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VEINTE AÑOS EN EL DESTIERRO Negro es una pobre aldea de indígenas situada en la raya que por la parte del Orinoco divide al Brasil de Venezuela. La cordillera de los Andes de un lado y las selvas con sus grandes masas de verdura del otro, cierran por todas partes el valle escondido sobre la altiplanicie y aíslan prácticamente a los pocos seres que allí viven de todo contacto con la civilización humana. El caserío paupérrimo> compuesto de construcciones primitivas que se amontonan en desorden en el recodo donde el terreno ofrece menos dificultades para el tránsito, permanece durante las noches .expuesto a las incursiones de las fieras y en el día tiene el aspecto de un oasis montaraz convertido en una aldea de pescadores. La mayoría de la gente que allí reside dispone apenas de lo necesario para vivir miserablemente y los que no se dedican a la cacería o al pastoreo en los sitios que no han sido arropados por la selva, tienen el cultivo del maíz o la matanza de animales salvajes como ocupación cotidiana. El villorrio carece de escuelas y su única comunicación con el resto del país se realiza a través del río en embarcaciones rústicas fabricadas por los vecinos más industriosos. De cuando en cuando, llega a lomo de mulo un correo que trae algún periódico para la autoridad del lugar y que constituye el único contacto que una o dos veces en el año tienen con el mundo los humildes habitantes de este caserío olvidado. El paisaje circundante, sin embargo, no carece de majestad, y la cercanía de la selva le imprime a todo cierto encanto de naturaleza salvaje. Basta asomarse al Orinoco o adentrarse algunos pasos en el mar de árboles entrecruzados que a poca distancia de allí encrespa sus ramajes y cubre la tierra con un manto de verdor, para arrobarse en la contemplación de mil cosas peregrinas: aves de los más extraños matices, arbustos de todas las formas y de todos los aromas, árboles de gigantescas proporciones a cuyos pies hormiguea todo un mundo minúsculo; y por dondequiera, un fuerte olor a humedad y a suelo virgen, semejante al que debieron de despedir los bosques y los prados cuando todavía la tierra, de reciente hechura, no había sido manchada por las pasiones de los hombres. En este codo de los Andes se reclutó Duarte en 1845. Durante doce años permanecerá en ese desierto casi sin comunicación alguna con el resto del mundo. ¿Qué vida hizo durante el tiempo en que permaneció allí oscuro y olvidado? La historia no conserva sino muy escasos testimonios sobre las actividades del apóstol en este período de su existencia azarosa. Pero es fácil reconstruir su diario de horas, porque en la soledad que se ha impuesto, la vida tiene constantemente el mismo semblante y discurre con igual monotonía. La población de Rio Negro, durante la época en que allí se recluye el desterrado, está constituida por gente rústica que carece de toda inquietud espiritual y a la que la proximidad de la selva envuelve en cierta atmósfera de primitivismo candoroso. La vida no es’ difícil en este rincón remoto, y a ello contribuye no sólo la extrema simplicidad de las costumbres, sin más exigencias que las estrictamente primarias, sino también la abundancia de caza y la riqueza del suelo, que no escatima a nadie sus frutos ni sus aguas y que permite a todos vivir con poco esfuerzo de los recursos comunes. Duarte ha ido allí en busca de sosiego para su espíritu, y se resigna a vivir en medio de la mayor pobreza. Los vecinos, a cambio de un poco de instrucción que el apóstol suministra a la niñez de la aldea, le permiten compartir sus escuálidos medios de subsistencia y disfrutar a sus anchas de la paz del desierto. La estancia en Río Negro constituye por sí sola una prueba de que Duarte era un ser extraordinario. Para medir el sacrificio que se impuso voluntariamente, basta recordar que el apóstol, quien había sido rico y había disfrutado en Europa de las exquisiteces suntuarias de la vida civilizada, no gozó durante este tiempo ni siquiera del placer espiritual de la conversación con personas de la misma cultura. La meditación y la lectura fueron en esta temporada de aislamiento su ocupación constante. Por medio de estos ejercicios espirituales, convertidos en faena diaria, llega Duarte gradualmente hasta el punto máximo de perfección que cabe en la naturaleza humana. Los grandes penitentes de la Iglesia, aquellos que pasaron casi la vida entera en el desierto y allí aprendieron a descargar la carne de todas sus impurezas terrenales, no igualan en paciencia y en resignación al solitario de Río Negro. Si la verdadera santidad consiste en vencerse a si mismo y en ejercer completo imperio sobre sus instintos, el prócer dominicano alcanzó ese ideal de manera absoluta. Su expiación resulta todavía más grande cuando se piensa que el aislamiento que voluntariamente se impuso no se debió a un sentimiento de soberbia ni a un arranque de despecho. Si hubiera quedado en su alma, cuando tomó esa resolución heroica, algún rezago de ambición o algún resto de orgullo, hubiera buscado el modo de alimentar desde el exilio la hoguera de las revoluciones, o hubiese proferido alguna vez palabras de venganza contra sus perseguidores o hubiera salido de su retraimiento cuando el presidente Jiménez llamó en 1848 a los próceres desterrados por Santana y garantizó su retorno con un decreto de amnistía. Otros caudillos de la causa separatista, ‘más impacientes o de corazón menos austero, volvieron al país tan pronto desapareció Santana del poder y participaron con voracidad en el reparto de las jerarquías oficiales. Sánchez fue comandante del departamento de Santo Domingo en la administración que sucedió a la del déspota que hizo dictar la sentencia del 22 de agosto, y Mella empezó a mezclarse activamente desde entonces en las turbulencias intestinas que por largo tiempo sumieron al país en la anarquía. Sólo Duarte permanece en el retiro del Río Negro. Sólo él no desciende de su altura para mezclarse en las pequeñas disputas por el mando o para contribuir a la división y a la discordia tomando partido en la pugna de los que se discuten las preeminencias políticas. Por eso es Duarte la única conciencia civil definitivamente pura que ha existido en la República; por eso es él el idealista integérrimo, el varón de vida inculpable que llevó con más dignidad su martirio y que más lejos estuvo del tributo miserable que cada hombre está obligado a pagar, en mayor o en menor cuantía, a las concupiscencias humanas.
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