|
|
|
|
|
|
|
|
|
IX Allí
estábamos, en el comedor. En un rincón, la vieja Carmita se
clavaba en la pared; a su lado, estrujándose las manos que parecían
molestarle, callaba Mero; junto a la mesa, marcando las uñas en el
mantel, Simeón; con los pies cruzados y con los brazos cruzados,
frente a mí, Dimas; a mis lados, Pepito y mamá; bajo la ventana,
en una mecedora destartalada, rumiaba papá su tristeza. Nadie hablaba. A ratos
alguien se movía; entre el silencio crujían las medias toses de
Dimas. La cara de mi padre se había vuelto ancha para el vuelo de
la luz que sobre mí se sostenía limpia y tranquila. Y dijo mi
padre, mucho después, rompiendo aquel mutismo tenso y lóbrego: —Simeón, esto será
siempre igual, igual siempre. El alcalde aprobó bajando la
cabeza. Después corroboró: —Igualito, don Pepe. Entonces papá empezó a
contar: —Se resistió el mulo en el
camino. Se le había resistido el
animal. Llegó al pueblo casi dos horas más tarde de lo justo, y
enderezó los pasos hacia el centro. Vio mucha gente, demasiada
gente que se separaba, que se disolvía. Al parecer la multitud había
estado reunida en algún sitio. Preguntó. —Fusilando unos que
estaban. ¡Oh! ¡Y qué salto le dio
el corazón en el pecho! Arreó el mulo y les fue buscando el núcleo
a los grupos. Todos parecían venir de los lados del cementerio.
Hacia allá se encaminó. Efectivamente, un hacinamiento de hombres, mujeres y niños discutidores y de caras feroces, se desprendía de las cercanías. Siguió andando, medio confuso y medio asqueado. Alcanzó a ver un pelotón que abandonaba el lugar. ¡Cómo resaltaban los soldados sobre el sol verde que les quedaba atrás! Papá veía gente, gente. Las casas y las calles le daban vueltas bajo las patas del mulo. Oía trozos de relatos y topaba más grupos. Desembocó en una placeta descuidada. Al fondo estaban las paredes del cementerio. Trató de acercarse a la puerta; pero allí había un abigarramiento difícil de hendir. Los curiosos indicaban un sitio haciendo comentarios. Al sitio miró él: era un paño de la pared;
estaba manchado de sangre. Sintió horror, repulsa, mal sabor que le
subía hasta la garganta. Toda la cabeza le ardía y le sonaba.
Anduvo más. Cerca de la puerta vio un corro y en él a un oficial
que pinchaba con el sable un bulto que yacía a sus pies. Papá iba
montado y por eso pudo ver. En viendo sintió vértigos y volvió la
cabeza del animal. Una hoguera se le encendía en el pecho. Tenía
ganas de tirarse, de arremeter contra el grupo, a tiros, a
mordiscos; quería desgarrarles las carnes. Aquella gente estaba
contemplando cadáveres ensangrentados, que se amontonaban uno sobre
otro, juntando los pies, las cabezas y los destrozados pechos en un
manojo horripilante. Y entre los cadáveres, verde, lívida, asomaba
la faz de Cun, contraída, torcida, rota. Papá clavó desesperadamente
las espuelas en el vientre de su mulo y como un loco cruzó calles
hasta llegar a un edificio bajo, custodiado por soldados. Se tiró y
se lanzó a una puerta. Trataron de detenerle; pero él se
desentendió del brazo que le cruzaba una carabina delante y se metió
impetuoso hasta el mismo escritorio del general. Fello Macario lo
vio llegar y se puso de pie. La habitación estaba llena de gente. —¡General, general!
—casi sollozó papá. El general tenía el rostro
amargo y la voz destemplada. Le abrazó. — ¡Cuánto me alegro de
verlo, Pepe! ¡Cómo! ¿Se alegraba? ¿Era
capaz de estar alegre, mientras una orden suya abatía vidas, allí
cerca, a cinco cuadras? ¿Era capaz de alegrarse? —Usté lo estará general;
pero yo no tengo motivo para sentirme contento. Fello Macario le ensuciaba
los ojos con su mirada pesada. —Venga por aquí,
Pepe..Siempre con el brazo echado sobre la espalda de papá lo llevó
a otra habitación. Se oían las conversaciones de los que quedaban
atrás. Eran vividores, eso es: vividores. Quemaban incienso ahora;
antes huían. —Pero general. . . ¿Cómo
ha fusilado usté a esa gente? ¿Por qué? Macario se sujetó el bigote
y miró al suelo. Levantó la cabeza. —Era necesario -explicó. —¿Necesario general? ¿Es
necesario matar? —No, matar no, Pepe; pero
hay que dar ejemplos. ¡Oh! ¿Y era aquel Fello
Macario, el revolucionario noble, el de las generosidades que
andaban de boca en boca? Cierto que se mostraba muy apenado, como
desteñido. Pero. . . ¿Era él? ¿El? ¡Conque Fello Macario
consideraba que había que dar ejemplos! A papá se le caía el
mundo encima, se le derrumbaba el cielo sobre la cabeza. —¿De qué ejemplos habla,
amigo; de qué ejemplos? —Esa gente iba a turbar la
paz. Papá quería reír, quería
llorar. —¿Paz? . . . No, general.
Eran hombres serios que andaban buscando la comida de sus hijos. —No Pepe; usté no
comprende. Esta política. . . — ¡No se trata ahora de
política! ¡Se trata de que antes eran hombres como usté y yo, con
hijos a quienes querer, y con mujeres; se trata de que eran hombres
y ahora no son nada, porque usté ordenó que los volvieran nada,
nada. . . A papá se le cargaban los
ojos de lágrimas. El general soportaba cortésmente, esforzándose,
si bien también tenía la voz alterada. Tomó a papá por la
cintura, como a un niño malcriado que se quiere mucho, y lo fue
llevando con disimulo hasta la puerta. —Vuélvase por aquí, Pepe,
cuando esté más calmado. ¡Si usté supiera lo que es esto, lo que
se sufre en esta política! Padre se vio en la acera sin
saber cómo. Montó. Estaba atolondrado, borracho de indignación. Todavía por las calles del
pueblo había grupos que escupían palabras quemantes y comentaban
el suceso. Meciendo la cabeza como copa
de palmera, Dimas dijo: —La gente es peor que las
bestias... En su rincón, Carmita
pensaba en los hijos mientras se le apagaban los ojos. Mero veía a
papá y a mi lado lloraba madre. La noche maduraba sobre la
tierra generosa del Pino. Papá me acariciaba la cabeza con una
manaza de piedra. Se puso de pie y poco a poco se acercó a la
ventana. Trataba de alejarse de mamá, cuyas lágrimas rodaban
rojas. —Tengo el alma podrida, señores
—roncó, como hablando con la noche. Estaba de espaldas y
procuraba penetrar el horizonte cerrado. Su voz parecía un quejido.
Se volvió lentamente, y al rato, desalentado, roto, dijo: —A mi mula le pude quitar
las mañas, pero a los hombres nadie se las quita. Dimas y Simeón aprobaban en
silencio. En la ventana trapeaba la brisa. Mamá seguía llorando. FIN
|
|
|
||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran
mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación.
Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines
educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la
actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que
se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos
para retirarlo de inmediato. Actualmente hay 544 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com |
|
Contenidos distribuidos bajo una Licencia de Creative Commons. |
|