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SEGUNDA PARTE LOS VENCEDORES Sin duda alguna, aquello era
la paz; es decir, en todo había un cansancio, un desabrimiento, una
especie de sueño profundo aunque inútil. El sol lamía y lamía
los montes distantes, los dormidos caminos y los bohíos escasos. La
guerra se había ido con la noche, ensuciando de sangre los ríos,
galopando en las ancas de la Mañosa y arrastrando consigo a José
Veras. No volvían los hombres que
habían abandonado el quicio de sus casas, el machete al brazo, la
carabina a la espalda, a pie o con el espinazo de algún penco bajo
las piernas; pero había paz. Padre y Mero curaban del
rosillo del general. Momón se levantaba ya, caminaba por el patio,
se bañaba con aquel sol inofensivo. No estaba bien del todo, porque
tenía en la cara un color de caña madura y los huesos le salían
de entre la carne como piedras; pero Momón se estaba curando. De noche, cuando no me aturdía
la fiebre, se sentaba él en la orilla de mi catre y me contaba sus
historias, sin yerme, con la voz floja. —Aquel condenado gato empezó
a crecer, compadre Juan. Mi compadre no era un hombre blandito, pero
¡concho! , cualquiera no le cogía gusto al gato.. Nunca estábamos del todo a
oscuras, porque la luz del comedor se atrevía hasta mi cuarto. Así podía yo verle, hecho
una masa negra, inmóvil como un tronco. Su voz se llenaba de
flojeras y me ponía tierno de miedo. —Decían que era un
extranjero blanco como su taita y dizque tenía un baúl de
morocotas que eso daba pena. Pero lo enterró y se embromó.
Cuantito mi compadre me dijo: “Momón, no puedo dormir porque
siempre tá ese hombre llamándome”, yo me malicié que andaba
penando. ‘Pregúntele qué
quiere”, le dije al compadre. Al otro día le fue el
compadre con el cuento a Momón: el blanco tenía una botija. La había
enterrado poco antes de morir en un botado, al tronco de una mata de
cajuil, poco antes de llegar a la sabana de Cañabón. Allá se
fueron ellos, esperanzados y alborotados; pero desde que deja ron el
Jima atrás, se les pegó aquel gato negro, que maullaba, les miraba
y esponjaba el rabo. El compañero tiraba el ojo y se impresionaba
con aquel animal tan pertinaz. Con mucho disimulo esperó a Momón,
que iba detrás, y le dijo al oído. —Pa mí que ese gato es
Abenuncio. Momón calculó que sí; bien
podía ser él. ¿No estaba penando el
muerto? De seguro que el diablo no quería dejarle ir. Pero Momón
tenía una oración que le había enseñado cierto brujo haitiano y
con ella era capaz de irse hasta el propio infierno. Me explicaba: —Esa oración no la dejo
yo. . . Cuando sea grandecito se la voy a enseñar, por si se ve en
apuros. Con ella no se siente miedo y si lo andan buscando usté la
reza, le pasan por la venta y nadie lo ve. Por eso Momón no temía. El
otro no era blandito; pero cualquiera... Cuando empezaron a orillar
la loma les pareció que el gato endemoniado comenzaba a crecer.
Ellos lo miraban con la rabiza del ojo... iSí! ¡Crecía! Ya estaba
como un perro; ya estaba como un puerco; ya estaba como un potrico.
Momón rezaba y rezaba. Oía las quijadas del compañero golpeando
como dos piedras, oía el viento zumbando entre los árboles, oía
el río que a lo lejos se desbarrancaba entre pedregones; le corría
por el pescuezo y por la espalda un sudor frío, que le sacaba el
calor del cuerpo y le dejaba la boca amarga. Se hacían los fuertes,
acorralados entre su miedo y la noche; pero llegó un momento en que
ya no pudieron más porque los pies se les fueron haciendo pesados y
eran como pilones de madera verde. Agarrado a él, el compañero
temblaba. Se atrevieron a volver la cara. ¡Pegado a ellos estaba el
gato, grande como un caballo, con los ojos encandilados como dos
fogones, el rabo esponjado como un pino! En ese instante, cuando la
voz de Momón sonaba ronca y angustiada, vi una sombra crecer en la
puerta. Se me erizó la piel, se me enfriaron las manos y los pies;
un grito cortante me ahogaba. Momón callaba y miraba; miraba y me
sujetaba una pierna. Se movió la sombra y sentí que el grito me
desgarraba por dentro, se me agigantaba en la garganta. No pude con
él y sentí, al vaciarlo, que me dejaba exhausto. Me pareció que papá corría
sobre mí. Pero no era papá, porque tenía los ojos encandilados, y
era grande como un caballo y tenía un rabo esponjado como un pino. Después, además del miedo,
toda la noche empezó a caerse sobre mí, igual que si hubiera sido
de tierra seca. Y junto con ella, la mano de papá, untada de
aguardiente con romero. Al otro día, de mañana,
desperté a las voces de padre, que regañaba con Momón. El era
delgado y triste; tenía los hombros cuadrados y angulosos y miraba
con ojos humildes. Papá le estaba explicando que no debía contarme
tales cosas, y Momón protestaba, ignorante de que me impresionaba
vivamente, porque en él mismo había un aire de persona casi
difunta. Padre caminaba frente a la
mesa, pesadamente; daba puñetazos y argumentaba que no se podía
llenar la cabeza de un niño con mentiras mágicas. Desde mi catre
veía los pies de ambos Y oía claramente las palabras de Momón,
cargadas de pena, que caían sobre mis nervios como guijarros. —Lo que yo le contaba a
Juan no eran embustes, don Pepe; eso me pasó a mí y le pasa a
cualquiera. Papá se movió de prisa y
clavó en Momón una mirada repleta a la vez de asombro y de ironía.
Parecía que iba a estallar en risas; parecía también que pretendía
arañarle. Movió la cabeza de un lado para otro; paseó frente a la
mesa... El sol le alumbraba los pies y alumbraba también los de Momón,
cuya figura se esfumaba junto a las líneas rotundas de mi padre. Había algo en el rostro de
papá que decía: “Es un hombre tonto”. Pálida, en desorden los
grises cabellos, entró mamá y comentó: —Sí, Momón; no se pueden
contar esas cosas al muchacho; lo mata una alferecía. Mornón, silencioso, se
miraba las manos. —Lo que voy yo a hacer es
dirme, don Pepe. Ya yo toy bueno; quería entretener a Juan. —No; usté no se va, no se
va. Padre decía que no con las
manos; se sujetó de espaldas a la mesa. —Usté se queda aquí, Momón,
y se irá cuando esté bueno, si no quiere quedarse; pero ahora no. Bajo la mirada de mi madre se
fue Momón, lentamente, al almacén; padre permanecía allí,
Pensando tal vez. Yo estaba viendo el sol, el
sol que se tiraba a dormir en el piso, como lo hubiera hecho un
pobre. Aquella luz, aquel silencio,
aquella especie de sueño que tenían los días, era la paz. La
fiebre seguía cociéndome; Pepito persistía en corretear por los
alrededores; Mero había pedido permiso para ir a Río Verde, donde
agonizaba un sobrino. A veces papá se quejaba de haber prestado la
Mañosa. otras se agradecía de haber hecho un servicio al general
Fello Macario. ¿Y los hijos de Dimas? ¿Y
los de Carmita? ¿Y José Veras? Nada ni nadie. Lo que había era
paz, paz y paz, algo así como si desde los altos cielos, desteñidos,
casi blancos, hubiera estado cayendo sobre nosotros un cuento
infantil que nos hacía dormir. Los días iban y venían, se
marchaban por los cerros de Cortadera y Pedregal y volvían por
encima de la Encrucijada. Uno de ellos, cuando la mañana de vidrio
nadaba sobre los potreros, me levanté para ir al comedor. Me sentí
vacío, alto y transparente. Era como si la claridad, el silencio y
la soledad me hubieran chupado la vida. La cabeza se me iba en círculos
amplios y veloces; todo me daba vueltas: la habitación, las sillas,
las mesas. Las puertas cruzaban ante mis ojos huecas, vacías,
muertas..Me recogieron en el suelo y me llevaron al catre, entre el
llanto de mamá, el susto de Pepito y las voces de mi padre. Era yo como un saquito de
huesos que pugnaban por desunirse. Momón me acompañó todo el día
y papá se estrujaba las manos mientras llegaba Simeón, a quien
mandara buscar. Y eso, eso era la paz: la
somnolencia gruesa, las puertas muertas, la luz borracha, las
historias de Momón y el silencio grave de los otros. Pero una noche... * * Llovía; llovía sobre los
montes, sobre el camino, sobre los ríos. La lluvia cerraba los
horizontes distantes y cubría las distancias cercanas. El agua
tamborileaba sobre el zinc, roncaba en el alto espacio negro y
llenaba de rumores la vasta casa de madera. En mi habitación estaban,
bajo la rubia luz de gas, mi padre y Momón, mamá y Pepito. Momón se había sentado
sobre una caja vacía; tenía los codos en las piernas, la cabeza
entre las manos, los ojos entornados, y hablaba: —Ese era un monteo muy
serio, don Pepe. No más hizo la noche dentrar y ya estaba negrecita
como fondo de paila. A Blanquito le dije yo: “Mire a ver,
compadre, si colgamos las hamacas en buen palo”. Pero él dizque
ni se veía las palmas de las manos. Me costó a mi dir tentando los
troncos; entonces se le ocurrió a él prender candela. Sacó del
seno una cuabita que teníamos, la quemó con un fósforo y recogió
unos palos. iCristiano! ¿Quién lo mandaría a hacer eso? Estaba la
candela lo más alegre y nosotros contentísimos, cuando en eso oigo
un pitido. “Compadre Blanquito —le
dije—, prepare su carabina, que para mí andan las reses por ahí”. Momón contaba una historia
de montería. Era en las altas lomas de
Bonao, hacia el sur; aquéllas son tierras negras como el hierro, de
tan tupida vegetación que el sol cae muerto de cansancio sobre los
recios árboles antes de poder besar el suelo. Por entre aquellos
troncos espesos andaba Momón con un tal Blanquito, en busca de
reses cimarronas. Decía Montón que estaba
deshecho y que le abrumaba el monte, cerrado de árboles. Allí
estaba la candela tratando de abrirlo, cuando sonó a su vera el
rugido del animal. Momón seguía: “Compadre Blanquito, asegúrese
con esa carabina, que lo tenemos arriba”; y él como si tal cosa,
acostado al lado de la lumbre, con su cachimbo en la boca y mirando
para arriba. Allí estábamos todos tan
silenciosos que el ruido de la lluvia se quedaba con toda la casa,
se metía por las paredes, rodaba por el piso, arañaba el zinc.
Pepito, papá, mamá, yo, los cuatro éramos sólo oídos y ojos. Y
Momón seguía sin moverse, cambiando de voces, los ojos entornados
y las manos en las mejillas. —Cuando quiso darse cuenta,
estaba el animal paradito a la vera de nosotros con los ojos
prendidos y dos chifles como dos sables. ¡No quiera usté saber el
susto que me di, don Pepe! Cogí la carabina con una
mano y con la otra jalé a Blanquito y en lo que se revuelca un
burro ya estábamos nosotros arrinconados. El diache del animal era
el mismo diablo, don Pepe: un toro más grande que yo, berrendo en
negro, con un yunque como el tronco de una ceiba. Nosotros rompimos
a correr por entre los palos y él a largarle pezuña a la candela.
Saltaban las brasas arriba de él, y él metiéndoles cacho. Muertos
del susto estábamos y sin poder correr por entre ese monte más
negro que el carbón y tupido de bejucos. Yo quería flojarle un
tiro; pero no díbamos a poder desollarlo esa noche, contimás que
esos pájaros son muy delicados, y donde usté mata uno se
arremolinan todos a pitar y gritar. Yo estaba, don Pepe, con el
corazón en la boca. Los perros ladraban, saltaban y se le diban
encima al animal y él ni caso les hacía. En una de ésas un
cachorro muy bueno que llevábamos se le acercó más de la cuenta,
se viró y le clavó el cacho entre la barriga; le sacó las tripas
enteritas y se las pisoteó el muy condenado. Callaba Momón, para recordar
y descansar, y mandaba la lluvia. Entraban retazos de viento, se medio caía la luz. —Esa noche la pasé en
claro, don Pepe. Cada vez que se movía un palo estaba yo parado,
con la carabina entre las manos. Los perros se mantenían ladrando y
ladrando. En eso empezó a caer un agua templada. Entonces si era la
cosa de a verdad. A mi compadre le dije: “Ahora si nos fuñimos,
porque con este tiempo no hay quien montee”. Aquel demontre de
hombre era hasta su poquito haragán. ¿Sabe lo que me dijo? Que él
lo que tenía era gana de dirse. ¿Usté ha visto? Bueno.., hay gentes que no
son personas. Teníamos las monturas en Arroyo Toro y dende el
amanecer estábamos en el monte. “Pero compadre —le dije yo—,
¿cómo vamos a estar un día y una noche caminando en el monte,
muertos de miedo, para volver a casa sin una tajadita de carne? “. Momón sonreía; sonreía y
miraba a mi padre. —Hay gentes que no son
personas, don Pepe... En eso: clom, clom, clom. Mamá miró en redondo; papá
irguió la cabeza y se murió para todo aquello que no fuera el
ruido; Momón se puso de pie, llenando de sombras un rincón. —Están llamando —dijo. Y padre y él salieron,
mientras madre los veía desde la puerta. Oíamos cuando la abrieron
y los oímos retornar enseguida. Entraron con un hombre bajito,
oscuro y sólido. Sacudía el sombrero contra los pantalones, desde
los que caía el agua a chorros. Una sonrisa ancha, amarilla y sana
le ponía los pómulos altos. —Siéntese —dijo padre. Pero el hombre se miraba los
pantalones, las manos, la camisa: se le veía que no quería mojar
la silla. Papá insistió y él se sentó en la caja que ocupaba
antes Momón, bajo la horadante mirada de mi madre. Estuvo buen rato
callado, ojeándonos, observándonos. Esperábamos que iba a pedir
posada, a decir que no podía llegar a su destino con semejante
tiempo; pero nos sorprendió a todos, preguntando de pronto: —¿Es usté don Pepe? —Sí. Padre se acariciaba el
bigote. Tengo que decirle una cosa;
pero... Papá le invitaba: __Diga, diga. —Es a usté solo —rezongó
él. Madre quemaba a papá; Pepito
quemaba al hombre; Momón quemaba a madre; entre todos me hacían
arder. —Dígalo aquí, no tenga
miedo —recomendó padre. —No, don Pepe; es asunto
delicado. Padre nos señaló: —Estos son mis hijos, ésta
es mi mujer; éste es de la casa. El hombre alzó unos ojos
dudosos hasta Momón. —¿De dónde viene? Era papá quien había
preguntado. —De arriba —dijo, señalando
indecisamente hacia el este. —¿Del Bonao? —No me comprometa, don
Pepe. El hombre tenía la cabeza
baja y le daba vueltas al sombrero, con aquellas manos gruesas,
cortas..—No tenga miedo; diga. Entonces el hombre alzó la frente. Usté tiene aquí un caballo
rosillo. Papá dijo que sí con la cabeza. —Bueno, yo vengo a
buscarlo. Momón comentó: Anjá. . . vuelve la fiesta. .__¿ A buscarlo? —inquirió
madre. __Sí, a buscarlo. Ustedes
saben ya... Padre se puso de pie. —Venga —ordenó al
hombre. Y por la estrecha puerta lo
llevó al comedor, por donde andaba rodando el ruido que la lluvia
metía bajo el zinc. Cuando volvieron, escondía
papá los ojos, pero se notaba que desde ellos se le estaba cayendo
una mortificación. —Momón —dijo—;
necesitamos buscar el rosillo del general. — iConcho! .. Con esta
noche sí no creo que lo topemos. Padre tenía una mano
embolsillada y la frente caída. —Pero este hombre no puede
esperar a mañana. El recién llegado tenía los
ojos regados en toda la cara. —No puedo, no; tengo que
dirme esta noche sin falta. Y hasta suerte a que está lloviendo... Mamá cortaba al hombre a
miradas. —Bueno. . . —Momón se
había sacudido las manos— Yo voy a buscarlo, si hace falta. —Pero usté está enfermo,
Momón —objetó mamá. —¡Falta que hace Mero aquí!
—lamentó padre. Efectivamente, hacía falta;
sólo él conocía como su casa el pedazo de potrero donde estaba el
caballo rosillo; tanto lo había caminado que a tientas podía
meterse en él sin tropezar y sin torcer el rumbo. —¿Sabe dónde duerme
siempre? En el tronco del higüero. —¿Para allá? —Momón señalaba
al oeste. —No, papá; no —atajó
Pepito. Su manecita hablaba tanto
como su boca. La voz se metía como punta de cuchillo en aquel
roncar terrible de la lluvia. —Ayer tardecita estaba por
los alambres que dan al caimito. Padre se rascó la cabeza. ¿Dónde
diablos estaría ahora ese animal? Y aunque fuera de día, ¿no era
una barbaridad meterse entre las altas yerbas de Páez, bajo la loca
lluvia, a buscar un caballo que estaría escondido sabe Dios en qué
rincón? El recién llegado se adelantó,
siempre en las manos el sombrero. —Enséñeme dónde está el
vaso, que yo lo busco. Madre ya no pudo impedir que
sus ojos destruyeran al intruso. * * Supimos que volvían porque
la lluvia no pudo ahogar el chapoteo del caballo en el patio. Momón entró tiritando. En
la puerta de mi habitación lo sacudió una tosecita menuda. Dijo
que había costado trabajo encontrar el animal; pero que aquel
hombre era endiablado: ni que se hubiera criado en el potrero: lo
anduvo de arriba abajo, sin tropezones, sin “equívocos”. Papá estuvo hablando con él
allá en el almacén. A poco de haberse ido, me fui metiendo en el
sueño suavemente, como una hoja seca que planea desde el árbol al
camino. Sé que desde lejos me llegaba la voz de papá: —Otra vez estos líos, otra
vez.
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