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Joaquín Balaguer EL CRISTO DE LA LIBERTAD
VIDA DE JUAN
PABLO DUARTE LA PARTIDA Los ojos llenos de lágrimas, se divisa la silueta de una matrona alta y delgada, en quien es fácil reconocer a la madre por el tesoro de ternura que pone en el ademán con que agita la mano para despedir al que se ausenta. Y entre ambos, llenas de. inquietud pero al propio tiempo felices por las esperanzas que despierta en su corazón aquel viaje, las cuatro hermanas del adolescente de pupilas azules siguen con ansiedad la estela que va dejando la nave sobre el río de mansas ondas rizadas. El joven que se ausenta en aquella mañana de primavera, a bordo de una
endeble Su porte, tal como se descubre bajo la oscura casaca que desciende
'irreprochablemente de los hombros, es de una distinción que sorprende en
aquel joven cuyo semblante varonil contiene algunos rasgos femeninos que
comunican al conjunto de su figura un aire de persona enfermiza y delicada.
Hasta la frente alta y tersa descienden, en efecto, algunas hebras doradas,
y las mejillas tienen una palidez de nácar que se torna más intensa merced a
la dulzura que despide su mirada candorosa. Todavía quienes le conocieron en
la plenitud de la vida, cuando ya las líneas de su rostro se habían
endurecido por los años y cuando ya el dolor había abierto en su frente los
surcos que desgarran prematuramente a los grandes desengañados, hablan con
admiración de sus mejillas suaves como las rosas y de sus ojos
acariciadoramente bondadosos. Algunos detalles, sin embargo, atenúan el
narcisismo que asoma en ciertos rasgos de la figura y del semblante de este
adolescente afiebrado. El bozo, en primer término, apunta ya nerviosamente
sobre su labio, y tiende a adquirir un color oscuro que contrasta con el oro
pálido de la cabellera ensortijada; el mentón anguloso acentúa por su parte
el aire varonil, y bajo la mansedumbre de la mirada, no obstante despedirse
de ella una suavidad extraordinaria, se adivina la energía del carácter, tal
como por el brillo de la Cuando la nave abandona el río y se adentra en el mar, sereno en aquel
momento bajo la plenitud de la mañana, los ojos de Duarte se clavan en la
Torre del Homenaje, el viejo bastión erguido frente al Océano, y de súbito
su semblante de adolescente se entristece: la última visión de la patria que
contempla allá en la lejanía es la de la bandera de Haití, enseña intrusa
que flota sobre la fortaleza colonial como un símbolo de esclavitud y de
ignominia. Tal vez desde ese instante nació en su pensamiento el propósito
de volver un día a redimir a su pueblo de tamaña afrenta y a bajar de
aquella torre la enseña usurpadora.
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