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V Diciembre corre con sus
brisas frías. Los cañaverales florecidos de espigas, inmensos como
un mar,, serán abatidos
desde mañana por la tromba humana que llegó de Haití y de las
islas inglesas. Cocolos y haitianos vinieron
este año, como siempre, encerrados en las hediondas bodegas Por tierra o por mar, cuando
llegan a los muelles de la compañía o a la estación terrestre, En el vientre de un buque de
carga, meten generalmente una cantidad de hombres dos o tres Los que viajan en camiones
hacen el trayecto desde Haití al Central en la caja de carga de Cuando llegan al batey
central, los pobres negros no saben lo que se trata de hacer con
ellos. Están molidos, indefensos, y
se dejan arrear en rebaños. Entonces son repartidos. En un corral
de Dice una voz: —Para “El 63”, ¡cincuenta hombres! Y otra responde: —¡Ya están! Sigue la primera: —Para ‘El 109’, ¡treinticinco
hombres! Y la otra repite: —¡Ya están! Y cada grupo lleva su
factura. A cada hombre se le ata en la pretina, en la pechera de la Algunos mayordomos de
contratistas, o contratistas y colonos, se encuentran en el lugar
del —¡No quiero cocolos,
porque discuten mucho! —dice uno. Otro protesta: —A mí no me hablen de
haitianos, que son muy haraganes. Es la selección del
personal..Entre las filas, alguien descubre a un picador conocido,
que ha estado en el país durante la —¡Dénme a Telemaco! ¡Ese
hombre es míol Si es de “los
discutidores” y se le ha incluido entre los suyos, el señor
contratista, —¡Sáquenme este maldito,
que no quiero abogados! Generalmente los “abogados” son Una enorme locomotora, en
cuyas entrañas arde la desesperación del fuego, resopla a poca Cuando el monstruo de hierro
echa a andar, se estremece la tierra. La bestia resopla Ahora el camino, y luego las
estaciones. Los carros de la locomotora los van vomitando de Hoy llegaron los de esta
colonia. Son unos cien hombres retintos como café tostado. Sus Viejo Dionisio y Cleto
hicieron su distribución en tos barracones y en las casitas, como —Vale —me dijo—. Eto
negro se acomodan como saidina en lata. Mire: en aquei cuaitico “¡Se acomodan como
saidina!”, dijo Cleto, ¡y bien sabe lo que dijo! La zafra, cada
vez que Todos ven la zafra como un
espejismo. Desde el peón astroso hasta el colono. Y la recibe El picador sabe que ya podrá
comerse cuanta caña quiera sin temerle a la cuerda del policía El capataz y el carretero,
que, año tras año, vienen con la misma ilusión, generalmente El contratista, el colono y
el ajustero, han visto sonreír a su acreedor, a quien le tomaron a El bodeguero espera que las
ventas sean mayores, y piensa en el over que ahora será Y el blanco, cuya vida
holgada jamás sufre cambios, al contemplar las recién llegadas Unos trajeron bártulos,
mujeres, muchachitos de crecidos vientres, y algún perro flaco. Los Allá, en las carretas
empenachadas de estacas, y ya fuera de la enramada donde se Los bueyes pacen
tranquilamente la yerba del carril que se abre entre dos piezas de
caña, —¡Mameyito! —¡Ay, ay, Mariposa! —¡Oh, oh, Carasucia? —¡Tate quieto,
Sangrijuela! Y les agarran los cuernos,
les acarician las ancas y el cuello, como a viejos amigos, De toda la gente de la finca,
ninguna tan interesante como los nativos. Los más afluyeron en Muy pocos, ante la realidad
que sólo les brindaba trabajo y más trabajo, a cambio de un Desde entonces cada zafra les
trae una falsa esperanza que va muriendo a medida que caen —Aquí no se pué vivir. —Na má venimo a que noj
desuellen, porque ya no se gana ni an pa comer. —A eta finca no vuelvo yo má. Eso dicen cuando van
encorvados, rotos y hambrientos, ya cortada la última caña. Mas,
tan —Ya sólo tengo ete pantalón... —E n’eto día hay que
sacar la cédula... —Lo que soy yo no sigo así,
porque naide se va a conformar con vivir jarto, pero sin manijá Y un día, el sol los
sorprende camino de un batey, dispuestos a dejarse moler como caña,
si El súbito crecimiento de la
población del batey ha aumentado considerablemente mi trabajo. Desde que llegó la inmigración,
pocas veces cesa el despacho. ¡Cómo envía órdenes viejo
Dionisio! Allí lo veo, con las piernas cruzadas sobre la
silla —mientras su mula roe la grama—, —Oye, Miguel Luis, no
hiciste má que picar tre cañita y ya ta s’en el batey bucando
vale. No quiero que me le dé malo
s’ejemplo a lo congose . Compra y vete a levantar tu viaje. El haitiano dice: —Uí, papá, Uí, papá. Yo
me va enseguila. Y mientras extiende un brazo
para coger la arden, debajo del otro retiene la mocha. Se encamina hacia acá, y ya
frente al mostrador me dice: —Bodeguela, depache mué
plonto. Yo quiele dejá la comía con la fam, pa jallalo cociná En su cara reluce el guarapo
de caña que le secó la brisa, y sus labios resecos y gruesos, Es cerca de mediodía. Le
despacho, y tras él viene otro,, y otro, y otro más... hasta
formarse ¡Qué algazara terrible!
Pero hoy no me enloquece, porque pongo todos mis sentidos en el Por aquella ventana aparece
la cabeza de Nica, desgreñada, enarbolando una botella y -¡Bodeguero, depácheme un
aceite,, que Cleto tá al llegar! -¡Por Dios, Nica! —le
dijo—. ¡Qué hora! ¡Venga —Dipénseme, mañana no me
se olvida. Todos los días le digo lo
mismo, y siempre me da igual respuesta. —¡Un chele de sal,
bodeguero, que me se debaratan la j'abichuela! Es Manuela, por otra ventana. —¡Manuela, compre
temprano! —le gritó en mal tono. —¡Pero si ahora “fue que
me acordé!— dice con voz que parece un lamento. Y la maltrata una preocupación
que se dibuja en su cara desteñida y seca. —¡Una libra de arró
criollooo! —¡Media libra de harina e
maiii! —¡De cob di sel! —¡Trí
cents red bin! ¡Qué es esto! Crea que en
Babel no hubo mayor confusión. Y ¡cuánta exigencia! Heme aquí, Se vació aquel granero, debo
abrir un saco de arroz, otro de azúcar, una caja de arenques, Después de doce horas de
trabajo estoy molido. Según el reglamento, hace noventa minutos Exigen que se cierre
puntualmente a la hora que han establecido, pero ¡ay de aquel que
por Su orden se puede interpretar
así: cerrar la tienda a la hora que indica el reglamento, pero no Ejemplo de un caso ordinario:
un día me dijo el alemán: —“Quita ese putella de ahí.
Pónlo más arriba, que se ve muy feo”. Porque su debilidad es la
“estética” de la bodega. Obedecí su orden y respiré
tranquilo. Pasaron unos días, volvió con más whisky que de —“¡Oh, oh! —exclamó
contrariado—. ¿Qué pensando usted? ¿Cómo se le ocurre poner un Quise defenderme: —“Recuerde, Mr. Baumer,
que usted me mandó”. Pero trepidó al instante: —“¡Nooo! ¡No dígame ésa!
¿Quién puede crea que yo manda ésa? ¡Quita! ¡Quita
pronto!" Y no me quedó otro remedio
que obedecer, y lo que fue el mal humor y el deseo de darle * * Es ya de noche. Se fue el
peonaje y estoy solo en la bodega, arreglando cuentas antes de Estos ladrones de bodegueros
suelen comprarlos a ochenta centavos para ponerlos en inventario Veo sus procedimientos,
indignado, pero resuelto a soportar. Esto es lo normal. Para eso se —¿Cuánto vendiendo usted
hoy? —Sesenta dólares y
centavos. Parece que le ha picado un
bicho. Sus músculos faciales se contraen y pone la cara como un Gruñe: —¿Nada más eso? Porque ese es el método. Hay
que protestar. —Creo que es bastante —le
digo—. Hoy es el primer día de zafra y me parece que no se Le oigo decir: —Usted no conoce el
negocio. ¡Usted no sabí! ¡Tampoco se apura! Para esto sólo hay una
respuesta y yo no la puedo dar. Le veo pasearse a lo largo del Inmediatamente tendré que
limpiarlo. Ve que en el mostrador y en alguna parte hay granos y —¡Muy sucio todo esto! ¡Muy
sucio! Otro hubiera pensado que
después de haberse trabajado por espacio de doce horas en esta —He tenido mucho trabajo
Mr. Baumer --dijo-- Interrumpe: —¡Ya, ya! Los dominicanos
hablan mucho y hacen poco. Siempre están “pensando”,
siempre tengan razón, todo
lo dejan para luego. Usted ahora quieremi decir que trabaja más que —He hablado claro
—respondo—. No quise decir eso. Yo... —¡Bien, bien, bien!
—corta—. Aquí si alguien no quiere hacer el trabajo porque se
cansa,
no tiene más que avisar.
Nosotros siempre halla quien no se cansa. ¡La compañía no
necesita Lo dice balanceándose, con
una mano en la cintura y la otra apoyada en el mostrador. Nuestras siluetas se recortan
gigantescas en la pared y agitadas por el parpadeo de la luz, parece Soy un bodeguero. Nací en
este país y este otro viene de más allá del mar. Soy un cero y él
es una palanca con un gran
punto de apoyo. El está autorizado a dar órdenes y yo y todos los —Arreglaré eso, Mr.
Baumer. Yo... (me tiembla la voz). Yo... El hombre se ha marchado sin
dejarme terminar. ¡Es una humillación! Sin embargo, para nosotros,
¿qué es una humillación? ¡El sustento! No soportarla significa: Este constante representar lo
que no se es, obedeciendo órdenes de gentes a quienes no
desearíamos
jamás conocer, y oprimiendo a otros a quienes querríamos por
siempre olvidar, Sí, ¡la vida! ¿Por qué
algunos sufrirán pruebas tan rudas en ella sin ser Cristos ni nada
que valga El domingo, en uno de los
bateyes de la carretera, un jovencito de esos cuyas familias viven —“¡Qué suerte has
tenido! ¡Lo que daría yo por una bodega!" Y de todos los pueblos de la
República, inclusive de la capital, vienen gentes recomendadas Y luego, me lo dicen aquí
los trabajadores todos los días: —“Tú ere rico”. —“Tú son gente grande,
porque tú come tó lo día, compai”. Y tienen un hambre y un deseo
de estar en mi puesto, no es posible dudar de su sinceridad. ¡Es desolador! * * Una lamparita, desde un
clavo, mira con poca luz la bodega. Mi escoba rasca el vientre del Pican los mosquitos. Una
botella que refleja la luz, me hace guiños. Mi escoba rasca...
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