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LOS AFRANCESADOS Pero mientras Duarte trabajaba sin descanso por la independencia absoluta, se movía sigilosamente en la sombra, con la complicidad del cónsul de francia, E. Juchereau de SaintDenys, el partido de los afrancesados. La creación de una república capaz de subsistir por sí misma, sin el apoyo de una potencia extranjera, era considerada por muchos dominicanos como un sueño. Haití contaba, en 1843, con cerca de un millón de habitantes, en su mayor parte de sangre africana, y la porción oriental de la isla, reincorporada a España en 1809, tenía apenas en esa misma época sesenta o setenta mil almas, entre descendientes de españoles y mestizos. Aunque Santo Domingo se declara independiente, arrojando a sus vecinos más allá de las fronteras de 1777, siempre subsistiría el peligro de una invasión haitiana. Para los políticos más sagaces y advertidos de aquel tiempo, el empeño de Duarte en favor de la independencia «pura y simple» no pasaba de ser el fruto de una imaginación exaltada. Algunos ciudadanos de gran arraigo popular, como Buenaventura Báez y José Maria Caminero, iban aún más lejos, y calificaban la empresa de Duarte como una aventura peligrosa. La independencia absoluta podría traer mayores males a la patria y hacer quizá más sólida la pretensión de Haití de consolidarse en el señorío de la isla entera. Si se desperdiciaba la ocasión de obtener el apoyo de Francia o de otra potencia cualquiera, gracias al sacrificio de la bahía de Samaná o de otro jirón del territorio, la república del Oeste podría fortalecer su dominio sobre Santo Domingo y acaso lograr ella misma, mediante parecidas concesiones, la complicidad de las grandes naciones colonizadoras para que la isla pasara a ser propiedad exclusiva de quien pudiese alegar en favor suyo mayor homogeneidad de raza y una población más compacta y numerosa. Al oído de Duarte llegaron pronto las maquinaciones de los afrancesados. Ante el temor de que sus planes prosperaran y de que la aceptación de Francia hiciera imposible todo esfuerzo en favor de la independencia absoluta, el prócer activó sus propios trabajos revolucionarios. En lo sucesivo era preciso conducir la conspiración con más audacia y aun exponerse a ser descubierto por el espionaje haitiano. Duarte multiplica, pues, su actividad, y celebra en su propia casa y en las de sus adictos reuniones cada vez más nutridas. Su palabra, tocada de poderes hipnóticos y de cierta sinceridad desbordante, convence a los más fríos, y el partido de la «pura y simple» tiende a engrosar sus filas con elementos procedentes de todas las categorías sociales. Los demás trinitarios siguen el ejemplo de su maestro, y bien pronto la red de la conspiración se extiende por todo el país y llega a penetrar en el mismo dominio de los sojuzgadores. En los primeros meses de 1842, el Padre de la Patria se pone en contacto con personajes haitianos que tratan de derrocar al presidente Boyer, y finge abrazar la causa de los desafectos al déspota para poder disimular mejor sus propias intenciones. Juan Nepomuceno Ravelo, uno de los fundadores de «La Trinitaria», recibe el encargo de trasladarse a Aux Cayes y combinar con los jefes del movimiento revolucionario los planes de la insurrección con que los habitantes del Este debían robustecer la revuelta que se disponían a iniciar los caudillos liberales de la parte haitiana. El comisionado fracasó en su misión, y Duarte apeló entonces al patriotismo de Ramón Mella, tal vez el más intrépido del grupo de los separatistas, para que llevara un nuevo mensaje a los revolucionarios haitianos. El acuerdo se formalizó y los dos bandos, el de los amigos de la separación y el de los adversarios de Jean Pierre Boyer, unieron sus esfuerzos para levantarse en los dos extremos de la isla contra la tiranía. El 27 de enero de 1843 estalló en Praslín el movimiento revolucionario. Vencido sucesivamente en Lessieur y en Leogane, el déspota capituló y el poder fue entregado el 21 de marzo al general Charles Hérard, cabecilla del motín en territorio haitiano. En la parte del Este, los acontecimientos se precipitaron también con rapidez inesperada. Las autoridades haitianas que permanecían leales al gobierno de Boyer redujeron a prisión al padre de Pedro Alejandrino Pina, y esa actitud dio lugar a que cundiera la alarma entre el elemento adicto al partido de la independencia. Ramón Mella y otros discípulos del apóstol, fieles a la consigna dada por Duarte a sus amigos, se reunieron el día 24 de marzo de 1843 en la plazuela del Carmen, célebre ya por haberse fundado en sus cercanías la sociedad patriótica «La Trinitaria», y en unión de algunos cabecillas haitianos desafectos al gobierno de Boyer, quienes a su vez se habían reunido frente a la morada del general Henri Etienne Desgrotte, se lanzaron a la calle al grito de ¡Viva la reforma! El pueblo empezó a presenciar con cierta indiferencia el movimiento. Con el fin de inspirar a las multitudes confianza en la revuelta, fue necesario que el señor Joaquín Lluveres se dirigiera al hogar de los padres de Duarte y reclamara la presencia del caudillo en la manifestación callejera. Cuando Lluveres llegó a la residencia de los padres del apóstol, encontró a éste rodeado de su madre y sus hermanas, quienes se prendían tiernamente de su cuello para impedir que abandonara el hogar y se expusiera sin armas a la venganza de las autoridades haitianas. El recién llegado interrumpió aquella escena conmovedora dirigiendo a Duarte las siguientes palabras: «Muchos están retraídos y se niegan a salir porque dicen que no se trata de una revolución, puesto que tú no estás aún con el pueblo.» El apóstol, secundado por Lluveres, convenció a su madre de la necesidad de que lo dejase marchar a incorporarse a los revolucionarios. Provisto de un puñal se dirigió en compañía de Lluveres hacia la plaza del Mercado. Allí se les unieron varios ciudadanos a quienes la sola presencia de Duarte infundía confianza en la causa de la patria. En una de las esquinas de la calle de «El Conde» tropezaron con la multitud que se dirigía a Santa Bárbara en busca del principal animador de la revuelta. Tan pronto el caudillo, jubilosamente aclamado por el pueblo, se mezcló con la muchedumbre y se puso a la cabeza de la manifestación, uno de los que participaban en la revuelta se adelantó súbitamente a los amotinados y desde el caballo que montaba le tendió la mano al apóstol gritando a voz en cuello: ¡Viva Colombia! Esta exclamación fue insidiosamente lanzada con el propósito de desvirtuar a los ojos del pueblo los verdaderos fines de la revolución. Duarte adivinó acto seguido la intención que inspiraba esa frase capciosa, y respondió con otro grito estentóreo: ¡Viva la reforma! Los coroneles Pedro Alejandrino Pina, Francisco del Rosario Sánchez y Juan Isidro Pérez, quienes aparecieron en aquel momento a la cabeza de una reducida caballería, corearon la exclamación del caudillo, y el grito de ¡Viva la reforma! se generalizó entre los manifestantes. Juan Isidro Pérez se desciñó la espada, e hizo entrega de ella al jefe del movimiento. La manifestación encabezada por Duarte se dirigió por la calle de Plateros hacia la residencia del general Desgrotte. El oficial haitiano, aunque se hallaba comprometido a asumir la dirección del elemento militar adverso al gobierno de Boyer, trataba de sondear desde su casa la situación antes de decidirse en favor de los manifestantes. Duarte le hizo salir al balcón y le manifestó enérgicamente que el pueblo lo esperaba para que se pusiera al frente de las tropas destinadas al pronunciamiento de la plaza. Desgrotte, convencido por el acento con que se le requirió el cumplimiento de su promesa, se incorporó acto seguido a los amotinados. La multitud cruzó la esquina de «La Leche» y por la calle de «El Comercio» se dirigió hacia la Plaza de Armas. En la plazoleta de la Catedral chocó con las tropas que tenía allí dispuestas el gobernador Carné. Uno de los ayudantes de] gobernador haitiano, el general Ah, quien mandaba el regimiento número 32, avanzó algunos pasos para interrogar los jefes del motín sobre las causas de su actitud subversiva. Varias voces se elevaron a un tiempo para manifestarle que el pueblo deseaba mayor libertad de la que había tenido bajo la tiranía de Boyer, y que de ese anhelo participaban todos los dominicanos dignos de ese nombre. El general Ah volvió desdeñosamente la espalda a los manifestantes, y en vista del - propósito de éstos de continuar avanzando, el comandante de las tropas leales al gobernador Carné dio orden de hacer fuego. Una descarga nutrida hizo blanco en las filas de los patriotas. Los reformistas, los cuales se hallaban en su mayor parte desarmados o provistos únicamente de armas blancas, contestaron con algunos disparos. Charles Cousín, nombre del oficial haitiano que ordenó disparar contra los amotinados, cayó herido de muerte, y la tropa se abalanzó entonces contra el pueblo, que se vio obligado a dispersarse en distintas direcciones. Duarte, en compañía de un grupo de sus discípulos, se ocultó en casa de su tío José Diez. Ya avanzada la noche, abandonó su escondite y franqueó con sus acompañantes las murallas occidentales de la ciudad para dirigirse a San Cristóbal. Esteban Roca, comandante del batallón acantonado en esta plaza, una de las llaves de la defensa por el sur de la antigua capital de la colonia, salió al encuentro de Duarte y, tras breve entrevista con el caudillo separatista, anunció su decisión de adherirse al movimiento revolucionario. El ejemplo de San Cristóbal fue seguido por otras ciudades del Sur, que también se pronunciaron en favor de la reforma. El 25 de marzo de 1843, convencido de la imposibilidad de detener la marcha de la revolución reformista, el gobernador Carné salió con rumbo a Curazao. Tres días después entraba Duarte triunfante en la ciudad de Santo Domingo. Su primer paso consistió en promover entonces la constitución de una Junta Popular, que fue encabezada por Alcius Ponthiex. Además del apóstol, formaban también parte del nuevo organismo dos prominentes ciudadanos de nacionalidad dominicana: Manuel Jiménez y Pedro Alejandrino Pina. La Junta Popular confió a Duarte, el 7 de abril de 1843, la misión de instalar organismos similares en los pueblos del Este. El día 8 salió el comisionado con rumbo al Seybo y a otras poblaciones orientales. En todas partes fue recibido con entusiasmo y aclamado como el jefe de la revolución separatista. Su labor se encamina a establecer el mayor número de contactos con personas influyentes de las localidades que visita, y a avivar en todos los espíritus el sentimiento patriótico. Las juntas que crea, aunque en apariencia tienden a extender en todo el país el imperio de los principios que inspiraron «la reforma.», sirven en realidad para organizar la revolución contra las autoridades haitianas. El destino conduce en esta ocasión los pasos de Duarte hacia la hacienda de «El Prado». En esta heredad, la más rica de aquella comarca, residen dos de los hombres de mayor prestigio en la zona oriental de la antigua colonia. Cuando llega al lugar donde debía tener efecto esta cita histórica, sólo uno de los condueños se halla a la sazón en el hato: Ramón Santana. El otro hermano gemelo, destinado a ser uno de los más implacables adversarios de Duarte, se encuentra accidentalmente ausente. Cuando Duarte estrecha la mano de Ramón Santana, un sentimiento de confianza recíproca, nacido allí mismo de manera espontánea, facilita el acuerdo y acerca a aquellas dos voluntades. No obstante ser Ramón Santana un hombre receloso, poco acostumbrado al trato con personas de un nivel intelectual más elevado que el suyo, se deja seducir por el joven de ojos azules y de tersa frente que tiene por delante. Las pupilas terriblemente escudriñadoras del hacendado han descubierto la grandeza moral y el coraje cívico del viajero que ha venido de improviso a su estancia- para solicitarle su concurso en favor de una empresa sobremanera arriesgada. No podía existir el menor asomo de engaño en aquel hombre de pensamientos puros y de palabra cálida que se tendía como un puente entre él y quien lo escuchaba para crear entre ambos un sentimiento de confianza instintiva. Ramón Santana se dejó convencer y estrechó entre sus brazos con invencible simpatía a aquel joven de casaca negra, que se denunciaba a sí mismo en el timbre de la voz y en la limpidez de la mirada. Si el destino separó más tarde a Duarte y a los mellizos de «El Prado» y creó entre ellos distancias insalvables, culpa fue quizá de las camarillas que pululan alrededor de los gobiernos y tuercen hacia el mal aun a aquellas naves poderosas que parecen destinadas a seguir imperturbables su rumbo a despecho de las corrientes subterráneas que trabajan en secreto tanto en las profundidades del mar como en las honduras del corazón humano.
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