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IV Domingo. Se aglomera frente
al mostrador una colmena de trabajadores hambrientos. Como hoy la tienda se cerrará a
las doce del día, para no abrirse hasta el lunes, los que tienen
vales o algunos centavos se apresuran
a comprar lo indispensable, porque ya han probado más de una vez lo que son esos días de
bodega cerrada, en un batey cercado de cañas que no se pueden tocar
en “tiempo muerto”, con
un vale en las manos que de nada les sirve en otra tienda. Gritan y exigen por no
quedarse sin comprar. Veo sus caras sucias, erizadas de barbas, grasientas; sus narizotas
deformes, sus bocas generalmente llenas de raíces podridas y sus
ojos desorbitados. ¡ Sobre todo
sus ojos y sus bocas! Se apiñan en esa ventanilla que da sobre el mostrador, y enronquecen
gritando. Están ansiosos y ahora mismo no recuerdan nada, ni
quieren otra cosa que no sea adquirir
sus centavos de provisiones. Maldicen y suplican, insultan
y adulan; quieren que los despache a todos a la vez. Y yo, que he pasado la semana
prisionero en esta bodega, lo que más ansío es que sean las doce,
para salir. Trabajo y trato de olvidarme
de ellos. Primero es como un vértigo. Luego me sumerjo, y los ruidos me pasan por encima...
Recuerdo que hoy me visitarán algunos bodegueros de bateyes vecinos, con quienes he hecho
amistad, y pienso que debo apresurarme para terminar cuanto antes este puerco trabajo. Algún grito que domina a los
demás me sacude los nervios y siento que algo se me agolpa en el pecho y allí se me
revuelve violentamente como si fuera a ahogarme. Se me enciende la
ira. ¡Cómo son las cosas! No creí
jamás que a tan corta distancia de mi casa, y después de haber formado tan bonitos planes
sobre mi porvenir, me vería en la necesidad de servir a éstos y de
obedecer a otros a quienes he
de considerar mis amos absolutos. ¡ Cómo son las cosas! Y por
más que lo sienta he de hacerlo sin chistar, porque el hecho de que el alemán éste escriba
como un patán, no le quita su omnímoda autoridad sobre mí; las
cosas que ordene, como él quiera
se habrán de entender. Recuerdo la tarde de ayer...
“Usted es libre el domingo desde que cierra —me gruñía de mala gana—, pero el lunes
la tienda debe estar limpia, con piso lavado y todo muy limpio. Y además, usted no puede
abandonar este batey sin permiso. Yo lo explica a usted todo, y
ahora usted tieni que comprenda. Yo
habla bien claro”. Y dicho esto salió taconeando marcialmente, tal como corresponde a un
buen alemán. ¡Te comprendo, colorado teutón!
Puedo disponer de medio domingo —ustedes lo dicen a viva voz—, pero antes he de
lavar pisos, limpiar botellas, sacudir telas, matar ratas y
cucarachas, volverme escoba, estropajo,
gato y perro a la vez, ¡todo!, menos una persona decente. Y para salir del batey, llenar unos
formularios por cuadruplicado desde el sábado, en los cuales habré
de dar cuenta de las horas de
salida y de regreso, y hasta de mis últimos pensamientos del día.
¡Muy bien! Todo se hará como lo
ordenas ya que tú, el manager y sus secuaces, son dioses tonantes a
quienes debemos temer. Pero
me dirás.., ¿dónde aprendiste a humillar así?... Y como si
contigo no fuera suficiente para
llevar aquí una vida de perro, ¡ ahí están estos peones,
metiendo un ruido atroz! ¿Dónde aprendiste? ¡Gritos! ¡Gritos! Ojos y
bocas se barajan ante mí, ¡Si pudiera escapar!.Se ha ido un tiempo
que no puedo precisar. Se ha esfumado la algarabía infernal y me
parece que he caído de muy alto. El
Big-Ben me mira con los pequeños brazos de sus agujas en alto, y secretea sosegadamente su
tic-tac. He cerrado las ventanas y me dispongo a anotar las
“salidas" del día en el libro
correspondiente, presa aún de cierto malestar, cuando oigo una voz
que viene del patio... Es la voz de
Cleto, tan alegre como si este fuera el día de su cumpleaños. —¡Bodeguero! ¡Bodeguero!
Dígame si ya uté se fue... ¡Qué pregunta! Aunque no lo
quiera, he de sonreír. Con este hombre parece que no
es posible permanecer serio. —No saldré hoy —le
respondo—. Espero visitas. Y me dice con el acento más
cibaeño que halló: —Pero bueno, compai, ¿uté
se va a metei a viejo? Ya yo toy cansao e dicile que la vida no se pue llevai asina. ¿A uté
como que no le gutan la mujere y ei romo?... Se ahuyentan mis
pensamientos, porque el policía lo aleja todo con su bendito buen
humor. Le digo: —Quizás me gusten, Cleto,
aunque no como a usted. Hoy por ejemplo... Se entusiasma. —¡Váigame Dió, critiano!
Ai fin l’oigo hablai de a veidá. ¡Le cogerá uté ei piso a la
finca! Le oigo y pienso que
“cogerle el piso a la finca” significa olvidarse de todo, mudar
una mujer, tener niños enfermos
y vivir borracho. Como siento que permanece en la escalera del lado afuera, pegado a la puerta,
comprendo que quiere entrar y le abro. Entra y una vez frente al aparador, se queda mirando
embelesado, la colección de botellas. Moviendo la cabeza a un lado y a otro, exclama: —¡Vígen de Aitagracia! ¡Si
me laigan e n’un potrero como ete, me tiene que sacai en litera! Y alcanza una botella que
comienza a descorchar. Sirve el ron en dos vasos, sin preguntarme si quiero beber. Ya he
abandonado los formularios y estoy frente a él mirándole hacer.
Arrastro una caja de kerosene y tomo
asiento en ella. Le indicó otra que ocupa al instante. Va a decir
algo cuando se oyen unos toques
discretos del lado afuera, y luego, jadeante, una voz: ~¡Bodeguel!... ¡Bodeguel!...
A mí me se olvida el manteca. Vendeme un poquita. Quien así habla es el
haitiano Joseph Luis. El policía no me deja responderle, y abriendo
la bocaza, vocifera: —¡Mañé dei Diablo! ¿Tú
no repeta que la gente ta descansando, rejundío? ¿Quiere que te rompa ej pecuezo, desgraciao? La voz ahora dice: —Dipensa... Mí no sabé..,
Diepensamué... ¡Tamaño
susto se ha llevado el haitiano! Cleto es temido entre los peones
como un Zeus, pues
lo creen capaz de matar por cualquier futileza. El vive diciéndolo.
Todo el día ofrece balazos.
Promete romper piernas y cabezas. Todo
el día suelta denuestos, escupe y bebe ron. Yo soy
de los pocos que quizás he adivinado un buen corazón debajo de esa
corteza de injurias, amenazas
y palabrotas. —Vale, a usted le teme esta
gente —observó. Y él responde: —Bodeguero, e que ei que
trabaja con n,eta maidita compañía tiene que jacei de tripa corazón pa cumplí con su
debei, poique e veidá que eto blanco son la gente má rica dei
mundo, pero tienen la jambre metía
en lo seso. Y luego, con su proverbial
locuacidad va explicando: —La polecía tengamo que
andai con cuatro ojo. Por’aquí no pué cruzai un probe campesino con un andullito, ni con una
caiguita e mají, ni con cosa aiguna de la que vende la compañía
en la.bodega. Si lo peone hacen un pelaito por’ahí, y siembran
una batatica manque sea, o un majicito, ¡di’una ve tenemo que
meteile machete y picáiselo tó! Poique eso le peijudica a lo
blanco, ¡y ríase uté si a uno se le
pasa aigo deso’ Que di’una vé le tan lloviendo rayaso, como si
uno fuera un muchacho o aigún jijo
d’ello. ¡Y cómo yo me conoco!... uté me ve que soy ei terroi de
lo probe mañese, poique lo que
soy yo no le aguanto vaina a naiden. Lo que dice el policía es
una increíble verdad. Los trabajadores de la finca sólo pueden gastar su dinero con
facilidad en la bodega del central, porque este dinero generalmente
no es tal, sino vales, y porque las
pocas veces que a sus manos llega una moneda, no hallan otro sitio donde gastarla. Sólo algún campesino
vendedor de plátanos puede entrar en los bateyes con su pequeña carga, y esto, muy vigilado.
Luego, no se le permite ejercer otra clase de comercio a nadie en toda el área que pertenece a
la compañía. A los trabajadores no se les deja utilizar una tarea
de los inmensos terrenos que ha
acaparado el central, y los cuales constituyen la envidia de esta pobre gente, agricultora casi
toda, que se extasía ante tanto monte sin cultivo. Una rama de árbol
de esos bosques es sagrada, y
quien la toque, por lo menos probará el lomo del machete del policía y luego la cárcel,
si no es que siente el filo o se lleva un balazo. El personal de la
finca tiene que resolver todos sus
problemas en esta bodeguita, donde se le vende la comida, la ropa, artículos de ferretería y
fichas para canjearías por la dura y filamentosa carne de buey que
se consume en los bateyes.
Porque el central le saca a todo la mayor utilidad, y el buey que
trabaja varios años, cuando ya no
sirve, es beneficiado para alimentar a estos ávidos estómagos,
aunque ello a los ojos de los rudos
hombres que se ganan la vida durante años con estos animales, parezca un crimen, porque
ellos opinan que “el buey e ‘sun animal que debería morir de
viejo, decansando”. El policía ha callado.
Vaciamos nuestros vasos de un trago y el ron nos quema el gaznate. Esto le reanima y sigue
hablando: —Vale, hay que vivir mucho
pa comprendei poi qué a l'ombre se le pone duro ei corazón... ¡Mire! Cuando uno ta
jovencito se manija cogiéndole pena jata a lo s’animale, pero a
medía que uno va dentrando en edá, se
le va agriando la piña y va cogiendo iperencia. Ei día se llega,
en que uté anda debaratao, y
naide le jace caso. Llega uno a pasai jata jambre, y no encuentra un
amigo. Antonse uno se da
cuenta de que cuando jalle aonde tenei la barriga llena, ¡debe
pegaise ni an la sangrijuela! Y por
eso uté me ve que con lo j’asunto de mi debei no conoco a naide,
y poi ma desambrío que sean
eto blanco, yo le cumplo su s’oidene, ¡poique pa eso pagan lo
suyo! Lo ha dicho como irritado,
por haberse compadecido de alguien. Un tropel de caballos en el
patio, nos anuncia que llegó gente. Nos levantamos, el policía con la botella en la mano y
yo en disposición de averiguar quiénes son los visitantes. —Deben sei su j’amígose—
observa, envolviendo la botella en papel de estraza. —Deben ser ellos
—asiento-—. Pero no se vaya usted por eso. —No, vale...
—responde—. A mí me guta andai como la res mala. Y dicho esto, arreglándose
la correa del revólver, donde luce cincuenta proyectiles nuevos, se asoma a la puerta. Lo veo
levantar la diestra al mismo tiempo que dirigiéndose sin duda a los
que han llegado, exclama: —Bueno día, j’amiguítose...
Sí... Ei bodeguero tá ahí. Yo creo que viene a recebilo. Se lanza de la escalera, y me
hiere la vista el reflejo de un rayo de sol que se estrella en el acero de su revólver. Me hallo entre dos
bodegueros. Sentados en toscas sillas, rodeamos una caja que hace
las veces de mesa y en la cual se
yerguen una botella y tres vasos. Hablamos del único tema que tienen los bodegueros de la
compañía: la bodega y lo que a ella concierne. Ventas, vales, reportes, el
alemán, Mr. Robinson, Mr. Lilo... Todos desfilan por nuestra
conversación, pero muy superficialmente. Se nota que cada
uno teme aventurar una palabra que más tarde pueda
comprometerle. Porque ningún espionaje es tan eficaz como este de
la finca, donde el empleado, a la vez
que es carne de trapiche, hace de lubricante de la máquina y de conductor de elementos que
alimentarán el engranaje insaciable. Uno de los que me acompañan
es Eduardo, un muchacho del Sur, inteligente, de mirada muy viva, que me ha tomado gran
afecto por lo que él llama en mí, “franqueza’. Es veterano
entre los bodegueros y puedo decir que
me ha tomado bajo su protección. Por él he sabido que aquí es necesario “llevar la lengua
en el bolsillo”, y ha sido él quien me ha enseñado a perfección
los trucos del robo en el peso y
la mejor manera de lidiar al peonaje. A pesar de que sus años no llegan a treinta, se sabe de
memoria la vida de los bateyes y nadie tiene un olfato como el suyo para husmear el peligro. Mide
y pesa lo que dice, y según me ha dicho fue aquí donde se hizo tan
zorro. El otro es de esta misma región
y creo que nadie puede ser tan jactancioso como él. Es el tipo representativo de una
clase de bodegueros abominables. Repugna estar a su vera. Se alaba de todo. Asegura que es el
hombre más eficiente del departamento y también el más hábil en
lo que concierne al aumento de
su cuenta de ahorros a costa de los peones. Ahora mismo proclama: --Yo tengo mi batey
disciplinado. A mi no hay peón que me forme berrinches. El que se para frente al mostrador de
mi bodega, ¡me paga el barato! Casi nada... (y falsea la voz, imprimiéndole un tono cínico),
sólo le arranco el quince o el veinte por ciento, sin contar el
over. ¡Porque lo de Papá Central
es cosa aparte!... Guiña un ojo y ríe
estrepitosamente. Goza oyéndose a sí mismo. Ahora alardea de su amistad con los grandes del
departamento: —Así sin dármelas, yo soy
hombre que jalo con Mr. Lilo. ¡A mí me pusieron en este puesto sin dar viajes! Imagínense
que llegué recomendado al mismo administrador del central nada menos que por el General
Beltrán. ¿Y saben ustedes quién es el General?... Bueno, pues
nada menos que el gallazo que
arregló a toletazos el rebú de los muelles cuando los cocolos se
regaron el año pasado. Sin esperar comentario, como
hombre seguro de que causa admiración entre sus oyentes, y que da por de contado el gran
interés que todos tienen en escucharle, sigue: —Yo aquí estoy muy bien.
Mr. Baumer tiene mucha confianza. Mr. Lilo no sabe dónde ponerme, ¡porque ese sí es
mi amigo! ¿No lo han tratado a fondo ustedes? ¡Ah! Eso es lo que
se llama un hombre simpático.
¡Y lo que hay en el fondo!... ¡Estando bien con Mr. Lilo, puede llover y tronar! Con ese
apoyo no hay quien se gaste ñoñerías conmigo en el batey. A mí
me adula el mayordomo y me
respeta el contratista, y es porque saben que en contra mía no
corren cuentos de finca, porque yo
me junto con los cabezas. Ahora mismo, ¿a qué no me dicen a dónde
voy... Pues, a una fiesta que
le dan a Mr. Lilo en casa de Turrón, el bodeguero del 322, que está
más bien con él que el
caraj... ¡A cumbanchar con los jefes, mis amigos! A esa fiesta me
invitó el mismo Mr. Lilo en persona.
Cuando vi su carro ayer, me pregunté: “¿A qué vendrá Mr. Lilo
a estas horas?”, y cuando
llegó a mi bodega fue para decirme: “Rodríguez, lo espero mañana
donde Turrón, que tenemos
una jaranita”. ¡Ya ustedes ven! ¡Fue expresamente a invitarme,
el mismo Mr. Lilo! ¡Con cuánto asombro lo
dice! “¡El mismo Mr. Lilo!” Es como si dijera: “¡He llegado
al cielo! Ya era un simple ser
humano, un pobre diablo, como ustedes —ni más ni menos— y ahora
soy un bodeguero amigo del
segundo manager, ¿eh? ¡Nadie llega hasta ahí! ¡Muéranse de envidia!”. Y charla, charla
incansablemente, haciendo su propio panegírico y tratando de asombrar a todo ser viviente. ¡Qué asco! En verdad, no me
explico cómo se podría pasar un día con él sin romperle la crisma. Para suerte nuestra,
este portento dice que se marcha, porque “Mr. Lilo le espera”. Cuando llega el momento de su
partida, un gran alivio nos embarga a Eduardo y a mí, y casi nos vuelve el humor. Riendo
estrepitosamente, el “amigo de los grandes”, sin permitirnos pronunciar palabra, ha ido
hasta su caballo, y le acompañamos hasta allí por cumplimiento. Ya
se despide. Como un ser tan
extraordinario no puede marcharse de manera rutinaria, hace que el
animal realice cabriolas, apretándole las espuelas en los ijares y
recogiéndole las bridas, todo ello Se pierde su silueta y aún
queda en nosotros la desagradable impresión que su voz chillona, sus gestos y el tema de su
conversación nos han producido. Instalados de nuevo frente a
nuestra botella, no puedo evitar un comentario. ¡Es raro esto de Eduardo interrumpe mi
comentario y responde: —No es tan raro cuando las
fiestas son dedicadas al asistente por ciertos bodegueros, ni es Estoy confundido. Del
asistente sólo sé, que ocupa un carga muy pocas veces desempeñado
en estos centrales por un
latinoamericano, y que es uno de los principales personajes de
nuestra —Por ahí se dice —me
informa—, que él tiene pisado a su jefe, porque le ha descubierto
una serie de oscuros manejos
que Mr. Panza realiza a escondida de la compañía. ¡Esto sí que no lo
esperaba! Me olvido de reír del mote de Mr. Panza, aplicado al
manager, y —Como lo oyes —sigue
Eduardo—. Y uno de esos manejos consiste en ciertas comisiones Todo esto es nuevo para mí y
lo escucho con creciente avidez. Pido a mi compañero que me Eduardo sigue hablando... El
manager y su segundo se completan admirablemente. El más grande se ocupa de los
asuntos mayores. El otro, mete la mano allí donde las cosas, por Y el hombre, además de con
el dinero, se queda con la honra de sus protegidos, como —“¡Qué simpático es
Mr. Lilo!” —“¡Qué buen mozo es Mr.
Lilo!” "¡Qué hombre tan bueno
es Mr. Lilo"! Su marido, su hermano, su
padre, “se lo deben todo a Mr. Lilo”. Después de una fiesta
hubo —¡“Es un hombre de tan
buen corazón!... ¡Y tan simpático!... Negocio, negocio. Algunos de
los que tal precio pagan por un empleo no saben cuánto les Mi compañero ha dicho todo
esto con bastante tranquilidad, y en sus labios la ironía asoma —¡Este es un asqueroso
comercio de la dignidad! ¡No me explico cómo estos hombres no Pero Eduardo responde: —Es una indignidad y todo
cuanto quieras, pero es la verdad... Luego dice, apretando los
dientes: —¡Y si eso fuera todo! ¡Si
los que venden su honor por una piltrafa tuvieran seguridad!... Pero nada de eso. El
comprador, una vez hastiado de la mujer, la hermana o la hija, y una
vez Creía yo que estas cosas sólo
se encontraban en novelas cuyos autores tuvieran la manía de —Y ante todo eso
—digo—, ¿qué hace el administrador del central? En el pueblo
le Entonces algo nuevo me viene
a sorprender: —Lo sabe —dice Eduardo,
pero se hace el ciego porque el manager es hombre atado por Quedo pasmado. ¿No habrá
aquí nada limpio? Sin embargo, me aferro a una esperanza y —Pero algún día... Y Eduardo corta: —¡Nada sucederá! Quiero insistir; pero él no
me deja. —A lo más que todo puede
llegar —sigue sin oírme—, es a que el rubio eche cualquier día Roba en la tienda central y
luego se lo hace descontar a los bodegueros de su grupo. Anda con Pienso: "¡A qué
estercolero he venido a parar!” Y mi compañero sigue narrando Así, durante años y años,
hasta llegar ese estado a ser cosa natural falta de todo interés. Me pregunto: “¿Qué será
de mí?” ¡Y otra vez se me enciende un loco deseo de escapar! * * La tarde se ha hecho fría y
nos trasladamos a la bodega. Sentados en el mostrador, con los —Este es un negocio cruel
—dice mi compañero—. La compañía lo disfraza bajo el nombre —¿Pero esto no se puede
denunciar? —preguntó, sintiéndose dispuesto a hacerlo. —No sueñes —me
responde—. Quien hable aquí de hacer denuncias, ya sea peón,
empleado Esto me solivianta. No puedo
callar. —Es absurdo —digo—. No
puede haber quien tome en cuenta acusaciones tan ridículas. ¿Comunistas, aquí? ¡Sólo
hay miseria! Nuestro pueblo sufre una economía semi-feudal.
Nuestras El nativo que vive en la
finca es un sujeto gastado, sin equilibrio moral, incapaz de He dicho esto como si
defendiera a los miles que sufren vejaciones y son explotados, ante —Ves las cosas claras,
hermano; y no creas que los blancos las ven en otra forma; pero
ellos Presiento que no se me
aliviará nunca un dolor que me crece en el pecho. Mi angustia es
una Recuerdo la escena de ayer
tarde. Los trabajadores hambrientos se amontonaban en el —Yo no he visto gente más
desgraciá que nosotro —decía un carretero—. Trabajamo todo —El peón de la finca e
j’un perro de mal amo—, rezongó uno del cultivo. —Eto mayordomo noj tratan
como a los bueyes.—. opinó otro. —¡Qué va, compail
—respondió el carretero—. El buey vive mejor que nosotro,
porque el —¡Jum! Yo no quisiera ser
buey —cortó alguien—. Al buey lo matan pa dipué vender la —Pero a nosotro no j’asen
peor —siguió el carretero—. Noj sacan el cuajo, y cuando tamo —¡Compai, ute decía la
beldá!—, terció un haitiano. ¡Cállate la boca, mañé
del diache, que tú no tiene que meterte en la conversación de la
gente! —¡La dominícane son
palejele! —gruñó el haitiano, decepcionado. —¡Parejero no, degraciao!
¡Que a utede y a eta condenao cocolo deberían quemarla junto? —¡Eso e verdá, carajo! —¡Eso e verdá! —comenzó
a oírse en el grupo. Las palabras subían de tono
y quizás haitianos y dominicanos se hubieran ido a las manos, a —Don Dionisio, deme un vale
de die chele. —Yo quiero vente. —Pasá mué cinco. —Mire que yo quiero comprá
un cachimbito..—¡Jesú, critiano! ¡Eto no me alcanza! Y luego, cuando tuvieron las
órdenes, se dirigían a mí: —Bodeguero, depáchame
pronto, que tengo jambre. —Déjese de viveza... Y se
oía entre ellos: —Quítate dei medio,
Montero, que ya tás de agentao. —El agentao ere tú,
mojiganga. Y el aire se pobló de risotadas. Una hora después, los Hace ratos que tomamos el ron
sin hablar. Del lado afuera, el caballo impaciente, golpea la —Se ha hecho de noche. Y su mirada busca la puerta. Como ya no tardará en llegar
la vieja Mercé, mi cocinera, le invito a cenar y acepta. Hago —Don Danielito, dipense que
le traiga eta así tan pelao, pero e’que en la finca no se jalla Siempre dice lo mismo, y tras
preguntar “si no hace falta otra cosa”, se retira para volver Atacamos vigorosamente una
gallina con abundante ración de plátanos y yuca que nos sirve Nos llegan, algo atenuados
por la distancia, los sonidos de una tambora tocada en el batey —¡Qué mujei ma bruta,
carajo! Y nadie responde. Me imagino
a la pobre Nica, arrinconada, mirando con desaliento a su Mi compañero, ya en pie,
aflojándose el cinturón, frente a los restos de nuestra comida, —Vamos a esa bachata. Le digo que no tengo caballo,
pero él insiste: —Es a menos de un kilómetro.
Nos vamos en el mío. La idea no me interesa gran
cosa, pero la prefiero a quedarme entre las cuatro paredes de —¡Compai Cleto! ¡Cuídeme
la bodega un momento, que voy al batey vecino! El responde, fanfarrón como
siempre: —¡Te bien, vale! ¡No se
apure, que tando yo aquí cuaiquiera no se arriega a que le rompa Salimos del patio. Una gran
luna asoma su faz por el brocal del horizonte. Las ranas saltan El caballo resopla. * * La fiesta arme su algazara en
la enramada de carretas. Los pesados vehículos se amontonan Una mulata se me acerca pidiéndome,
sin rodeos, que le compre algunos fritos de los que Mientras mi mujer engulle con
notable avidez, alguien me tira de la manga y con voz ronca —¡Un trago, bodeguero? Es un hombrecillo flaco a
quien le faltan algunos dientes. Se ve claramente que es un —Es pa la música
—explica, temiendo una negativa. Le respondo: —Dile al cantinero que te
despache media botella por mi cuenta. Pero él tiene experiencia.
No confía en nadie y dice con toda franqueza: —Venga usté mismo que ese
diache no sabe apreciar a la gente... ¡Admirable! Marcho tras él
y le dejo complacido. Un centenar de miradas serviles me —¡Topo! —¡Seise! — ¡Paro-pinto! A poco aparece Eduardo con su
compañera. Me llama la mulata. Gime el acordeón y los Nos mezclamos en el grupo
oliente a sudor y a esencias baratas. Un músico canta: —“Dicen que me toy
muriento...” El acordeón responde: -"¡Jó!...¡Jó!... El músico sigue: —“Y que trastornado
estoy...” "¡Jó!...¡Jó!... —“Ellos saben lo que
dicen..." —“¡Jó... ¡Jó... —“Porque me falta tu
amor”..Con un golpe de güiro y tambora, para la música en seco.
Las parejas giran. Luego habla el —“Manuel mano Lao, ¡ay!
eso sí da peena... Bailando abrazao, ¡ay! con mujer ajeena... “Si viene el marido, ¡ay! ¡ay, válgame Dioó! |