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II Cuando al hombre se le tuerce
la vida, aunque tenga conciencia de ello, difícilmente la vuelve a enderezar. Inútilmente
me digo: “Ahogas tu alma en ron; procedes como un hombre débil, como un sentimental.
Tu vida se pierde. Ese no es tu camino. El reclamo de mis viejas y
buenas ideas es débil, apagado, y parece que me hundo en el cieno cada día más, porque
desde aquella noche, ¿qué he hecho? Recuerdo... El día me sorprendió sin
orientación. La mañana era llorosa y como ella estaba mi alma. Vagaba por las calles del
pueblo sin rumbo, sin ninguna intención definida, cuando hallé a
un viejo amigo. Era un muchacho
de los que fueron mis compañeros en los primeros días de la vida. Nos abrazamos y él se
desbordó en entusiasmo. —¿Cómo estás, viejo
amigo? ¿Cómo estás? Así me decía, y reía muy
contento de haberme hallado. Yo me conducía como un idiota, —¿Sabes que he dado la mar
de tumbos? ¿Recuerdas cuando me fui de aquí?... Trabajé en
barcos enormes, en fábricas
gigantescas. Me quedé dormido mecido por las olas, y también fui Ya había cambiado de tono.
Ahora parecía un poco triste. Miraba vagamente y hablaba —¡No me hallaba
satisfecho! —continuó—. Hasta que un día, en Cuba, me entró
eso que Su entusiasmo ya estaba
lejos, apagado por completo. Ahora miraba las chimeneas del —Pero obedecí a un impulso
de sentimentalismo fatal ¡La falta de memoria! ¿Por qué el Yo le oía como adormecido.
En ciertas ocasiones pronunciaba alguna frase vaga, en forma —Estamos frente a mi casa.
Entremos. Tenía una mujercita —una
niña, se puede decir—, con un pequeñín de cuatro meses. El —Esta es mi mujer —me
dijo. Y luego, dirigiéndome a ella:— Zunilda: búscate dos La mujercita abandonó al niño
en una caja de cartón, y la criatura siguió gritando. Entró al —Yo no tomo café. Y le
temblaban los labios. Bebimos el primer trago.
Todavía yo no había hilvanado una idea, y aquel ron me reanimó —Pero háblame de tu vida
—inquirió mi compañero , como quien recuerda algo que no debería Y ahora sonreía. El la había aclarado. El sol
se sacudía en el cielo. Nos hallábamos en el patio, a la sombra —Lo que podría contarte es
muy largo, le dije, sin decidirme todavía. —No importa. Hoy no tengo
trabajo. Te quedarás a comer. Y luego, como una explicación
añadió: —Gano poco, pero he hallado
un chino que fía de todo, ¡y mientras no se detenga!... ¡Adelante! Y me guiñó un ojo. El otro trago me soltó un
poco la lengua. “Justamente .—pensaba—, de esto era de lo que
yo —Y el viejo, ¿cómo te
trata? —me preguntó. —¿El viejo? El se refería a mi padre. Se
lo dije todo. Le hablé de la finca, de mi mujer... Sólo no le Mi narración le emocionaba.
El muchacho me oía serio, sorbiendo a ratos el ron. Luego —Estás viejo, chico. Esta
vida es un desastre. ¡Si yo vuelvo a encontrar el camino...! Y su mirada se perdió en el
lomo reluciente del mar que se rizaba a la vista... Al oírle se me ocurrió
pensar: —¡EI camino! ¿Por qué no
se me había ocurrido salir? ¿No sería mejor? Ya en esta tierra se
me Se lo dije. Repentinamente él
se animó: —¡Qué bueno, chico! ¡Qué
bueno! Si te marchas de aquí, te sanas. ¡Podemos hacer un —Calla, nené... calla... Mi - amigo arrugó el
entrecejo. Se apagó su entusiasmo. Miró la botella, casi vacía, y —¡Zunilda! ¡Tráeme lápiz
y papel y ponte los zapatos! ¡Vas a ir donde el chino! Su voz era áspera. Vació
los últimos dos tragos en los vasos y se echó el suyo El niño seguía gritando. —¡Qué disparate! --dijo
mi amigo--, con remordimiento visible—. ¡Dizque meterse uno Le miré, y comprendí que el
viaje era un sueño. El niño gritaba ahora más. Mi amigo, —¡Calla, carajo! —le
rugió. El inocente no entendió.
Siguió su llanto. El hombre titubeó durante un momento; luego —No llores, chichi.., no
llores, chichi... Su figura, encorvada,
meciendo al hijo acunado en sus brazos, simbolizaba a un árbol Todavía mecía al niño
cuando llegó la mujer. Entrególe al marido el ron, y tomó el
hijo. Cuando mi compañero me volvió
la cara, se le emborronaban en el rostro la inconformidad, la Desde ese día viví
borracho. En casa de mi amigo encontré otros hombres que no Cuando permanecíamos largos
ratos sin hallar de qué hablar —ellos bostezando, yo como un —Vamos a beber. Y se bebía. O proponía otro: —Vamos al cafetín. (Que también equivalía a
beber). Y todos marchábamos hacia allí. Pero nadie sabía con En el bajo fondo de la ciudad
viví aquellos días inolvidables. Aquellos sujetos no eran Yo también bebía, ¡y no
sabía por qué lo hacía! Hallé una prostituta que se
enamoró de mí. Era una mujercita delgaducha, de ojos —Papito: sácame de aquí.
¡Sácame de aquí! Me lo decía esperando de mi
algo así como su salvación, y quedaba como en suspenso, —No puedo —le respondía
con franqueza—. Soy casado y no tengo trabajo ni dinero. —Si tú no vives con tu
mujer, no importa. Yo quiero que me saques, que me honres... ¡Tú Y seguía
siempre como en suspenso. No le respondía. La miraba
con pena. Ella permanecía un rato pensativa, y luego, Son disparates. ¿Cómo puede
ser? Bebía el ron, y como
queriendo convencerse de que algo soñado no era cierto, hablaba
otra —No creas nada de eso. Tú
me gustas, a pesar de que bien sé que no te intereso. ¡Pero me Reía lo mejor que podía, y
me decía nuevamente, rozando su cara en mi pecho... —No se puede vivir sin
dinero. Tú no ganas dinero... Pero me gustas. ¿Entiendes? Me Y bebía, bebía... Yo me preguntaba: “¿Esta
es mi tierra? ¿Por qué esta isla que debió ser de paz se ha Y mi vista desolada, al
buscar el horizonte, chocaba con las grandes chimeneas del central, * * Yo había perdido la fuerza y
el deseo de razonar. No transitaba por la parte alta de la ciudad. Sentíame rechazado por todos
los que ayer habían sido mis compañeros, y ahora permanecía Las primeras noches las pasé
en aquella casa deshabitada, pero un día alguien la tomó en En su casa comía casi
siempre y bebía diariamente ¡Pero era todo aquello tan absurdo! A Mi amante, la prostituta, me
dijo una noche: —Ven a dormir conmigo.
Después de las doce, ya no viene nadie. Me haces falta. Sin pensar en ello le dije
que sí. Y desde aquella noche esperaba que se alejaran los que —¿No es ella una buena
mujer? ¡Sólo ella es decente! ¡Sólo ella me quiere! Si la vida
es así, * * Las gentes del pueblo que me
veían dando traspiés —a veces, no era por borrachera, sino —Danielito Comprés, el
hijo de don Lope. ¡Se perdió ese muchacho! Y algunos, que se atrevían a
dirigirme la palabra, me recriminaban: —Deja eso. No andes por ahí...
¡Esas gentes...! Un loco deseo de golpearles
me sacaba de quicio, y atropelladamente, les barbotaba: —¿A quién le importa? Me
despidió el padre, me despidió el central me rechazaron todos, y El que me había hablado, se
excusaba y marchaba a toda prisa, asombrado. Yo me sentía ¿Por qué mientes? ¿Acaso
vas bien? Y volvía al ron... * * Fue ayer cuando no quise
beber más. Más que nunca me sentía avergonzado ante mí mismo. No quise ver a mi amante, la
prostituta, y anoche me eché en un vagón. Sobre mí estaba el
cielo «¡Eh! ¿Qué piensas? El
monstruo todos los días engulle más hombres. (La factoría estaba “A ti también te molieron,
pero algo quedó dentro de ti que no fue triturado por el engranaje. Mi cuerpo, debilitado por el
hambre del día, comenzó a temblar. Del pecho me subía una “No
te apegues a esto que ya no es tuyo. ¡Tú mismo ya no eres de
aquí! Ya diste tu over, * * La noche se fue. Abriendo un
boquete en el cielo, asoma su gran cara el sol. ¡Se me deshizo Si digo que me arrastra una
aspiración, una esperanza de volver a ser... ¡miento! Porque sé
que Voy, quizás obedeciendo a un
primitivo instinto de conservación, ¡quizás huyendo de mí! Voy, porque siento que algo
maléfico me persigue, y eso me arrastra —en un supremo La brisa pobre, se enreda en
la melena del último cañaveral. Camino...
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