Selecciona acá para volver al inicio

Parte II - VI

VI

Terminó la zafra. El batey ha quedado como un cementerio. Las últimas cañas las recogieron a principio de semana. Ese día las carretas, al hacer los últimos viajes, venían empenachadas de cogollos, adornadas como si se tratase de celebrar una fiesta; pero los hombres no demostraban alegría ni tristeza; en sus rostros se dibujaba la desesperanza, porque una vez habían sido defraudados.

—Se acabó la zafra, vale.

—Compé, la saf tá fini.

—Mi going tu Tortola.

Palabras como esas salían en toda la finca de millares de bocas. Los peones se trasmitían una noticia que todos conocían desde hacía varios días, y los hacían sin empeño, sin admiración, sin énfasis. Mejor dicho, no se trasmitían una noticia, sino que hablaban para sí mismos, en voz alta.

—Se acabó la zafra, vale.

Muemen alé pu Haití.

—Mí se va pa Saint Kits. Mí no vuelva pa la otra. Desaliento en todo el batey, ¡desaliento!

Deambulaban los hombres sin trabajo, repitiendo lo mismo:

—Mí no vuelva.

—Uí, compai, uí.

—Asina mimo, ingli, tampoco yo vengo.

—¿Qué jace uno, vale?

—Naitico, ná.

—¡Ja! Aquí yo pielda mi tiempo. Mijol que allá in Barbados no trabaja, pero no mí mata. Yo me vuelva pa no vuelva..Y alguien repetía como un eco: “No vuelva”...

Se fueron los días y ayer hicieron el último pago. Casi todos los dominicanos marcharon hacia los campos. Cocolos y haitianos de la inmigración de zafra, desde esta madrugada se apiñaron en el chucho, tomaron asiento en los rieles, en largas hileras, y esperaron la llegada de la locomotora. Llevaban cajones, maletas de madera forradas de hojalata —vacías o quizás con algún pantalón—, pequeños líos, gallos, gallinas, plátanos y algún trozo de carne de buey salada, para comer en el camino o para llevárselo a sus parientes.

Llegó la máquina con su larga cola de vagones. No hubo despedidas sentimentales. Alguien le dijo a otro:

—¿Tú vuelve, Malfiní?

Y éste respondió:

—¡Ju! ¡A mí no me consiga má!

¡Como todos los años! ¡ Siempre las mismas palabras dichas nada más que por hablar!

La locomotora se detuvo jadeante, resoplando, resoplando. Rugió con su voz ronca y ensordecedora. Los negros corrieron como náufragos hacia los vagones. En ellos treparon chillando, y su algarabía se ahogó en los sollozos de la máquina.

—Cuidao quien se queda, carajo! ¡No quiero depecuezai a un maidito negro!.

Era Cleto, tronando.

¡Chof! ¡Chof!

¡Chof! ¡Chof!

Y los negros, agarrados a los hierros de los vagones, ahora, sin panes, ni sardinas gratuitas, flotaron nuevamente como banderas multicolores.

Se fue la máquina con su melena de humo negro, y se los llevó a todos, gastados, sin dinero, decepcionados hasta el año que viene, o hasta más nunca tal vez.

Se acabó la zafra. Ahora me he quedado solo en esta bodega, mirando cómo los campos de caña recién abatidos, renacen de nuevo imperturbables, eternos. Ya en algunas partes, la planta ha crecido y está “de un trozo”, lozana. En cambio, los que la cortaron, ésos, jamás reverdecerán.

Se acabó la zafra. Pienso en lo que será mi vida durante el tiempo muerto. Deudas. Terror de inventarios. Ya no habrá ventas que permitan sacar over. Los hombres a quienes les quitaba parte de su jornal se han marchado; ¡se han marchado y no los puedo detener! Me quedan algunos viejos sin fuerzas, abandonados, por completo, a la finca, sin pies para salir. Ya los veré desde aquí hoyando en los patios, buscando alguna batata que quizás haya quedado oculta entre las yerbas desde una vez que allí hubo unos bejucos que el policía hizo arrancar al descubrirlos. Les veré hoyar, hoyar, hasta encontrar alguna raicilla que le disputará al piogán. Vendrán a la bodega a comprar un centavo de azúcar, un centavo de harina de maíz, un centavo de pan; y yo seguiré revolviéndome, encerrado en esta bodega, como en una prisión.

Se acabó la zafra, y no puedo creer que haya terminado simplemente porque la cosecha tocara a su fin. Me parece que todo ha sido calculado para hacerme una maldad. Los hombres se fueron y creo que lo han hecho porque saben que se vengan de mí, al marcharse.

Siento ira y quisiera correr por los campos de caña, hecho lengua de fuego, gritando con todas mis fuerzas:

“¡Se acabó la zafra! ¡Se acabó la zafra!” Y si nadie entiende, incendiarlo todo y seguir rugiendo: “¡Ya no hay zafra! ¡Se acabó la zafra!”

* *

Los días del tiempo muerto caminan pesados y lentos como rodillos y cada vez me quedo más solo. A Valerio se lo llevaron muy lejos —¡tiene tantas bodegas el central!—, y al inglesito lo trasladaron a otra división. A quien veo con más frecuencia es a Eduardo, que siempre viene por aquí. Llega como el primer día a caballo, echa el pie a tierra y yo le recibo como siempre, con un abrazo; porque nuestra amistad es inconmovible y nos alegramos cuando estamos juntos, a pesar de que bien se nota que el hueco dejado por los dos amigos no se puede llenar, y que estos días no son los mismos de ayer.

Cuando viene no hacemos nada nuevo. Yo bebo ron cualquier día y él también. Así, cuando nos hallemos, generalmente ambos estamos bebidos, lo que es una razón para que bebamos más.

La conversación en la finca cada día es menos ágil, porque nosotros somos cada vez más torpes.

Hablamos de lo mismo, ya con poco interés. Que mi bodega está limpia; que el manager tomó vacaciones; que el alemán vio una bodega con poca existencia y consideró que el balance estaba muy alto en el libro y, sin moverse de allí, pidió oficinistas al pueblo, pasó inventario y descubrió un déficit; que el asistente andaba con los automóviles y los camiones del departamento llenos de muchachas de la sociedad del pueblo, en una gran gira; que hay ventas en tal parte porque allí están renovando varios tablones de caña —¡feliz bodeguero!—; que aquí no se vende porque no habrá cultivo; que allí tampoco; que botaron al bodeguero tal porque encontraron a su mujer en la tienda, vendiendo mientras él estaba en la letrina; que le dieron una de las mejores bodegas a un fulano porque tiene dos hermanas bonitas o porque su mujer se va al pueblo con Mr. Lilo, sin otra compañía, “a pasar dos días donde una tía”; que un policía ayer le disparó “al aire” a un negro que robaba una caña tierna por hambre, “para asustarlo”, y que le hizo blanco; que el negro murió “de paludismo”.

De eso hablamos casi siempre, refiriendo cosas nuevas que parecen viejas por lo mucho que se repiten. Sólo la última vez me dijo Eduardo que algo especial le traía a mi bodega.

—He venido —me explicó de golpe—, para ponerte en guardia contra el nuevo bodeguero que te han puesto de vecino.

Yo le pregunté:

—¿El que sustituyó a Valerio?

Y él me dijo:

—El mismo.

Luego:

—Es peligroso confiarse a él. Tú eres muy sencillo y dices las cosas fácilmente. Debes tener gran cuidado, porque se trata de un perro espía del asistente que también sirve al alemán.

Sentí la impresión que sacude al que repentinamente se entera de que, si mueve un pie, va a pisar una víbora, porque sólo esto me faltaba: ¡que fuera espía mi vecino!

Eduardo amplió sus informes. El hombre es buen perro de presa y ya tiene su record bien ganado haciendo perder sus empleos a varios bodegueros que se franquearon con él creyéndole su amigo, y le contaron que “andaban mal”, que les faltaba “un piquito” o algo así. Al día siguiente les llegó el inventario. ¡Me lo advertía!

—¡Le rompo el alma! —dije con ira.

—No es cuestión de romper nada —dijo serenamente mi compañero—. Es asunto de andar con prudencia.

Me contó entonces nuevas cosas de aquel individuo. Por sus hazañas ha sido muy bien recomendado a Mr. Robinson, y le han asignado un sueldo de primera categoría porque además de sus servicios, su mujer viaja con el asistente y en su casa se dan las mejores fiestas del departamento. Y no es un aumento de sueldo la única utilidad que devenga. Es también “la niña bonita” del alemán y disfruta de una verdadera canonjía. Les compra sus vales a los peones con descuentos de veinticinco y treinta por ciento porque ¡siempre están suspirando los trabajadores —sobre todo, los haitianos— por ver dinero en sus manos aunque sea a costa de un ojo!, y ha hecho economías que pasan quizás de dos mil dólares, y puede prestarles dinero a interés a superintendentes, mayordomos y ajusteros, cobrándoles el diez por ciento, y exigiéndoles que expidan los vales para su bodega aunque los peones vivan en otros bateyes distantes y esto perjudique a aquellos bodegueros en cuyas tiendas tienen crédito esos individuos.

La compra de vales es un crimen perseguido por la compañía que ninguno de nosotros sería capaz de cometer, aunque no se nos persiguiera, porque siempre algo queda de conciencia; pero éste y otros favoritos lo pueden hacer.

Y concluye:

—Nada de violencias. Sólo debes ser cuerdo y no caer.

No respondo. Un disgusto como retama, me llena el cuerpo.

Seguimos bebiendo. Hablamos de mi mujer que está en el pueblo; somos capaces aún de pronunciar algunas palabras sobre nuestra posible salida de este atolladero. Después... el alcohol nos va invadiendo, dominándonos, aplastándonos, llenándonos de esa inmensa tristeza que da el ron, hasta que, al fin, todo está en brumas y mi compañero sale tropezando, borracho.

Voy tras él, hasta su caballo. Pone el pie en el estribo, toma impulso y abre las piernas.

Tiene un lado iluminado por la luz; el otro, con su pierna, se pierde en las tinieblas cuando monta. Tartamudeamos unas palabras de despedida; parte, y con su caballo se hunde en la noche...

Soledad.

Anoche estuvo en mi tienda el bodeguero Bolito, mi peligroso vecino. Es un individuo pequeño, blanco, de cejas copiosas, con ojillos de ardilla y boca de mujer. Cuando se está cerca de él, se experimenta la sensación de estar cerca de algo inmundo. ¡Hay gentes así!

Habló mucho. Me dijo que “había sacado un rato para llegar de un salto a conocerme”, a ponerse a mis órdenes, porque “todos somos compañeros” y debemos conocernos, “por si algo se ofrece”.

Le di las gracias y traté de ser cordial, pero no pude dejar de pensar en sus hechos.

Me aturdió con su conversación, En todo metió al asistente y al alemán. “Mr. Lilo en mi casa entra y sale como en la suya”. “Mr. Baumer me trata como a un hijo”.

Y luego: “¿Le damos al ron un poquito?”

Respondí con mal velada brusquedad: “¡No!” Luego, para suavizar, expliqué: “Sólo bebo en ocasiones especiales, y esto, fuera de la bodega.

El siguió hablando. ¡Qué seguro se siente uno trabajando en este central! No es como estar con el gobierno, que cae a cada rato y de donde despiden a uno tan fácilmente. Con esta gente el que cumple con su deber es premiado. Con ellos no hay más que trabajar de buena fe. Por ejemplo, Mr. Robinson es un hombre muy bueno, muy activo, muy competente, ¡un hombre! Lo dice hasta el periódico del pueblo, que es un gran defensor del trabajo y del central, a pesar de sus faltas de ortografía. A él, Bonito, que lo mataran con los americanos. ¡Esas sí son gentes! 

Yo pensaba: “¡Cuándo acabará!” Entonces me dijo que tenía deseos de conocer mi ‘bodega. Tuve que llevarlo. Preguntó: ¿cómo estaban mis ventas? ¿Qué tal era el personal del batey? ¿Había berrinchosos? Y el over, ¿qué tal?...

Gran trabajo me costó contenerme. Le respondí con evasivas, haciéndome el tonto. ¿El over? Yo nunca he sumado un balance. “¡Allá en la oficina sabrán!” Yo sólo atiendo a los peones, como dice el reglamento, y recibo mi sueldo.

Pero tenía ganas de gritarle: “¡No te ensucies tanto! ¡A ti también te despedirán”!

Al día siguiente, más brusco que nunca, llegó el alemán. Me pidió los vales, y ¡lo que jamás había! los sumó todos y luego, comparó el total con la cantidad que yo había anotado en el libro.

Examinó la numeración de los formularios se cercioró bien de que ninguna cifra había sido borrada. Miró la existencia; me preguntó cuál era el promedio de ventas, y tantas cosas más..Luego repitió las mismas operaciones y formuló las mismas preguntas...

Yo ardía por dentro, pero respondí con serenidad, evitando pensar en lo que ocurriría si ese hombre llamaba a los oficinistas y se sentaba allí a esperar.

Desde que vieron a mi vecino en casa, Cleto y viejo Dionisio se habían alarmado.

—Tenga mucho cuidao, vale —me dijo el policía

Ese hombrecito e j’un jabladoi. Lo conoco dende chiquiningo poique é de Tamborí.

Viejo Dionisio me advirtió:

—Cuidao con la boca, amigo—. No se ajunte con to lo bodeguero... Ese amiguito suyo que viene dende el principio e muy bueno, pero cuidao con el que uté no conoca. Ese blanquito que tuvo aquí... ¡tenga cuidao, por Dio!

Me pregunto: ¿Por qué esta guerra? Para permitirle a uno ganar un pan, ¿hay necesidad de amargárselo así? Y concluyo pensando en aquel bodeguero ahorcado, después de haber sido asediado, perseguido hasta enloquecer...

El tiempo muerto marcha. La compañía, siguiendo su vieja costumbre de hacer cambios cuando finaliza la zafra, trajo a un nuevo superintendente de distrito. Es un hombre muy interesante, que le está proporcionando buenas economías al central.

Dicen que fue administrador de un ingenio importante en Cuba, cargo que abandonó o perdió en circunstancias que aquí se ignoran, y que por no volver a casa de los suyos, se ha conformado con un puesto de tercera o cuarta categoría en esta compañía, donde a pesar de ello se le distingue como quizás a ningún jefe de departamento. A simple vista se ve que es persona que ha recibido buena educación y de cuna que está muy por encima de la que durmió a un Mr. Robinson, por ejemplo. Su nombre es Julius Elliot Norton, pero todos le llaman nada más que Mr. Norton, con gran familiaridad, porque es hombre muy simpático.

A diferencia de los otros blancos, que no miran a nadie cuando pasan por los carriles sin detenerse, éste gusta de hablar con los empleados inferiores y hasta con los peones. Conoce el español de manera admirable y lo pronuncia muy bien. Lo que no habla es patois, a pesar de que lo entiende perfectamente. Con frecuencia, se detiene en la bodega, y charla durante horas muertas conmigo. Es raro el día que no me encarga naranjas, pollos y viandas.

—Usted compra esas cosas a buen precio —me dice sonriendo—. A mí me costarían muy caras, porque me las venderían como a un mister.

Mr. Norton sólo gana ahora trescientos cincuenta dólares mensuales. El mismo me lo ha dicho. Pero todos saben que este hombre tiene grandes posibilidades dentro de la compañía.

Casi todo el tiempo que Mr. Norton le dedica a esta colonia lo pasa en mi bodega. Entra a esta sección por los campos del Oeste, busca al mayordomo, echa un párrafo con él cordialmente, y hasta se olvida de preguntarle por los trabajos. Aunque sea temprano le dice:

“Vamos a la bodega un ratito”. El mayordomo, encogido, a veces se niega, para demostrarle al jefe que, ni aun invitado por él, es capaz de abandonar su trabajo en horas laborales; pero Mr. Norton, como si adivinara sus pensamientos, le dice: “Vamos, hombre. Yo no creo que sea necesario derretirse sobre un caballo, soportando estos solazos, para atender a una caña que después de todo crece sola”.

Con frecuencia, lo veo llegar acompañado por don Marcial y viejo Dionisio. El puertorriqueño en un viejo caballón lleno de sarna, que siempre va durmiendo. Viejo Dionisio en su paciente mula. Mr. Norton en un precioso caballo de raza, de gran alzada, de pelo reluciente, que a duras penas se acomoda al tardo paso de aquellos veteranos y desvencijados animales que ya pueden caminar a ciegas todos los carriles.

Llegan a la bodega. El americano pide cigarrillos y explica: “Deme usted “Cremas", que no puedo fumar esa porquería de tabaco americano ligado’. Y siempre me ofrece un pitillo.

—No fumo, Mr. Norton —le digo siempre—. Muchas gracias.

Pero ello no quita que él me ofrezca de fumar cada vez que llega a la bodega..¡Hombre amable! No pierdo una palabra de sus diálogos con la gente. El otro día echó un largo párrafo con un colono de esta división. El hombre es dueño, nominalmente, de su colonia vecina. Se halla en las mismas condiciones de otros tantos llamados también colonos. Esto es: posee unas tierras sembradas de caña que la compañía valora en veinte mil dólares con todas sus mejoras. El le debe al central veinticuatro mil, porque para sembrar esto de caña la compañía le hizo préstamos muy gruesos y luego, año tras año, para el cultivo y mantenimiento general de la colonia le sigue prestando. O mejor dicho: porque para el mantenimiento general de la colonia la compañía invierte todo el dinero necesario, sin tomar en cuenta al dueño, y lo carga a la cuenta de éste. La propiedad responde de esa suma. El pobre hombre suspira por que el central reciba la propiedad en pago y le deje como contratista para amortizar los cuatro mil pesos restantes en dos o tres años. La compañía le responde que ella no tiene interés en que los colonos pierdan sus tierras —le da alguna lección de patriotismo, si es posible— y no acepta el negocio. Cada año, mientras tanto, la deuda gana intereses al doce por ciento; intereses que son capitalizados, mes por mes. El central tira la caña de la colonia, sin omitir gastos, y al finalizar la cosecha, él mismo se paga los intereses y aplica lo que sobre —¡si sobra!— a amortización. El colono, que de día en día se pone unas polainas y va a su propiedad”, ve a los blancos hacer y, a fines de cosecha, recibe los papeles de liquidación, donde unas complicadas columnas de números le cuentan cómo va el asunto. Los diarios, mientras tanto, en sus secciones sociales le ofrecen un gran consuelo, llamándole “acaudalado colono del central tal”, y él, para comer, va a la oficina general de la compañía y miente, pidiendo “un avance para hacer trabajos”, porque como préstamo es difícil que lo pueda obtener.

Pues un día este colono hablaba con Mr. Norton y le exponía llanamente su caso.

—¡Ah! —dijo el americano-. El asunto es sencillo.

A la compañía le conviene cobrar intereses antes que recibir la colonia, porque a pesar de que ahora no parece justo, si un día sube el azúcar usted sentiría haber entregado su propiedad que podría liberar en dos o tres zafras y luego enriquecer Y ya usted sabe que el alza no es imposible, sobre todo, estando Europa como está.

¡Si un día sube el azúcar! El colono sabe que quizás ese día el central resuelva recibir” la colonia en pago de la deuda, porque los papeles están en condiciones tales que en cualquier fecha se puede llevar a cabo una acción judicial, muy legal y muy rápida, que le dejará a él allí como a cualquier peón; pero... ¡este Mr. Norton es tan franco! ... No envuelve las cosas, y le ha dicho tan claramente que “a la compañía le conviene mejor cobrar intereses"; y le ha pintado tan fácil la posibilidad de que en Europa ocurra algo así como una matanza atroz, que todo aquello es casi consolador.

El colono, que está acostumbrado a no ser a veces ni siquiera saludado por el sub-administrador, ni por el superintendente general de campos, al ver cómo este americano le habla con tanta sencillez, sin alardes de superioridad, sino más bien en tono amable, olvida su inconformidad y deja oír sus pensamientos, sus esperanzas.

—Si en la próxima zafra me pusieran siquiera dos vagones diariamente, Mr. Norton —le dijo—, y en vez de hacerme mal pasar durante seis meses, haciendo largos gastos para tirar una caña que bien podría recogerse en dieciocho semanas, me dieran libertad...

—¡Hombre, se ayudaría usted en mucho! —dijo el blanco.

En el rostro del colono resplandeció algo. Habló con énfasis:

—¡Bueno, bueno! Si usted lo comprende, ¿no podría meter la mano por nosotros? En la próxima zafra podría irnos mejor. Este sistema de ahora nos acaba, Mr. Norton. El día que nos ponen dos vagones, porque gritamos demasiado, entonces paran el corte porque “en la factoría hay mucha caña”, y de nada nos sirve el aumento. ¿No podría esto cambiar, Mr. Norton?

El blanco echó unas bocanadas de humo, serenamente, y respondió:

—Yo no soy partidario de ese sistema. Si usted tiene caña para tres meses, debe tirarla en tres meses y no en seis. La compañía podría resolver eso, pero... a pesar de lo sencillo, el asunto no se arregla tan fácilmente. Nosotros estamos recibiendo órdenes de gentes que no conocen el central y de otros que lo conocen, pero que se pasan el día paseando la finca en budhas y en automóviles, mirando el paisaje de los campos, sin comprender las necesidades de ustedes.

Este Mr. Norton parece un camarada. El colono volvió a la carga:

—Pero este año con usted aquí, las cosas podrían cambiar. El superintendente del distrito es el que recomienda la distribución, y además entre usted y el subadministrador...

El blanco interrumpió amablemente:

—Yo no puedo hacer nada, hijo. Esas cuestiones vienen de allá... A veces, el mismo Consejo Directivo de la compañía dispone esas cosas, y yo te aseguro que sólo las entiende el administrador. Sin embargo, no te desanimes: cuenta conmigo para lo que yo pueda, que ¡bien sé cómo viven ustedes!

Y bruscamente le dio un nuevo giro a la conversación. El colono, que estaba excitado, no se atrevió a proseguir, y Mr. Norton adquirió su afabilidad habitual.

Charlaron de las cosas más distantes de la caña, hasta la hora de comida. Si mal no recuerdo, terminaron hablando de caballos, de política y hasta de mujeres.

Todos quieren mucho a Mr. Norton, desde los peones hasta los contratistas y los colonos. He oído a un mayordomo decir:

—Mister Norton es lo que se llama un hombre decente. ¡Si ese me bota me quedo conforme!

Y hace poco que he oído suspirar al contratista:

—¡Si Mr. Norton fuera el jefe de todo el central...!

Así opinan todos, menos el inglesito Brown, que hace pocos días, de paso por mi bodega, hablando de esto me dijo: “Ese es peor que los otros. Conozco esa clase de pájaros. Más que yanqui me parece inglés. A un hombre así nadie es capaz de protestarle. Prefiero a los déspotas, que mantienen encendido el deseo de ir a la rebelión”.

Y parece cierto, porque nunca hubo tan poco trabajo en el distrito como en este tiempo muerto, ni jamás estuvieron los trabajadores más conformes que ahora. Cuando vine a esta bodega, fue en tiempo muerto, pero siempre se vendía algo. Este año no se ve un vale, porque Mr. Norton dice, con su sencillez proverbial, que la caña es yerba y no necesita tanto cultivo.

“¿Arrancarle la yerba a la caña? —es su expresión—. ¡Bah! Se necesita no conocer el asunto para cometer tontería igual. En veinte años de experiencia. . “ Y sigue hablando largamente sobre el asunto. Cuando se le habla de resembrar algunos campos, responde con despreocupación: "El año que viene haremos algo. Así, las cosas serán en mayor escala y la gente ganará más. No me gusta el chiripeo".

Y todo queda igual, porque él dice las cosas, amablemente, y sus opiniones son muy respetadas.

Como los peones le han tomado confianza, cuando tropiezan con él por los carriles o en la bodega, le dicen:

—Mista Norton: la jambre ta dura, ¿cuándo tú va dando una trabajita?

El blanco les quita el sombrero para pasarles la mano por las sucias cabezas, o les pone familiarmente la diestra en un hombro para decirles:

—¡Caramba, hijos! Yo con el alma les daría mucho trabajo, pero la compañía este año parece que está apretada. Sin embargo, no se apuren mucho, que ella no se olvida de ustedes.

Y luego, en tono confidencial, les secretea al oído:

—Cuando yo esté en la colonia, métanse por ahí en una pieza y cómanse dos o tres cañitas, que si el policía los halla yo arreglado la cosa. ¡Claro que no hay que nombrarme!

Los peones se alejan haciendo reverencias y alabando su buen corazón. Lo que dijo el inglesito se confirma cada día más. ¡Qué hondo está hiriendo esta bondad del superintendente!

* *

Los días del batey son callados. Las noches iguales. Los hombres se calientan al sol, cubiertos de harapos, muertos de hambre. A veces, sobre todo, en días de lluvia, les atormenta tanto la necesidad de comer, que los más osados, aun sabiendo que está prohibido fiar, vienen a la bodega y me dicen:

—Bodeguero, fíeme una librita de maí.

O si no:

—Deme un chinguito de azúcar pa endulzarme la boca.

Cuando no es un chiquillo enfermizo, sucio y mocoso, que murmura tímidamente:

—Dice mamá que por favor le fíe una libra de arró.

Algunas veces les complazco por caridad, pero no lo hago siempre, porque cuando dispenso uno de esos favores las demandas aumentan en tal forma, que aún distribuyéndoles toda la tienda, no les dejaría satisfechos.

La mayor parte son haitianos que no quieren abandonar la República; los menos son criollos gastados que han perdido la voluntad de marchar a otro sitio. Todos juntos forman una parte de humanidad cuya hambre no se apaga jamás.

En momentos de exaltación, viéndolos consumirse sin intentar mejorar sus vidas, abandonados por completo a la finca, les he gritado, ardiendo en indignación:

—¡Marchen de aquí! ¡Pídanle tierra al gobierno o róbenla! ¡Miren que gastan sus vidas inútilmente en estos cañaverales! ¡Llegaron fuertes, enteros, jóvenes, y en tantos años se han destruido sin ahorrar un centavo! ¡Marchen! ¡Hagan conucos o mueran de hambre en otra parte, pero no aquí! ¡No vuelvan más!

Se embelesan mirándome, oyendo mis palabras. En sus rostros borrados se retrata una gran idiotez. Algunos murmuran:

—Tiene razón...

Pero lo dicen huecamente, sin comprender, y luego marchan a las sucias casitas o al fétido barracón.

Una ira sorda me quiere reventar.

Parte I - I | Parte I - II | Parte I - III | Parte I - IV | Parte I - V | Parte I - VI | Parte II - I | Parte II - II | Parte II - III | Parte II - IV | Parte II - V | Parte II - VI | Parte II - VII | Parte III - I | Parte III - II | Parte III - III

Over


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.
Actualmente hay 337 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com
 
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons