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Parte I - IV

IV

Domingo. Se aglomera frente al mostrador una colmena de trabajadores hambrientos. Como hoy la tienda se cerrará a las doce del día, para no abrirse hasta el lunes, los que tienen vales o algunos centavos se apresuran a comprar lo indispensable, porque ya han probado más de una vez lo que son esos días de bodega cerrada, en un batey cercado de cañas que no se pueden tocar en “tiempo muerto”, con un vale en las manos que de nada les sirve en otra tienda.

Gritan y exigen por no quedarse sin comprar. Veo sus caras sucias, erizadas de barbas, grasientas; sus narizotas deformes, sus bocas generalmente llenas de raíces podridas y sus ojos desorbitados. ¡ Sobre todo sus ojos y sus bocas! Se apiñan en esa ventanilla que da sobre el mostrador, y enronquecen gritando. Están ansiosos y ahora mismo no recuerdan nada, ni quieren otra cosa que no sea adquirir sus centavos de provisiones.

Maldicen y suplican, insultan y adulan; quieren que los despache a todos a la vez. Y yo, que he pasado la semana prisionero en esta bodega, lo que más ansío es que sean las doce, para salir.

Trabajo y trato de olvidarme de ellos. Primero es como un vértigo. Luego me sumerjo, y los ruidos me pasan por encima... Recuerdo que hoy me visitarán algunos bodegueros de bateyes vecinos, con quienes he hecho amistad, y pienso que debo apresurarme para terminar cuanto antes este puerco trabajo.

Algún grito que domina a los demás me sacude los nervios y siento que algo se me agolpa en el pecho y allí se me revuelve violentamente como si fuera a ahogarme. Se me enciende la ira.

¡Cómo son las cosas! No creí jamás que a tan corta distancia de mi casa, y después de haber formado tan bonitos planes sobre mi porvenir, me vería en la necesidad de servir a éstos y de obedecer a otros a quienes he de considerar mis amos absolutos.

¡ Cómo son las cosas! Y por más que lo sienta he de hacerlo sin chistar, porque el hecho de que el alemán éste escriba como un patán, no le quita su omnímoda autoridad sobre mí; las cosas que ordene, como él quiera se habrán de entender.

Recuerdo la tarde de ayer... “Usted es libre el domingo desde que cierra —me gruñía de mala gana—, pero el lunes la tienda debe estar limpia, con piso lavado y todo muy limpio. Y además, usted no puede abandonar este batey sin permiso. Yo lo explica a usted todo, y ahora usted tieni que comprenda. Yo habla bien claro”. Y dicho esto salió taconeando marcialmente, tal como corresponde a un buen alemán.

¡Te comprendo, colorado teutón! Puedo disponer de medio domingo —ustedes lo dicen a viva voz—, pero antes he de lavar pisos, limpiar botellas, sacudir telas, matar ratas y cucarachas, volverme escoba, estropajo, gato y perro a la vez, ¡todo!, menos una persona decente. Y para salir del batey, llenar unos formularios por cuadruplicado desde el sábado, en los cuales habré de dar cuenta de las horas de salida y de regreso, y hasta de mis últimos pensamientos del día. ¡Muy bien! Todo se hará como lo ordenas ya que tú, el manager y sus secuaces, son dioses tonantes a quienes debemos temer. Pero me dirás.., ¿dónde aprendiste a humillar así?... Y como si contigo no fuera suficiente para llevar aquí una vida de perro, ¡ ahí están estos peones, metiendo un ruido atroz! ¿Dónde aprendiste?

¡Gritos! ¡Gritos! Ojos y bocas se barajan ante mí, ¡Si pudiera escapar!.Se ha ido un tiempo que no puedo precisar. Se ha esfumado la algarabía infernal y me parece que he caído de muy alto. El Big-Ben me mira con los pequeños brazos de sus agujas en alto, y secretea sosegadamente su tic-tac. He cerrado las ventanas y me dispongo a anotar las “salidas" del día en el libro correspondiente, presa aún de cierto malestar, cuando oigo una voz que viene del patio... Es la voz de Cleto, tan alegre como si este fuera el día de su cumpleaños.

—¡Bodeguero! ¡Bodeguero! Dígame si ya uté se fue...

¡Qué pregunta! Aunque no lo quiera, he de sonreír.

Con este hombre parece que no es posible permanecer serio.

—No saldré hoy —le respondo—. Espero visitas.

Y me dice con el acento más cibaeño que halló:

—Pero bueno, compai, ¿uté se va a metei a viejo? Ya yo toy cansao e dicile que la vida no se pue llevai asina. ¿A uté como que no le gutan la mujere y ei romo?...

Se ahuyentan mis pensamientos, porque el policía lo aleja todo con su bendito buen humor.

Le digo:

—Quizás me gusten, Cleto, aunque no como a usted. Hoy por ejemplo...

Se entusiasma.

—¡Váigame Dió, critiano! Ai fin l’oigo hablai de a veidá. ¡Le cogerá uté ei piso a la finca!

Le oigo y pienso que “cogerle el piso a la finca” significa olvidarse de todo, mudar una mujer, tener niños enfermos y vivir borracho. Como siento que permanece en la escalera del lado afuera, pegado a la puerta, comprendo que quiere entrar y le abro. Entra y una vez frente al aparador, se queda mirando embelesado, la colección de botellas. Moviendo la cabeza a un lado y a otro, exclama:

—¡Vígen de Aitagracia! ¡Si me laigan e n’un potrero como ete, me tiene que sacai en litera!

Y alcanza una botella que comienza a descorchar. Sirve el ron en dos vasos, sin preguntarme si quiero beber. Ya he abandonado los formularios y estoy frente a él mirándole hacer. Arrastro una caja de kerosene y tomo asiento en ella. Le indicó otra que ocupa al instante. Va a decir algo cuando se oyen unos toques discretos del lado afuera, y luego, jadeante, una voz:

~¡Bodeguel!... ¡Bodeguel!... A mí me se olvida el manteca. Vendeme un poquita.

Quien así habla es el haitiano Joseph Luis. El policía no me deja responderle, y abriendo la bocaza, vocifera:

—¡Mañé dei Diablo! ¿Tú no repeta que la gente ta descansando, rejundío? ¿Quiere que te rompa ej pecuezo, desgraciao?

La voz ahora dice:

—Dipensa... Mí no sabé.., Diepensamué...

¡Tamaño susto se ha llevado el haitiano! Cleto es temido entre los peones como un Zeus, pues lo creen capaz de matar por cualquier futileza. El vive diciéndolo. Todo el día ofrece balazos. Promete romper piernas y cabezas. Todo el día suelta denuestos, escupe y bebe ron. Yo soy de los pocos que quizás he adivinado un buen corazón debajo de esa corteza de injurias, amenazas y palabrotas.

—Vale, a usted le teme esta gente —observó.

Y él responde:

—Bodeguero, e que ei que trabaja con n,eta maidita compañía tiene que jacei de tripa corazón pa cumplí con su debei, poique e veidá que eto blanco son la gente má rica dei mundo, pero tienen la jambre metía en lo seso.

Y luego, con su proverbial locuacidad va explicando:

—La polecía tengamo que andai con cuatro ojo. Por’aquí no pué cruzai un probe campesino con un andullito, ni con una caiguita e mají, ni con cosa aiguna de la que vende la compañía en la.bodega. Si lo peone hacen un pelaito por’ahí, y siembran una batatica manque sea, o un majicito, ¡di’una ve tenemo que meteile machete y picáiselo tó! Poique eso le peijudica a lo blanco, ¡y ríase uté si a uno se le pasa aigo deso’ Que di’una vé le tan lloviendo rayaso, como si uno fuera un muchacho o aigún jijo d’ello. ¡Y cómo yo me conoco!... uté me ve que soy ei terroi de lo probe mañese, poique lo que soy yo no le aguanto vaina a naiden.

Lo que dice el policía es una increíble verdad. Los trabajadores de la finca sólo pueden gastar su dinero con facilidad en la bodega del central, porque este dinero generalmente no es tal, sino vales, y porque las pocas veces que a sus manos llega una moneda, no hallan otro sitio donde gastarla.

Sólo algún campesino vendedor de plátanos puede entrar en los bateyes con su pequeña carga, y esto, muy vigilado. Luego, no se le permite ejercer otra clase de comercio a nadie en toda el área que pertenece a la compañía. A los trabajadores no se les deja utilizar una tarea de los inmensos terrenos que ha acaparado el central, y los cuales constituyen la envidia de esta pobre gente, agricultora casi toda, que se extasía ante tanto monte sin cultivo. Una rama de árbol de esos bosques es sagrada, y quien la toque, por lo menos probará el lomo del machete del policía y luego la cárcel, si no es que siente el filo o se lleva un balazo. El personal de la finca tiene que resolver todos sus problemas en esta bodeguita, donde se le vende la comida, la ropa, artículos de ferretería y fichas para canjearías por la dura y filamentosa carne de buey que se consume en los bateyes. Porque el central le saca a todo la mayor utilidad, y el buey que trabaja varios años, cuando ya no sirve, es beneficiado para alimentar a estos ávidos estómagos, aunque ello a los ojos de los rudos hombres que se ganan la vida durante años con estos animales, parezca un crimen, porque ellos opinan que “el buey e ‘sun animal que debería morir de viejo, decansando”.

El policía ha callado. Vaciamos nuestros vasos de un trago y el ron nos quema el gaznate.

Esto le reanima y sigue hablando:

—Vale, hay que vivir mucho pa comprendei poi qué a l'ombre se le pone duro ei corazón... ¡Mire! Cuando uno ta jovencito se manija cogiéndole pena jata a lo s’animale, pero a medía que uno va dentrando en edá, se le va agriando la piña y va cogiendo iperencia. Ei día se llega, en que uté anda debaratao, y naide le jace caso. Llega uno a pasai jata jambre, y no encuentra un amigo. Antonse uno se da cuenta de que cuando jalle aonde tenei la barriga llena, ¡debe pegaise ni an la sangrijuela! Y por eso uté me ve que con lo j’asunto de mi debei no conoco a naide, y poi ma desambrío que sean eto blanco, yo le cumplo su s’oidene, ¡poique pa eso pagan lo suyo!

Lo ha dicho como irritado, por haberse compadecido de alguien.

Un tropel de caballos en el patio, nos anuncia que llegó gente. Nos levantamos, el policía con la botella en la mano y yo en disposición de averiguar quiénes son los visitantes.

—Deben sei su j’amígose— observa, envolviendo la botella en papel de estraza.

—Deben ser ellos —asiento-—. Pero no se vaya usted por eso.

—No, vale... —responde—. A mí me guta andai como la res mala.

Y dicho esto, arreglándose la correa del revólver, donde luce cincuenta proyectiles nuevos, se asoma a la puerta. Lo veo levantar la diestra al mismo tiempo que dirigiéndose sin duda a los que han llegado, exclama:

—Bueno día, j’amiguítose... Sí... Ei bodeguero tá ahí. Yo creo que viene a recebilo.

Se lanza de la escalera, y me hiere la vista el reflejo de un rayo de sol que se estrella en el acero de su revólver.

Me hallo entre dos bodegueros. Sentados en toscas sillas, rodeamos una caja que hace las veces de mesa y en la cual se yerguen una botella y tres vasos. Hablamos del único tema que tienen los bodegueros de la compañía: la bodega y lo que a ella concierne.

Ventas, vales, reportes, el alemán, Mr. Robinson, Mr. Lilo... Todos desfilan por nuestra conversación, pero muy superficialmente. Se nota que cada uno teme aventurar una palabra que más tarde pueda comprometerle. Porque ningún espionaje es tan eficaz como este de la finca, donde el empleado, a la vez que es carne de trapiche, hace de lubricante de la máquina y de conductor de elementos que alimentarán el engranaje insaciable.

Uno de los que me acompañan es Eduardo, un muchacho del Sur, inteligente, de mirada muy viva, que me ha tomado gran afecto por lo que él llama en mí, “franqueza’. Es veterano entre los bodegueros y puedo decir que me ha tomado bajo su protección. Por él he sabido que aquí es necesario “llevar la lengua en el bolsillo”, y ha sido él quien me ha enseñado a perfección los trucos del robo en el peso y la mejor manera de lidiar al peonaje. A pesar de que sus años no llegan a treinta, se sabe de memoria la vida de los bateyes y nadie tiene un olfato como el suyo para husmear el peligro. Mide y pesa lo que dice, y según me ha dicho fue aquí donde se hizo tan zorro.

El otro es de esta misma región y creo que nadie puede ser tan jactancioso como él. Es el tipo representativo de una clase de bodegueros abominables. Repugna estar a su vera. Se alaba de todo. Asegura que es el hombre más eficiente del departamento y también el más hábil en lo que concierne al aumento de su cuenta de ahorros a costa de los peones. Ahora mismo proclama:

--Yo tengo mi batey disciplinado. A mi no hay peón que me forme berrinches. El que se para frente al mostrador de mi bodega, ¡me paga el barato! Casi nada... (y falsea la voz, imprimiéndole un tono cínico), sólo le arranco el quince o el veinte por ciento, sin contar el over.

¡Porque lo de Papá Central es cosa aparte!...

Guiña un ojo y ríe estrepitosamente. Goza oyéndose a sí mismo. Ahora alardea de su amistad con los grandes del departamento:

—Así sin dármelas, yo soy hombre que jalo con Mr. Lilo. ¡A mí me pusieron en este puesto sin dar viajes! Imagínense que llegué recomendado al mismo administrador del central nada menos que por el General Beltrán. ¿Y saben ustedes quién es el General?... Bueno, pues nada menos que el gallazo que arregló a toletazos el rebú de los muelles cuando los cocolos se regaron el año pasado.

Sin esperar comentario, como hombre seguro de que causa admiración entre sus oyentes, y que da por de contado el gran interés que todos tienen en escucharle, sigue:

—Yo aquí estoy muy bien. Mr. Baumer tiene mucha confianza. Mr. Lilo no sabe dónde ponerme, ¡porque ese sí es mi amigo! ¿No lo han tratado a fondo ustedes? ¡Ah! Eso es lo que se llama un hombre simpático. ¡Y lo que hay en el fondo!... ¡Estando bien con Mr. Lilo, puede llover y tronar! Con ese apoyo no hay quien se gaste ñoñerías conmigo en el batey. A mí me adula el mayordomo y me respeta el contratista, y es porque saben que en contra mía no corren cuentos de finca, porque yo me junto con los cabezas. Ahora mismo, ¿a qué no me dicen a dónde voy... Pues, a una fiesta que le dan a Mr. Lilo en casa de Turrón, el bodeguero del 322, que está más bien con él que el caraj... ¡A cumbanchar con los jefes, mis amigos! A esa fiesta me invitó el mismo Mr. Lilo en persona. Cuando vi su carro ayer, me pregunté: “¿A qué vendrá Mr. Lilo a estas horas?”, y cuando llegó a mi bodega fue para decirme: “Rodríguez, lo espero mañana donde Turrón, que tenemos una jaranita”. ¡Ya ustedes ven! ¡Fue expresamente a invitarme, el mismo Mr. Lilo!

¡Con cuánto asombro lo dice! “¡El mismo Mr. Lilo!” Es como si dijera: “¡He llegado al cielo! Ya era un simple ser humano, un pobre diablo, como ustedes —ni más ni menos— y ahora soy un bodeguero amigo del segundo manager, ¿eh? ¡Nadie llega hasta ahí! ¡Muéranse de envidia!”. Y charla, charla incansablemente, haciendo su propio panegírico y tratando de asombrar a todo ser viviente.

¡Qué asco! En verdad, no me explico cómo se podría pasar un día con él sin romperle la crisma. Para suerte nuestra, este portento dice que se marcha, porque “Mr. Lilo le espera”.

Cuando llega el momento de su partida, un gran alivio nos embarga a Eduardo y a mí, y casi nos vuelve el humor. Riendo estrepitosamente, el “amigo de los grandes”, sin permitirnos pronunciar palabra, ha ido hasta su caballo, y le acompañamos hasta allí por cumplimiento. Ya se despide. Como un ser tan extraordinario no puede marcharse de manera rutinaria, hace que el animal realice cabriolas, apretándole las espuelas en los ijares y recogiéndole las bridas, todo ello innecesariamente, hasta que por fin parte a galope por el carril del sur, hacia la vecina división.

Se pierde su silueta y aún queda en nosotros la desagradable impresión que su voz chillona, sus gestos y el tema de su conversación nos han producido.

Instalados de nuevo frente a nuestra botella, no puedo evitar un comentario. ¡Es raro esto de  que un bodeguero se atreva a celebrar fiestas en la casa de la bodega, con lo exigente que es el  manager! Y más raro parece eso de que Mr. Lilo...

Eduardo interrumpe mi comentario y responde:

—No es tan raro cuando las fiestas son dedicadas al asistente por ciertos bodegueros, ni es raro que él las acepte.

Estoy confundido. Del asistente sólo sé, que ocupa un carga muy pocas veces desempeñado en estos centrales por un latinoamericano, y que es uno de los principales personajes de nuestra  alta sociedad local, lo mismo que toda el que tenga un empleo cuyo sueldo pase de cien dólares al mes. Pero mi compañero, que conoce al dedillo todas las intrigas del departamento de tiendas.

—Por ahí se dice —me informa—, que él tiene pisado a su jefe, porque le ha descubierto una serie de oscuros manejos que Mr. Panza realiza a escondida de la compañía.

¡Esto sí que no lo esperaba! Me olvido de reír del mote de Mr. Panza, aplicado al manager, y  se me escapa una interjección.

—Como lo oyes —sigue Eduardo—. Y uno de esos manejos consiste en ciertas comisiones que recibe el blanco de las casas a las cuales favorece con las grandes pedidos del departamento, contraviniendo así las disposiciones del central que establece la forma de concurso para hacer sus compras. También se asegura —y de ello su vientre es un buen exponente—, que más de las tres cuartas partes del over —y quizá todo— que arrojan las bodegas del campo, la tienda principal y el almacén, se las traga ese enorme señor. ¡Y cuántas cosas más que no se dirán!

Todo esto es nuevo para mí y lo escucho con creciente avidez. Pido a mi compañero que me ilustre ampliamente sobre tales asuntos y él accede. Se revela ante mí una serie de cosas que no pude jamás sospechar.

Eduardo sigue hablando... El manager y su segundo se completan admirablemente. El más grande se ocupa de los asuntos mayores. El otro, mete la mano allí donde las cosas, por pequeñas, hieden más. No es que tengan un convenido especial, como iguales. Se trata de que el asistente conoció si juego de su jefe y éste, sin comentarios, le dejó hacer lo suyo por su cuenta de ahí en adelante. El rubio es hombre de pocas palabras, de pocas relaciones. Vive en uno de los confortables chalets que han sido fabricados por el central para los blancos; bebe su whisky, juega golf, lee revistas americanas, soluciona crucigramas, siente un desprecio olímpico por este país y sus gentes, y oye la radio... Su vientre crece, su cuenta bancaria crece, y el futuro le sonríe allá en la Florida, en forma de alguna quinta, cuando una buena suma esté colocada en acciones y se pueda terminar tranquilamente como buen hijo de una gran democracia. E! otro no es lo mismo. Llegó aquí un día con la americana rota, como otros tantos aventureros que luego se convierten en personajes en nuestros misérrimos pueblos; sabía inglés y contabilidad, halló trabajo en la oficina del manager, fue su escribiente y luego su secretario, y finalmente, el cargo de asistente fue creado para él, gracias a su oportuno descubrimiento. No sueña con ninguna Florida, ni cree en la democracia que les permite a los ciudadanos colocar dinero en acciones y criar vientre sin trabajar, sino que gusta de las mujeres, de la parranda, y le saca todo el jugo posible a su posición y a un poblacho miserable que vive parasitariamente del central. El sueldo no permite todos esos lujosos, pero ¡para eso se tiene poder! El hombre ha ido colocando bodegueras a quienes protege enviándoles a las mejores bodegas para luego desollarles tomándoles a préstamo sumas que jamás les devuelve. ¡Es que tiene deseos de vivir! Bien parecido, sin escrúpulos y dueño de una buena salud, se hace dar fiestas aquí y allá. Emana simpatía y se gana la confianza de sus protegidos. Estos, encantados, orgullosos de la amistad de "un hombre tan sencillo" que les trate “como si no fuera su jefe”, envían a las hembras de sus familias al pueblo con él, “aprovechando la oportunidad de su automóvil” muy orgullosos de tratarse de igual a igual con el segundo manager, muy satisfechos de ver a sus hembras bailar con él.

Y el hombre, además de con el dinero, se queda con la honra de sus protegidos, como siempre ocurre en estos casos. Mujeres, hermanas e hijas se vuelven locas con Mr. Lilo...

—“¡Qué simpático es Mr. Lilo!”

—“¡Qué buen mozo es Mr. Lilo!”

"¡Qué hombre tan bueno es Mr. Lilo"!

Su marido, su hermano, su padre, “se lo deben todo a Mr. Lilo”. Después de una fiesta hubo un déficit, y —¡esto es un terrible secreto!—, “lo arregló Mr. Lilo”.

—¡“Es un hombre de tan buen corazón!... ¡Y tan simpático!...

Negocio, negocio. Algunos de los que tal precio pagan por un empleo no saben cuánto les cuesta, como es natural; pero otros están enterados y lo simulan, porque son muy seguros aumentos de sueldos y concesiones en tales circunstancias.

Mi compañero ha dicho todo esto con bastante tranquilidad, y en sus labios la ironía asoma en sonrisa. He oído palabra por palabra, y asqueado ante tanta suciedad, no puedo callar una protesta:

—¡Este es un asqueroso comercio de la dignidad! ¡No me explico cómo estos hombres no prefieren el desempleo a situaciones tan abominables!

Pero Eduardo responde:

—Es una indignidad y todo cuanto quieras, pero es la verdad...

Luego dice, apretando los dientes:

—¡Y si eso fuera todo! ¡Si los que venden su honor por una piltrafa tuvieran seguridad!...

Pero nada de eso. El comprador, una vez hastiado de la mujer, la hermana o la hija, y una vez deudor de una suma que no quiere recordar, se hastía también de los que se les venden, y los deja un buen día sin honor y sin empleo, después de haberse cotizado a tan bajo precio.  

Creía yo que estas cosas sólo se encontraban en novelas cuyos autores tuvieran la manía de crear fantasías abominables, pero los ejemplos que cita mi amigo no me dejan dudar. Todo eso ocurre en este mundo de la finca. ¡Todo ello es verdad! Sin embargo, quisiera tener una esperanza, interponer una apelación, y trato de hallarlas...

—Y ante todo eso —digo—, ¿qué hace el administrador del central? En el pueblo le consideran un filántropo, alaban su seriedad, dicen que es instruido... ¿No es capaz de prever hasta donde conducirán más tarde o más temprano estos abusos? ¿No puede intervenir?

Entonces algo nuevo me viene a sorprender:

—Lo sabe —dice Eduardo, pero se hace el ciego porque el manager es hombre atado por cuerdas muy sólidas, cuyas amarras mantiene en buen estado su mujer, y coma él y el segundo se cubren con la misma manta... ¡No hay que hablar! Si se ordena una investigación la realiza el mismo Mr. Panza, y al fin todo queda, como dicen ellos, O. K. ¿Explicación? Sencilla. Nuestro dictador no era más que un carnicero en su país, cuando su mujer hizo amistad con uno de los magnates accionistas y dirigentes de esta compañía. ¡Esta fue una gran amistad! Y el descuartizador de reses se convirtió en señor del departamento de tiendas de este central.

Quedo pasmado. ¿No habrá aquí nada limpio? Sin embargo, me aferro a una esperanza y digo:

—Pero algún día...

Y Eduardo corta:

—¡Nada sucederá!

Quiero insistir; pero él no me deja.

—A lo más que todo puede llegar —sigue sin oírme—, es a que el rubio eche cualquier día por la borda a su socio. El asistente cada vez se extralimita más, y hace mayores escándalos.

Roba en la tienda central y luego se lo hace descontar a los bodegueros de su grupo. Anda con los automóviles del departamento, llenos de mujeres, por las noches, y a veces le amanece en los caminos borracho. Un día el rubio estará en condiciones de formarle un expediente, y serán tan evidentes sus fechorías, que se le despedirá sin permitírsele formular defensa ni mucho menos hacer una acusación contra su jefe. Y el manager quedará tranquilo en su puesto y todo seguirá lo mismo, sin ningún cambio fundamental,, porque siempre pondrán en el cargo a una pieza de tanto valor como el asistente. ¡Nada hay que esperar!

Pienso: "¡A qué estercolero he venido a parar!” Y mi compañero sigue narrando historias... Siguen desfilando miserables bodegueros sin honra, pequeños cajeros de la tienda central desaparecidos que con su fuga se hacen responsables de sumas que sacó en whisky y dinero el asistente; las partidas sospechosas descontadas de los cheques de los bodegueros “por concepto de mercancías tomadas en la tienda principal"... Y todos callados, conformes o no, sabiendo lo que ocurre, pero dispuestos a seguir en sus empleos a cualquier precio.

Así, durante años y años, hasta llegar ese estado a ser cosa natural falta de todo interés.

Me pregunto: “¿Qué será de mí?” ¡Y otra vez se me enciende un loco deseo de escapar!

* *

La tarde se ha hecho fría y nos trasladamos a la bodega. Sentados en el mostrador, con los pies colgando, separados por otra botella y dos vasos, hablamos del central, de su poder, de su organización...

—Este es un negocio cruel —dice mi compañero—. La compañía lo disfraza bajo el nombre de “tiendas para atender a las necesidades de los trabajadores en los campos de caña”, cuando en realidad esto es la muerte de la región. Al latifundio han unido el monopolio comercial más vasto del país, abusando de sus empleados y trabajadores, que temerosos de perder el pan, ni siquiera se atreven a hacer hincapié para obtener protección, porque ello sería considerado como un crimen, y para sostenerse empleados no tienen otra garantía que la de su servilismo. Esto que tiene el carácter de una simple industria, ha invadido todos los rincones de la economía regional y ha matado al pequeño comercio nativo, subordinando a su interés toda disposición que se haya tomado para proteger a los demás.

—¿Pero esto no se puede denunciar? —preguntó, sintiéndose dispuesto a hacerlo.

—No sueñes —me responde—. Quien hable aquí de hacer denuncias, ya sea peón, empleado o particular, será calificado por la compañía de “comunista”, “elemento agitador”, “trastornador del orden social”, y no faltará por ahí un líder de la región, de esos que tienen contratos de caña, que lo acuse de algo peor, con pruebas y testigos...

Esto me solivianta. No puedo callar.

—Es absurdo —digo—. No puede haber quien tome en cuenta acusaciones tan ridículas.

¿Comunistas, aquí? ¡Sólo hay miseria! Nuestro pueblo sufre una economía semi-feudal. Nuestras ideas son profundamente burguesas. Además, como dicen los que escriben sobre esas cosas, “no hemos cumplido las etapas sociales” indispensables para tal transformación. El campesino aquí sólo aspira a tener conuco, potrero, animales, que desea aumentar cada año. El habitante de los pueblos es profundamente burgués. Sueña con la casita, con la mujer y los hijos, con la vida holgada. En cuanto a los trabajadores de estas fincas se refiere, nadie menos capacitado que ellos para pensar en cosas que no conocen ni de nombre y que de oírlas, probablemente no las entenderían.  

El nativo que vive en la finca es un sujeto gastado, sin equilibrio moral, incapaz de reaccionar en sentido alguno. Puede hablar tonterías como un niño, cuando el hambre, su eterna compañera, lo muerde muy duro; pero tan pronto ve el pan, ¡calla y ríe! Y si a los trabajadores extranjeros nos referimos, podemos decir lo mismo y aún más. Esas gentes vienen de Haití y de las islas inglesas, todos los años, con la idea de trabajar para volver a sus casas, dentro de seis meses, y no pueden —aunque no tuvieran la esclavitud de siglos en el alma,, y aun poseyeran capacidad—, pensar en reformas, porque no son de aquí y la suerte del país no les interesa. No creo que el hecho de denunciar abusos que pueden trastornar la vida del país, sea interpretado como acto subversivo, cuando con ello únicamente se perseguiría la obtención de mejores condiciones de vida para los hombres, y así hacerlos más tranquilos, alejándolos más de cualquier rebelión absurda.

He dicho esto como si defendiera a los miles que sufren vejaciones y son explotados, ante alguien que fuera lo suficientemente poderoso para corregir esta injusticia. Mi compañero mueve la cabeza, se echa un trago como para apagar la emoción que le domina, y como quien siente un dolor responde:

—Ves las cosas claras, hermano; y no creas que los blancos las ven en otra forma; pero ellos aquí sólo han venido a hacer dinero. ¿Crees que en su país no hay buenas tierras, que allá no hay dónde hacer inversiones? ¡Sí que hay! ¡Pero allá no pueden tratar al hombre como aquí! A nosotros nos sacan la sangre, nos quitan la dignidad, nos desmoralizan, ¡siembran el caos con sus métodos! Y si protestas... ¡ya sabrá la compañía justificar, llegado el caso, hasta que no eres hijo de tu padre!

Presiento que no se me aliviará nunca un dolor que me crece en el pecho. Mi angustia es una cosa grande, y pensando que pueda haber alguien capaz de acusar de comunistas y cosas parecidas a estos desdichados, por mi mente desfilan escenas que ponen de relieve su desorientación, su ignorancia —¡su eterna ignorancia!—, su necesidad de que se les compadezca y se les permita. vivir como seres humanos, ya que producen tantos millones de dólares para que otros los despilfarren sin saber lo que cuestan.

Recuerdo la escena de ayer tarde. Los trabajadores hambrientos se amontonaban en el balcón de la bodega y se dispersaban en el patio, en espera del mayordomo que les daría los vales para comprar su primera comida en dos días. El viejo Dionisio había ido a la oficina en busca de talonarios de órdenes, y los peones sufrían cada minuto que tardaba. Como el viejo no aparecía y se acercaba la hora de cerrar la tienda, las protestas no escaseaban:

—Yo no he visto gente más desgraciá que nosotro —decía un carretero—. Trabajamo todo el día como animale y dipué no jallamo ni an siquiera maldito vale pa comer a cuenta.

—El peón de la finca e j’un perro de mal amo—, rezongó uno del cultivo.

—Eto mayordomo noj tratan como a los bueyes.—. opinó otro.

—¡Qué va, compail —respondió el carretero—. El buey vive mejor que nosotro, porque el buey sólo necesita comía pa vivir y se la dan toa la noche, ademá de lo sei mese de tiempo muerto que de chepa trabaja. Pero a nosotro....

—¡Jum! Yo no quisiera ser buey —cortó alguien—. Al buey lo matan pa dipué vender la carne a cinco la libra.

—Pero a nosotro no j’asen peor —siguió el carretero—. Noj sacan el cuajo, y cuando tamo deplotao, tísico, antonce jata nos botan del batey por infetosa.

—¡Compai, ute decía la beldá!—, terció un haitiano.

¡Cállate la boca, mañé del diache, que tú no tiene que meterte en la conversación de la gente! —gritó uno que trabaja en la resiembra y que por ello cometía la osadía de sorber un trocito de caña, aprovechando la ausencia de Cleto.

—¡La dominícane son palejele! —gruñó el haitiano, decepcionado.

—¡Parejero no, degraciao! ¡Que a utede y a eta condenao cocolo deberían quemarla junto?

—¡Eso e verdá, carajo!

—¡Eso e verdá! —comenzó a oírse en el grupo.

Las palabras subían de tono y quizás haitianos y dominicanos se hubieran ido a las manos, a no ser por la llegada de viejo Dionisio. Al verla, todos enmudecieron, y cuando volvieron a hablar, ya las palabras de la discusión se habían olvidado. ¡Por fin, iban a comer?

—Don Dionisio, deme un vale de die chele.

—Yo quiero vente.

—Pasá mué cinco.

—Mire que yo quiero comprá un cachimbito..—¡Jesú, critiano! ¡Eto no me alcanza!

Y luego, cuando tuvieron las órdenes, se dirigían a mí:

—Bodeguero, depáchame pronto, que tengo jambre.

—Déjese de viveza... Y se oía entre ellos:

—Quítate dei medio, Montero, que ya tás de agentao.

—El agentao ere tú, mojiganga. Y el aire se pobló de risotadas. Una hora después, los haitianos tocaban el voudou. Se oía más allá un acordeón. Las mujeres se desgañitaban en la pileta, llenando sus latas del agua salobre que de un pozo extrae la bomba. El batey, como un niño harapiento, se olvidaba de todo.

Hace ratos que tomamos el ron sin hablar. Del lado afuera, el caballo impaciente, golpea la tierra como un sordo tambor. Eduardo, por decir algo, comenta:

—Se ha hecho de noche.

Y su mirada busca la puerta.

Como ya no tardará en llegar la vieja Mercé, mi cocinera, le invito a cenar y acepta. Hago luz. Poco después entra la vieja con una bandeja en la cual humean unos platos.

—Don Danielito, dipense que le traiga eta así tan pelao, pero e’que en la finca no se jalla nada—, explica la vieja.

Siempre dice lo mismo, y tras preguntar “si no hace falta otra cosa”, se retira para volver luego por los platos.

Atacamos vigorosamente una gallina con abundante ración de plátanos y yuca que nos sirve la vieja, y lo acompañamos todo con frecuentes tragos de ron.

Nos llegan, algo atenuados por la distancia, los sonidos de una tambora tocada en el batey vecino. Indudablemente allí hay fiesta. Afuera, la voz de Cleto rezonga:

—¡Qué mujei ma bruta, carajo!

Y nadie responde. Me imagino a la pobre Nica, arrinconada, mirando con desaliento a su marido.

Mi compañero, ya en pie, aflojándose el cinturón, frente a los restos de nuestra comida, insinúa:

—Vamos a esa bachata.

Le digo que no tengo caballo, pero él insiste:

—Es a menos de un kilómetro. Nos vamos en el mío.

La idea no me interesa gran cosa, pero la prefiero a quedarme entre las cuatro paredes de esta bodega. Tomo dos botellas, le alargo una a mí compañero y sepulto la otra en uno de mis bolsillos. Cierro la puerta de salida cuidadosamente y ya fuera, desde el anca del caballo, le voceo al policía:

—¡Compai Cleto! ¡Cuídeme la bodega un momento, que voy al batey vecino!

El responde, fanfarrón como siempre:

—¡Te bien, vale! ¡No se apure, que tando yo aquí cuaiquiera no se arriega a que le rompa una pata!

Salimos del patio. Una gran luna asoma su faz por el brocal del horizonte. Las ranas saltan asustadas, huyendo de nosotros. Se oye más claro el sonido de la tambora, y pasan volando las notas lloronas de un acordeón.

El caballo resopla.

* * 

La fiesta arme su algazara en la enramada de carretas. Los pesados vehículos se amontonan allá, bajo unas palmas, inclinados sobre sus pértigos, como cañones. Hay un bullicio enorme. Las mujeres, cuyos trajes de seda artificial resplandecen a la luz de las jumiadoras, han llegado del pueblo no ha mucho. Son traficantes de amor que recorren la finca, acompañadas por chulos jugadores de oficio, tras los pagos quincenales, y se detienen dondequiera que haya música, frituras y ron.

Una mulata se me acerca pidiéndome, sin rodeos, que le compre algunos fritos de los que vende una vieja negra que fríe del lado afuera. Eduardo fue con otra a un lugar apartado a brindarle un trago, y al ver cómo las caderas de su compañera se mueven al andar, no puedo dejar de pensar que estas mujeres; a pesar de su hambre y de todo lo demás, tienen buenas carnes.

Mientras mi mujer engulle con notable avidez, alguien me tira de la manga y con voz ronca pide:

—¡Un trago, bodeguero?

Es un hombrecillo flaco a quien le faltan algunos dientes. Se ve claramente que es un despojo de la sífilis y el alcohol. Las mangas de su camisa se le enrollan, hechas jirones, en el antebrazo.

—Es pa la música —explica, temiendo una negativa.

Le respondo:

—Dile al cantinero que te despache media botella por mi cuenta.

Pero él tiene experiencia. No confía en nadie y dice con toda franqueza:

—Venga usté mismo que ese diache no sabe apreciar a la gente...

¡Admirable! Marcho tras él y le dejo complacido. Un centenar de miradas serviles me queman el rostro. El bodeguero de un batey es el personaje más importante en toda la jurisdicción, porque es el único que tiene mucha comida. Por esquivar aquellas miradas me dirijo a un círculo de ocho hombres que lanzan dados sobre una mesa, en medio de la cual una jumiadora cabecea llenándoles los pulmones de humo. Acalorados dicen:

—¡Topo!

—¡Seise!

— ¡Paro-pinto!

A poco aparece Eduardo con su compañera. Me llama la mulata. Gime el acordeón y los otros instrumentos lo acompañan. Las notas de un merengue vienen como una invitación.

Nos mezclamos en el grupo oliente a sudor y a esencias baratas. Un músico canta:

—“Dicen que me toy muriento...”

El acordeón responde:

-"¡Jó!...¡Jó!...

El músico sigue:

—“Y que trastornado estoy...”

"¡Jó!...¡Jó!...

—“Ellos saben lo que dicen..."

—“¡Jó... ¡Jó...

—“Porque me falta tu amor”..Con un golpe de güiro y tambora, para la música en seco. Las parejas giran. Luego habla el acordeón, desperdicia un reguero de notas la guitarra, llueven las maracas. Se incendian las parejas con la música montuna. Responden dos músicos a coro:

—“Manuel mano Lao, ¡ay! eso sí da peena...

Bailando abrazao, ¡ay!

con mujer ajeena...

“Si viene el marido, ¡ay!

¡ay, válgame Dioó!