los haitianos de las posiciones que aún ocupaban en la banda fronteriza. Bobadilla, árbitro a la sazón del gobierno provisional, se opuso a la aceptación del ofrecimiento hecho por el caudillo separatista, y el 15 de mayo se dio respuesta a la comunicación del apóstol pidiéndole que continuase en el «ejercicio de sus actuales funciones, donde sus servicios « se consideraban más útiles». La hostilidad contra Duarte siguió predominando en el gobierno provisorio. Pocos días después del rechazo de su solicitud, la oficialidad del Ejército de Santo Domingo pidió a la Junta que se ascendiese al Padre de la Patria al grado de General de División, alegando que el recomendado había permanecido durante largos años al servicio del país, y que a su sacrificio y a su esfuerzo debía su libertad el pueblo dominicano. Los peticionarios, entre los cuales figuraban Eusebio Puello y Juan Alejandro Acosta, terminaban subrayando que el nombre de Duarte era tan sagrado para sus compatriotas que había sido el único que se oyó pronunciar inmediatamente después del lema invocado por los defensores de la República: Dios, Patria y Libertad. La Junta contestó secamente que ya Duarte «había sido altamente recompensado por los servicios hechos a la causa de la independencia, en circunstancias en que era preciso combatir al enemigo», y que el premio a que se le juzgase acreedor se le ofrecería cuando «el gobierno definitivo fuera legítimamente instalado».

La lucha entre las dos corrientes en que la Junta Central se hallaba dividida se recrudeció en los primeros días del mes de junio, al saberse que el viejo Plan Levasseur resurgiría y que se reanudarían pronto las negociaciones para convertir la República en un protectorado. Este propósito, anunciado por el Arzobispo don Tomás de Portes e Infante en una reunión convocada al efecto por el propio don Tomás Bobadilla, alarmó a los trinitarios, y algunos de temperamento impulsivo requirieron el empleo de medios drásticos para salvar la patria de la nueva maniobra urdida por los afrancesados.

Duarte no quería autorizar, sin embargo, el uso de la violencia. Toda medida de fuerza repugnaba a sus sentimientos de magistrado, de hombre eminentemente civil, a quien un golpe de mano le parecía un ejemplo funesto que podría dar por resultado la ruina de las instituciones. Si ellos, los que habían hecho la independencia y tenían ya adquirida fama de ciudadanos probos y de repúblicos virtuosos, iniciaban en el país la era de los pronunciamientos a mano armada, la República se desviaría irreparablemente del camino de la ley y sería arrastrada al despotismo militar o a la locura reaccionaria. Pero en vista de que el movimiento antipatriótico de los enemigos de «la pura y simple» había tomado cuerpo y estaba ya a punto de malograr el principio de la independencia absoluta, el apóstol accedió a los requerimientos de Sánchez y de otros separatistas exaltados en favor de una decisión impuesta por medio de la fuerza.

El 9 de junio se apoderaron Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Mella de la Junta Central Gubernativa y expulsaron de ella a quienes carecían de fe en la patria y en su estabilidad futura. Sánchez asumió la presidencia del organismo así herido de muerte y privado ya de toda autoridad moral. Duarte prefirió mantenerse alejado de todo cargo de honor, y después de haber reasumido la jefatura del departamento sur, en su condición de general de brigada, salió el 20 de junio hacia el Cibao, investido por la nueva Junta con la misión de poner en aquella zona su prestigio al servicio de la libertad sin merma del territorio y sin pactos públicos o secretos con ninguna potencia extranjera.

En la carta que le dirigió el 18 de junio de 1844, la Junta Central Gubernativa, a la sazón presidida por Francisco del Rosario Sánchez, confiaba al apóstol separatista el encargo de «intervenir en las discordias intestinas y restablecer la paz y el orden necesarios para la prosperidad pública». Independientemente de esa misión política, Duarte debía, según las instrucciones de la Junta, «proceder a la elección o restablecer los cuerpos municipales», de acuerdo con la promesa hecha a los pueblos de la parte española de la isla en el manifiesto del 16 de enero.

Los pueblos del Cibao recibieron al enviado de la Junta con palmas y banderas. El 25 de junio llegó con los oficiales de su Estado Mayor a la ciudad de La Vega, en donde fue vitoreado por una muchedumbre entusiasta encabezada por el presbítero José Eugenio Espinosa. Era la primera vez que Duarte visitaba las comarcas del valle de La Vega Real, y este viaje, hecho a lomo de caballo y con la lentitud que exigía entonces el desastroso estado de los caminos, fue para él un nuevo motivo de fe en el futuro de la República recién creada. La magnificencia de la naturaleza en aquellas regiones, las más fértiles del país, y la abundancia de las corrientes de agua que se desprenden de la Cordillera Central para vestir de un verde lujoso aquellos prados, le permitieron entrever lo que este emporio aún baldío significaría en un porvenir acaso no distante.

Las fuentes de producción estaban allí totalmente abandonadas. Pero era evidentemente la escasez de población y la falta de caminos para sacar los productos a los centros de consumo, lo que hacia que toda aquella riqueza permaneciera inactiva. El día, sin embargo, en que el país gozara de una paz estable, y se abrieran vías de comunicación para sacar de su aislamiento a las zonas productoras, la República no sólo se transformaría en una tierra próspera, capaz de alimentar con largueza a sus hijos y de ofrecer seguro albergue a millares de ciudadanos de otras partes del mundo, sino que su mismo desarrollo material le daría el poder económico y militar necesario para garantizar su propio destino y hacer sagrada y respetable para todos su propia independencia.

Mientras la naturaleza del Cibao excitaba el patriotismo de Duarte y servia de estímulo a su imaginación vivísima, las multitudes salían a su encuentro para aclamar en él al Padre de la Patria. Santiago, teatro de la hazaña del 30 de marzo, lo recibió el 30 de junio con manifestaciones jubilosas. Los regimientos que se cubrieron de gloria bajo las órdenes de Imbert y de Fernando Valerio, desfilaron ante el eminente ciudadano, que sonrió aquel día, desde la cumbre de su modestia ejemplar, al recibir con irreprimible emoción el homenaje de las armas libertadoras.

Cuatro días después de la llegada del apóstol a la ciudad de Santiago, el 4 de julio de 1844, los ciudadanos más notables de la capital del Cibao visitaron a Duarte para comunicarle que el pueblo y el ejército se habían pronunciado algunas horas antes en su favor y deseaban investirlo con los poderes de presidente de la República, para que a ese titulo asumiera la defensa del país contra cualquier intento de supeditar su independencia a una nación extranjera. El acta que se puso en manos del caudillo separatista le encarecía la convocación de una asamblea constituyente que votase la Ley Orgánica por la cual debía regirse el Estado, y señalaba al gran repúblico como el ciudadano más digno de realizar esa misión, por ser él la personificación del patriotismo y el símbolo más alto de la libertad dominicana. Duarte leyó con sorpresa el acta que acababa de serle entregada y quiso corresponder a ese testimonio de adhesión popular inclinándose ante la voluntad allí expresada por la mayoría de sus conciudadanos. Pero su conciencia, llena de pudor cívico, se sintió acto seguido alarmada por aquel pronunciamiento inesperado. Su sacrificio hubiera sido estéril si la independencia alcanzada se utilizase para erigir el motín en fuente creadora de las nuevas instituciones. La República no tardaría en hundirse si la primera Constitución nacía manchada por la violencia. Si había en el país alguien capaz de levantar la bandera de la discordia, y de asumir una presidencia surgida del seno de una insurrección triunfante, sobre la frente de ese ambicioso debía caer la maldición de la historia y la repulsa de la conciencia nacional ofendida. -

Con palabras corteses, pero enérgicas, el Padre de la Patria rechazó la presidencia que acababa de serle ofrecida: «Yo no aceptaría ese honor sino en el caso de que se celebraran elecciones libres y que la mayoría de mis compatriotas, sin presión de ninguna índole, me eligiera para tan alto cargo.» Los notables de Santiago salieron de aquella entrevista confundidos por la probidad sin nombre de aquel patriota que nada aspiraba para sí y que se contentaba con servir de ejemplo altísimo a sus conciudadanos. Algunos se sintieron defraudados por esa honestidad que les parecía exagerada. Duarte era indudablemente un santo, y la política no estaba hecha para hombres tan puros. Acaso seria necesario inclinarse, como pensaban ya muchos ciudadanos eminentes de la capital de la República y de las comarcas del Este, ante el astro militar que ya se barruntaba en el horizonte y cuyos primeros resplandores podían señalarse como signo infalible de su trayectoria poderosa El día 8 de julio salió Duarte con rumbo a Puerto Plata. Cuando llegó, acompañado de su Estado Mayor, a aquella villa hermosísima, tendida al pie de una montaña eternamente cubierta de nubes plateadas, vio repetirse las mismas escenas de entusiasmo popular que había ya presenciado en todo su trayecto por las poblaciones del Cibao. Todos los habitantes de la ciudad embanderaron aquel día sus hogares y aclamaron con fervor a su paso por las calles al joven general de brigada. Los notables se reunieron pocas horas después en la sala del Ayuntamiento y rogaron al apóstol en nombre de la ciudadanía y del ejército del Norte, que aceptara la presidencia que se le había ya ofrecido en la ciudad de Santiago. Duarte los contempló como un padre que se dispone a sentar sobre sus rodillas a sus hijos para dirigirles con gravedad la palabra:

«Me habéis dado -les respondió— una prueba inequívoca de vuestro amor, y mi corazón reconocido debe dárosla de gratitud. Ella es ardiente como los votos que formulo por vuestra felicidad. Sed felices, hijos de Puerto Plata, y mi corazón estará satisfecho, aun exonerado del mando que queréis que obtenga; pero sed justos lo primero, si queréis ser felices, pues ése es el primer deber del hombre; y sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia, y venceréis a vuestros enemigos, y la patria será libre y salva, y vuestros votos serán cumplidos y yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro: la de veros libres, felices, independientes y tranquilos.»

El 12 de julio, al siguiente día del pronunciamiento de Puerto Plata en favor de la presidencia de Duarte, entró Santana a la cabeza de sus tropas en la capital de la República. El motín del 9 de junio y la expulsión, por medio de una maniobra audaz, de los miembros de la Junta Central Gubernativa que se habían significado por sus sentimientos de adhesión a Santana, puso en guardia al héroe del 19 de marzo, que sólo esperaba un pretexto para asumir el poder y organizar sobre su cabeza el Estado. El ejército, compuesto en su mayoría de seibanos que se habían llenado de gloria en los campos de Azua, aclamó a Pedro Santana jefe supremo de la República y en nombre de sus armas victoriosas lo invistió de facultades dictatoriales. Muchos ciudadanos de relieve, aun entre aquellos que sentían veneración por Duarte y a quienes más había conmovido su sacrificio, acudieron a besar la mano de Santana, quien desde aquel día quedó consagrado en el país como el hombre de garra política más firme y de mayores prestigios caudillescos.

Pero el Cibao respondió con aprestos revolucionarios al desafío de Santana. La guerra civil parecía inminente. En Santiago se reunió una asamblea de generales y hubo opiniones favorables a un rompimiento inmediato. Ramón Mella, principal instigador del movimiento en favor del Padre de la Patria, se dio a última hora cuenta del desastre a que su maniobra podía conducir al país, y aconsejó prudencia. Capitán brioso e impaciente, pero compenetrado con el pensamiento de Duarte, a quien profesaba admiración entrañable, el héroe de la Puerta del Conde se asoció de buen grado a la iniciativa del presbítero Manuel González Regalado Muñoz, que propuso el envío a Santo Domingo de una comisión encargada de gestionar una solución pacífica. La base del acuerdo consistiría en la celebración de unas elecciones libres en las cuales Duarte y Pedro Santana figurarían como candidatos para la presidencia y la vicepresidencia de la República. El veredicto de las urnas debía ser aceptado de antemano con carácter irrevocable. La voz de la conciliación halló acogida en los ánimos exaltados, y al día siguiente partió hacia la capital de la República, asiento del gobierno cuartelario constituido por Santana, una comisión presidida por el propio Ramón Mella, y compuesta, entre otros hombres de armas, por el general José Maria Imbert, el más modesto y al propio tiempo el más brillante, si se exceptúa a Duvergé, de los militares improvisados que se opusieron victoriosamente en aquel periodo a las acometidas de las hordas haitianas.

Santana, instruido por Domingo de la Rocha y José Ramón Delorve de todos los movimientos que ocurrían en la zona del Cibao, esperaba aparentemente tranquilo la llegada de los comisionados. Tan pronto Mella, quien aún desconocía de cuánto era capaz aquella voluntad indomable y excesivamente celosa, traspuso los límites del Cibao y entró en lugar donde podía atraparlo sin peligro la garra del dictador, fue reducido a prisión y vejado por orden de Santana. El déspota consideraba con razón a Mella como el promotor de la corriente de opinión que tendía a premiar el sacrificio de Duarte con la primera presidencia del Estado constituido gracias a su patriotismo y a su esfuerzo, y contra él reservó la mayor parte de su saña. El héroe que anunció el nacimiento de la República en la madrugada del 27 de febrero, fue ultrajado en plena vía pública y se le arrancaron las presillas sin respeto a su gloria militar, ya consagrada con la proeza del Baluarte del Conde. Sánchez fue destituido de la presidencia de la Junta Central Gubernativa y con Juan Isidro Pérez y otros próceres adictos al Padre de la Patria fue internado en la Torre del Homenaje.

Duarte, ajeno a lo que ocurría maduraba sus planes de patriota en la ciudad de Puerto Plata. Aquí fue sorprendido por los conmilitones de Santana, que lo redujeron a prisión sin que fuera suficiente a escudarlo contra esa arbitrariedad ni la grandeza de su obra ni la inocencia con que había intervenido en los sucesos recién pasados. El prócer no opuso ninguna resistencia a esta felonía y el pueblo presenció con indignación el hecho. Cuando Duarte fue sacado de la fortaleza «San Felipe» para ser conducido bajo escolta a la goleta «Separación Dominicana», la ciudadanía de Puerto Plata se agrupó silenciosa en el trayecto y vio pasar a los soldados de la escolta con el estupor de quien asiste a un sacrilegio.

La Partida | La Niñez | El Viaje | Genealogía | La Lección de España | El Caballero del Espíritu | El Patriota... | Fundación de la Trinitaria | Judas | La Filantrópica | Duarte y Hernández | Los Afrancesados | La Persecución | El Ostracismo | Muerte de Juan José Duarte | El Sacrificio | Realización del Sueño... | El Beso de la Gloria | Otra Vez con sus Discípulos | Frente a Santana | El Sacrilegio | Otra Vez el Destierro | La Renuncia | Proscripción... | Veinte Años... | Duarte y San Gervi | Otra Vez... | En Tierra Dominicana | Ministro Plenipotenciario | La Muerte del Justo | El Cristo de la Libertad | El Misticismo | Duarte y Santana

El Cristo de la Libertad


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.
Actualmente hay 70 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com
 
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons