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REALIZACIÓN DEL SUEÑO DE DUARTE Mientras Duarte buscaba ansiosamente en Curazao un buque que lo condujera a costas dominicanas, los acontecimientos se precipitaban en el país con rapidez inesperada. El sentimiento separatista ganaba cada vez mayor número de prosélitos, y entre las mismas filas de los afrancesados crecía la repulsión contra las autoridades haitianas. Las medidas desacertadas de Charles Hérard, quien se inspiraba en los mismos sistemas despóticos de su antecesor, pero quien carecía del instinto político de que este último dio más de una vez demostraciones evidentes y gracias al cual pudo mantenerse en el poder durante casi un cuarto de siglo, habían dado lugar a que el patriotismo de los habitantes de la parte del Este se excitara y a que el descontento invadiera aun a los grupos que hasta entonces se habían mostrado más adictos a los dominadores’: El sentimiento antihaitiano se extendía ya sin excepción a todos los nativos. Este estado de espíritu era común así a los duartistas, partidarios de la libertad sin restricciones, como a los que abogaban por una República constituida bajo la protección extranjera. El fracaso de los principios que se proclamaron aparatosamente en Praslín, cuna de la revolución que se denominó «La Reforma», decepcionó a Buenaventura Báez y a todos los grandes caudillos que militaban en el partido afrancesado. En la Asamblea Constituyente que sesionó en Puerto Príncipe hasta el 4 de enero de 1844, el propio jefe del sector que aceptaba la fórmula del protectorado, se pronunció enérgicamente contra el propósito racista de prohibir a los blancos el goce de los derechos civiles, e hizo pública la consigna de que era preferible, antes que depender de Haití, resignarse a ser esclavo de una nación cualquiera. Los que participaban de estas ideas se apresuraron a renovar las negociaciones entabladas con los agentes consulares de Francia, Levasseur y Saint Denys, para constituir una República semiindependiente en la parte española. Las maniobras de los afrancesados dieron motivo a su vez para que los parciales de Duarte, con José Joaquín Puello y Francisco del Rosario Sánchez a la cabeza, activaran sus propios trabajos revolucionarios. Un manifiesto redactado por don Tomás Bobadilla y suscrito por un grupo de ciudadanos notables el 16 de enero de 1844, circuló clandestinamente en todo el país y puso en tensión los ánimos ya excitados por las tropelías de las- hordas haitianas. Juan Evaristo Jiménez, uno de los portadores de ese memorial de agravios, leyó la proclama en juntas públicas y produjo en todas partes enormes explosiones populares. Un campesino dominicano que oyó leer el manifiesto, el señor Manuel Maria Frómeta, ofreció la carne de sus propios hijos para que sirviera de cartuchos a los revolucionarios. La erupción estaba ya próxima y los invasores carecían de recursos para contener los ánimos enardecidos. El partido duartista, defensor acérrimo de la «pura y simple», consideró necesario, por otra parte, anticipar el golpe para sorprender al mismo tiempo a los esbirros de Charles Hérard y a los afrancesados. Al seno de los discípulos de Duarte habían llegado, en efecto, informes alarmantes sobre el propósito de Buenaventura Báez, de Remigio del Castillo, de Juan Nepomuceno Tejera y del presbítero Santiago Díaz de Peña, de adelantarse a proclamar un estado independiente de Haití, pero supeditado a Francia, que, a cambio de su protección, retiraría, entre otras ventajas, la de aprovecharse económicamente de su prosperidad futura. Se sabia también que ya los amigos de Francia tenían listo el documento en que se explicarían los motivos que la parte oriental de la isla iba a invocar en apoyo de su aspiración a disponer a medias de sus propios destinos acogiéndose al expediente del protectorado. Patriotas insospechables que conocían los planes de este grupo y que se habían filtrado en sus conciliábulos para dar en el momento oportuno la voz de alerta a los caudillos de «la pura y simple», aseguraban que el documento sería hecho público en Azua, plaza fuerte de Buenaventura Báez, el día primero de enero de 1844, y que seria publicado originalmente en la lengua de Francia, que era al mismo tiempo la de la nación usurpadora. Duarte, informado de esas versiones, trató de desembarcar antes del 9 de diciembre en Guayacanes, en la costa sur de la isla, entre la bahía de Andrés’ y el puerto de San Pedro de Macoris, sitio donde debían unirse a él algunos de sus partidarios. Todos los .esfuerzos que realizó para fletar un buque y salir hasta el punto convenido con los pertrechos que había logrado reunir en Venezuela y Curazao, resultaron infructuosos a causa de la insuficiencia de sus recursos. Los directores del movimiento separatista en ausencia del fundador de «La Trinitaria», los señores Vicente Celestino Duarte, José Joaquín Puelío y Francisco del Rosario Sánchez, urgían mientras tanto al apóstol para que desembarcara en el país antes de la fecha fijada para proclamar la independencia. La depresión moral que le causa el hecho de verse reducido, por circunstancias superiores a su enorme entereza de ánimo, a permanecer inactivo en su refugio de la colonia holandesa mientras sus discípulos lo urgen para que se dirija a encabezar su propio movimiento, lo abate hasta el extremo de tener que guardar cama desde el 20 de diciembre hasta el 4 de febrero. Una violenta fiebre cerebral se apodera de si organismo y lo reduce al lecho, en donde delira como un poseso durante varias semanas. Los que lo rodean temen por si razón y espían con ansiedad ese desorden súbito de sus facultades mentales. El nombre de la patria de sus sueños asoma una y otra vez en sus pesadillas. Pero al fin logra ponerse en pie y dominar la postración casi en vísperas del día en que presume que sus partidarios iniciarán la revuelta. Tan pronto la luz vuelve a su razón, el héroe, el hombre dotado de tremen das energías morales, se sobrepone a sus quebrantos físicos reanuda las gestiones para obtener un buque que lo conduzca Guayacanes. Pero ninguno de los capitanes de las goleta que pueden prestarle ese servicio accede a sus demandas hechas en el tono patético propio de su estado de ánimo, y otra vez la desesperación se apodera de su alma y nuevos trastorno amenazan sus nervios despedazados. Urgidos por la necesidad de impedir que los afrancesado les arrebaten el triunfo y malogren, con su independencia medias, los principios proclamados cuando se fundó «La Trinitaria», los duartistas que permanecen en la isla deciden lanzarse a la revolución aun en ausencia del iniciador del movimiento. Uno de los centros principales de la conspiración es el propio hogar de la madre de Duarte. Una hermana del caudillo separatista, la insigne Rosa Duarte, reúne en secreto a ur grupo de mujeres, iniciadas por ella en los trabajos revolucionarios, y se dedica con su colaboración a fabricar cartuchos para el ejército llamado a sostener la independencia. En el almacén de su padre, quien por largos años explotó el comercio de artículos de marinería, quedaban apreciables existencias del Plomo que se utilizaba para los forros de los buques, y la heroína se apoderó de ese material precioso para la fábrica de cartuchos que improvisó en sus propias habitaciones. La noche del 27 de febrero de 1844 los separatistas, encabezados por Vicente Celestino Duarte, por Manuel Jiménez y por Francisco del Rosario Sánchez, desfilaron en pequeños grupos por las calles silenciosas con sus armas ocultas para no excitar’ la sospecha de los pocos transeúntes que después de las nueve de la noche se aventuraban a salir de sus hogares mientras duró el terror impuesto por la soldadesca haitiana. Cerca de las doce, la hora convenida para lanzar el grito de redención o muerte, las viejas piedras del Baluarte del Conde se hallaban rodeadas de patriotas que acudían desde los cuatro extremos de la ciudad para la cita histórica. Uno de los del grupo, mordido por la intrepidez o la impaciencia, se adelantó entre las tinieblas e hizo al aire un disparo. El estampido repercutió en todos los ámbitos de la ciudad amurallada, y desde la fortaleza Ozama, refugio principal de los haitianos, se movilizaron tropas que poco después volvieron a replegarse a sus cuarteles. La aurora del siguiente día envolvió en sus resplandores una nueva bandera que se elevaba sobre el cielo purísimo de la mañana para anunciar como una trompeta de colores el fin de una larga noche que duró veintidós años; noche llena de ignominia, durante la cual la patria permaneció postrada sobre un lecho de estiércol.
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