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La Niñez

LA NIÑEZ

Era aquélla la primera vez que Duarte se desprendía del calor de su hogar, en donde había hasta entonces vivido como un niño mimado. Desde que nació, el 26 de enero de 1813, apuntaron en él, junto con una simpatía cautivante, presente siempre en el candor de la sonrisa y en la profundidad azulosa de las pupilas que tenían algo de k inocencia del agua, del agua que debe el color azul a su pureza, las fallas propias de una constitución delicada.

Su naturaleza enfermiza dio naturalmente lugar a que sus padres lo regalaran desde la cuna con los cuidados y atenciones de una vigilancia amorosa. La sorprendente inteligencia del niño, unida a su índole dulce y a su carácter blando, tendieron a aumentar con los años la ‘solicitud paterna. La madre, doña Manuela Diez, se encargó personalmente de dirigir sus primeros pasos y de rasgar ante sus ojos los velos del alfabeto. Con tal interés desempeñó su misión, secundada por el propio discípulo que supo responder desde el primer día a esa ternura, que ya a la edad de seis años dominaba Duarte el abecedario y repetía de memoria el catecismo, enseñanza que sembró en su alma los primeros gérmenes de una viva sensibilidad religiosa.

Pero no es sólo del corazón de los padres de donde fluye la ola de ternura que rodea a Duarte en los días felices de la infancia. Su dulzura y su docilidad naturales le conquistan también el amor de los extraños. La sirvienta que ayuda en los quehaceres domésticos a doña Manuela, una mestiza de ojos pardos y de genio locuaz, no puede esconder sus preferencias por el niño de guedejas doradas. Los vecinos acuden a su vez a prodigar sus caricias al predilecto de la casa. Una dama principal, la señora doña Vicenta de la Cueva, esposa del señor Luiz Méndez, regidor del Ilustre Ayuntamiento de Santo Domingo, lleva a Duarte a la pila del bautismo, el 24 de febrero de 1813, y desde entonces lo hace objeto de una predilección apasionada.

Una amiga íntima de doña Manuela, la señora de Montilla, cautivada por la precocidad de Duarte, se ofrece espontáneamente a guiar la educación del infante. Bajo su dirección realiza el tierno discípulo progresos extraordinarios. Ya a los siete años posee todos los conocimientos que necesita para poder ingresar en una de las escuelas públicas que aún sostiene el Ayuntamiento en la antigua capital de la colonia. El primer día que asiste a este plantel, donde la enseñanza se reduce al catecismo y a nociones científicas rudimentarias, escribe en su cuaderno toda una plana que el maestro enseña  a los demás alumnos como un modelo de limpieza y de primor caligráfico. Pocos meses después es admitido en la mejor escuela para varones que existe en la ciudad: la que dirige don Manuel Aybar, persona que tiene reputación de instruida y a quien confían la educación de sus hijos las familias principales. Aquí aprende, además de Gramática y Aritmética avanzadas, teneduría de libros. Desde el primer momento se destacó en las clases por su fina inteligencia y por su receptividad asombrosa. Sus condiscípulos, seducidos por su carácter dulce y por sus maneras suaves, le perdonaban de buen grado la superioridad que demostraba en todas las asignaturas y le vieron sin envidia ascender a «primer decurión», título que en las escuelas de la época se confería al alumno que por su buena conducta y por sus progresos en los estudios se hacía digno de ocupar en la clase un sitio de preferencia y de recibir en las fiestas del plantel las distinciones más señaladas.

Cuando ya estuvo en aptitud de emprender estudios superiores, vio sus esperanzas frustradas por la orden del gobierno de Boyer que cerró la Universidad y empezó a perseguir en todas sus formas la cultura. Los dominicanos más instruidos de la época, como el doctor Juan Vicente Moscoso y el presbítero don José Antonio Bonilla, trataron de acudir en ayuda del estudiante, famoso ya entre los jóvenes de entonces por sus inquietudes intelectuales y por sus aficiones literarias, y se empeñaron en suplir con sus consejos y sus libros la falta de un centro de enseñanza superior donde Duarte pudiera completar su formación científica. El presbítero Gutiérrez, para quien la aplicación y la inteligencia del discípulo de don Manuel Aybar no habían pasado inadvertidas, solía lamentarse, cuando hablaba con su colega, el presbítero Bonilla, acerca de los horrores que había desencadenado sobre el país la ocupación haitiana, de la pérdida de tantas inteligencias forzadas a languidecer en medio de una servidumbre vergonzosa. El caso de Duarte salía siempre a relucir en aquellas conversaciones teñidas de pesimismo. «Si este joven —subrayaba a menudo el presbítero Gutiérrez— hubiera nacido en Europa, ya a esta hora sería un sabio.»

Duarte se aproxima a la adolescencia rodeado por todas partes de regalos y de afectos. El terror haitiano es la única sombra que se interpone en su camino, pero su razón es todavía demasiado tierna para que aquella iniquidad logre distraerlo de las preocupaciones inocentes de su juventud estudiosa. La esclavitud sólo alcanza a hacérsele presente por la falta de estímulos con que tropieza su ansia de sabiduría.

Afortunadamente sus ‘padres disponen de recursos holgados y podrán sin ningún sacrificio, ‘cuando la ocasión se ofrezca, proporcionarle los medios necesarios para salir de esta atmósfera asfixiante. Mientras llega esa oportunidad, insistentemente reclamada por el presbítero Gutiérrez y esperada con ilusión por Juan Vicente Moscoso, Duarte se solaza en la dulce intimidad de los amores hogareños. Sus horas transcurren muellemente y una divinidad amable preside sus pensamientos y guía sus pasos como en los días aún cercanos de la niñez dichosa.

¡ Se diría, en presencia de toda la felicidad que a la sazón le sonríe, que Dios se propuso hacer al niño esos presentes de ventura como en compensación de la dureza con que el hombre sería bien pronto perseguido por el infortunio y golpeado por la vida!

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