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IV A fines de octubre la lluvia
era cosa perenne sobre la tierra. Todos los horizontes se gastaban
en el gris de los aguaceros. Ya cada gota se me antojaba un cordón
largo tendido desde el cielo hasta mis ojos. Una gallina había sacado,
pero los pollitos se fueron muriendo de frío poco a poco. De manera
que para Pepito y para mí, el único entretenimiento posible fue,
durante muchos días, corretear por la casa y jugar a escondidas
tras los serones. Mamá parecía haberse
vaciado de espinas; los Pómulos le hacían esquinas en la cara y
rezaba a menudo. A la verdad, me gustaba rezar. Encontraba un placer
delicioso en estar de rodillas, las manos juntas sobre el pecho,
todo el cuerpo lleno de luminosa dulzura, seguro de que Dios estaba
Oyendo mis palabras. Una gran bondad me invadía y sentía la carne
liviana, casi en trance de volar. Orábamos en la habitación
de mamá, que en el primer nudo negro de la noche se llenaba de
sombras. Se veían colgando de los rincones, pegados al techo.
Haciendo esquina, una tablilla soportaba una desteñida imagen de
San Antonio de Padua, calvo y humilde, con el rostro envuelto en
inexplicable ternura, la cabeza ladeada y un rollizo niño a su
lado. San Antonio, según mamá,
hacía incontados milagros. Le encendíamos una hedionda vela de
cera negra, se la poníamos enfrente, y aquella lengua de luz que se
gastaba en humo denso, llenaba de resplandores rosados los más
lejanos trozos de pared. El santo parecía llenarse de rubor, y la
llamita le lamía la calva con enfermizo placer..A menudo me
sorprendía a mí mismo alejado de la oración, de los santos, de la
tierra: me mecía en una especie de vacío total, embriagado
levemente por aquella lucecita temblorosa que daba tumbos a cada
empujón del viento húmedo y rendijero, que parecía quemar las
mejillas de Pepito y alumbraba los ojos oscuros de mamá. Era tal el silencio que a
veces nos rodeaba, que las cuentas del rosario, golpeando entre los
dedos de mamá, sonaban como piedras lanzadas en madera. Madre abría
los labios y los juntaba tan de prisa que podíamos seguir su
movimiento; pero ni un murmullo salía de ellos; era la oración
sepulta y sincera, en la que los labios intervenían tan sólo por
la costumbre de modular la palabra. Al terminar ensayábamos un
suspiro. Pepito y yo nos limpiábamos las rodillas, endurecidas ya,
y mamá se estrujaba con la diestra la cenizosa cara, mientras
sujetaba el rosario con la otra. Entonces empezaba con voz
susurrante alguna vieja historia, de las muchas que aprendió del
abuelo. Salíamos después de la
habitación para registrar las puertas, los rincones distantes y
debajo de las camas y catres. Hablábamos un poco de papá; deducíamos
dónde estaría, ella refiriéndose a todo el camino, yo desde el
Bonao hasta el Pino, que era el único trecho que conocía, y Pepito
de Jima a casa. Después nos acostábamos. Hasta cerca de los
primeros plomos del sueño seguía yo arropado por aquella sensación
de liviandad y de silencio que me producía el rezo. * * Cuando papá no estaba en
casa y el ala de madre tenía que cubrirnos sin ayuda, se le limaban
a mamá aquellos filos cortantes que tenía en la cara y en los
ojos. Se hacía dulce, amable, silenciosa Irradiaba un suave calor
en la mesa, en la cocina; en todos aquellos sitios que la conocían
agresiva. Le gustaba echar maíz a las gallinas, de madrugada, y
hacer historias encantadoras. Por los días del último viaje de papá
se mantenía arrebujada en una frazada gris, medio deshilachada y
fuera de uso, porque la lluvia sembraba el frío en la tierra y al
amanecer venía el viento cargado de agua, empujado desde los cerros
azules que levantaban nuestro potrero. Las mujeres del lugar nos
visitaban con más frecuencia; lentas y tímidas, se metían en la
cocina y allí hablaban de cosas vagas. Pepito y yo teníamos las
cortas horas de sol en nuestros pies; correteábamos por el camino,
nos íbamos a Jagüey, apedreábamos los nidos. Un día, a la hora
de la comida, nos dijo mamá que no debíamos salir de la casa o del
patio. Por la mañana había estado bastante gente entrando y
saliendo. Dejaban caer palabras espesas e inaudibles; comentaban
algo entre lentitudes y gestos importantes. Todo aquello lo veíamos
Pepito y yo, pero cada uno se esforzaba en no oír y en no comentar. Tras su recomendación, madre
se quedó mirando el cielo sucio. Después lamentó: —Y Pepe tan lejos... Pepito alargó el pescuezo y
preguntó de improviso: —¿La revolución, mamá? —Sí, hijo; están matándose
otra vez; pero no se puede hablar de ello. Madre calló, y un silencio
embarazoso se dejó caer muerto sobre la blanca y sencilla mesa. En la noche fue Dimas a casa.
Era hombre bajito y fuerte; encanecido, peludo y de mucha barba. Tenía
un vago aire patriarcal y cuanto hablaba interesaba. Nos gustaba por
sus cuentos, llenos todos de un recio sabor de aventura, pintorescos
y detallados. Se sentó en la peor de
nuestras sillas, escupió a un lado, extrajo el cachimbo y lo fue
llenando lentamente de tabaco. Después me llamó, con una voz
peculiar de hombre sufrido, y me dijo que le buscara lumbre..Cuando
mamá llegó se destocó haciendo una reverencia rural que trascendía
nobleza y sinceridad. A seguidas subió los pies descalzos en los
travesaños de la silla, y preguntó: —¿Cuándo cree usté que
vendrá don Pepe? Mamá dijo que no sabía y se
sujetó ambas sienes con fuerza, lo que indicaba que estaba
preocupada. Inesperadamente, Dimas explicó: —En el pueblo rompió la
cosa ya, doña. Yo creo que para allá —y señaló la dirección
en que estaba padre— debe estar la cosa fea. A mamá se le estiró la cara
de tristeza. —Me lo dijeron desde esta
mañana, y eso me tiene mortificada, Dimas. —¿Por don Pepe? No se
apure, doña, a ese nadie le hace un daño. —Es verdad, pero. Dimas chupó su cachimbo y se
quedó mirándola, mirándola con estúpida fijeza. A poco se puso
de pie y se arrimó a la puerta. —La noche está cerrada
—dijo. Mamá contestó moviendo la
cabeza. Un airecillo hacia remolinos junto a la lámpara. —Será que va a llover
—apuntó madre al rato. Dimas confirmó: —Esos aguaceros no tienen
fin, doña. Callaron ambos. Un silencio absoluto comenzó a
estirarse entre ellos. Pepito y yo esperábamos no sabíamos qué
para pedirle a Dimas que contara algo; pero el viejo se incorporó
de pronto, caminó hasta un rincón, y con la misma actitud y el
mismo tono de voz que si hubiera estado hablándole a otra persona y
no a mama, dijo: —Los muchachos taban en el
pueblo con una recuita de Morillo, y el gobierno los reclutó ayer. Madre se movió igual que si
la hubiera picado un bicho. —¿Cómo? —preguntó
azorada. Se veía que quería hacer
otro comentario más vivo, que aquella noticia la había herido;
pero la actitud conforme de Dimas mataba el comentario antes de que
naciera. —Sí —remachó él acercándose
a nosotros— Dios quiera que salgan bien de ese lío. Yo sentía su olor de tierra,
de sudor, de esterilla de mulo. El se volvió: —Vea, doña, a los santos
les ruego que vuelvan vivos, porque yo toy muy orgulloso de esos
muchachos. . . Ni juegan, ni beben ni jaraganean. Madre comentó, apenada: —Sí, Dimas; récele a San
Antonio para que se los devuelva. El viejo tomó a acercarse a
la puerta. —Ojalá que don Pepe
viniera pronto, para que usté se tranquilice —dijo quitándole
importancia a su dolor. Madre se acercó también;
sacó la cabeza y miró hacia el este, esperando. —Ojalá... —aprobó. El viejo mascó su dolor, se
quedó a solas con él, silencioso, huraño. Al rato dijo adiós y
se perdió en la oscuridad, camino de su bohío. * * Pocos días más tarde fue a
visitarnos la vieja Carmita. Llegó muy de mañana, trajeada con
ancha bata de prusiana morada; no traía paño en la cabeza y sus
cabellos grises resplandecían al sol. La vieja Carmita vivía en
Jagüey Adentro. Era alta, delgada, con la cara fina y salida de
huesos. Nunca alzó la voz; nunca dejaron sus ojos de ser dos luces
tranquilas en medio de aquel rostro oscuro y afilado. Saludó en voz baja, desde el
portal; entró moviéndose suavemente; ya en la puerta de la cocina,
apoyó un brazo en el marco y clavó el otro en su cintura. —Doña. .. —dijo en tono
suplicante. Pero no quiso seguir
hablando, como si temiera desatar aquella tristeza que le hacía
nudos en los pómulos. Después se acercó a mí, al tiempo que
murmuraba: —Dios te guarde, hijo. Mamá la observaba, la
acechaba. Aquella mirada cargada de perspicacia que tenía madre no
se enredaba en palabras ni simulaciones. —¿Ha sucedido algo por allá,
Carmita?- preguntó. —No, nadita —sopló ella. Pero largo rato después,
cuando habían parecido vidriarse sus ojos y cuando nadie esperaba
sus palabras, dijo. —Los muchachos que cogieron
el monte. Mamá no pudo reprimir un
movimiento brusco del ‘entrecejo. Miró en vuelo a la mujer, que
se entretenía en desensortijar mis cabellos. —¿Dice usté que cogieron
el monte? La mujer movió la cabeza de
arriba abajo. No podíamos precisar qué sentía; parecía
indiferente, si bien seguía ostentando aquellos nudos de tristeza
en los pómulos. —Las malas compañías
—explicó de pronto—. Se fueron cuatro o cinco. —¿Y qué pretenden hacer?
—objetó madre. —Bueno, doña... Ellos sabrán. La voz se le apagaba, y se
notaba que le molestaba hablar de tal cosa. Dejó quietos mis
cabellos y tomó asiento en el banco. Empezó a tachonarse la falda
con los dedos, buscando distracción; pero a poco alzó la cabeza y
nos miro con amplitud. Irradiaba extraordinaria serenidad. El humo de la leña se iba
haciendo estrecho junto a cada rendija. —Doña, los tiempos son
malos —explicó ella— y debemos ser conformes. Ya yo perdí un
hijo que se fue con el gobierno años atrás. Mamá no cabía en su dolor. —¿Y no sospechan lo que
sufre una madre? —empezó a preguntar. —Peor es que salgan
ladrones o pendejos, doña —objetó ella. Calló y se acercó a la
puerta. Yo miré el cielo: en aquella
mañana tan clara y tan alta sólo cabían palabras de resignación. Cuando hubo salido me lancé
al patio en busca de Pepito; quería contarle la nueva que Carmita
nos trajera. Mi hermano no respondió a mis voces. Bajé por las
barrancas del Yaquecillo, afanoso, porque mi hermano sabía dar
explicaciones a mis dudas, aunque inventara mentiras. Estaba seguro
de que iba a gustarle la noticia. No estaba en el Yaquecillo. El
arroyo se arrastraba entre cieno y los mosquitos zumbaban sobre el
agua muerta. Me cansé de vocear; él no podía estar distante, pero
no respondía. Saltando piedras, chapuzándome unas veces y rabiando
siempre, tomé la dirección del agua y anduve por el cauce vacío.
Poco a poco me fui internando en el estrecho paisaje, donde los
helechos crecían con intenso verdor y se alzaban enormes cañas de
castilla. Hacia el sur distinguí los cuernos de una res que había
bajado a engañar su sed; dos ciguas saltaban y piaban a escasas
varas del camino que pasaba por el arroyo sin saltarlo y sin
perderse en él, sino reblandeciéndose un poco. Olvidé en lo que andaba y me
tiré de espalda en un recodo de arenillas doradas. Un poco más
hacia el norte se metía en el arroyo la yerba del potrero, después
de haber descendido por la barranca. Desde donde yo estaba podía
tocar con las manos las lilas que se abrían bajo el día. El sol era llama brava sobre
la tierra cuando desperté. A mis ojos adormecidos, todo había
cobrado aspecto de cosa recién chamuscada. La voz de Pepito me
perseguía con llamadas desesperantes. Me incorporé. De la parda
arenilla emergía un calor insufrible y yo sentía los huesos vivos
y sufridos bajo la carne. Los jejenes me habían llenado las piernas
de ronchas y los mosquitos se habían cebado en mis brazos y en mi
rostro. Cuatro días después, al
anochecer, un fuego cruel empezó a calcinarme las entrañas. Me dolían
la espalda y las articulaciones. Simeón fue a yerme, una mañana,
y dijo que había que darme tisanas de cuaba y mucha quinina. Lamentó
no poder ir al pueblo para traerla él mismo. Mamá estaba sentada a mis
pies, en el mismo catre, y el alcalde en una silla, acariciándose
el bigote áspero y rojo. Mamá le preguntó por qué no podía ir
al pueblo, y en aquella pregunta unía dos intereses, el de mi salud
y el de saber la verdad. Simeón quiso rehuir la
respuesta y dijo: —El gobernador me mandó
buscar; pero yo no voy, doña.. Madre comprendió y
resueltamente inquirió: —¿Entonces es verdad todo? —¿Todo? Simeón había mirado de
refilón, como persona a quien le molesta una duda. —Todo eso __señalando al
oriente__ está prendido, dende el Bonao para acá. —¿Pero se está peleando
ya, Simeón? —Y duro, doña. Anoche
asaltaron el Cotuí. —¿El Cotuí? —sopló mamá
llena de sobresalto. —Sí —atajó él—; pero
no se apure por don Pepe, que todo el mundo lo conoce y lo respeta. Mamá se quedó pensativa. Le
llameaban los ojos, y con una mano, maquinalmente me acariciaba la
pierna que la fiebre quemaba. Simeón miraba hacia la ventana con
aires de persona que rumiaba un pensamiento importante.
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