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La Renuncia

LA RENUNCIA

Por segunda vez realizaba Duarte aquella travesía. La primera vez abandonó el suelo nativo, todavía casi adolescente, para ampliar sus estudios de humanidades en Europa.

Entonces había dejado una bandera intrusa flotando sobre la heredad de sus mayores, y juró volver pronto para arriarla y poner en su lugar otra que ya empezaba a tomar cuerpo en sus sueños. Ahora, emprendía esa misma ruta y atravesaba nuevamente el Océano dejando atrás la bandera que se había propuesto crear para la patria aún en esperanza. Había cumplido su promesa y podía sentirse satisfecho de si mismo.

Cuando la embarcación que lo conduce a Alemania, bajo partida de registro, abandona el Ozama y sale al mar abierto, el proscrito contempla con ojos húmedos la enseña que ondea sobre la Torre del Homenaje y piensa, con melancólico orgullo, que la cruz que él mismo hizo poner, por quién sabe qué inspiración misteriosa, en el centro de ese pabellón hermosísimo, fue puesta allí para que sirviera un día de símbolo a su vida crucificada.

El pensamiento ¿leí sacrificio, que nunca dejó de acompañarle, ni siquiera en las horas brevísimas en que sus compatriotas le dieron a paladear el triunfo, se convertía bajo el imperio de estas reflexiones en una sensación de dulzura. ¡ Qué podía importarle que lo arrojaran como a un malhechor de la tierra por él emancipada; qué podía importarle, si atrás quedaría su bandera, la bandera de la cruz, ondeando libremente sobre la cabeza de los mismos que habían dictado contra él la orden de extrañamiento perpetuo! ¿No era esa una compensación que excedía a cuanto hizo por la libertad y por el bien de sus conciudadanos? Mientras el barco avanzaba, y la bandera era un punto apenas en el horizonte, Duarte miró por última vez aquella mancha de color que casi se esfumaba en lontananza, y se sintió superior al odio, superior al resentimiento, superior al pecado.

Más de cuarenta días y de cuarenta noches navegó la nave antes de entrar en el puerto de Hamburgo con los proscritos. La larga travesía sirvió al apóstol para entregarse con toda libertad a sus meditaciones. Cuando la tripulación dormía y un silencio grandioso bajaba hasta el Océano desde el cielo estrellado, el viajero gustaba de sentirse solo entre las dos inmensidades. En una de esas noches de soledad, todavía envuelto por la tibia atmósfera de los mares del trópico, trasladó a su cuaderno de viaje los mejores versos que de él se conservan, pobres de entonación y tan débiles como el gemido de un pájaro o como la caída de una hoja en un jardín de otoño, pero llenos de una vaga nostalgia y como escritos a la luz de la más pálida de las estrellas que en el momento de componerlos brillaban sobre su cabeza:

Era la noche sombría
y de silencio y’ de calma;
era una noche de oprobio
para la gente de Ozama;

noche de mengua y quebranto
para la patria adorada,
y el recordarla tan sólo
el corazón apesara

Ocho los míseros eran
que mano aviesa lanzaba
en pos de sus compañeros
hacia la extranjera playa.

Ellos que al nombre de Dios,
Patria y Libertad, se alzaran;
Ellos que al pueblo le dieron
la independencia anhelada,
lanzados fueron del suelo
por cuya dicha lucharan;
proscritos, sí por traidores
los que de lealtad sobraban:
se les miró descender
a la ribera callada,
se les oyó despedirse,
y de su voz apagada
yo recogí los acentos
que por el aire vagaban.

Estos versos, que nunca fueron publicados en vida del mártir, contienen la única recriminación dirigida por Duarte a sus verdugos; y, como se advierte de su simple lectura, la protesta, si se puede dar ese nombre a los renglones citados, tiene un dejo de melancolía y le salió bañada en lágrimas. Nótese aún el carácter impersonal que predomina en la poesía y que se acentúa sobre todo en los últimos versos de esta meditación quejumbrosa:

Se les miró descender
a la ribera callada
se les oyó despedirse,
y de su voz apagada
yo recogí los acentos
que por el aire vagaban.

La resignación de Duarte llega hasta el extremo de no verter su dolor en alusiones contra personas determinadas:

Ocho los míseros eran
que mano aviesa lanzaba
en pos de sus compañeros...

Lo que caracteriza al Padre de la Patria es precisamente la elevación de su alma, que no abrigó nunca sentimiento de venganza alguno. La historia no conserva una sola carta suya en que el resentimiento asome su cara descompuesta y rencorosa. Sobre la altura moral en que respira esta conciencia, una de las más limpias que el mundo ha conocido, los sentimientos nacen purificados por una especie de aire celestial como las flores que crecen en la cima de los picachos. La historia dominicana, en la que ha habido santos irascibles como el Padre Billini y santos vengadores como Monseñor de Meriño, no ofrece otro ejemplo de un hombre que haya tenido semejante imperio sobre sí y sobre sus pasiones. Desde la cumbre de su inmensa serenidad, de su resignación increíble y de su mansedumbre ilimitada, Duarte contempla a los hombres con un inagotable sentido de indulgencia. Santana, severo como un familiar del Santo Oficio y sanguinario como un tártaro, sólo le resulta abominable cuando trabaja para menoscabar la independencia de la patria o cuando de pie sobre su trono de despotismo vierte sangre, sangre inocente o culpable, pero sangre dominicana.

Muchas noches después de haber sentido en su alma el frío de la ausencia, pero antes de que las primeras ráfagas heladas le anunciaran la proximidad de Hamburgo, Duarte llega con una resolución heroica al final de sus meditaciones. El barco que lo conduce no ha caminado sobre el mar con tanta prisa como esa otra nave interior que navega sobre su alma y que lo lleva hacia el puerto donde sus inquietudes lograrán el reposo definitivo y donde nunca más verá encresparse a sus pies el oleaje de las pasiones amotinadas. Su decisión está ya definitivamente adoptada: plantará su tienda, su pobre tienda de peregrino arruinado, bajo cielos remotos, adonde no llegue el eco de las disputas de los hombres y adonde nadie pueda ir en su busca para lanzarlo otra vez como una manzana de discordia en medio de sus conciudadanos. Si Hamburgo pudiera ser sitio apropiado para sepultar su vida, se quedaría allí como una cifra destinada a borrarse entre las muchedumbres de la ciudad populosa. Con ese pensamiento desembarca en la urbe teutona. En compañía de Juan Isidro Pérez y de los  hermanos Félix y Monblanc Richiez, dirige sus pasos hacia la modesta «casa de marineros» que servirá de albergue en aquel suelo extraño a los proscritos.

Duarte se ve pronto obligado a desechar la idea de permanecer en Europa. El invierno se anuncia con crudeza y los viajeros disponen apenas de algunas prendas de Vestir impropias para el clima. No es fácil, por otra parte, obtener trabajo en aquella ciudad llena de movimiento en que los desterrados echan de menos la cálida acogida de las poblaciones latinas con su hospitalidad generosa. Ninguno de ellos posee la lengua, lo que dificulta aún más sus movimientos y lo que los obliga a permanecer aislados en medio de la Babel helada. Mientras se pasean diariamente por el puerto, en busca de una embarcación que los conduzca de nuevo a tierra americana, Duarte ve transcurrir con horror los días grises del mes de noviembre, muy frío ya para los cuatro hijos del trópico, y para el apóstol más que para nadie, demasiado triste con los árboles desnudos y con las hojas caídas como las alas de su esperanza.

El 30 de octubre, apenas cuatro días después de su llegada a Alemania, Juan Isidro Pérez y los hermanos Félix y Monblanc Richiez emprenden el viaje de regreso a América. Duarte, víctima otra vez de las fiebres pertinaces que ha traído de las regiones tropicales, se ve constreñido a permanecer solo en la pensión que ha escogido en plena zona portuaria. Ya el 5 de noviembre, sin embargo, abandona el lecho y se dirige, como invitado de honor, a un banquete que aquel día ofrece en la «Logia Oriente» la masonería hamburguesa. La hermandad masónica le franquea la simpatía de los asistentes, y algunos, condolidos de la situación del desterrado, se ofrecen a hacerle amable su estancia en la urbe tudesca. Uno de los amigos que ha ganado en la «Logia Oriente», el señor Chatt, lo instruye en las nociones más indispensables de la lengua alemana. Sus conocimientos en latín y en varios idiomas vivos, le facilitan el nuevo aprendizaje. Con otro de los amigos que ha logrado gracias a la masonería, recorre de un extremo a otro la ciudad y visita sus monumentos artísticos y sus plazas ornamentales. Todavía emplea el tiempo que le sobra en ampliar los estudios de Geografía Universal que había comenzado algunos años antes en los Estados Unidos.

El 15 de noviembre se le presenta la oportunidad de salir también con rumbo a América. El proscrito abandona a 11am-burgo acompañado, como él mismo ha dicho, «del recuerdo de los que lo honraron con su amistad». En las tierras hacia donde se dirige espera hallar, por lo menos, fuera de un clima más benigno y de un cielo semejante al de su país nativo, aquel calor de humanidad sin el cual se le haría insoportable el destierro. El día 24 de diciembre desembarca en Saint Thomas, y allí se reúne con algunos de sus antiguos compañeros, conde- nados como él a vivir en suelo extraño, y recibe informes sobre los últimos acontecimientos del país y sobre las tropelías que en menos de un año de gobierno ha cometido el general Santana. En esta colonia inglesa leyó el discurso en que Bobadilía lo describe como «un joven inexperto», cuyos servicios a la patria podían tildarse de ignorados. Allí recibió también la primera noticia sobre el destierro de su anciana madre y de toda su familia, decretado con increíble saña por el dictador, que a la sazón ejercía apenas el noviciado del despotismo, pero muchos de cuyos actos anunciaban ya. la crueldad que desplegaría para mantener su preeminencia por más de veinte años en el orden de las jerarquías oficiales.

Los expulsos que rodean a Duarte en Saint Thomas tratan de despertar en el corazón del apóstol sentimientos de odio y de venganza contra Santana y Bobadilla. Algunos le aconsejan que pacte con una potencia extranjera y vuelva al país al amparo del pabellón de Francia o con la ayuda de España. Duarte oye tales insinuaciones con amargura, y adquiere la impresión de que todos los expulsos, aun los que más alardean de su patriotismo, «sólo tratan de favorecer sus intereses», y de que en realidad nadie piensa en la patria. La noticia que recibe, en los primeros días de marzo, en la Guaira, sobre el fusilamiento de María Trinidad Sánchez, inmolada el mismo día en que se conmemoraba el primer aniversario de la independencia, acaba por inspirarle hacia la política una repugnancia invencible:

«Mientras yo rendía gracias .a la Divina Providencia en mi inicuo destierro —escribe aludiendo a la inmolación de la heroína—, porque me había permitido ver transcurrir un año sin menoscabo de esa libertad tan anhelada, en mi ciudad natal santificaban los galos ese memorable día arrastrando cuatro víctimas al patíbulo y cubriendo de sangre y de luto los amados lares.»

Para el apóstol ha llegado, pues, la hora de las grandes renunciaciones. Con el propósito de apartarse definitivamente de toda actividad política, y de evitar que su nombre fuese escogido como enseña por una de las facciones en que en lo sucesivo se presentaría dividida la opinión de sus conciudadanos, resuelve retirarse al desierto de Río Negro, en lo más áspero y escarpado de la cordillera andina, donde le fuera imposible todo comercio con el mundo. Durante casi veinte años vivirá allí tremendamente solo, sepultado en plena juventud bajo la losa del olvido.

Esta es la hora suprema de la vida de Duarte. Por medio de un ascenso gradual en la escala de las abnegaciones, ha llegado a la santidad casi absoluta y renuncia definitivamente a todo: no sólo a toda ilusión de poder, a todo sueño de grandeza y a toda esperanza de gloria o de fortuna, sino también hasta al derecho de vivir en medio de los hombres.

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