Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Parte III - III

II

Cuando al hombre se le tuerce la vida, aunque tenga conciencia de ello, difícilmente la vuelve a enderezar. Inútilmente me digo: “Ahogas tu alma en ron; procedes como un hombre débil, como un sentimental. Tu vida se pierde. Ese no es tu camino.

El reclamo de mis viejas y buenas ideas es débil, apagado, y parece que me hundo en el cieno cada día más, porque desde aquella noche, ¿qué he hecho?

Recuerdo...

El día me sorprendió sin orientación. La mañana era llorosa y como ella estaba mi alma.

Vagaba por las calles del pueblo sin rumbo, sin ninguna intención definida, cuando hallé a un viejo amigo. Era un muchacho de los que fueron mis compañeros en los primeros días de la vida.

Nos abrazamos y él se desbordó en entusiasmo.

—¿Cómo estás, viejo amigo? ¿Cómo estás?

Así me decía, y reía muy contento de haberme hallado. Yo me conducía como un idiota, pero creo que también reía. El hablaba como un torrente:

—¿Sabes que he dado la mar de tumbos? ¿Recuerdas cuando me fui de aquí?... Trabajé en barcos enormes, en fábricas gigantescas. Me quedé dormido mecido por las olas, y también fui ensordecido por el trepidar de las maquinarias de factorías monstruosas, ¡porque estuve en New York! Conocí mujeres de todas las razas, de todas las costumbres que me dijeron su amor en idiomas diversos. Apuré mucho los goces, viejo, para convencerme de que la vida es buena cuando se la lleva así... Y sin embargo, fuera de las juergas y, aun dentro de ellas, no hallaba el reposo; la tranquilidad, el sitio, ¡el equilibrio que salí a buscar cuando abandoné esta tierra!

Ya había cambiado de tono. Ahora parecía un poco triste. Miraba vagamente y hablaba como un extraviado.

—¡No me hallaba satisfecho! —continuó—. Hasta que un día, en Cuba, me entró eso que llaman “nostalgia de la patria”. Pensé que el hombre, para ser feliz, no necesita perderse en el placer. Me convencí de que un pueblo, unos viejos amigos, una mujer, un pequeño trabajo, bastan para vivir, ¡y marché para casa otra vez!...

Su entusiasmo ya estaba lejos, apagado por completo. Ahora miraba las chimeneas del central, que se elevaban por encima de todas las alturas de la ciudad, prosiguió como cansado:

—Pero obedecí a un impulso de sentimentalismo fatal ¡La falta de memoria! ¿Por qué el hombre tendrá tan mala memoria? Yo había olvidado todo esto en lo que tiene de realidad y sólo tenía conmigo los colores y la música. Veía nuestra vida de muchachos y nada más. Cometí un error. En New York, un obrero, como personalidad aristocrática, del mundo de las finanzas, o algo así, no es nadie, pero como ser humano es mucho. ¡Allí, si el hombre trabaja, tendrá donde vivir con algún confort, tendrá comida hasta hartarse, y como quiera, tendrá una amiga desinteresada. En cambio, aquí... ¡Esto no tiene comparación... Mi primer trabajo fue en el almacén de azúcar, y quedé pasmado, mejor dicho, aplastado, cuando el día de pago me enteré de que por cargar un saco de trescientas veinte libras, sólo se le paga al hombre un centavo. Un centavo de cobre, hermano, ¡un centavo! ¡Y hay que ver de dónde se ha de bajar ese saco o a dónde se ha de trepar! Luego fui a las factorías, y allí es donde trabajo cuando hay lo que ellos llaman “una oportunidad”. Pero puedes jurar que no se vive como gente. ¡Es admirable! Aquí está este pueblo con sus doce mil habitantes y nadie sabe cómo viven los que están allí mismo, a unos cuantos metros. Se trabajaba doce horas en las factorías por cuarenta y cinco centavos. Quince días trabaja un individuo, de día, y quince, de noche. ¡De noche! Doce horas, de noche, sin tregua. Hay que saber lo que significan sus minutos, uno por uno, cuando el peón batalla con el sueño, de pie, entre volantes y engranajes que giran locamente. El hombre sabe que, si falsea y cae, perderá la vida, y cualquier noche ve a un compañero caer. En esta última zafra, cayó un pobre muchacho, que tenía paludismo y no se podía tener en pie de la debilidad, y los engranajes lo hicieron añicos. En una pequeña caja cupo lo que apareció de él. ¡Y todo por cuarenta y cinco centavos!

Yo le oía como adormecido. En ciertas ocasiones pronunciaba alguna frase vaga, en forma de comentario. Me había dejado llevar por mi compañero y cuando habían transcurrido unos quince minutos, él se detuvo frente a una casita blanca del central. Allí me dijo.

—Estamos frente a mi casa. Entremos.

Tenía una mujercita —una niña, se puede decir—, con un pequeñín de cuatro meses. El chiquillo se desgañitaba gritando: la mujer, cuando llegamos, trataba de introducirle un pezón de su pecho en la boca. Mi amigo parecía un hombre sumamente cargado que acabara de recibir súbitamente, sobre su vieja carga, un gran peso más.

—Esta es mi mujer —me dijo. Y luego, dirigiéndome a ella:— Zunilda: búscate dos “palitos”.

La mujercita abandonó al niño en una caja de cartón, y la criatura siguió gritando. Entró al aposento, y a poco salió con una botella y dos vasos. Mi amigo sonrió:

—Yo no tomo café. Y le temblaban los labios.

Bebimos el primer trago. Todavía yo no había hilvanado una idea, y aquel ron me reanimó un poco.

—Pero háblame de tu vida —inquirió mi compañero , como quien recuerda algo que no debería haber olvidado—. No te he dejado tiempo para decir nada ¡Háblame!

Y ahora sonreía.

El la había aclarado. El sol se sacudía en el cielo. Nos hallábamos en el patio, a la sombra de un flamboyán florecido. Mi amigo se echaba hacia atrás en una mecedora de guano, descansando los pies en una silla vieja. Yo ocupaba otra mecedora y tenía los pies en tierra. En una mano sostenía mi vaso. La botella estaba en el suelo.

—Lo que podría contarte es muy largo, le dije, sin decidirme todavía.

—No importa. Hoy no tengo trabajo. Te quedarás a comer.

Y luego, como una explicación añadió:

—Gano poco, pero he hallado un chino que fía de todo, ¡y mientras no se detenga!... ¡Adelante!

Y me guiñó un ojo.

El otro trago me soltó un poco la lengua. “Justamente .—pensaba—, de esto era de lo que yo tenía necesidad: de un poco de ron y de una persona que quisiera hablar, ¡pero hablar de esta vida!”

—Y el viejo, ¿cómo te trata? —me preguntó.

—¿El viejo?

El se refería a mi padre. Se lo dije todo. Le hablé de la finca, de mi mujer... Sólo no le confesé que yo no tenía alojamiento.

Mi narración le emocionaba. El muchacho me oía serio, sorbiendo a ratos el ron. Luego me dijo:

—Estás viejo, chico. Esta vida es un desastre. ¡Si yo vuelvo a encontrar el camino...!

Y su mirada se perdió en el lomo reluciente del mar que se rizaba a la vista...

Al oírle se me ocurrió pensar:

—¡EI camino! ¿Por qué no se me había ocurrido salir? ¿No sería mejor? Ya en esta tierra se me haría muy difícil vivir. Aquí no tenía ningún lazo de afecto que me atara; era solo. ¡Lo mejor sería volar!

Se lo dije. Repentinamente él se animó:

—¡Qué bueno, chico! ¡Qué bueno! Si te marchas de aquí, te sanas. ¡Podemos hacer un esfuerzo y largarnos! En cualquier goleta nos podemos introducir en Puerto Rico. Allí nos proporcionamos papeles como súbditos americanos, y ¡ya tenemos las puertas del mundo abiertas!.En eso, el niño volvió a chillar. La madrecita decía:

—Calla, nené... calla...

Mi - amigo arrugó el entrecejo. Se apagó su entusiasmo. Miró la botella, casi vacía, y como quien muerde su ira, llamó a la mujer:

—¡Zunilda! ¡Tráeme lápiz y papel y ponte los zapatos! ¡Vas a ir donde el chino!

Su voz era áspera. Vació los últimos dos tragos en los vasos y se echó el suyo rápidamente. La mujercita, callada, temerosa, se borró en el interior de la casa. A poco volvió con lo que se le había pedido. El marido escribió, le entregó el papel, y la vi marchar a .......

El niño seguía gritando.

—¡Qué disparate! --dijo mi amigo--, con remordimiento visible—. ¡Dizque meterse uno con estas pobres mujercitas que sólo saben obedecer como bueyes o chillar como pájaros! ¡Qué disparate!

Le miré, y comprendí que el viaje era un sueño. El niño gritaba ahora más. Mi amigo, malhumorado, fue hacia él.

—¡Calla, carajo! —le rugió.

El inocente no entendió. Siguió su llanto. El hombre titubeó durante un momento; luego se inclinó y tomó la criatura en sus brazos. Ahora mecía al niño diciendo:

—No llores, chichi.., no llores, chichi...

Su figura, encorvada, meciendo al hijo acunado en sus brazos, simbolizaba a un árbol doblado por el peso de sus frutos.

Todavía mecía al niño cuando llegó la mujer. Entrególe al marido el ron, y tomó el hijo.

Cuando mi compañero me volvió la cara, se le emborronaban en el rostro la inconformidad, la alegría y la pena en forma indefinible...

Desde ese día viví borracho. En casa de mi amigo encontré otros hombres que no trabajarían hasta principios de zafra, y la zafra todavía distaba unos treinta días. Aquellos individuos eran gentes oscuras, sin educación, que trabajaban seis meses en la factoría y pasaban seis meses sin trabajar. Eran hombres sin ninguna idea fija, que vivían sin saber con qué objeto.

Cuando permanecíamos largos ratos sin hallar de qué hablar —ellos bostezando, yo como un animal apaleado—, alguno decía:

—Vamos a beber.

Y se bebía.

O proponía otro:

—Vamos al cafetín.

(Que también equivalía a beber). Y todos marchábamos hacia allí. Pero nadie sabía con qué fin.

En el bajo fondo de la ciudad viví aquellos días inolvidables. Aquellos sujetos no eran malos. Sus vidas estaban anegadas en un fango de ignorancia y vicio, que hizo de ellos su presa desde que nacieron. Trabajaban en el ingenio como bueyes, año tras año; tenían mujeres, hijos, y no pensaban en ellos. Iban donde las mujeres públicas. Bebían, ¿por qué?...

Yo también bebía, ¡y no sabía por qué lo hacía!

Hallé una prostituta que se enamoró de mí. Era una mujercita delgaducha, de ojos oblicuos, mulatita, cariñosa como una gata mimada. Sin embargo, me producía la impresión de un animalillo inofensivo que había sido muy maltratado. Cada vez que nos veíamos en el cafetín donde vivía, se me colgaba al cuello y me decía:

—Papito: sácame de aquí. ¡Sácame de aquí!

Me lo decía esperando de mi algo así como su salvación, y quedaba como en suspenso, prendida de mis labios.

—No puedo —le respondía con franqueza—. Soy casado y no tengo trabajo ni dinero.

—Si tú no vives con tu mujer, no importa. Yo quiero que me saques, que me honres... ¡Tú harás “maromas” y yo lavaré!

Y seguía siempre como en suspenso.

No le respondía. La miraba con pena. Ella permanecía un rato pensativa, y luego, desesperanzada, murmuraba:

Son disparates. ¿Cómo puede ser?

Bebía el ron, y como queriendo convencerse de que algo soñado no era cierto, hablaba otra vez:

—No creas nada de eso. Tú me gustas, a pesar de que bien sé que no te intereso. ¡Pero me gustas! ¿Entiendes?... Me gustas, y nada más...

Reía lo mejor que podía, y me decía nuevamente, rozando su cara en mi pecho...

—No se puede vivir sin dinero. Tú no ganas dinero... Pero me gustas. ¿Entiendes? Me gustas...

Y bebía, bebía...

Yo me preguntaba: “¿Esta es mi tierra? ¿Por qué esta isla que debió ser de paz se ha tornado en pantano semejante? ¿Por qué nos matan así?”

Y mi vista desolada, al buscar el horizonte, chocaba con las grandes chimeneas del central, que se elevaban siempre, imponentes, por encima de todo...

* *

Yo había perdido la fuerza y el deseo de razonar. No transitaba por la parte alta de la ciudad.

Sentíame rechazado por todos los que ayer habían sido mis compañeros, y ahora permanecía entre esos hombres que no pensaban, que se dejaban llevar por su vida, y que me brindaban su ron y su comida, indiferentemente.

Las primeras noches las pasé en aquella casa deshabitada, pero un día alguien la tomó en alquiler. Entonces me vi obligado a confesarle a mi amigo esa nueva miseria. El era muy pobre y en su casa había pocos muebles, pero me brindó lo que pudo: la camilla donde dormía su hijito, y una colchoneta que el niño empapaba de orines durante el día y que yo secaba de noche con mi calor.

En su casa comía casi siempre y bebía diariamente ¡Pero era todo aquello tan absurdo! A veces, cuando se me disipaban los vapores de una borrachera, me sentía como quien ha robado, matado o cometido algo igual. Entonces trataba de explicarme: “Es el hecho de vivir de favor. Es que los hombres han sido muy duros conmigo”. Y ni por mi momento quería pensar: “Es que voy torcido”.

Mi amante, la prostituta, me dijo una noche:

—Ven a dormir conmigo. Después de las doce, ya no viene nadie. Me haces falta.

Sin pensar en ello le dije que sí. Y desde aquella noche esperaba que se alejaran los que pagaban para luego ir yo a dormir..Sentía un escozor en el pecho que me causaba una vergüenza atroz, pero trataba de justificarme diciéndome:

—¿No es ella una buena mujer? ¡Sólo ella es decente! ¡Sólo ella me quiere! Si la vida es así, ¿qué le vamos a hacer?

* *

Las gentes del pueblo que me veían dando traspiés —a veces, no era por borrachera, sino porque comía mal—, decían:

—Danielito Comprés, el hijo de don Lope. ¡Se perdió ese muchacho!

Y algunos, que se atrevían a dirigirme la palabra, me recriminaban:

—Deja eso. No andes por ahí... ¡Esas gentes...!

Un loco deseo de golpearles me sacaba de quicio, y atropelladamente, les barbotaba:

—¿A quién le importa? Me despidió el padre, me despidió el central me rechazaron todos, y ahora, ¡vienen a sermonear! ¡Si alguien se pierde, ese alguien soy yo, y yo tengo derecho a disponer de mí!

El que me había hablado, se excusaba y marchaba a toda prisa, asombrado. Yo me sentía hueco. Sentía como que iba a caer, y sacudía la cabeza para no oír algo que me decía: “¡Imbécil!

¿Por qué mientes? ¿Acaso vas bien?

Y volvía al ron...

* *

Fue ayer cuando no quise beber más. Más que nunca me sentía avergonzado ante mí mismo.

No quise ver a mi amante, la prostituta, y anoche me eché en un vagón. Sobre mí estaba el cielo azul regado de estrellas. La luna, rota era una loca. En vez de dormir, yo dormitaba. Comenzó a hablarme una voz:

«¡Eh! ¿Qué piensas? El monstruo todos los días engulle más hombres. (La factoría estaba ahí con sus mil ojos apagados). La historia de tu pueblo, la de tu región, es la de la caña. Tus hermanos entran en el molino, el molino los tritura, su sangre corre por canales: es oro, es ganancia, ¡es over!, ¡se va!... ¡Y de los hombres, aquí en tu tierra, sólo queda bagazo! "

“A ti también te molieron, pero algo quedó dentro de ti que no fue triturado por el engranaje. Creyeron que ya no tenías savia —tú mismo lo has creído—, y te arrojaron. Pero, ¿no queda la duda en ti? ¿No temes confesarte que vas mal, que hay otro camino?... ¿A dónde vas? Y el horizonte, ¿no has visto el horizonte?”

Mi cuerpo, debilitado por el hambre del día, comenzó a temblar. Del pecho me subía una oleada de emoción incontenible. La voz seguía:

“No te apegues a esto que ya no es tuyo. ¡Tú mismo ya no eres de aquí! Ya diste tu over, ¿qué esperas? Creo que sólo te retiene la obsesión de que ya no eres nada. ¡Has visto tantos hombres gastados, destruidos! ¡Has visto tanto bagazo!... Que ya no te explicas —no quieres aceptar—. que tú no estés igual. Pero, ¿no ves el camino? ¡Acecha el sueño del monstruo que ahora duerme, y marcha antes de que comience la nueva molienda! ¡Vete, hermano!”.Lo último lo oí en pie. La sensación de que era perseguido me impelió a caminar. Eché el cuerpo hacia adelante, y a pasos largos, inclinado, fugitivo, crucé el pueblo.

* *

La noche se fue. Abriendo un boquete en el cielo, asoma su gran cara el sol. ¡Se me deshizo aquella oleada de emoción!

Si digo que me arrastra una aspiración, una esperanza de volver a ser... ¡miento! Porque sé que la dicha —la alegría de la vida— se perdió, se quedó atrás.

Voy, quizás obedeciendo a un primitivo instinto de conservación, ¡quizás huyendo de mí!

Voy, porque siento que algo maléfico me persigue, y eso me arrastra —en un supremo esfuerzo— por el camino que se abre ante mí.

La brisa pobre, se enreda en la melena del último cañaveral.

Camino...

 

Parte I - I | Parte I - II | Parte I - III | Parte I - IV | Parte I - V | Parte I - VI | Parte II - I | Parte II - II | Parte II - III | Parte II - IV | Parte II - V | Parte II - VI | Parte II - VII | Parte III - I | Parte III - II | Parte III - III

Over


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006