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EN TIERRA DOMINICANA Después de más de veinte años de ausencia pisó Duarte, al fin, tierra dominicana. Le tocó, por una nueva burla del destino> desembarcar en las playas del norte del país, lejos de su pueblo nativo, donde estaban la casa de su niñez y el parque mañanero en que distrajo las horas de la Infancia. Pero para su patriotismo sin límites, para su corazón sin estrecheces, todo aquel suelo era igualmente querido. Su emoción subió de punto cuando el 26 de marzo de 1864, un día después de su llegada a Montecristi, emprendió viaje hacia Guayubin y visitó muchos de los sitios históricos desde donde fueron repelidas las invasiones haitianas. Estas tierras, sacudidas ahora por el torrente de las armas restauradoras, habían servido pocos días antes de escenario a la fuga del brigadier Buceta. Las ruinas humeantes de algunas poblaciones denunciaban aún el paso del ejército peninsular en retirada. Duarte venía enfermo y el viaje por aquellas llanuras secas había debilitado su organismo, que a los cincuenta años parecía el de un sexagenario; pero la vista de aquel espectáculo, poderosamente sugerente para el alma del viejo libertador, reanimaba su espíritu y dotaba su cuerpo enflaquecido de energías insospechadas. Fue así como el mismo día de su partida pudo llegar a uña de caballo, bajo el frío de la medianoche a la villa de Guayubín, cuna de la revolución en marcha. En compañía del general Benito Monción, quien no había querido renunciar al honor de hacer escolta al Padre de la Patria en las primeras jornadas de su viaje, visitó el 27 de marzo al general Ramón Mella, reducido al lecho y casi a punto de expirar en tierra ya por fortuna libre del dominio extranjero. El estado en que encuentra al héroe del Baluarte del Conde, uno de los supervivientes de la guerra de la independencia, abate a Duarte hasta el extremo de obligarlo también a guardar cama por espacio de varios días. Es ésta la primera impresión dolorosa que recibe desde su arribo a tierra dominicana. El 2 de abril, todavía débil y consumido por la fiebre, sale de Guayubín con rumbo a la ciudad de Santiago, asiento del gobierno provisional, y tres días después se presenta ante las autoridades revolucionarias en compañía del comandante Oquendo y de los próceres que han compartido su odisea desde territorio venezolano. El repúblico Ulises Espaillat, quien a la sazón reemplazaba a Ramón Mella en la vicepresidencia del gobierno provisorio, fue el encargado de recibir al Padre de la Patria. Entre ambos se cruzaron palabras llenas de efusión patriótica. Duarte reiteró al representante del Gobierno Provisional los términos de la carta que el 28 de marzo envió desde Guayubín a los directores de la revolución, en la cual expresaba que su regreso al país, después de haber «arrostrado durante veinte años la vida nómada del proscrito», obedecía al propósito de correr «todos los azares y vicisitudes que Dios tuviese aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana». Espaillat le repitió a su vez los conceptos ya emitidos en la comunicación del primero de abril, donde sintetizaba así los sentimientos del gobierno provisional hacia el recién llegado: «El gobierno provisorio de la República ve hoy con indecible júbilo la vuelta de usted al seno de la Patria.» El apóstol dio cuenta a continuación de las gestiones realizadas en Caracas para obtener el apoyo del gobierno del general Falcón al movimiento iniciado en Capotillo. Mostró los documentos justificativos de la inversión de la suma de mil pesos recibida de manos del vicepresidente Guzmán Blanco, y sugirió que se designase al señor Melitón Valverde como agente diplomático del gobierno de la Restauración cerca de las autoridades venezolanas. Las referencias hechas por Duarte a sus contactos con Falcón y sus informes sobre la buena disposición en que se hallaban las autoridades de aquel país con respecto ala causa dominicana, hicieron pensar al Gobierno provisorio en la conveniencia de utilizar los servicios del prócer en una misión diplomática confidencial ante los gobiernos de varios países sudamericanos. Nueve días después de su primera entrevista con Espaillat, Duarte recibe una carta en que se le participa que el gobierno presidido por el general Salcedo ha resuelto confiarle una misión secreta ante el gobierno de Caracas, y en que se le; anuncia que se le proveerá rápidamente de las credenciales de rigor y de los pliegos de instrucciones que se consideren necesarios. El Padre de la Patria, sin embargo, tiene ya la salud irremediablemente gastada. Las fatigas del viaje y las emociones recibidas desde su arribo al país, han recrudecido los males que contrajo en las selvas de Venezuela. Si emprende una nueva travesía en tales condiciones, tendrá que exponerse a «gastar en medicinas y facultativos los fondos que se pusieran a su disposición para el viático». En carta dirigida el 15 de abril al señor Alfredo Deejen, encargado interinamente de la cartera de Relaciones Exteriores, se declara, pues, incapacitado física-mente para cumplir su cometido en forma satisfactoria, pero ofrece poner a disposición de la persona que en su lugar se designe, todos los informes y recomendaciones susceptibles de facilitar su labor en territorio venezolano. Aparte del motivo que invoca en esa carta, su «falta de salud», lo que late en el fondo de sus palabras es el deseo de continuar por algún tiempo más en la tierra nativa. Hace apenas veinte días que pisó tierra dominicana, gracias a que «el Señor allanó sus caminos»; y ya se le quiere lanzar de nuevo, con el pretexto de que sus servicios podrían ‘ser más útiles fuera del país que en el teatro donde éste está labrando su segunda independencia, a las playas siempre áridas del extrañamiento forzado. Más le valdría caer, como el más oscuro de los soldados, en los campos donde se está rehaciendo la patria. Allí al menos le sería dable doblar la frente sobre la tierra amada, y descansar acaso en la huesa común bajo la sombra del pabellón cruzado. Pero el calvario de Duarte no había aún concluido. Dos días después de haber escrito aquella carta llega a sus manos un ejemplar del «Diario de la Marina», periódico que sirve desde La Habana los intereses de la monarquía española. En esta edición del viejo diario cubano aparece un artículo en que se habla de supuestas divergencias entre el Padre de la Patria y los jefes del gobierno provisorio. La nueva infamia, inteligentemente urdida por las autoridades peninsulares, temerosas del ascendiente moral de Duarte sobre las conciencias dominicanas, no obedecía únicamente al interés explicable de los agentes de la monarquía de introducir la discordia en las filas restauradoras. Mucho había de tendencioso en el artículo del «Diario de la Marina», pero también iba envuelto en el pasquín fabricado en Santo Domingo, si bien difundido desde un periódico de La Habana, algo que ya se respiraba en los pasillos del gobierno provisional encabezado por Salcedo. Los jefes de la Restauración, hombres salidos de las entrañas del pueblo y forjados en un teatro guerrero incomparablemente más heroico que el de la lucha contra Haití, no podían ver con buenos ojos la presencia entre ellos de un hombre en quien se personificaban los ideales civiles de la República y en cuya fisonomía moral aparecían tan enérgicamente simbolizadas las instituciones. Este prócer, a quien se creyó muerto y sobre cuya cabeza había gravitado durante veinte años la losa del olvido, no sería probablemente un rival en la hora del triunfo, porque todos sus antecedentes lo pintaban como un hombre de vocación civil que carecía de ambiciones. Pero los caudillos que, como el presidente Salcedo y sus compañeros de armas, han salido del seno de la guerra y sienten sobre sí la influencia avasalladora de esa potestad sanguinaria, son siempre esquivos y se conducen aún en sus relaciones recíprocas, con reservas y suspicacias. Los pueblos son versátiles y nadie sabe si el día en que sea una realidad la victoria conseguida merced a quienes la han hecho posible con su espada, y no a quienes sólo la han anunciado con su voz ardiente y profética, las multitudes vayan en busca de algún santón civil para confiarle la dirección de la República o se desvíen atemorizadas del señorío militar para echarse en brazos de otro señorío menos temible o menos arbitrario. En el fondo de todas las luchas patrióticas, en el ambiente subterráneo de todas las revoluciones, suele haber un sentimiento democrático que sale a flote en el momento oportuno. Cuando se consumó la independencia de 1844, los promotores de ese ideal político, decididamente adversos al predominio de la soldadesca, recurrieron a Duarte en una tentativa para hacer prevalecer el sentido humano y civilista que en un principio tuvo la causa nacional sobre el sentido bárbaro y ferozmente caudillesco en que degeneró con Santana. El Padre de la Patria penetró el sentido de la especie difundida por la prensa de la monarquía española. El libelo llenó su alma de amargura, y despertó en él el recuerdo de los sucesos del 44, cuando su nombre fue escogido para, cerrar el paso a una dictadura de tipo reaccionario y sólo sirvió para precipitar el asalto del ejército a las instituciones. Su primera intención fue rasgar aquel pasquín insidioso. Pero con ese golpe genial que tuvo para descubrir el móvil de las acciones humanas, acertó a palpar desde su lecho de enfermo las intrigas con que ya comenzaba a hostilizarle el egoísmo de ciertos jefes restauradores. Sin vacilar un minuto más, tomó una de aquellas resoluciones tremendas que fueron siempre propias de su entereza de carácter y de su conciencia abnegada: el 21 de abril, esto es, un día después de haber leído el artículo del «Diario de la Marina», dirige a Espaillat una carta en que le participa su nueva decisión de aceptar la misión diplomática que había resuelto confiarle el Gobierno provisorio. Para que no se atribuyera un fin menguado a su nueva actitud, ni pudiera ser utilizada para especulaciones perjudiciales a la causa nacional, concluye con esta afirmación categórica: «No tomo esta resolución porque tema que el falaz articulista logre el objeto de desunirnos, pues hartas pruebas de estimación y aprecio me han dado y están dando el Gobierno y cuantos jefes y oficiales he tenido la dicha de conocer, sino porque es necesario parar con tiempo los golpes que pueda dirigirnos el enemigo y neutralizar sus efectos.» Espaillat, vocero del gobierno provisional, se apresura a dirigir al Padre de la Patria, el 22 de abril, una nueva comunicación donde confirma, a vueltas de muchas reticencias y de sospechosas protestas de sinceridad, los escrúpulos de Duarte. El vicepresidente interino, como temeroso de que el apóstol pudiera arrepentirse de la decisión ya adoptada, le informa que debe disponerse a partir inmediatamente porque ya el Gobierno había mandado «redactar los poderes necesarios para que mañana quede usted enteramente despachado y pueda salir el mismo día». La Administración General de Hacienda del Gobierno provisional puso a disposición de Duarte la suma de quinientos pesos en papel moneda, unidad que a la sazón se cotizaba «al veinte por uno», y en el mes de junio siguiente, salió el apóstol, investido con el carácter de Ministro Plenipotenciario, para la República de Haití, desde donde emprendió viaje a fines de ese mismo mes con rumbo a Curazao. Durante la travesía le acompañó el presentimiento de que aquel había sido el adiós definitivo. Sus ojos no volverían a contemplar las riberas nativas y aunque la patria tornara a ser libre, para él permanecería vedado su suelo, tierra por excelencia ingrata para quien en vida le había sido fiel hasta el sacrificio y para quien ya muerto la seguiría amando desde la altura de su iluminación :visionaria.
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