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Parte II - III

III

Desde que tuve novia, las tertulias escasearon en mi bodega, porque los domingos eran para ella. Cerraba la tienda, montaba en el caballo que desde las once esperaba ensillado a la puerta, y volaba por los carriles hacia el campito donde vivía mi amor. Cuando me acercaba al caserío, lo primero que veía era su figurita graciosa que corría a alcanzarme.. Detrás de ella saltaban los chiquillos. Yo echaba el pie a tierra les abandonaba el caballo a los niños. Entonces ella y yo nos íbamos del brazo, alborozados, mirándonos a los ojos, riendo como tontos.

Comíamos juntos. Ella revoloteaba a mi lado como un pajarillo.

—¡Fui a buscar este tomate hasta el bohío del viejo Cirilo! —me explicaba en tono triunfal—. ¿Ves las lechugas? ¡Las sembré yo! Papá fue al pueblo, hará unos dos meses, y le dije: “Papito lindo, me traes semillas de lechuga que te voy a dar una sorpresa, ¡las voy a sembrar! -"Te las pondré en la mesa”. Le dije. Y él orondo, lo creyó. Ahora en secreto: eran para ti.

Yo estaba algo idiota de satisfacción. Mi ancho cuerpo cubría la cabecera de la pequeña mesa. Otra vez su voz sonaba:

—Papá, deja esa bodega. Ven a comer. Mamá, deja la cocina. Ven.

Respondía el padre:

—Pero hijita, ahora es la mejor venta. Coman ustedes. Cuando terminen, vengan a reemplazarme. Decía la madre:

—Hija, tengo que atender a los niños. Ya sabes que a la hora de comida todo es batallar!

Se olvidaba de ellos, Me seguía diciendo:

—¿Qué comes allá? ¡Te voy a hacer un puré! Mira, aprendí ya a hacer los suspiros sin que la clara se vuelva un chorro. ¡Y el pollo te gusta! Comeremos pollo todos los días. ¿Te pone pollo la vieja? ¡No creo que comas esa carne de buey! Mira, llevaban ayer un pobre buey, ¡qué pena!

Estaba lleno de cicatrices el pobre animal. ¡Lo maltrataban tanto! ¡Y tanto como trabajó en todos sus años! Pues... llevaban a aquel infeliz al matadero, y esta mañana, —¡Dios, parece increíble— lo trajo el carnicero en sus cajones, hecho pedazos, a cinco centavos la libra.

Yo la oía, a veces. Ella seguía hablando:

—¿Sabes lo que hice el otro domingo después que te fuiste? Pues, bueno, comenzó a llover ¡Cuánto llovió! ¡Cómo te mojaste! Yo veía el carril y los cañaverales arropados por la lluvia.

Veía el camino y pensaba:

“¡Cómo se va mojando el pobrecito!” ¡Me daba tanta pena!... ¡Ah! ¿Me dejas el tomate?

!¡Vamos! ¡Vamos!

Las horas corrían. Salíamos al campo. En un árbol caído a pocos metros de la casa, en un potrero que le servía de patio, nos sentábamos. Mirábamos los inmensos cañaverales. A nuestras espaldas estaba un empobrecido monte, donde se encontraban, salteados, pequeños conucos.

Hablábamos:

—Cuando nos casemos...

Era mi voz. Yo pensaba: “Allá en la bodega no hay tantos mosquitos. Yo tengo mosquitero, y también uso "flit". Estoy diciéndole al peón que me ayude a descargar los pedidos del tren, que me haga un cocinita cobijada de cogollos. Cuando llueva se cocinará en la casa. La casita es como todas: el cuartito de dormir y el otro cuartito que hace de sala y comedor, ¡Ah! Voy a pagarle a uno para que me haga dos escalerillas. El piso es alto y hay que tirarse desde arriba. Es difícil subir, y ella... Bueno. Hay que poner escaleras. Cuando no haya leña, Baldurí me dará astillas para la vieja Mercé. Baldurí es muy bueno. Tiene una mujer panzuda que se da una vida regalona mientras el buen negro suda. Causa risa, Baldurí es flaco. Todo el día raja leña y canta himnos protestantes. La mujer lee la Biblia. Son muy aseados. Balduri es muy bueno...”.

Recuerdo. Ahora nuevamente el cuadro esta ahí. ¿Quién habla? Ciertamente, no sé. Puede ser divagación en silencio. Pueden ser palabras dichas sin coherencia. Ella, con la cabeza reclinada en mi hombro, sueña.—Yo, muy torpe, digo:.—Una vez me dijiste que no querías estar en el campo, y ahora... ¡vas a estar allá! ¿Has pensado? Una bodega no huele muy bien. Me lo dijiste una vez. Y pienso que...

Me interrumpe:

—Contigo todo estará lindo. La bodega es linda.

Está soñando.

—Pero... (mi voz sale gruesa, como un murmullo de bajo). Si ahora estás conforme, después...

—No. ¡Siempre será igual!

Sigue soñando en mi hombro. En mi cara juegan sus cabellos. Se van las horas. Recuerdo.

Por allá el sol hace de las suyas y las nubes, caprichosamente, se tiñen como un cromo de colores muy vivos, como uno de esos cromos litografiados baratos.

Llega la noche. Estamos en la casa. La cena, Otra vez aquellas palabras. Otra vez las mismas palabras. Pero no son las mismas palabras.

Después, nos han dejado solos en un rincón. Nos pegamos. La estoy besando y ella entrega su boca sin rebuscamientos, palpitante. Se oyen los demás en la bodeguita. Un campesino cuenta una historia: ‘Ladrón como ese...” Ella toda está abandonada, ¡y tan triste esa lamparita!

Se deslizan las horas. Las ocho, las nueve, las diez. Ya está cerrada la bodeguita. Ahora todos estamos juntos y vuela el silencio.

Habla el padre, habla la madre; los chiquillos están soñolientos. Las once. Es hora de partir.

Recuerdo. Me acompañan al patio, hasta el caballo. La madre lleva una jumiadora en la diestra y la pone en alto, para mirar por debajo.

—Coja el carril de en frente —dice el viejo—. Por ahí sale a la vía general.. Después tuerce.

Es el camino mejor y más corto. Yo lo conozco como a mis manos.

Me agarra el estribo.

—Una vez seguí yo por el otro carril ...

—Bueno, adiós. Buen viaje.

—Hasta el domingo.

—Hasta luego.

Ella murmura:

—No te enfermes. Ven...

La noche está en frente: prieta, a veces, otras con luna, otras lluviosa. Mi caballo echa a andar.

Ahora voy por los carriles y dejo al animal que coja cualquiera, que marche a su gusto. Los tragos de una botella que llevo para acortar la jornada, y el recuerdo de aquellos momentos después de la cena, me incendian la sangre. Allá adentro me grita el corazón: “¿Por qué no la traes esta noche?”.

Y todavía, a los muchos ratos, un eco que se me ha ido cuerpo adentro dice "¿Por qué no la traes?”

Así sucedía. Lo recuerdo.

* *

Vi pasar las semanas, hasta que llegó el día anterior al de mi boda. En el pecho se me crecía la esperanza. La casita de la bodega presentaba un aspecto tan diferente, como si la dicha se hubiera mudado a mi lado.

Es pequeña la vivienda; de techo tan bajo, que en los aleros, sin alargar mucho el brazo, puedo tocarlo; pero las paredes blanqueadas de cal, la fingían alta. EL piso lucía blanco, limpio, lavado por la vieja Mercé. Brillaba en el aposento una cama de caoba lustrada. En la salita-.comedor, había sillas y mecedoras de guano, nuevas y sin pintar. En un rincón se veían anafes, calderos. Sobre una tablita estaban unos platos, vasos y jarros. Una tinaja, en otra parte, sudaba.

Los rayos del sol entraban danzando por una ventana... La mesa donde comeríamos, lucía unas flores que se refrescaban en el agua de un frasco que fue de aceitunas y que ahora hacía de florero. En el aposento , un espejo reía, porque al día siguiente la reflejaría a ella.

No se hablaba de otra cosa en el batey. Los peones, con sus órdenes, se gastaban conmigo sus guasas.

—Mañana etrena...

—¡Con que uté se guinda, bodeguero!

Y no faltaba un buen viejo que dijera:

—La virren lo jaga bien empliao.

También los amigos, con el humilde regalo, trajeron sus frases:

—Pa reposar, e l’ombre necesita mujer —dijo viejo Dionisio.

—Dichoso ei que jalle mejei pa amarraise. A mí ninguna me guta do día——, comentó Cleto, escupiendo.

—Ya no podrás decir: “si aquí me come, aquí me rasco”.... —rezongó Valerio, medio borracho.

—Vas a echar raíces—, sentenció el inglesito.

Eduardo fue el único que no omitió opinión. Me hizo esta pregunta:

—¿Sabes lo que haces?

Y creo que al oírlo, el corazón me dio un vuelco...

* *

Ahora, después de una semana, casi no recuerdo cómo fue ese sábado de mi matrimonio. Me concedieron permiso para que cerrase la tienda a las cinco de la tarde, ya que se trataba de que me iba a casar, y me fui al pueblo en un automóvil negro que devoré los carriles y su postre de carretera polvorienta.

Llegué al fin a la cama de una tía de mi novia, donde me esperaban. Mi amor vestía de un color que según las mujeres simboliza esperanza. El padre era un estertor de alegría.. La madre, con el ceño adusto, los ojos ligeramente velados, brindaba sonrisas fabricadas en las comisuras de sus labios con bastante perfección. Se aglomeraba un gentío compuesto por vecinos que comían dulces y bebían cerveza. Las muchachas casaderas del barrio me miraban con ternura.

Llegó un señor, todo vestido de negro, con un gran libro debajo del brazo y unos espejuelos cabalgando en el lomo de su nariz ganchuda. Se comenzó el acto...

De lo que dijo el hombre no recuerdo nada. Sólo tengo memoria que nos hizo la misma pregunta a los dos, y que respondimos “sí”. Tan pronto como sucedió eso, una muchacha del grupo, saltó sobre mí, me besó en una mejilla y escapé entre el gentío. Después supe que se quería casar.

Comenzaron a arrancarle azahares a la novia; se armó una algazara de felicitaciones y de aparente alegría. Poco después, el mismo automóvil negro que me llevó, nos traía a la bodega, hurgando en la noche con sus ojos de luz..

Llegamos. Mi mujer pareció perder la última esperanza cuando el vehículo se alejó. En la camita blanca, alumbrada por una melancólica lámpara de petróleo, se me volvió un temblor de tórtola asustada...

Después de unos días, me dijo sonriendo: “Tuve miedo de quedarme con un hombre".

Y yo, que nunca he temido quedarme con mujeres pensaba: “¿Por qué aquella noche estaba encogido?”.

 

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