Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Parte II - V

V

Un día, vi una carreta que venía cargada de muebles “¡Una mudanza!” —dije para mí, sin darle importancia.

La carreta siguió acercándose hasta detenerse frente a la bodega. Los bueyes, que aparentaban venir de lejos, destilaban baba. El carretero colocó el alcahuete debajo del pértigo, para darle descanso a sus animales, y apoyándose en la garrocha, me dijo:

—Eto mueble lo manda su cuña.

¿Mi cuñada?... ¡La sorpresa me dejó mudo! Llamé a mi mujer, la enteré de la breve noticia.

Su asombro no fue menor que el mío; pero al instante comenzamos a hacer sitio en la casa. El carretero y un peón que pasaba por allí comenzaron a bajar los muebles. Una hora después llegaron mi cuñada y su marido.

A ella la conocí en los días de mi matrimonio. Era la hermana mayor de mi mujer. Desde unos diez años atrás estaba casada con un hombre joven, natural de un pueblo de mi provincia.

Vivieron en ese pueblo; pero al registrarse un cambio de gobierno, el hombre perdió el empleo que tenía en el ayuntamiento de la común. Entonces fue recomendado por un jefe al manager y consiguió empleo en una bodega. Trabajo años sin dar motivo para que se le llamara la atención, hasta que esta semana, en el último inventario, su tienda arrojó un déficit de ochenta dólares y centavos.

El no se explicaba aquello, porque no había tocado aquel dinero; pero fue echado afuera al instante.

Marchó al pueblo y fue a la oficina del manager. Le dijo que él no había robado, que todo aquello debía ser causa de algún error cometido seguramente en el inventario anterior, tomado por oficinistas inexpertos al finalizar el año fiscal de la compañía. El gran rubio, sin levantar la vista, desde su amplio sillón le respondió:

—¡Mí no sabe!

—¿Qué usted no sabe? —preguntó indignado el que había sido despedido—. Recuerde que le he dado a la compañía cerca de setecientos dólares de ayer, ¡óigalo bien!, de over. ¿No sabe usted de eso tampoco? Si hoy faltan ochenta pesos, siquiera deberían permitirme que los pagara de mi sueldo, en vez de dejarme sin trabajo.

—¡Ah! ¡Usted hablando mucho! ¡Mi diga que no sabe!

El blanco no había levantado la cabeza; pero, al decir esto, hizo girar su sillón y le dio la espalda al ex-bodeguero.

El hombre se fue humillado, lleno de amargura, El mayordomo de su batey, cuando lo vio regresar del pueblo, le prestó una carreta para que sacara sus muebles de la bodega, y como no tenía a donde ir, de momento, ha venido a mi casa.

Nunca tuvimos estrecha amistad. El era de los amigos del asistente y eso siempre me hizo tratarlo con reservas. Sin embargo, como me resisto a juzgarlo mal del todo, no me molesta que él y su mujer se hallen en mi casa, y más sabiendo que han salido de la bodega sin un centavo.

¡Eran tantas las visitas del asistente y sus secuaces!

Hablando de aquello me decía lleno de ira:

--¡Y yo que los creí mis amigos! ¡Y tantos cientos de pesos que me consumieron esos canallas!

Y sus ojos centelleaban. Su mujer permanecía muda.

* *

Desde que llegó su hermana, mi mujer no había cesado de vomitar. No comía. Pasaba los días en cama,. Debilitándose, hora tras hora, en un estado que inspiraba lástima.. Tan mal se puso que una noche me decidí por llevarla al pueblo.

Fu a casa de un médico a quien conozco desde que yo era niño. Es un hombre de vida austera, muy respetable y muy querido en todo el pueblo. Aparenta la mitad más de la edad que tiene. La vida se le ha ido mirando con creciente disgusto la injusticia de los hombres. Su voz, a veces, ha sido una admonición, ¡un destello!... Pero fuertes ráfagas la han apagado, y como todo lo alumbra en estos medios, ha tenido que apagarse y dejar que se enseñoree la oscuridad...

Este hombre me tiene mucho afecto, y consideré que a ningún consultorio mejor que al suyo podría llevar a mi mujer.

Así lo hice. Cuando estuvimos allí, el médico la examinó, frunció el entrecejo y luego me dijo:

—Vómitos incoercibles. Déjala.

La dejé en casa de sus parientes y desde entonces voy todos los domingos a verla. Cuando llegó, noto que le soy indiferente. ¡Vomita tanto que apenas puede estar unos minutos tranquila!

Esto va empeorando mi complicada situación hasta el extremo de hacerla desesperada, porque a pesar de que el doctor no me cobra sus servicios, y pone todo su empeño en que mi mujer se salve y me dé un hijo, los gastos de automóvil y otras cosas exceden al monto de mi pequeño sueldo. Y lo que es del over, no sé qué decir. Cada día parece que los artículos rinden menos, porque fallan todos mis cálculos. A veces, creo que estoy sacándoles a los compradores un diez o un doce por ciento, pero cuando tomo mis inventarios me encuentro con que el pequeño superávit sólo alcanza para satisfacer, a medias, la voracidad del manager, ¡o de quien sea el autor de esta diabólica idea!.

**

Las cosas para mí cada día se van complicando. Desde que me casé, el alemán parece acecharme. No sé si se debe a que mi mujer es hija de un hombre a quien se considera enemigo de la compañía; pero me resisto a creerlo, porque no creo que, en el fondo, ellos le den importancia al bodeguín de mi suegro. Sin embargo, el hecho es que el hombre se ha tornado más cauteloso.

Uno de estos días estuvo aquí. Por buen espacio de tiempo miró cómo se apiñaban los muebles de mi cuñada con los de mi mujer, en los dos pequeños cuartitos de la casa, y haciéndose el desentendido, me preguntó:

—¿Ha comprado usted esos muebles?

Irritado por su intromisión en mis asuntos, le respondí:

—Son de mi cuñada,

—¡Ah! ¿La señora de...?

—Sí, señor. Están conmigo por unos días.

—¡Oh! Yo no pregunta eso. No me interesa nada.

Lo dijo fingiendo una cordialidad que no le cuadraba, y parecía un gato jugando con un ratón. Desde ese momento sentí que algo me amenazaba...

Mis presentimientos se van cumpliendo. Ayer recibí un memorandum del manager, que dice:

Mr. Daniel Comprés, Encargado de Tienda.

Muy señor nuestro:

Tengo a bien hacerle saber que la casa que el departamento le tiene asignada a usted en ese batey, por el hecho de estar anexada a la bodega, sólo puede ser ocupada por usted y su familia más inmediata.

Atentamente

                   A. M. Robinson
                   General Manager.

Quedé como si un rayo hubiera caído a mis pies. Permanecí largo rato con el papel en la mano, sin verdadera noción de lo que ocurría. Mi lengua era un trozo de hielo. Mil veces me preguntaba: “¡Dios! ¿Cómo le diré esto al marido de mi cuñada?” Pero el caso era urgente.

La tarde pasó y entró la noche, y yo me cansaba de darle vueltas al asunto, sin querer abordarlo. Hasta que, al fin, ante la disyuntiva de proceder o quedarme sin empleo, llamé al hombre y le enseñé el papel.

¡Qué vergüenza vi en su rostro! ¡Y qué mal me sentía yo!

Torpemente traté de consolar al marido de mi cuñada. Le ofrecí mi ayuda y le aseguré mil veces que de no hallarme en aquellas circunstancias —que él conocía perfectamente—, hubiera abandonado el empleo ante aquel atropello. El no hacía más que lamentarse:

Te he perjudicado. ¿Por qué no pensé en esto? ¡Y todo por mi mujer! ¡Quiera Dios que no pierdas tu empleo!

Su mujer, delgadita, apagada como una estampa sugerente, borrosa, se acurrucaba en un rincón, apretando los dientes, casi sollozando.

Ya protestaba:

No te preocupes. Todo se arreglará. No hay que precipitarse.

Al día siguiente él se fue. Yo le exigí:

—¡Deja aquí a tu mujer!

No quería, pero yo insistí:

—¡Déjala! Primero permitiré que me echen antes que negarle alojamiento.

Ella quedó, de acuerdo con mi deseo, acompañada de una hermanita a quien hicimos venir ese mismo día. Cuando volvió el alemán, haciéndose el inocente, se lo dije todo y aún más.

—No se le puede pedir a seres humanos, porque sean empleados de un central, que echen a sus hermanos de casa—, le dije indignado.

El teutón, menos rojo que de costumbre, se excusó:

—Yo no sabe, Comprés. Esas son cosas del manager. Usted sabe que yo también soy un empleado. Si por mí fuera...

Se ve que este hombre es cobarde. Esa tarde abandonó sus modales bruscos, y no creo que fuera por dolor de conciencia, sino porque me vio transformado. Yo había olvidado mi situación ante la ignominia que se cometía conmigo, obligándoseme a despedir a aquellos parientes de mi mujer.

Mi cuñada permaneció aquí cuatro semanas más. Se fue cuando el marido halló algo que hacer en el pueblo y vino por ella. Ese día saltaban y bailaban de alegría.

—No sabes cuanto te agradezco —me decía él—, no sé cómo podré pagarte.

Yo estaba conmovido.

—¡Adiós, cuñadito, hermanito! —reía, ella, desde el camión que transportaba sus muebles.

Los vi partir sonriendo, pero sintiendo en el fondo gran tristeza por lo que había ocurrido, por no haberles servido mejor.

¡Pero yo no podía hacer más! En esos días contraje deudas para mí considerables, y a pesar de ello no pude evitar un hueco en mi balance.

Desde entonces, ¡cuántas zozobras cuando se aproximan los inventarios! Esos días, más que otros, son infernales.

Con frecuencia recurro a los amigos en busca de dinero prestado. Ellos me sirven gustosos, pero me avergüenza la idea de que puedan pensar que yo aprovecho su amistad, Viejo Dionisio me ha prestado ya dos veces en días de inventarios, algunos vales. Así, los oficinistas cuentan, recuentan, suman, y todo aparece correcto. Pero desde que marchan le devuelvo al viejo esos papeles que él anula en su talonario numerado, simulando que cometió un error, pues estos vales llegan a la oficina de cultivo por vía de la bodega, el viejo perdería su empleo. Así, desde que pongo en sus manos las órdenes, otra vez queda el hueco, y entonces ¡qué días!

Cada ruido de motor me hace temblar. Pierdo el dominio sobre mí cuando el alemán entra a la bodega. Me parece que en mi rostro se lee claramente la suma que falta, y que me echarán por ladrón.

¡Por ladrón! ¡Qué idea tan fea! Y cualquier día puede suceder...

¡Si estas gentes comprendieran!... Pero inútilmente trato de explicarme por qué a los empleados, en casos de desgracia, no se les hace siquiera un pequeño préstamo. ¡La desconfianza del manager es insultante y feroz! No hay más que recordar lo que le hizo a un empleado de su oficina que le solicitó tal favor. El hombre le mostró un telegrama que le llevaba la noticia de la muerte de su padre ocurrida ese día en un pueblo vecino, y formuló una solicitud de préstamo por cincuenta pesos. El rubio le respondió:.—“Mí no sabi de eso. Mí no matar a su padre de usted”.

Y le volvió la espalda para significarle que aquello estaba concluido.

¡Qué más se puede pedir!

Parte I - I | Parte I - II | Parte I - III | Parte I - IV | Parte I - V | Parte I - VI | Parte II - I | Parte II - II | Parte II - III | Parte II - IV | Parte II - V | Parte II - VI | Parte II - VII | Parte III - I | Parte III - II | Parte III - III

Over


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006