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VIII Un día amaneció el Pino en
revuelos, pues se aseguraba que la columna revolucionaria llegaba de
un momento a otro. La gente correteaba por el camino, dando voces y
arreando los cerdos y los becerros. Ladraban los perros y los
hombres se mangueaban, se acercaban, cuchicheaban entre sí y guiñaban
los ojos. En realidad, lo que había
sucedido era que media docena de alzados apostados en Jima se
hicieron de caballos y llegaron hasta Jumunucú para comprar ron. En
la pulpería bebieron de lo lindo y estando en calor se les ocurrió
disparar los revólveres. Uno de los vecinos, cuando la noche cerró
silenciosa sobre los tiros, salió cautelosamente, cruzó unos
cuantos guayabales y llegó al bohío más cercano. —Por ahí vienen ya
—dijo. En ese bohío se alarmó la
gente, y corrieron adonde unos primos que tenían cerca de Jagüey. —Por ahí viene la revolución
—dijeron. Uno de los muchachos, que oyó
la voz y creía que amanecía, se echó afuera, cruzó el río y
llegó hasta la casa de la vieja Carmita. Le aseguró que la columna
estaba casi entrando al Pino y hasta le juró que sus hijos venían
en ella. La vieja Carmita tocó en las puertas de todos los bohíos
cercanos, alborotó a los hombres, y en la madrugada estaba el Pino
entero sobresaltado, esperando oír de momento la corneta que
anunciara la llegada. José Veras, que estaba
bastante aliviado de la herida, pedía que le dejaran salir o, por
lo menos, asomarse a la puerta, porque quería ver si entre los que
llegarían estaban sus heridores. El frío apretaba, aunque
estaba despejado el cielo. José Veras se había recetado a sí
mismo resina de amacey, y tenía el cuello rojo, morado casi. Me tenía
consigo cuando las fiebres me permitían levantarme; me hacia
preguntas y cuentos. El día del revuelo en el Pino estuvo nervioso;
pero a medida que se acercaba la noche, como viera que se trataba de
alarmas falsas, se le fueron haciendo mustios los ojos, como las
flores castigadas por el sol de mediodía. En la tarde, mientras la
gente aún se removía de arriba abajo y en la cocina se hacían
vaticinios y se adelantaban conceptos, José Veras desenredaba sus
mejores voces para contarme una historia. La luz del atardecer
persistía temblona en las rendijas. El, con los pies cogidos, de
nalgas en su camastro, la mirada infantil y alegre, entre tenia mi
impaciencia. ...Bueno... Pata e Cajón
taba aquí, un ejemplo, y taba en La Vega. Andaba con un saco más
grande que una casa y ahí diba metiendo cuanto muchacho topaba. Una
vez nos llamó el gobernador a cinco presos, que tábamos en la cárcel
por desgracias que le pasan a uno, y nos dijo: “Ya Pata e Cajón tá
haciendo mucho daño; los suelto a todos ustedes si me lo consiguen. Salieron los cinco presos;
cada uno tomó caminos distintos, hacia los pasos de los ríos,
porque Pata de Cajón tenía la propiedad de aparecer en varios
sitios a un mismo tiempo. Casi nadie le había visto; pero se dio el
caso de desaparecer cuatro niños a la vez, en lugares distintos, y
en todos habían encontrado las huellas cuadradas, increíblemente
grandes, del fantasma. Uno o dos viejos aseguraban
haberlo topado, ambos de noche. Era, según decían, hombre bajito,
que podía crecer o hacerse como una hormiga, de acuerdo con sus
deseos. Se rumoreaba que había venido de Haití y que tenía
panales de avispas en las barbas blancas, espesas y largas. Más de un mes estuvieron los
presos acechando a Pata de Cajón. Una noche, pasada ya la media,
José Veras, que cuidaba el paso de Pontón, vio bajar por los
cerros de Terrero dos hachos de cuaba, grandes como pinos nuevos.
José no era hombre capaz de sentir miedo; pero era tan
impresionante el sordo ruido de pedregones desprendidos que salía
de los cerros, y tan azul Y extraña la lumbre que despedían
aquellos hachos que José se hincó, rezó un padre nuestro y dos
salves y sintió no tener vela para alumbrarse el camino de los
cielos. Por la sabana de Pontón,
tostada, amplia, llana como palma de mano y despoblada, empezó a
cruzar una gigantesca figura que se envolvía en la sombra, a pesar
de los hachos que la precedían. Los tales hachos caminaban solos
con pasmosa serenidad, igual que si la mano del diablo los
sujetara..Ya estaba cerca la aparición. José pudo distinguir el
tamaño de los pies, disformes, cuadrados y grandes como cajas de
mercancías. Sobre ellos se alzaba la figura dudosa que él estaba
en obligación de apresar. José se había metido entre
las mayas que orillaban la sabana; miraba con ojos enloquecidos de
pavor y sentía ganas de correr, de hacerse ligera guinea entre
aquellos pajonales pardos, enrojecidos por la lumbre de los hachos. Recordó la misión que le
habían confiado; pensó en los niños que desaparecerían esa
noche. Se sintió heroico y
comprometido, ya no dudó y desenfundó el revólver. Pero los tiros no salieron.
José Veras sudó frío. El fantasma caminaba sobre él, así,
volando, volando. José se aterrorizó hasta los mismos huesos y
lanzó un grito terrible. Después... No supo más. Los vividores
del lugar lo encontraron, a la mañana siguiente, tendido de cara al
cielo, apretando el revólver con mano agarrotada. —Asma —terminó puedo
jurar que lo vide, como se lo toy contando. .. Se apretó más los brazos
contra los pies. Una tristeza absurda le
poblaba de pena el rostro —Hace ya mucho tiempo que
Pata e Cajón no sale —explicó—. Me dijeron que se fue otra vez
pa Haití. Parecía lamentar en su
interior la ausencia del fantasma, mientras manoteaba matando los
mosquitos que se le asentaban en las piernas. Yo me sentía
debilucho. Y me levanté para dejar a la
jumiadora que se adueñara del vasto almacén: sobre el techo de
zinc se iba haciendo gruesa la noche picada de estrellas.
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