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Compadre
Mon
(Continúa)
Manuel
del Cabral
(Dominicano, 1907-1999)
POEMA
11
Porque
todo lo tienes de soldado,
cuando me das la mano, ya en los dedos
siento tu corazón uniformado.
Prietos de tiros y de golondrinas
Compadre Mon, tus ojos me repiten:
que con tu pantalón la tierra empinas.
Criollo agujero para ver la vida...
aquí desde muchacho la montaña
tú la ves por el ojo de la herida.
Aquí también la oscuridad trabaja...
La biografía. de la noche sólo
en tu carne la escribe la navaja.
Compadre Mon, y tú, sobre la tierra,
como tu bala que enterrada sube
si la Historia tu bah desentierra.
Mas no sólo ya aquí madrugadora
tu munición familia de las plumas;
aquí también tu gota labradora.
Hablo con el sudor endurecido,
hablo con el sudor que sepultado
sube de ramas y de miel vestido...
Converso con tus barbas, y ya siento
que converso con yerbas cimarronas
llenas también de pájaros y viento.
Pero duro de lomas y de llanos,
Compadre Mon, yo vengo de tus dedos
porque más que a tu
voz,
oigo a tus manos.
POEMA
12
Cuando
llega sequía, y la mañana
no viene con el cielo que cosecha
la sotana...
La agricultora voz del caserío
llega flaca hasta ti, que por los ojos
trae el río.
Pero tú, con tus manos no calladas,
antes de ver la tierra seca, miras
las miradas.
Y tu vista, las cosas desentierra,
salen lo mismo que tu voz que sale
de la tierra.
Ya sé, Compadre Mon, que por humano,
puede llegar el huracán que viene
de tu mano.
Pero, sobre las uñas y colinas,
como un Bécquer salvaje, trae el viento
golondrinas.
POEMA
13
Más
que el viento mañoso (Dios con maña)
oigo a Compadre Mon que viene limpio
cuando regresa sucio de montaña.
Qué bien, Compadre Mon, se viene el río,
por el aire, tal vez tú lo trajiste
hablando solo desde tu bohío.
La brujería de tus pantalones
sabe más que aquel duende que te exprime
los grandes trapos de los nubarrones.
Sabe la tierra que cuando tú gritas
te escuchan allá arriba.., que a San Pedro
tú le vienes robando llavecitas.
Qué bien, Compadre Mon, no sólo el ojo
deja caer un poco de las nubes,
¡ con tu palabra ya también me mojo!
Con tu palabra... pero oyendo a veces
sólo a tus ojos que no duermen nunca,
¡si no pueden dormir aguas con peces!
POEMA
14
Si
cuchillos aquí no te redimen.
Siempre duele tu voz cuando se calla
por estas tierras de callado crimen.
Ni el silencio del ojo con su maña,
ni los niños que miran y no saben
a qué precio tu mano en la montaña.
Ni la lucha del río que tan recio
acorrala de cielo los barrancos,
son ya tan criollos como tu desprecio.
Ni tu caballo, que sentí la gana
de hablar con él, porque a tus venas puso
del tamaño del campo y la mañana.
Ni el silencio de carne de los jueces,
peligroso silencio de candado,
que le tira ya anzuelos a tus peces.
Sólo te pones blando y sólo fijo...
cuando tal vez para lavar tus manos
hablan tus dedos con el Crucifijo.
Compadre Mon, es que quizá te vuela
lo que en otro camina.., porque miro
todo el campo metido ya en tu espuela.
Y no busco la tierra... tú presente.
Para saber a qué me sabe el monte
ya no huelo tu piel... huelo tu diente.
POEMA
15
Como
si te pusiera charretera,
el sol baja a tus hombros, y parece
condecorar tu cicatriz primera.
Hasta el viento lo sabe y madrugando
se siente alumno de tu potro y viene
el gallardete de su cola izando.
Compadre Mon, la tierra se te sale
por la rendija de tu voz que lleva
la patria fresca como luna nueva.
Pero sube tu risa, dura y clara,
viene de tanta piedra y cielo recio,
que es más triste ya riéndose tu cara.
Se fertiliza en tu mirada el llano,
ya que en tus ojos lentamente nacen
los ríos de la patria, pero en vano...
Vienen tan hondos... que ni tú los viste...
los ocultos sudores de tus ojos
que no gotearon ni cuando naciste.
Cuando también veranos primitivos
dejan caer tu vida gota a gota
casi cayendo en puntos suspensivos.
Oigo tal vez la vena que te habita,
la voz de la trinchera de. tu mano,
la tierra que te sube y que te grita.
Y allá, dice aquel viento, no me paro.
—yo soy un agua desbocada y quiero
ponerme oscuro para ser más claro—-.
Fabrica de repente flechas roncas;
y acriollando rabiosos nubarrones
se roba el cielo tus revoluciones...
Pero sabrás, Compadre Mon, que a veces,
sube la tierra en trigo, cuando siempre
más que oyendo tu voz, oye los meses.
Es carne ya, Compadre Mon, la fuga
de este viento de agua con que lavas
la patria que te sale en cada arruga.
POEMA
16
Ni
las leguas del ojo que no para,
ni aquel pintor que te ha robado el campo,
tienen más tierra que la de tu cara.
Trae el ángel del aire dura prosa:
—Yo sin caballo, ya no soy un hombre,
Compadre Mon a pie, ya es una cosa...
Tu mirada tal vez me lo decía:
—Qué dura está para vender la patria,
si mi caballo es ya la geografía—.
Pero qué grande se te ha puesto y dura.
Hoy que te meten en un juez el campo,
hoy que en tus pies no cabe la llanura.
Compadre Mon, y no te sale poca...
la tiérra que te sale por la boca.
Por la boca... ya ves, que ya se ve
lo cerca de la tierra que anda ahora...
¡anda tan sucio el pensamiento a pie!
POEMA
17
Allá,
Compadre Mon, cuando trepando
ya andaba el aire por entre los cerros
con un olor de macho madrugando.
Por esas tierras donde la pisada
de tu potro fabrica ventarrones...
Por esas tierras donde tu mirada
era una soga que tirada al viento
enlazaba al novillo del instinto.
Por esas tierras de cuchillo lento...
Más que en la voz del agua que no para,
yo vi más campo, yo leí más campo
en el libro salvaje de tu cara.
Cara para aprender a oler la loma,
cuando el tabaco de tus ojos arde
con la criolla candela de la tarde.
Y las uñas hundidas en el día,
y tu gran barba de maíz en contra
del cadáver de un grito de sequía.
Ya quien recuerda es la nariz que andando
por esas tierras, en el aire encuentra
tu viejo olor de macho madrugando.
Y allá, Compadre Mon, tú me decías:
—Yo quiero que me entierren—
(Pero al hombre no te lo pueden enterrar los días).
POEMA
18
Qué
bien, Compadre Mon, tu voz de mito
se me ensanchaba, cuando me decías:
—-en aquel vientre me madura un grito—.
Y como si apedreara al tiempo humano,
sale otra vez tu voz llena de pájaros,
sube otra vez como entenado grano.
Tú que no vuelves imitando al río.
Mas por el vientre aquel que hundió tu goce,
ove tu voz de nuevo el caserío:
—Nueve lunas lo van desenterrando.
Es aquel grito que enterré dormido.
Hoy está Dios más criollo trabajando—.
—Tendrá un caballo grande y siete novias,
y no verá la mar, ¿para qué verla?
¿Para qué, con un potro, conocerla?
— Tu grito es corto, pero no es estrecho.
La tierra es ancha, pero siempre cabe
en lo que te golpea dentro el pecho.
POEMA
19
Esta
es la tierra, viejo Mon, tu tierra,
la que con la mirada pisotearon
los hombres de otro idioma, los que siempre
a enterrar carne humana te enseñaron.
Mas no sé si tus ojos, ya tan viejos,
aunque los llena el cielo, están vacíos
como cuando están llenos los espejos.
POEMA
20
Ahora
que me sabe a palo en bruto
tu primitivo olor, bajo la cáscara
de tu párpado el ojo ya es un fruto.
Esta es la tierra, la que se te mete
más allá del puñal que pequeñito
siempre termina donde empieza el grito.
POEMA
21
Entre
párpados tuyos se amontona
el campo seco que el dolor en gotas
riega mejor que el agua cimarrona.
Ya veo un poco del azul que baja.
Casi ya bebo en tu mirada un poco
del agua que cosecha la tinaja.
Allá el río sin tregua, ¡ pasa tanto!
Sin embargo, no lava tus raíces...
(Nada lava mejor que agua de llanto).
POEMA
22
Pero
Don Mon, la Primavera es cierto,
sale por tu sudor: agua de brío,
como si adelantándose a la tierra
se apareciera en tu animal rocío.
POEMA
23
Frente,
tal vez, a los alegres lutos
de los ojos, allá, de las muchachas;
tus silencios también eran tus hachas...
Por tu silencio labrador, sencilla
la voz te sale de la carne y trae
el oficio que tiene la semilla.
POEMA
24
Anda
descalza por aquí, la luna.
—Que no la ensucien, me digiste, espero,
ni con el humo de los caballeros—.
Mas hay un humo, que sin ser del cielo,
el tiempo te lo pone más de luna,
¡qué triste es aquel humo de tu pelo!
POEMA
25
Y
enterrándome velas, se quedaron
tus ojos en mi carne, me caminan
como un poco de monte; me enseñaron
a oír con el olfato tus raíces.
Oigo también, ahora, con los ajos,
oigo el discurso de tus cicatrices.
POEMA
26
Y
aquí, donde era siempre una palada
de loma fresca y de llanura andando
tu furioso diamante: tu mirada.
Aquí también yo sé que hay algo mío.
(En el fondo del río, si está el cielo,
siempre se queda el cielo y pasa el río)
POEMA
27
Compadre
Mon, pero por estas tierras,
qué hermosamente quieto
te pone en el peligro tu amuleto!
Tu amuleto ya ves, siempre tan útil
en tus manos aquello tan inútil...
Es que Compadre Mon, al caballito
de palo de tu infancia, todavía
lo montas como ayer, en su huesito.
POEMA
28
Trópico
rabioso,
complicado y sencillo,
hay que enlazarte como a los novillos.
Yo seré corazón en tu baraja,
y me daré tan limpio como el agua
de tu rural nevera: la tinaja.
Voy a buscarme, tierra nacional,
tú me robaste, desde tus llanuras,
hasta la loma que preñó tu altura.
Pego la oreja, como el indio, en tierra...
Y ya, como un remoto chorrito de agua clara,
baja un canto de sierra:
Que no me diga
la geografía
que es un puntito
la tierra mía.
Voy a gritar:
que es pequeñito
también el mar.
Pero, don Mon, también estoy oyendo
aquello que te sangra todavía, diciendo:
A la puerta se queja una guitarra
La calle es una historia que camina.
Mientras queriendo comentar, amarra
la luna su barquita en una esquina.
Acostando a las cinco las estrellas,
se bebían los guapos el país:
iba de boca en boca la botella
como la boca de la meretriz.
En la puerta la emoción
desgranaba esta canción:
mañana vendré por tí,
y si no quieres venir,
lo mismo que a la moneda
te habrá de pasar a ti:
de mano en mano rodando
llegarás después a mí.
Era un aire varón.., no se callaba.
Saltó un cuchillo y se clavó en la voz.
Y
a
poco tiempo el cancionero estaba
caminito hacia Dios.
Trasnochadora como las estrellas,
pulpería color de los caminos,
llena el aire de cuentos como el trino,
la muerte que hay caliente en tus botellas.
Y la canción todavía
se oye así:
lo mismo que a la moneda
te habrá de pasar a ti,
de mano en mano rodando
llegarás después a mi.
Esta es la tierra, Mon, la que se sube
hasta tus manos, donde se convierte
¡en tanta vida... que nos da la muerte!
Pero cuando al peligro te regalas
hay algo tuyo que no está en peligro.
¡Vas más allá de donde dan tus balas!
Mira la tierra, sí, sube de nuevo
hasta tu pantalón de voz tan sola...
¡Aquí el mito otra vez de tu pistola!
SOL
GALLERO
POEMA
29
Lugareñas
chancletas, más tempranas que el trino,
cuchicheando le cuentan su domingo al camino.
De pronto,
como si a chispazos
tachuelas de oro clavaran al paso,
despiertan la tierra cuatro carpinteros:
cuatro cascos pasan llevando en la grupa
una madrugada: la de su gallero.
En su blusa de añil se arruga el cielo.
Al vuelo
—vena abierta en las manos del viento—
su vasto pañuelo de rojo violento,
sobre las ancas desde tempranito,
lleva en potro al domingo, nuevecito.
Y a poco los ojos abrió la mañana,
cruzó sin pisar la sabana;
una estrella fugaz cada espuela,
y la crin, una alegre candela.
Con dos espolazos,
la bestia liviana
poniéndole el pelo revuelto al sendero,
al ágil montero
lo puso en la hirviente gallera lejana.
Y en tanto se quita
la espuela que siempre le sangra en la cita...
jinete el día tropical le arranca
diamantes al bruto que llora en las ancas.
Mas como queriendo defender su gallo,
apenas se apeó del caballo,
rezó un poco, pero.., pero siempre el pillo,
cuando en una mano lleva el Cristo, lleva
la otra el cuchillo.
Y con voz entera
entró en la gallera,
y al entrar, gritó:
—Hoy ya, como quiera,
ganarán aquí
mi
kikirikí
o
mi pantalón...
Se abre las venas el día caliente
con picos de gallos,
pero se las beben los papagayos
del aguardiente.
El trópico sube por un aire y va
como si ascendiera por un asta ya.
Rabiosa la tierra se trepa a una i
del kikirikí.
Y Bolo y Colú:
medio sonso el blanco,
varón el betún,
ponen quieto el ojo y allí ponen fina
la quietud que a veces tiene el ojo
sólo de la carabina.
Y Bolo y Colú:
ya el uno la rumba, y el otro el vudú. Ni el bongó de Haití
tan
caliente el aire pone por aquí...
—Habla, bembú.
~¿Cuánto va tú?
—Tu bolsillo al mío..—Habla, bembú.
Los bajos fragantes de roncos pilones
mucho más que al ojo, la nariz despierta
de los dormilones.
La gallera crece, crece en vocerío.
y en medio del humo de aroma
que envió en el café y el tabaco
la loma,
el oro del día no brilla más fuerte
que el oro sencillo
que sale de pronto del sucio bolsillo;
y oliendo a sudores y a vida y a muerte
los gallos se pican,
se corren, se agrandan, se achican;
y en tanto a la arena
de gordos calientes rubíes salpican.
Balín, el muchacho
que tiene la cara de caminos llena,
con sus pies borrachos
se mete en la arena,
y con el dedote puesto en el gatillo
de una gran pistola, esto grita el pillo:
—Hay aquí un gallero
que mi voz no traga
Y apenas el guapo con el arma amaga,
una bala vuela, y cae como un rayo
junto al gallo muerto, muerto el bandolero,
el que fué primero
más ladrón de faldas, que ladrón de gallos.
La gallera hirviendo se vuelca en la arena
y como si echara por la herida el grito,
se emborracha viendo como alcol las venas.
En tanto, cantando, y al filo del día,
un recio jinete que a tiros crecía....
clavó sobre el llano
su potro que a poco era un punto lejano,
un punto con doble triunfal resplandor;
llevaba su gallo
el oro
sonoro
del juego
y
en todas sus plumas el oro del sol..
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