Selecciona acá para volver al inicio

La Muerte del Justo

MUERTE DEL JUSTO

Las últimas cartas que Duarte recibe del Gobierno Provisorio respiran mucho optimismo con respecto a las negociaciones para el abandono del territorio nacional por los ejércitos de España. Pero las noticias le llegan con un retraso de varios meses, y a menudo sus respuestas a los oficios que se le dirigen contienen largas reflexiones sobre hechos que ya han sufrido, cuando él escribe, modificaciones de no poca significación bajo el imperio de circunstancias esencialmente cambiantes. Cuando envía la carta del 7 de marzo de 1865, ignora aún la nueva política iniciada hacia Santo Domingo por el proyecto de ley que el 7 de enero de ese mismo año fue presentado a las Cortes sobre el abandono de la isla por la monarquía española.

Convencido de que España no soltaría voluntariamente su presa, previene todavía al Gobierno Provisorio contra los rumores de desocupación, aparentemente difundidos con el propósito de «adormecer a los dominicanos», y excita a sus compatriotas a mantener sin desmayo la guerra y a prepararse para hacer frente a un nuevo ejército expedicionario que se organiza en la Península, de acuerdo con los consejos de La Gándara y del general Dulce, para caer repentinamente por tres sitios distintos sobre el territorio dominado por las fuerzas restauradoras. La evacuación del territorio nacional el 12 de julio de 1865 sorprende a Duarte, que ignora hasta qué punto han influido en esa decisión circunstancias de orden económico más bien que consideraciones de carácter político o moral: la guerra de Santo Domingo se había convertido en una fuente de erogaciones para la monarquía y el propio general Narváez había aconsejado la desocupación porque esa lucha innecesaria «consumía los pingües rendimientos de todas las posesiones ultramarinas». Con la reincorporación de Santo Domingo, los monárquicos españoles creyeron levantar en América el prestigio de la Madre Patria como potencia colonial. Pero como el movimiento contra la anexión había cobrado en pocos días una fuerza inusitada, y como para debelar esa reacción patriótica hubiera sido necesario el envío de un ejército numeroso, capaz de consumir por sí solo todas las rentas que España extraía de sus colonias, se juzgó prudente abandonar a su suerte al pueblo dominicano, recogido en 1861 en la agonía, pero resuelto a no permanecer bajo la dominación española, según lo expresaron las propias Cortes, por ser adicto con exceso a su independencia y a «los hábitos engendrados por muchos años de existencia aventurera»

Tardíamente llegó también al conocimiento de Duarte la noticia de la muerte casi súbita del general Pedro Santana, Abrumado por el fracaso de su obra, y objeto de incontenible aversión tanto para los dominicanos, a quienes había reducido de nuevo a la servidumbre, como para los propios españoles, a los cuales disgustó con su altanería, impropia de un esclavo que había solicitado para sí mismo los hierros de la esclavitud, el sedicente Marqués de las Carreras bajó a la tumba víctima de un malestar desconocido, el día 14 de junio de 1864. Cuando cerró los ojos, acosado por los remordimientos, la victoria de la Patria, triunfante en todos los campos de batalla, parecía ya asegurada. La Providencia, cuyos castigos tardan a veces pero no dejan nunca de cumplirse con el rigor de una sentencia infalible, cobró con creces al déspota las injusticias de que hizo víctima a Duarte; perseguido por los mismos españoles, a quienes vendió la República, el verdugo del Padre de la Patria murió como Diómedes, devorado por los mismos caballos a los cuales enseñó a comer carne humana Pero juntamente con el eco de los triunfos de las armas de la Restauración, y con los detalles sobre el fin desastroso y dramático del general Santana, llegaron a Caracas otras noticias poco tranquilizadoras . Primero que de las versiones relativas a un posible abandono del territorio dominicano por las tropas del general La Gándara, se enteró Duarte de las discordias que, mucho tiempo antes de que volviera a conquistar plenamente su autonomía, desgarraban al país, dividido ya en numerosas banderías que se disputaban el privilegio de mandar sobre un suelo todavía en gran parte dominado por un ejército extranjero. Gaspar Polanco, caudillo de un motín contra el jefe del primer Gobierno Provisorio, había manchado el ideal democrático de la Restauración con la sangre de Salcedo. Tomando como pretexto la inmolación de este soldado, otros capitanes gloriosos, con las carnes todavía cruzadas por las heridas de la guerra contra España, depusieron a Polanco y formaron un triunvirato que intentó inútilmente borrar con la elección de Pimentel el origen espurio que tuvo esa reacción en los campos de «El Duro» y de «La Magdalena». Cuando las fuerzas españolas abandonaron al fin, el 11 de julio de 1865, el territorio dominicano, la violencia revolucionaria se desató sobre el país con energía salvaje. Los soldados que se agruparon en torno a los pabellones de la Restauración para formar, gracias al patriotismo que obró sobre ellos como una poderosa fuerza de cohesión, una especie de familia guerrera, desunida sólo por discordias transitorias, se transformaron al día siguiente de restablecida la soberanía en mesnadas sanguinrias que se combatieron con saña bajo la autoridad de caudillos ignorantes y ambiciosos.

Duarte espera en vano en el ostracismo que el país, escarmentado por la anexión, inicie una era de normalidad civil y de convivencia democrática. Como en 1844, se promete a sí mismo no retornar a la República mientras en ella subsista el imperio de la violencia fraticida. Nada le apartará de su decisión, sostenida con aquella portentosa cantidad de energía moral que puso siempre en sus resoluciones.

Terminada su misión diplomática con el triunfo de la Restauración, el apóstol se refugia en la soledad, y otra vez vuelve a caer el olvido sobre su nombre y sobre su memoria.

Pocos son los que en el país, entregado a la orgía revolucionaria, recuerdan a este mártir condenado a devorar en suelo extraño las amarguras de su proscripción voluntaria.

Sólo el 19 de febrero de 1875, el presidente González, ilusionado con el minuto de paz que el país disfruta después del azaroso período de «los seis años», concibe la idea de llamar al ausente al seno de la Patria. «La situación del país —escribe en esa ocasión el general Ignacio María González al apóstol— es por demás satisfactoria.  Debemos confiar en que esa situación se consolidará cada día más y en que ha sonado ya la hora del progreso para este pueblo tan heroico como desgraciado. Mi deseo —concluye— es que usted vuelva a la Patria, al seno de las numerosas afecciones que tiene en ella, a prestarle el contingente de sus importantes conocimientos y el sello honroso de su presencia» La carta del presidente González no despertó sino una débil esperanza en el espíritu de Duarte. Como la anexión fue en gran parte una consecuencia de las divergencias provocadas por la ambición de mando y como muchos de los partidarios más acérrimos de esa medida antipatriótica la aceptaron sólo con el propósito de poner fin a tantas discordias y de brindar al pueblo la oportunidad de reemprender una nueva etapa en su existencia convulsiva, por un instante creyó el proscrito en la enmienda de sus conciudadanos y en la cordura de sus directores políticos. La duda, sin embargo, se interpuso entonces como en 1844, en el camino del apóstol, y lo obligó a contener sus deseos de retornar a la Patria y de prepararse a morir tranquilamente en su seno.

Duarte había visto, en efecto, a la ambición asomar en las filas de los restauradores, más preocupados muchas veces de su propia hegemonía que del bien del país y de su suerte futura. Muy pocos de aquellos hombres, formados en el heroísmo salvaje de los cantones, eran capaces de un sacrificio de carácter civil> aunque todos morirían por la libertad de la patria y serían capaces del mayor de los holocaustos en el campo de la acción libertadora.

El apóstol decidió, pues, continuar en Caracas, lejos de la feria política en que otros empequeñecían los laureles conquistados en la lucha reciente contra los dominadores.

No transcurrió un año antes de que se realizaran sus temores. González, caudillo de la revolución del 25 de noviembre, fue acusado el 31 de enero de 1876 por la Liga de la Paz de ineptitud en el ejercicio de sus funciones, y la guerra civil fue esgrimida como una razón suprema por aquel bando amenazante. Si Duarte hubiese sobrevivido mucho tiempo a aquel nuevo desastre, hubiera presenciado también, desde el ostracismo, la caída de Espaillat, sucesor de González, cuyo ensayo de gobierno democrático demostró que el país debía pasar fatalmente por un largo proceso de descomposición y de anarquía antes de que le fuera posible entrar en el régimen de las instituciones.

Los últimos años de su vida los pasa Duarte agobiado por las privaciones materiales. Su salud, minada primero por el clima de las zonas húmedas en que residió a orillas del Orinoco, y luego por la escasez en que se ve obligado a vivir en la ciudad de Caracas, decae rápidamente y todo su organismo se abate debilitado por una vejez prematura.

Su constitución había sido siempre delicada y su vida, hasta muy entrada la adolescencia se había mantenido gracias a los cuidados de sus progenitores - Pero ahora su salud es más precaria que nunca y todo anuncia en él un fin cercano. A esas condiciones físicas deplorables se suman, a lo largo de estos últimos años, los sufrimientos morales: en primer término, las noticias cada vez más desconsoladoras que recibe de la Patria y el temor de que su obra sea destruida o malograda; y luego, la tragedia que le acompaña en su vida íntima, donde ni siquiera disfruta del placer puramente espiritual de poder entregarse a escribir la historia de la creación de la República y de los sucesos en que le tocó intervenir en forma decisiva. Todos sus papeles, reunidos al través de muchos años, en donde narró los acontecimientos que precedieron a su destierro en 1844, fueron entregados al fuego por su tío Mariano Díez, temeroso de que cayeran en poder de los enemigos del proscrito, y aun sus impresiones de viajero que erró durante doce años por los parajes más intrincados de Venezuela, desaparecieron a manos de personas inescrupulosas.

Los días transcurren, pues, para el apóstol en medio de una tristeza agotadora. El mal estado de su salud lo obliga a compartir el escasísimo pan que obtienen sus hermanas a costa de conmovedores sacrificios Los achaques físicos y los eclipses que a veces oscurecen su inteligencia lo han convertido poco a poco, con dolor de su dignidad humillada, en una carga agobiante para los seres a quienes más desearía auxiliar en las estrecheces del extrañamiento prolongado. Su vida enteramente inútil se consume en una largísima agonía. Durante estos años en que la miseria le aprieta cada vez con más violencia, y en que le abandona toda esperanza, excepto aquella que recibe de Dios, sólo le sostienen su fe y su educación profundamente religiosa. En 1875, pocos días después de recibir la carta en que el presidente González lo llama al país para que lo honre «con el sello de su presencia», sus dolencias se recrudecen y lo reducen al lecho durante meses enteros. Su pudor no le permite recurrir en este trance definitivo al gobierno de su Patria en solicitud de ayuda para su ancianidad desvalida. Sólo un oscuro amigo residente en Caracas, el señor Marcos A. Guzmán, acude de cuando en cuando en auxilio de las hermanas de Duarte, materialmente imposibilitadas para adquirir las medicinas que exigen los padecimientos del apóstol, llegado ya a los peores extremos de la indigencia. Rosa y Francisca, para quienes el hermano superviviente representa la única ilusión que les acompaña en el destierro, reciben hasta seiscientos pesos sencillos que a titulo de préstamo les suministra poco a poco aquella mano caritativa. Pero la enfermedad sigue su curso y continúa haciendo progresos en el organismo ya gastado.

En los primeros días del mes de julio de 1876, el médico que visita casi diariamente al enfermo transmite a las hermanas impresiones poco alentadoras. La vida de Duarte está ya próxima a extinguirse. -Su cuerpo envejecido desaparece casi en el lecho. La frente ancha y pálida, golpeada por la fiebre, es lo único que surge de entre las sábanas raídas con su antiguo sello de dignidad ceremoniosa. Por fin, el 15 de julio, el prócer entrega su alma a Dios en una humildísima casa de la calle donde nació el libertador Simón Bolívar, después de haber recibido los auxilios espirituales de manos del cura de la vecina parroquia de Santa Rosalía. Su muerte fue como su vida: un acto de sublime resignación y de mansedumbre cristiana.

En tierra extraña descansaron sus huesos hasta el año 1884, en que fueron trasladados por disposición del Ayuntamiento de Santo Domingo al suelo de. donde un día le echaron sin consideración alguna ni a su proceridad ni a su inocencia. Cuando cerró los ojos, la muerte sólo debió de hallar un gesto de dulzura en aquellos labios, donde el acíbar y el despecho hubieran podido manifestarse con las crueles, pero justas palabras de Escipión: «Ingrata patria: no poseerás mis huesos.»

La Partida | La Niñez | El Viaje | Genealogía | La Lección de España | El Caballero del Espíritu | El Patriota... | Fundación de la Trinitaria | Judas | La Filantrópica | Duarte y Hernández | Los Afrancesados | La Persecución | El Ostracismo | Muerte de Juan José Duarte | El Sacrificio | Realización del Sueño... | El Beso de la Gloria | Otra Vez con sus Discípulos | Frente a Santana | El Sacrilegio | Otra Vez el Destierro | La Renuncia | Proscripción... | Veinte Años... | Duarte y San Gervi | Otra Vez... | En Tierra Dominicana | Ministro Plenipotenciario | La Muerte del Justo | El Cristo de la Libertad | El Misticismo | Duarte y Santana

El Cristo de la Libertad


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.
Actualmente hay 99 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com
 
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons