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VI Aunque el día amaneció
nublado, con las nubes espesas y oscuras rozando las copas de los árboles
y los techos de los bohíos, mucha gente conocida y desconocida
estuvo visitándonos desde que las gallinas dejaron los palos. Mero llegó antes que el sol,
tomó una botella de creolina en el comedor, charló con mama, buscó
un poco de cal en el almacén, y se fue a los potreros a curar dos
mulos que se habían estropeado en el viaje. Mero vivía en Pino Arriba y
a lo que parece no tenía padre ni madre, porque nunca le oí hablar
de ellos. Se había echado novia, y las primas noches le encontraban
sentado en el bohío de ella, silencioso mirándola con actitud tímida. El era persona moza, de pocas
líneas y carne indecisa. Parecía que todas las palabras habían
muerto sobre sus labios y que todas las luces nacían en sus ojos.
Mulato, alto de pómulos, trabajador y sufrido, no tenía estampa
fija ni se sabia a ciencia cierta en qué acabaría. Entró al
servicio de papá en Río Verde, se le acomodó en el corazón
porque no contestaba a sus regaños, porque era honrado y porque
como no hablaba, no ofendía. Madre le quería mucho, y siempre
encontraba abundante el café para guardarle su tacita. Ni en Río Verde ni en el
Pino vivía en casa; allá tenía la suya y al mudarnos encontró
bohío en Pino Arriba. Se retiraba cuando nos sentía con sueño y
volvía antes de que despertáramos del todo. Alguna que otra vez hablaba
de su hermana, mujer a la que parecía profesar un cariño limpio.
Ella tenía unos hijos que él llamaba “mis sobrinos del
diablo”; y cuando la ocasión le ponía frente a una recua que debía
pasar por Río Verde, amarraba algunos “clavaos” en un pañuelo
y se los enviaba a los muchachos “para que comprara dulces” * * Papá conversaba con Simeón,
que entre palabras se ponía de pie para recomendar a mamá cómo
había de hacer la tisana que me curaría las calenturas. A mi padre
le tenía disgustado el estado de alarma y de desorden que se había
producido, y lamentaba sobre todo el reclutamiento de los hijos de
Dimas. Ellos no eran asiduos de
casa; pero trabajaban con papá, uno viajando con la recua; y en
ocasiones los dos, cuando padre contrató cierta venta de troncos de
roble y los utilizó para que ellos los cortaran y los sacaran al
camino; y cuando había que preparar las cargas de andullos o
frijoles, en vísperas de salidas. Aquellos muchachos gozaban
fama de serios y de trabajadores. Ambos eran blancos, ligeramente
curtidos por el sol; ambos finos, respetuosos, bien criados. No nos
visitaban con frecuencia, porque estaban en edad de hacerles ruedas
a faldas jóvenes y libres; y por eso se les encontraba en los
campos distantes, en las galleras o en las fiestas; de noche, sobre
todo, se mantenían en relaciones lejanas. Dimas estaba muy
orgulloso de ellos, aunque era discreto al alabarlos. Padre le estaba explicando a
Simeón algo relacionado con ellos cuando se asomó por el patio la
vieja Carmita. Estuvo callada mientras padre no la saludó; después
preguntó si no había visto a sus hijos. De seguro que papá mentía
al decirle que si; y ella lo notó porque aunque se despidió con ánimos
de irse, se mantuvo rondando por la cocina alrededor de mamá, como
quien busca un consuelo que no quiere pedir. Probablemente papá estaba
enterado de todas las nuevas del lugar; se las contaría mamá en la
noche. Quizá por eso había estado oyendo hasta bastante tarde el
ruido peculiar del fósforo cuando se enciende, señal de que estaba
insomne y fumaba. Yo estaba extenuado por la
fiebre del día anterior; sentía una flacura interior, algo que me
desteñía los colores y me invitaba a un sueño intenso. El frío
me nacía en los propios huesos, se me adueñaba de la carne, me
martirizaba. Papá y Simeón seguían
comentando sus asuntos; de rato en rato se levantaban, estrechaban
manos anónimas, hablaban en voz alta. Pero de improviso padre gritó,
notándosele el asombro: —¿José Veras? ¡Caramba! ¡Estaba en casa José Veras!
Salí corriendo; lleno de un impulso estúpido, tropecé con una
silla, oí a mamá clamar que me haría daño, y me lancé sobre
aquel hombre a quien quería entrañablemente. El me recibió en el
pecho, me apretó, me tentó con sus manos duras y me sostuvo
cargado con un brazo mientras echaba el otro en el hombro de padre. * * ¡José Veras! Ladrón, haragán,
valiente, simpático, dueño de una vida aventurera y atrayente,
recalaba en casa después de algunos meses de ausencia. Se había
criado en Río Verde y veneraba a mi abuelo. Era cuellicorto y cabezón.
Tenía bigote copioso, frente estrecha, espesas cejas, la mirada
afilada y la boca siempre rota en risas. A veces resultaba
pendenciero, si amanecía con la sangre gorda; pero los que le conocían
no se le atravesaban, porque a José Veras le pesaba el ruedo de los
pantalones. Nunca trabajaba y robaba a
plena luz. Sin embargo, la propiedad del amigo no tenía mejor
celador que él, ni su familia más abnegado enfermero cuando hacía
falta; ni río botado ni tiempo de agua ni revoluciones le paraban
cuando andaban en diligencias de gente de su querer. Al parecer abusaba de su
fama, y en el juego engañaba miserablemente a los demás o pedía
lo que él sabia que nadie le negaba. Es el caso que vivía y que no
doblaba el lomo. A veces desaparecía y averiguábamos que estaba en
la cárcel, ya porque hubiera vendido un novillo ajeno, ya porque
hubiera tendido a alguien en pleno camino, con las tripas afuera. Tenía el cuerpo bien medido
y musculoso, tanto que parecía un saco lleno de piedras. Vestía traje gris; estaba
descalzo y usaba sombrero de fieltro verde, medio raído y con
lamparones de sudor y polvo. Comenzó a charlar de muchas cosas,
vigilado por la mirada astuta del alcalde. Se fue largo rato después,
dejándome acostado; él mismo me llevó al catre y me recomendó
que me cuidara. Volvió en la tarde, cuando hubo encontrado acomodo
en un bohío desvencijado que estaba al otro lado del Yaquecillo.
Las yaguas calcinadas se le caían a pedazos y el viento cantaba con
ronca voz entre sus rendijas. Todos decían que en aquel bohío salían
muertos. La vegetación que le rodeaba era greñuda, llena de mayas,
pajonales y bejucos; éstos gateaban por las esquinas del bohío y
rompían en verdor sobre el techo. En el Pino nadie se hubiera
arriesgado a dormir en él; y cuando mamá le preguntó cómo se
atrevía a hacerlo, le contestó José Veras que Para los muertos
tenía su oración y para los vivos su revólver. Entre risas dijo
mas tarde que el bohío le gustaba porque nadie le pedía cuentas si
le arrancaba las tablas para hacer su candelazo en las noches de frío.
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