![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
X Una semana después había
renacido la paz en el lugar. El sol rubio, retozón y malcriado,
llenaba de oro los pardos caminos del campo. Mero iba y venía sin
cesar; sacaba los mulos, los peinaba, les curaba las mataduras y les
revisaba las patas; recosía aparejos maltrechos, serones rotos; se
pasaba horas enteras retejiendo sogas desflecadas. A menudo iba
Carmita para cambiarle la resina de amacey a José Veras, hablaba
poco o no hablaba y rara vez se refería a sus hijos, lamentando no
haberles visto cuando la revolución pasó. José le explicaba que
ellos estarían en otros sitios, “porque la guerra era muy grande,
y había mucha gente en el monte”. José se arriesgaba a salir y
se metía en la cocina bien de mañana para hacer rabiar a mamá con
su descuido o para contarme cuentos en los que no faltaba un muerto
que ora galopaba en las ancas de su caballo hasta derrengarlo en
cualquier recodo de camino lleno de tinta, ora le mandaba buscar una
botija repleta de onzas, ora le pedía que le rezara para sacarle de
penas. El viejo Dimas silenciaba y
la mayor parte del día la pasaba apretándose la frente con la mano
corta y recia. Nadie le traía noticias de sus hijos y a ratos sólo
sabíamos cosas desagradables para el gobierno, en cuyas filas
estaban. —En estos días
—rezongaba a menudo— no hay que pensar en trabajo. Todito lo
echan a perder estas condenadas revoluciones. Apenas venían campesinos a
casa; alguno se aparecía, de tarde en tarde, con un mísero
andullo, o con dos cajones de maíz. Papá se quejaba del mal
tiempo, aunque entre días se le oyera decir que, a pesar de todo,
la vida iba adelante. Y así era.. . Con algunos
empujones, es cierto; pero la vida iba adelante. Podíamos
compararla con las aguas escasas y pestilentes del Yaquecillo:
cuando le lloviera en las lomas bajaría impetuoso, alzándose hasta
lo más alto de sus raquíticas barrancas. * * El jefe del cantón de
Pedregal se presentaba temprano en busca de su café, volvía a
medio día a comer y retornaba en la noche para tertuliar Y echar un
trago, si aparecía. Era aquél un tipo
pintoresco, negro, rechoncho, de mirada vivaz y alegre decir.
Resultaba gracioso y simpático con nosotros, a quienes miraba como
personas superiores; pero hombre que le cayera bajo la voz de mando,
era hombre perdido. Le chillaban las palabras de una manera atroz, Y
si contaba un hecho de armas en el que había actuado, anulaba a
cuantos intervinieron en él para crecerse de modo desaforado. El
había mandado el fuego y repartido la guerrilla; y fue él quien,
en tal pleito, le tumbó la cabeza de un machetazo al general tal; y
él quien hizo prisionero a aquel otro general; y él quien, cuando
tal pleito estaba perdido, se apareció con seis hombres y un
corneta y a toque de avance y descarga cerrada salvó la situación. Era de verle cómo saltaba y
removía los brazos, cómo se le incendiaban los ojos y cómo se
doblaba e imitaba la corneta con la voz y los tiros con un ruido
seco de la garganta. Era un remolino vivo y no cabía en espacio
alguno, por ancho que fuera, cuando contaba lo que él llamaba “un
sucedido”. Se mantenía cargado de
armas. Tenía un sable terciado, sujeto a la cintura por una cinta
ancha y tricolor; dos revólveres, el uno cacha negra y el otro
nacarado; usaba un puñal largo y agudo, que llevaba envainado a la
espalda, con el mango hacia el lado derecho. Del hombro izquierdo
hasta la cadera del otro lado le pendía una cartuchera cuajada de
municiones y otra se le enroscaba en la cintura, sobre la guayabera
de fuerte azul. A todos les resultaba chocante, y José aseguraba
que los hombres así no salían guapos pero que aquel “diache”
comía balas. Para mí era un mortificante problema pensar cómo se
hacía para dormir tan repleto de hierros peligrosos. En las tertulias de la cocina
y por los labios de aquel hombre desfilaron todos los generales
habidos y por haber. Contando los pleitos en que había figurado,
resultaba que había recibido su bautismo de fuego por lo menos
veinte años antes de nacer. El mismo no recordaba de dónde era, y
unas veces decía que había nacido en Piedra Blanca, otras que en
Santiago, otras que en la Línea. Algunas noches se ponía a
detallar por qué sitios estaba triunfante la revolución, cuáles
eran los lugares por los que el gobierno podía recibir refuerzos.
Papá dedujo por esas conversaciones que la gente que estaba en el
pueblo se veía apretada y que nada más por la línea férrea
mantenía contacto con el gobierno. Con un candor infantil dibujaba
planos en el suelo, utilizando astillas o el cuchillo de Simeón. —Aquí está tal tropa
—decía señalando el lugar en la tierra—; y aquí tal estación,
y el general Fulano está acantonado allí. —Ajá, ajá. Una vez papá aseguró que de
él estar en el pellejo del general Fello Macario, ganaba la
revolución con un solo encuentro. —Yo... —explicaba—
corto por Pedregal O por los Mameyes, hago que algunas guerrillas
tiroteen el pueblo por la entrada de Pontón Y cuando me estén
esperando les salgo en la misma vía férrea, cortándoles las
comunicaciones. —Bueno, don Pepe
—observaba José Veras pero usté no cuenta con que
ellos tienen todo el pueblo y para mover tropas lo hacen corriendito. Contimás que si se tiran con
la guerrilla y la aflojan, se meten por este camino hasta el mismo
Bonao, y le alborotan el gallinero al general. Papá le miraba pesadamente,
obligado a callar, porque por boca de José Veras hablaba la verdad
aplastante del hombre que no ha teorizado en su vida, sino que ha
actuado siempre. —Lo que pasa —terciaba el
negro—, es que en el pueblo hay balas y soldados de verdá. Correteando de arriba abajo
no se ganan pleitos, don Pepe, sino metiéndose entre la candela. Inmediatamente comenzaba a
contar una acción en la que él había intervenido. El general decía
que así y él que asá; discutieron, por poco si se matan en el
calor de la disputa; pero cuando hubo que atacar, se hizo como él
dijo y se triunfó. —Ahora están murmurando
—soplaba Simeón— que esperan refuerzos y que tal vez le traigan
hasta unos cañoncitos. El negro alzaba los ojos asombrado. Absorta en su
oficio, mamá acechaba el glu-glú del agua que estaba en el fogón. * * A medida que fue tomando
confianza, el jefe del cantón se fue apareciendo acompañado. Los que con más frecuencia
iban eran un hombrecito descolorido, con sólo la piel sobre los
huesos, silencioso, de modales lentos, cabellos muertos Y negros y
ojos de matón; y un mulatazo enorme, que casi no cabía por la
cocina, dulce al hablar al moverse, al mirar. En su cuerpo todo era
flojo y caminaba como persona con sueño. Otros muchos se turnaban
en las visitas; pero no eran asiduos. José los interrogaba a todos
y como al descuido preguntaba por gentes del Bonao. Bien se veía que vivía
alimentando el deseo de vengarse. Dimas se interesaba por noticias
que vinieran del pueblo, deseoso de que alguien le dijera un día
que sus hijos estaban sanos y salvos. Generalmente se mantenía
exprimido, como las guayabas que el mulo pisa en los caminos; tenía
los párpados amoratados y la lengua pesada para la conversación. Sabíamos que la revolución
no acometía de manera resuelta, y hasta el negro se quejaba de
ello, lamentándose de que el general no encontrara oportunidad
propicia para lucirse. No era muy discreto hablar así, pero él se
sentía seguro y sabía que en casa nadie le iba a hacer una mala
jugada. Oyéndole hablar, todos fuimos cobrando un miedo
vago a no se sabía qué cosa; temíamos que un suceso inesperado
hiciera cambiar los acontecimientos, o, por lo menos, que los
detuviera allí donde estaban. Ya hubiera sido bastante amargo eso,
porque aunque yo no entendiera que vivir era cosa difícil, se lo oía
decir a los mayores, y la vida tal como estaba, me llenaba de
sustos. Sabía que la revolución estancaba las fuerzas en marcha;
que entre los conucos iba haciendo estragos el bejuco bravo; que el
maíz ennegrecía al sol, sin que la mano que lo había sembrado
fuera a recogerlo;
que en su propio tallo se hacía
tripa oscura e inútil la fragante hoja de tabaco, y, sobre todo,
que por los callejones de cada campo empezaba a crecer el fantasma
del hambre. Una noche, pesada de
incertidumbres, llegó el negro cabizbajo, tumbó el pilón y tomó
asiento en él. Con la frente en la mano estuvo largo rato sin decir
palabra. Se rascaba las piernas y parecía quejarse. Papá le miraba
y se asombraba. —¿Se siente malo?
—preguntaba solícito. Al cabo de buen rato, alzando
la mirada, el hombre dijo, sencillamente: —Dentraron refuerzos al
pueblo. Todo el mundo abrió la boca,
pero el asombro las llenó de silencio.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||