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La Persecución

LA PERSECUCIÓN

Cuando Duarte regresó de su viaje al Seybo, al cabo de varias semanas, halló en la ciudad de Santo Domingo, asiento de la Junta Popular, la opinión dividida en dos bandos irreconciliables: el de los separatistas y el de los afrancesados Los dominicanos, que no creían en la posibilidad de una independencia duradera, se habían identificado plenamente cor las autoridades haitianas. Con la llegada al país de Auguste Bruat, delegado del general Charles Hérard, se recrudeció h pugna entre los dos partidos. La oposición entre los dos bandos se manifestó primeramente en el campo periodístico y tuvo en ese terreno todos los aspectos de una verdadera guerra literaria.

De un lado, los que participaban de los ideales de Duart hacían propaganda a la idea separatista en hojas anónimas que circulaban profusamente en todas las esferas sociales.

La más Popular de esas hojas políticas, «El Grillo Dominicano», re dactada por el prócer Juan Nepomuceno Tejera, difundía su reservas el principio de la separación y exhibía sobre un padrón de ignominia a los haitianizados. Los partidarios de la dominación haitiana, esto es, los que se hallaban bienquisto: con los invasores, respondían con la misma violencia a las diatribas de «El Alacrán sin Ponzoña» y de «El Grillo Dominicano». De esa polémica infecunda, en la cual se malgastaban miserablemente las energías que Duarte deseaba canalizar en una labor de más provecho, conserva la tradición estas décimas picantes:

DIATRIBA CONTRA LOS SEPARATISTAS

¿Dónde los de la cuadrilla de la loca independencia? ¿Qué dirán de Su Excelencia los restos de esa pandilla? Parece que el grillo chilla, y en su chillido impotente, da alegría al inocente y aterroriza al insano. Yo puedo gritar ufano:

¡Viva el digno presidente!

RESPUESTA DE LOS DUARTISTAS

Preguntas por la cuadrilla de la loca independencia, ¿para después en su audiencia ir a mendigar la silla? Tú sí que eres la polilla que con villano aguijón, roe la nueva facción, la que después te engrandece, porque esto siempre acontece al que no tiene opinión.

Duarte, blanco principal de las invectivas de los haitianizados, permaneció al margen de esas manifestaciones de pugnacidad rencorosa. Su labor se encaminó, durante estos días de agrias disputas políticas, a acercar a los dos bandos y a impedir que aquella guerra literaria dividiera más profundamente la opinión dominicana. Con ese fin, celebró el apóstol en la casa conocida con el nombre de «casa de los dos cañones» una conferencia con el cabecilla de más significación dentro del grupo de los partidarios de la indivisibilidad política de la isla el notable magistrado don Manuel Joaquín del Monte, consejero de Brouat y hombre de confianza de los dominadores Duarte trató de convencer a su compatriota de la conveniencía de que los dos bandos unieran sus esfuerzos en favor de la «pura y simple». Del Monte mantuvo la opinión de que la patria no podía subsistir por sí misma y de que la dominación haitiana era un mal irremediable. El jefe de los haitianizado se sintió, sin embargo, atraído por la personalidad de Duarte quien, no obstante sus pocos años, sostenía con calor y con fuerza insólita sus ideas, e hizo la promesa de guardar silencio sobre lo tratado en aquella entrevista histórica.

Manuel Joaquín del Monte era tal vez un patriota sincero Sirvió desde el primer momento a los haitianos y fue uno 4 sus colaboradores más activos. Pero probablemente su actitud obedecía, antes que a su falta de sensibilidad patriótica, a la poca fe que le inspiraba la idea de Duarte de que el país podía ya vivir a sus propias expensas y de que ningún obstáculo invencible se interpondría en sus destinos futuros.

Su oposición al plan que le esbozó el apóstol en la entrevista de la «casa de los dos cañones» se fundó exclusivamente en la creencia de que los separatistas luchaban por una utopía irrealizable. Ambos hombres representaban dos ideologías contrapuestas, y uno y otro se separaron convencidos de la legitimidad de su causa respectiva.

La entrevista entre Duarte y Manuel Joaquín del Mont sirvió para deslindar definitivamente los dos campos: en lo sucesivo, los haitianizados y los separatistas se combatirían sin cuartel y el triunfo sería del bando que desplegara mayor audacia y que obtuviera más arraigo en las clases populares. Las elecciones para la designación de los miembros de las asambleas electorales de 1843, primer acto de ese género que se celebraba bajo el gobierno del sucesor de Boyer, permitió a las dos corrientes medir sus fuerzas ante la expectación de las autoridades haitianas. Bruat, deseoso de conocer el verdadero estado de la opinión pública dominicana, aconsejó que se diera a los dos bandos la oportunidad de concurrir a las urnas libremente. El 15 de julio de 1843 se celebró el debate electoral, y los dos partidos movilizaron todas sus fuerzas en una lucha encarnizada. Duarte dirigió personalmente las actividades de su grupo, y logró sacar triunfante la candidatura en que figuraban, entre otros ilustres separatistas, Juan Nepomuceno Ravelo y Pedro Valverde y Lara. El triunfo del caudillo de la separación alarmó a Auguste Bruat, sorprendido por el entusiasmo con que se desarrolló el certamen y por el cambio que representaba en la opinión de los habitantes de la parte del Este. Las pasiones se exaltaron, y, como refiere Rosa Duarte, «la parte española, hoy República Dominicana, era a la sazón un volcán». Desgrotte, desconcertado también por el triunfo del partido de los separatistas, se dirigió a Charles Hérard para recomendarle que apresurara su visita a Santo Domingo, y que la hiciera al frente de un ejército capaz de llevar al ánimo de los patriotas dominicanos el convencimiento de que Haití podía aplastar fácilmente cualquier rebelión encaminada a poner fin a la indivisibilidad política de la isla.

Iniciado el paseo militar de Charles Hérard con la visita a Dajabón y otras poblaciones fronterizas, los haitianizados se envalentonaron y los más fanáticos amenazaron con el destierro el patíbulo a los separatistas. Duarte, decidido a hacer frente con medidas enérgicas a la nueva situación, promovió una asamblea de notables., que se efectuó en el hogar de su tío José Diez con asistencia de todos los ciudadanos de relieve que en una forma u otra simpatizaban con la causa de la independencia. En esta reunión expuso el Padre de la Patria el plan que había madurado para proclamar la República antes de que el general Charles Hérard se internara en suelo dominicano. Los personajes más influyentes oyeron aquella audaz exposición con verdadero asombro. Juan Esteban Aybar, hombre de gran prestigio en las zonas orientales, se declaró incompetente para acaudillar en el Este la revolución proyectada. Julián Alfau, padre de uno de los fundadores de «La Trinitaria» y persona bien conocida por sus sentimientos de fidelidad a España, condenó el plan de Duarte como una locura y habló de los peligros que entrañaría una rebelión con un ejército enemigo en las fronteras.

La reunión se disolvió sin que se llegara a un acuerdo. El delegado Brouat, advertido por uno de sus espías de los propósitos de Duarte, reiteró sus anteriores recomendaciones a Charles Hérard, quien a la sazón avanzaba por el Cibao con destino a la capital de la antigua parte española. El día 12 de julio, antes de lo que se esperaba, llegó el dictador al frente de varios batallones bien armados. Durante su viaje, el déspota había adquirido pruebas del movimiento que organizaba Duarte, y desde su arribo a Santo Domingo dictó orden de prisión contra el jefe separatista y contra sus más eminentes partidarios. Esta medida fue completada con otras dirigidas a fortalecer el régimen y a implantar el terror entre las familias de ascendencia dominicana. Una de estas providencias complementarias consistió en la designación del señor Felipe Alfau, tránsfuga de «La Trinitaria», como jefe de la guardia nacional, cargo que por un tiempo había ejercido el propio Duarte y desde el cual adelantó en secreto su plan separatista.

Desde las cuatro de la tarde del día 11, víspera de la llegada a Santo Domingo del cabecilla del movimiento iniciado en Praslin, Duarte se refugió en el hogar de los hermanos Ginebra, situado en la calle de la Atarazana y muy próximo a la zona portuaria. Los dominicanos que militaban en el partido de la indivisibilidad descubrieron el escondite, e hicieron llegar a don José Ginebra toda clase de amenazas para intimarlo a que obligara al apóstol a entregarse al nuevo amo de la isla. El caudillo separatista oyó, desde una habitación vecina, las conminaciones dirigidas al dueño de la casa, y esperó a que avanzara la noche para buscar un refugio más seguro. A las dos de la madrugada puso en práctica su designio, y en compañía de Joaquín Ginebra se trasladó a la residencia de la madre de Juan Alejandro Acosta. María Baltazara, la dueña del nuevo hogar que iba a servir de asilo al Padre de la Patria, era una trigueña de ánimo varonil y de corazón esforzado. Como la mayoría de las mujeres que no obedecían a prejuicios políticos y que se arriesgaban a expresar libremente sus sentimientos patrióticos, odiaba a los dominadores y fue de las que luego se prestaron a transportar, ocultas bajo las faldas, las municiones que sirvieron para el pronunciamiento de la Puerta del Conde.

Pero los rastros de Duarte eran seguidos con actividad implacable por sus perseguidores. Juan José Duarte, padre del apóstol, fue informado al día siguiente por Francisco Ginebra de que ya las autoridades haitianas, advertidas por elementos nativos que no comulgaban con la idea de la separación, tenían indicios del nuevo refugio del fundador de «La Trinitaria», y de que no tardarían en registrar la residencia de María Baltazara. Pocos minutos después, llegó un nuevo mensaje, traído en esta ocasión por persona cuyos sentimientos de adhesión al jefe de la causa separatista habían sido hasta ese momento dudosos: Julián Alfau, padre de uno de los desertores del movimiento iniciado en 1838. Con toda franqueza, el recién llegado dio las señas del escondite y tuvo la lealtad de aconsejar a los padres del perseguido que acudieran en su ayuda y le proporcionaran sin pérdida de tiempo otro refugio donde le fuera dable escapar a las pesquisas de la soldadesca haitiana. Juan José Duarte recibió con cierta frialdad la visita de Julián Alfau y puso fin a sus consejos advirtiéndole que no daría ningún paso que pudiera comprometer a terceras personas. Tras los pasos de Alfau, visitó la morada de Juan José Duarte, con idénticos fines, el presbítero Bonilla, quien recomendó al padre del apóstol que influyera en el ánimo de su hijo para decidirlo a presentarse voluntariamente a las autoridades haitianas. La respuesta fue en esta ocasión tan seca como las anteriores: el perseguido, quien era mayor de edad, tenía plena independencia en sus acciones. Al atardecer, don Luis Betances, compañero de ideales del jefe de los separatistas, entró en el hogar de Juan José Duarte y de doña Manuela Diez para recomendar a las hermanas del apóstol que bailaran e hicieran otras manifestaciones de júbilo con el fin de que dieran fuerza a la especie de que el caudillo se hallaba ya fuera del alcance de sus perseguidores.

Todas las incitaciones habían resultado hasta ese momento infructuosas. Los padres de Duarte, escarmentados por las continuas delaciones de que habían sido víctimas los promotores de la independencia en los últimos tiempos, se negaban a tomar ningún partido. Pero ya al cerrar la noche, irrumpió de improviso en la estancia de la calle «Isabel la Católica» el coronel Francisco del Rosario Sánchez, quien acababa de llegar, con la ropa todavía húmeda, de la población de Los Llanos. El inesperado. visitante requirió, sin más preámbulos, que se le llevara a presencia del caudillo. Juan José Duarte oyó impasible los encarecimientos de Sánchez para que se le revelasen las señas del lugar que servía al prócer de asilo. El silencio del dueño de la casa acabó por exasperar al recién venido, quien sacó del fondo de su chaqueta un puñal y agitándolo con mano nerviosa en el aire dirigió al padre de Duarte las siguientes palabras: «Don Juan: quiero saber dónde está Juan Pablo, porque nos liga este juramento sagrado: el de morir juntos por la patria; si usted desconfía de mí le probaré que no soy de los traidores lanzándome con este puñal sobre las tropas que cercan en este mismo instante su casa.» La reacción del interpelado no tardó en manifestarse en forma categórica:

«Dime dónde le esperas: yo no puedo desconfiar del hijo del hombre que salvó, por amor a la justicia, a tres españoles condenados injustamente a la horca.» «Lo espero — repuso Sánchez con acento emocionado— en la Plaza del Carmen. La cita fue concertada para las diez de aquella misma noche.

Tan pronto como Sánchez abandonó la casa de Juan José Duarte, entraron a ella dos nuevos discípulos del apóstol:

Joaquín Lluveres y Pedro Ricart. La noticia que traían era de tono alarmante: en la Plaza de la Catedral se estaba ya formando la tropa que debía sorprender a Duarte en su escondite y entregarlo a sus verdugos. Juan José Duarte creyó llegada la hora de actuar sin pérdida de tiempo, y en compañía de uno de sus nietos, como si quisiera despistar a los sabuesos del déspota con la inocencia de la niñez, salió en busca del fugitivo. Con Vicentico de la mano, el anciano siguió la línea de las murallas y se encaminó hacia el sitio denominado «El Cachón», asilo estratétigo, adonde había ido a refugiarse el caudillo  con algunos de sus partidarios más fervorosos. La impresión que produjo a Duarte la llegada de su progenitor, seguido de su tierno acompañante y con huellas visibles en  el rostro de los sufrimientos que embargaban su ánimo, fue tan intensa que él sólo ha sido capaz de describirla en las siguientes frases:

«La presencia de mi padre me hizo comprender que mi familia no había podido disfrutar de un solo minuto de reposo en estos días aciagos: los sufrimientos que se causaron entonces a mis padres y a mis hermanas fueron la primera copa de acíbar que mis enemigos acercaron a mis labios derramándola en mi corazón.»

Juan José Duarte se arrojó en brazos de su hijo, y con voz trémula le dio cuenta del objeto de su visita:

—Sánchez te espera esta noche a las diez en la Plaza del Carmen. Junto a él se hallarán tus amigos, aquellos con quienes te liga un juramento inviolable. Te ruego como padre que abandones este sitio inmediatamente, porque los agentes de Charles Hérard no tardarán en venir hasta aquí para darte muerte y destruir la vida de tu pobre madre que se encuentra en estos momentos sumida en la mayor angustia.

Duarte abrazó a todos sus acompañantes y se dirigió, con su padre y con su sobrino Vicente, hacia la iglesia de San Lázaro. Allí se separaron, sin que padre e hijo sospecharan que aquélla debía ser su última despedida. A las diez de la noche, hora señalada para el encuentro, el caudillo se reunió en la Plaza del Carmen con Francisco del Rosario Sánchez, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez. Los cuatro próceres entraron sigilosamente en la casa de Narciso Sánchez, que se encontraba en las inmediaciones. Después de examinar por espacio de dos horas la situación, coincidieron en el parecer de que el único camino que por el momento se ofrecía expedito era el de  buscar refugio en un país extranjero. Sellado el pacto con un apretón de mano, tres de los perseguidos salieron uno tras otro y tomaron rumbos diferentes para no despertar sospechas. El jefe de la revolución separatista se encaminó hacia la casa de don Luciano de Peña, en la antigua calle del Arquillo. Juan Isidro Pérez se ocultó en el hogar de don José Arias, y Pedro Alejandrino Pina en la residencia de doña Dolores Cuello. Sánchez, quien ya empezaba a sentir los primeros síntomas de la enfermedad que lo postró durante largo tiempo en el lecho, permaneció en su casa.

El 13 de julio se trasladó Duarte a la casa en donde se hallaba Pina, por considerarla más segura que la de don Luciano de Peña. Al día siguiente, volvió a cambiar de asilo y se acogió entonces a la hospitalidad del señor Manuel Hernández. Aquí permaneció dos días. El 16 circularon en la ciudad rumores de que el nuevo escondite había sido descubierto, y el perseguido, informado a tiempo por sus copartidarios, aguardó la noche para reunirse con Juan Isidro Pérez en la casa que ocupaba la familia de don Jaime Yepes, al pie de la cuesta de San Lázaro. De aquí pasó luego, gracias a la eficaz mediación del coronel Teodoro Ariza, al hogar de don Eusebio Puello, situado en la calle conocida hoy con el nombre de Isabel la Católica.

La casa de don Eusebio Puello se hallaba próxima al edificio ocupado por los padres del apóstol, y el 18 de julio pasó el fundador de «La Trinitaria» por el dolor de presenciar desde su nuevo escondite la ofensa hecha a su familia por varios oficiales haitianos que intentaron sorprender a Rosa Duarte invitándola a bordarles en una bandera las armas de la Gran Colombia. Juan José Duarte rechazó con energía la pretensión de los intrusos significándoles que su hija no sabia bordar ni conocía el escudo colombiano. La actitud decidida del padre del caudillo provocó la ira de los visitantes, cuyas amenazas, proferidas en voz alta, dieron lugar a que se reuniera en los alrededores una multitud indignada. El comandante del batallón destacado en los cuarteles de la calle de El Comercio acudió atraído por el escándalo e hizo retirar a los gendarmes intimándolos con denunciar el hecho al gobernador y con hacerles aplicar medidas disciplinarias.

La persecución contra Duarte continuó en forma cada vez más encarnizada. El 24 de julio fue allanado por el oficial Hipólito Franquil, al frente de un pelotón de gendarmes, el hogar de los padres del prócer y el de uno de sus tíos maternos. La pesquisa, acompañada por el oficial haitiano de incalificables actos de sevicia, se prolongó hasta las seis de la tarde. Salvado en esta ocasión por Juan Alejandro Acosta, el apóstol logró burlar la saña de sus perseguidores. En su nuevo refugio se encontró con Pedro Alejandrino Pina, obligado como él a cambiar constantemente de asilo. Varios días después, el 29 de julio pasó con su acompañante a la casa del señor José Botello, quien residía en un edificio de pared situado en la antigua calle del Conde.

En la madrugada del 30 de julio recibió Duarte inesperadamente la visita de uno de los pocos dominicanos que habían desertado del partido separatista: con muestras de arrepentimiento, el recién llegado encareció al perseguido que buscara un nuevo escondite porque le constaba que el actual no tardaría en ser conocido de las autoridades haitianas. Para subrayar la sinceridad de sus palabras, el visitante expresó que el premio ofrecido por Charles Hérard al que entregara a Duarte, esto es, tres mil pesos y unas charreteras de coronel, era muy bajo precio por la vida del jefe de una revolución patriótica. El caudillo prestó oído al tránsfuga, y esa misma noche salió, bajo copiosa lluvia, hacia un lugar desierto de la playa del Ozama. En compañía de Juan Alejandro Acosta, de Pedro Alejandrino Pina y de Tomás de la Concha, prometido de su hermana Rosa, tomó un bote en la margen occidental del río y se dirigió hacia la residencia del señor Pedro Cote, situada en un sitio agreste del caserío denominado «Pajarito».

El coronel Esteban Roca, comandante de la guarnición de San Cristóbal a raíz del pronunciamiento reformista del 24 de marzo, obtuvo que un barco de vela lo condujese con sus acompañantes a alguna isla cercana. El día 2 de agosto abordó al fin una goleta que partía hacia Saint Thomas. La circunstancia de reinar una calma absoluta aquella noche, y de no poder el barco de vela que lo conducía alejarse mucho de la costa, le permitió contemplar durante toda la mañana siguiente, desde la borda de la nave, a la «ciudad objeto de su ternura», víctima en aquel momento «de la más negra opresión».

-Con la ausencia de Duarte desapareció aparentemente el ideal separatista. La obra realizada por el apóstol durante más de ocho años había, sin embargo, echado hondas raíces en la conciencia nacional, y  nada sería ya capaz de extinguir la idea ni de apagar la llama encendida por el prócer en el corazón de la juventud formada en esa escuela de sacrificio que se llamó «La Trinitaria».

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