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Otra Vez el Destierro

OTRA VEZ EL DESTIERRO

En la goleta «Separación Dominicana» salió Duarte, fuertemente escoltado, hacia la capital de la República. Santana no se atrevió a hacerlo conducir por ‘tierra, temeroso de que su paso por Santiago y otras ciudades del Cibao, donde su presencia había provocado hacía poco entusiasmo delirante, diera lugar a nuevas reacciones populares.

La resignación con que el apóstol soportaba aquella prueba traía maravillados al capitán y a la tripulación del pequeño barco de guerra. Durante la travesía, mientras el bergantín bordea la línea de la costa, el prisionero contempla el mar y compara el vaivén de las olas con los altibajos de la vida humana. Hacia apenas cuatro meses que la ciudad de Santo Domingo lo había recibido en triunfo y que en su honor habían desfilado las muchedumbres por las calles embanderadas. Dentro de algunas horas, probablemente antes de que el sol desapareciera tras las últimas nubes crepusculares, entraría esta vez custodiado como un vulgar malhechor en la ciudad nativa.

Pero Duarte no pensó jamás en sí mismo. El ultraje que en su persona se infería a la patria, a la que había servido con toda la pureza de su juventud y a la que había ofrendado su fortuna, no era lo que en aquel momento cargaba su mente de sombras y de preocupaciones. Si algún pesar nublaba su pensamiento era por la suerte que hubiera podido caber a Mella y a los otros amigos entrañables, a quienes suponía expuestos a la ira de Santana. En medio de la ingratitud de que era objeto, se hubiera sentido feliz si todo el peso de la venganza del dictador se descargara sobre su cabeza. Su angustia era todavía más vasta y se extendía a todos sus conciudadanos. Nada se habría obtenido si una opresión doméstica sustituía a la de los antiguos dominadores. Si en vez de Charles Hérard o de otro descendiente cualquiera de la raza maldita de Dessalines, el opresor debía llevar el nombre de Santana o de otro sátrapa de turno, no se habría logrado sino cambiar un despotismo por otro menos cruel, pero sin duda más odioso. Sumido en esas reflexiones sombrías, llegó Duarte el 2 de septiembre al puerto de Santo Domingo de Guzmán. El gobierno había tomado todas las precauciones necesarias para evitar cualquier manifestación de desagravio por parte del núcleo que en la ciudad se mantenía adicto al prisionero. Numerosa tropa apostada en las esquinas de la calle de «Santa Bárbara» impedía el tránsito hacia los muelles del Ozama. La escolta, reforzada con dos filas de soldados, pasó silenciosamente con el prócer por la Puerta de San Diego, y lo condujo a lo largo de las viejas murallas hasta la Torre del Homenaje.

Apenas algunos espectadores indiferentes, diseminados en la calle de Colón, advirtieron el aparato militar que se hizo a la llegada del bergantín «Separación Dominicana», y muy pocos identificaron al preso. La noticia se difundió, no  obstante, sobre la ciudad consternada. El presbítero José Antonio Bonilla, visitante asiduo del viejo hogar de la calle «Isabel la Católica», fue el primero en llevar la infausta nueva a la madre de Duarte:

« Señora —exclamó al verla el sacerdote—, la mano de Dios está sobre vuestra cabeza: implore su misericordia. Juan Pablo está preso y desembarcará esta tarde. ¡Bienaventurados los que lloran! »

Una noticia que causó todavía mayor sorpresa que la de la prisión de Duarte, hecho al fin y al cabo explicable en un déspota de las condiciones morales de Santana, fue la del arribo en la misma nave de Juan Isidro Pérez, quien el 22 de agosto había salido para el destierro en el bergantín «Capricornio». El rasgo de este adolescente impetuoso, especie de Caballero Templario en quien el entusiasmo por la libertad empezaba ya a traducirse en destellos de locura, conmovió hasta tal punto a la población, que una verdadera fiebre patriótica se apoderó de los ánimos excitados: cuando la nave que lo conducía pasaba frente a las costas de Puerto Plata, en donde a la sazón se hallaba Duarte prisionero. Juan Isidro Pérez amenazó con echar-se al mar si no le permitían descender en aquellas riberas para compartir la suerte del Padre de la Patria. El capitán del buque, un noble marino inglés de nombre Lewelling, no queriendo asumir ninguna responsabilidad por el suicidio del intrépido patriota, e impresionado por la decisión con que el desterrado subrayaba su amenaza, dio orden de cambiar el rumbo con dirección a Puerto Plata, y allí entregó a las autoridades al fiel amigo de Duarte. Cuando ambos perseguidos se reunieron en la cárcel, Juan Isidro Pérez se echó en brazos del Fundador de la República, y le dijo con emoción mal reprimida: «Sé que vas a morir, y cumpliendo mi juramento vengo a morir contigo.»

La actitud de su ciudad nativa, devorada hasta lo más íntimo por un dolor silencioso, llevó una sensación de alivio al ánimo de Duarte. «Por eso os amo —escribirá un día el Padre de la Patria en su diario, recordando en su soledad estos instantes—, por eso os he amado siempre, porque vosotros no tan sólo me acompañasteis en la Calle de la Amargura, sino que también sufristeis conmigo hasta llegar al Calvario.»

Ya en la fortaleza, donde encontró algunas caras conocidas, pudo enterarse el fundador de «La Trinitaria» de que aún vivían Ramón Mella y sus demás compañeros. Esta noticia era por sí sola un consuelo para su mente cargada de inquietudes, y al recibirla entró sereno en la mazmorra que se le destinó por orden de Santana. Algunos oficiales y soldados, quienes habían sido testigos de su actitud y habían presenciado su desprendimiento durante los días en que permaneció con el ejército del Sur, le dieron desde su llegada a la fortaleza demostraciones de simpatía. De no haber existido órdenes tan rigurosas de incomunicarlo y de hacerle sentir en la prisión el enojo del déspota, muchos de aquellos héroes curtidos por el sol de la victoria le rendirían armas cada vez que su semblante venerable asomaba al través de los hierros impíos para pasear por los alrededores de la torre que le servía de cárcel la mirada distraída.

Mientras Duarte esperaba tranquilo en la Torre del Homenaje la decisión de Santana, árbitro de su vida y de las de sus discípulos, los amos de la nueva situación, instigados principalmente por don Tomás Bobadilla, trataban de ganarse al pueblo mostrándole a los prisioneros como a una jauría de ambiciosos. Todas las influencias del poder se utilizaron entonces para convencer a la ciudadanía de que aquellos hombres eran acreedores de la horca por haber levantado la bandera de la sedición contra la autoridad constituida. Su crimen consistía en haberse apoderado por la fuerza de la Junta Central Gubernativa y en haber promovido en el Cibao una poderosa corriente de opinión destinada a poner en manos de Duarte las riendas del Estado. No se había limitado a eso la osadía de estos locos. Algunos generales y algunos ciudadanos de notoriedad del Cibao, aconsejados por Ramón Mella, se habían permitido menospreciar los títulos que Santana había conquistado en la lucha contra los invasores, proponiéndole la celebración de unas elecciones en que Duarte debía figurar como candidato al lado del propio héroe del 19 de marzo.

El pueblo, sin embargo, no hizo coro a. la farsa. Las incitaciones de Santana y de sus secuaces fueron recibidas con frialdad por todas las clases sociales. Las familias, encerradas en sus hogares, mostraron con su actitud hostil la repugnancia que les inspiraba aquella comedia tan burdamente urdida. El sacrificio de Duarte y su familia, la poderosa labor de captación desarrollada en los conciliábulos de «La Trinitaria», la propaganda inteligente y tenaz hecha desde los escenarios levantados por «La Filantrópica», la inagotable energía del espíritu que alentó el movimiento llamado «La Reforma», y los múltiples trabajos revolucionarios a los cuales el joven patricio se había entregado desde su regreso de España, cuando nadie soñaba con el ideal todavía remoto de la independencia, se hallaban demasiado vivos en la memoria de todos para que el propio pueblo que había servido de teatro a todo aquel despliegue de heroísmo, diera crédito a las versiones inventadas por el dictador y sus parciales. Pero en vista de que la población civil se hizo sorda a la maniobra y de que sólo cuatro ciudadanos, uno de ellos de nacionalidad extranjera, se prestaron a suscribir el documento en que se pedía la pena de muerte para el Padre de la Patria, se recurrió al ejército para que respaldara el ardid con el prestigio de sus armas victoriosas. Las tropas que habían intervenido en la campaña del Sur se hallaban principalmente constituidas por seibanos adictos al antiguo hatero de «El Prado». Santana, hombre calculador y ferozmente realista, había infundido a aquellas montoneras un tremendo sentimiento de lealtad a su persona. Tanto los oficiales como los soldados bajo su mando habían convertido el saqueo, bajo la mirada complaciente de su jefe, en ocupación cotidiana. La soldadesca del hatero, abusando de los laureles obtenidos en Azua y exhibiendo como única excusa las cicatrices aún abiertas de la campaña contra los haitianos, pasó por todas partes como una nube de langostas que diezmó las plantaciones y devoró el ganado. A la cabeza de estos hombres entró el caudillo en la ciudad de Santo Domingo con el propósito de adueñarse de la parte que se había reservado en el botín: la presidencia de la República.

De los cuarteles dominados por esas manadas de héroes, previsoramente transformados después de la victoria en azote de la propiedad rural, salió el documento en que se solicitaba de Santana, erigido ya en árbitro de la situación, la pena de muerte para Duarte y para quienes habían participado en los sucesos recientemente acaecidos en las principales ciudades del Cibao.

Amparado en la petición suscrita por las grandes figuras del ejército, Santana pudo haber hecho fusilar a Duarte y al grupo de insurrectos que el 9 de julio se apoderó de la Junta Central Gubernativa. Pero el sanguinario caudillo no se atrevió a llevar tan lejos su venganza. Tal vez si Duarte no hubiese figurado como protagonista principal de aquel drama, la voz de los cuarteles hubiera sido ciegamente acatada. Pero herir aquella cabeza pulquérrima e inmolar a aquel inocente que carecía totalmente de ambiciones, le pareció al déspota un crimen superior a su codicia. Lo que había en el dictador de hombre recto, se amotinó en su conciencia ante aquella monstruosidad aterradora. El tirano optó, pues, por acogerse a la iniciativa del ciudadano español Juan Abril, autorizada con las firmas de sesenta y ocho padres de familia, en la que se pedía que la pena capital se conmutara por la de extrañamiento perpetuo: la inocencia de Duarte sirvió probablemente en esta ocasión de escudo a sus demás compañeros.

El 22 de agosto hizo dictar Santana la sentencia de expulsión. En el cuerpo de ese documento se declara que, «aunque las leyes en vigor y las de todas las naciones han previsto la pena de muerte en iguales casos», el gobierno había preferido a ese recurso extremo el de extrañamiento perpetuo, tanto por razones «paternales» como por «otros motivos de equidad y consideración». En estas palabras, parte esencial de la sentencia ominosa, aparece reflejada la simpatía que, a pesar suyo, sintió por Duarte el general Santana. Hombre de pocos escrúpulos, cuando su interés se hallaba en causa, el hatero tenía necesidad de librarse del apóstol, el único personaje que podía, gracias a la autoridad de su pureza, entorpecer en el futuro la ejecución de su programa reaccionario. Era indispensable sacrificar esa víctima para que todo quedase en el país rebajado al nivel moral que el déspota necesitaba para su obra de captación y de dominio. Pero la medida no desmiente los sentimientos que el Padre de la Patria inspiró durante su primer encuentro en marzo de 1844 al estanciero de «El Prado». Santana, en efecto, es hombre frío que obedece a sus cálculos y no a impulsos sentimentales. Egoísta hasta la exageración y dotado desde la infancia de una voluntad implacable y codiciosa, no vaciló un momento entre el respeto que pudo merecerle Duarte y la necesidad en que se vio de hacer pasar sobre la juventud y el porvenir del gran repúblico el carro ya incontenible de su ambición triunfante.

El día 10 de septiembre fue Duarte conducido nuevamente al muelle entre dos filas de soldados. Su constitución se había alterado seriamente con la humedad del calabozo, donde se le mantuvo desde que llegó de Puerto Plata. Las fiebres contraídas en el Cibao habían vuelto a hacer presa en su organismo gastado por las vigilias y las persecuciones. Para hacer el trayecto entre la fortaleza y el embarcadero del Ozama le fue necesario apoyarse en los brazos de su hermano Vicente y de su sobrino Enrique.

Cuando abordó el bote que debía conducirlo a la nave que se le destinaba para el viaje a Hamburgo, se despidió de Vicente Celestino y del hijo de éste, ambos condenados a sufrir la sentencia de extrañamiento en los Estados Unidos.

El último pensamiento del proscrito al dejar las riberas nativas fue para su madre y para sus hermanas, quienes quedaban en la indigencia y acaso expuestas a vivir de la caridad pública por culpa de la locura patriótica del joven repúblico, que a la edad de 31 años iba a recorrer por segunda vez las playas del destierro.

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