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PROSCRIPCIÓN DE DOÑA MANUELA Y SUS HIJOS El destierro de Duarte y de su hermano Vicente quebrantó la salud de doña Manuela. La pobre madre, mujer extraordinariamente sensitiva, se sentía incapaz de soportar aquella separación inesperada. Siempre había alimentado la esperanza de que con la liberación del país retornaría-a su hogar la tranquilidad que perdió desde la vuelta de su segundo hijo de la ciudad de Barcelona. Pero su esperanza se desvaneció cuando el presbítero José Antonio Bonilla le anunció, el día 2 de septiembre de 1844, que Duarte se hallaba en la cárcel y que el ejército del Sur pedía con encarnizamiento su cabeza. La constitución física, ya muy decaída, de la anciana se rindió ante aquel golpe que echaba por tierra sus más dulces ilusiones. Desde aquel día quedó reducida al lecho, y fue necesario que sus hijas le prodigaran los cuidados más tiernos para impedir que su postración fuese definitiva. Cuando se levantó, con la frente más pálida y los ojos más tristes, ya sus hijos habían salido para el exterior bajo partida dé registro. Pasaron entonces largos meses sin que se recibieran noticias de los desterrados. Las primeras cartas llegadas al hogar eran de Vicente Celestino., quien apenas refería que Juan Pablo debía probablemente encontrarse en Saint Thomas y que no parecía abrigar intenciones de volver por mucho tiempo al territorio nativo. Hablaba de los besos enviados a la madre y a las hermanas cuando se despidieron en el puerto del Ozama, pero no aludía a proyectos políticos de ningún género a los cuales pudiese hallarse vinculado el nombre del proscrito. Los amigos del apóstol, desterrados también por la sentencia del 22 de agosto, habían a su vez retornado a América, y desde Curazao y otras islas vecinas dirigían clandestinamente al país proclamas revolucionarias. Para la realización de sus planes utilizaban todos los medios a su alcance. Sus exhortaciones patrióticas se dirigían a cuantas familias pudieran prestar algún apoyo a los proyectos sediciosos que alimentaban contra la tiranía de Santana. Algunas de esas misivas políticas fueron enviadas a doña Manuela Diez y a sus hijas, a quienes suponían naturalmente interesadas en el retorno del libertador al suelo por él emancipado. Las autoridades se incautaron de algunos de aquellos papeles comprometedores, y el déspota, temeroso de que el nombre de Duarte fuera empleado para promover una rebelión contra su dictadura, dio orden de expulsar también a doña Manuela y a todos los demás miembros de la familia del Padre de la Patria. La inicua resolución fue cursada por vía policial y transmitida a las víctimas con sequedad draconiana: «Siéndole al Gobierno notorio —decía a doña Manuela el señor Cabral Bernal, Secretario del Despacho de Interior y Policía en carta de fecha 3 de marzo de 1845—, por documentos fehacientes, que es a su familia de usted una de aquellas a quienes se le dirigen del extranjero planes de contrarrevolución e instrucciones para mantener el país intranquilo, ha determinado enviar a usted un pasaporte, el que le acompaño bajo cubierta, a fin de que a la mayor brevedad realice su salida con todos los miembros de su familia, evitándose el gobierno de este modo de emplear medios coercitivos para mantener la tranquilidad pública en el país.» La orden de expulsión desconcertó a toda la familia. Nadie esperaba que Santana, hombre sin caridad y más severo que un inquisidor, llevara hasta ese extremo la antipatía que cobró a la madre del apóstol. La pobre viuda, familiarizada desde hacía tiempo con el sufrimiento, tuvo la impresión de que le faltarían fuerzas para resistir un viaje de varios días en una de las embarcaciones que se utilizaban para el poco comercio a la sazón existente entre Santo Domingo y las costas venezolanas. Pero las mujeres eran al fin y al cabo en aquella casa quienes parecían dotadas de fibras más heroicas y más extraordinarias. Filomena, Rosa y Francisca Duarte se sobrepusieron al nuevo infortunio con rara entereza de ánimo. Sólo don Manuel, el menor de los hijos varones habidos en el matrimonio de Juan José Duarte con doña Manuela Diez, sintió su razón amenazada por el conflicto en que se colocaba a la familia. La carta del ministro Cabral sacudió hasta lo más intimo su sensibilidad enfermiza. Todo aquel día lo pasó poseído por una extraña excitación nerviosa y a sus ojos asomaron los primeros destellos de la locura que debía sumergir en lo sucesivo su vida en una noche anticipada. Ante la situación de salud de don Manuel, la madre y las hermanas del apóstol intentaron tocar en vano a las puertas del corazón de Santana. El Arzobispo, don Tomás de Portes e Infante, acompañado del presbítero don José Antonio Bonilla, fiel amigo de la familia Duarte, y de don Francisco Pou y otros distinguidos ciudadanos, se dirigió a la Junta Central Gubernativa en solicitud de clemencia. Tomás Bobadilla, mano derecha del déspota hasta ese momento, recibió con desdeñosa frialdad al ilustre prelado y a sus acompañantes. «La orden —dijo el antiguo colaborador de Boyer— no puede ser revocada porque al gobierno le consta que las hermanas de Duarte fabricaron balas para la independencia de la patria y quienes entonces fueron capaces de tal empresa, con más razón no dejarán ahora de arbitrar medios para la vuelta del hermano que lloran ausente.» Esta respuesta de Bobadilla, digna de su corazón y de su cabeza, puso fin a la entrevista. La residencia de doña Manuela Diez fue sometida desde aquel día a una vigilancia más severa. El coronel Matías Moreno, quien había sido miembro del Estado Mayor de Duarte cuando éste fue nombrado por la Junta Central Gubernativa jefe de uno de los ejércitos expedicionarios del Sur, recibió el encargo de rondar la casa y de mantenerla a toda hora custodiada. Todo un batallón se destinó a este servicio de espionaje. El encargado de esta ingratísima tarea, desobedeciendo las órdenes de Bobadilla y del ministro Cabral Bernal, hizo cuanto estuvo a su alcance para suavizar la odiosa medida de la policía de Santana. Matías Moreno había sentido por Duarte, desde los días en que ambos convivieron en el campamento de Sabanabuey, una admiración respetuosa. Conservaba con orgullo una de las charreteras del Padre de la Patria, y en lo más profundo de su corazón sentía una invencible repugnancia en servir de instrumento para la persecución de la inocencia. Fingiendo hallarse interesado en adquirir parte de los muebles de las desterradas, Matías Moreno se acercó a doña Manuela y le hizo saber que había aceptado la misión de vigilarla para constituir-se en guardián de su vida durante el tiempo en que aún permaneciera en suelo dominicano. La puso en guardia contra uno de los vecinos, espía comprado por el gobierno, y recomendó a la ilustre anciana y a sus hijas que abandonaran todo temor y permanecieran tranquilas en sus habitaciones. Conmovida por esta prueba de amistad, la única que recibió durante su amargo cautiverio, la familia de Duarte se mantuvo recluida en su hogar hasta que se le ofreció la ocasión de salir con rumbo a Venezuela. En compañía de sus hijas Filomena, Rosa y Francisca, y de su hijo Manuel, quien ya había perdido del todo el uso de la razón, emprendió la anciana el viaje, el último que debía hacer en el resto de su vida, la tarde del 19 de marzo de 1845. Desde la goleta que debía conducir a la Guaira a las infelices desterradas, doña Manuela y sus hijas oyeron, no sin cierto júbilo que en otras almas menos puras hubiera parecido un sarcasmo, los ecos de la algarabía con que en esa misma fecha celebraba la ciudad el triunfo de la patria en los campos de Azua. Manuel, el pobre idiota que pagó con la pérdida de su razón la injusticia que se consumaba aquel día, acompañó también los vítores a Santana con una risa enigmática, como suele serlo la de todos los seres a quienes ha envuelto el misterio de la locura. El 6 de abril de 1845 abrazó Duarte, en el muelle de la Guaira, a su madre y a sus demás parientes. Al sentir en su rostro los labios de la anciana percibió en aquel beso el frío de la muerte, que ya tenía señalada aquella cabeza predilecta del infortunio, y por la primera vez en su vida dirigió la cara al cielo para pedir «a ese Dios de justicia» el castigo de los autores de «tanta villanía». Doña Manuela y sus hijos se establecieron en la ciudad de Caracas. Duarte prefirió ir a probar fortuna en el interior de Venezuela. Ejerció durante algún tiempo el comercio en distintas poblaciones de la costa del Caribe y luego se internó por el Orinoco en las zonas más apartadas del territorio venezolano. Vagó errante por espacio de muchos meses. Una extraña sed de peregrinación se apodera de él en este tiempo. Camina sin rumbo fijo y parece arrastrado por el deseo de substraer-se de toda comunicación humana. Cuando llega a Río Negro, aldea enclavada en plena selva, se resuelve a plantar su tienda en medio del desierto, donde nadie sea capaz de descubrir sus rastros ni de intentar ponerlo de nuevo en contacto con el mundo. Para él ha llegado la hora de la soledad, la hora de la expiación, y se dispone a apurar tranquilamente su cáliz viviendo encerrado dentro de si mismo como un monje en su celda.
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