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3 I Tuve
días de ruda lucha con mi mujer. La madre marchó una semana después
de su llegada, porque
hacía ya casi tres meses que no atendía a sus otros hijos. Vieja
Mercé estuvo seis semanas en
el batey donde vivía Melito, haciéndole compañía hasta que pudo
traerles a él y a los suyos, y durante
ese tiempo, me vi en la necesidad de recurrir a una haitiana para
que me atendiera la casa. Pero
tuve que hacerlo todo. La negra y grajosa mujer no sabía cocinar,
ni tenía costumbres, ni
la más leve noción de lo que significa limpieza. A los tres días
de lucha, me vi en el caso de despedirla,
y desde entonces hasta el regreso de la vieja Mercé, fui cocinero,
enfermero y perro guardián
de mi mujer. Ella
no podía valerse y tuve que bañarla por buen espacio de tiempo. Me
las arreglaba para cocinar
y atender a la bodega. Desde su cama ella me avisaba cuando un olor
se lo denunciaba: “Se
quema la carne", "se queman las habichuelas", “se
ha botado la leche", y yo abandonaba mi puesto
detrás del mostrador y corría hacia la cocina. Mientras tanto, era
todo oídos para no dejarme
sorprender por Mr. Baumer, o por cualquier otro alto empleado del
central, fuera de mi lugar,
porque ello implicaba la pérdida del empleo. Aprendí
en poco tiempo a distinguir todos los ruidos. ¿Qué bocina de automóvil
no conozco, aunque
para un novato todas suenen lo mismo? ¿Qué ruido de motor no
distingo? Ya sé, desde mucho
antes de ver un vehículo, tan sólo por el zumbido de la máquina,
si viene el subadministrador
del central, si es el superintendente de campos, si es Mr. Baumer,
si es el segundo
manager. ¿Y motores de vía, budhas? Los conozco todos, sin verlos.
Cuando es la ambulancia,
ya sé que es ella; cuando es el que utilizan los reparadores de vía,
también lo conozco;
cuando se trata del majestuoso que usa exclusivamente el
administrador del central, lo sé
también desde muy lejos, y cuando oigo las explosiones de un motor
nuevo, no me cabe tampoco
duda: o vienen en él los oficinistas a pasar el inventario, o Mr.
Baumer ha hecho uno de sus
frecuentes cambios de vehículo y en él viene. Así,
nunca me he dejado sorprender fuera de mi lugar en la bodega, aunque
ello me haya costado
dejar de ser el hombre que era. Significa mucho pasar semanas
enteras higienizando a su mujer,
que ya no es un ser racional, sino una pobre criatura convaleciente,
llena de caprichos; semanas
durmiendo en el piso, frente a la cama de la enferma, velando,
porque de noche ella se cae
como un niño, mientras duerme; semanas, meses, haciendo trampas
para evitar que descubran
un déficit; semanas, meses, temiéndoles a todos los ruidos,
encerrado en una casita techada
de zinc, en medio de los cañaverales. Significa mucho, y bien puede
ello alterar los nervios y
cambiar casi radicalmente el carácter de un hombre. Ya
no soy el mismo, ni mi mujer es la misma, ni vieja Mercé es la
misma, ni la gente de la finca
es la misma. Es tiempo muerto y todas las caras están adustas. Un
gran porcentaje de empleados
ha recibido lo que cínicamente la compañía llama “vacaciones
sin sueldo". Es
decir, han sido abandonados a su suerte, sin empleo, hasta la próxima
zafra, por economías.
Los otros ganan ahora menos porque a todos se les rebajó el 10% de
sus sueldos, como
todos los años. Están hoscos. La finca dormita. Yo
pienso en mi déficit y me desespero. Ahí, sobre mí, está siempre
el techo de zinc de la bodega,
recalentándome los sesos. Cuando no sopla brisa, todo es sopor,
marasmo. El calor es tan
denso que casi puede asirse, y por todas partes, ¡los cañaverales!
Frente a mí están los cañaverales;
a mi lado están los cañaverales; a mi espalda están los cañaverales.
¡Cañaverales! Sobre
ellos siempre un cielo limpio y alto, como un desesperado ojo sin párpados,
desde el cual se
desparrama un sol de fuego. Cuando uno siente que en la cabeza un
incesante dolor martillea, y
siente que le brota un sudor aceitoso por todo el cuerpo, y tiene
deseos de arrancarse las ropas y
gritar, mira ansioso hacia los cañaverales, y la vista se quema en
el resplandor de hoguera que parpadea
sobre ellos, el horizonte, por encima de cualquier silueta de montaña
que se recorte apagada
a lo lejos, por encima de cualquier mancha que aparezca en los cañaverales. Son
los días del tiempo muerto. Los empleados que están “de
vacaciones” y los otros cuyos sueldos
han disminuido ya por quinta o sexta vez, andan desorientados. El
ron los quema por dentro
y el sol por fuera. Se ahogan en una sorda inconformidad que no
comprenden; una inconformidad pesada, de plomo derretido, que
deforma y acaba sus vidas inexorablemente. Cuando
los veo, sólo pienso en ellos y creo que más me duele lo suyo que
todo lo mío. Me crece,
encendido, un gran deseo de gritar a todos los vientos, denunciando
cómo se destruye a los hombres
en estas fincas. Quiero hacerlo, creo que puedo hacerlo, y comienzo
a escribir nerviosamente,
trazando signos desiguales, con gran fuerza. Mi letra irregular
llena hojas y hojas,
que voy amontonando con fiebre, ¡hasta que al fin se me vacía el
pecho! Entonces leo aquello,
y a medida que repaso las hojas unas tras otra, unas tras otra las
voy rompiendo, decepcionado,
convencido de que allí sólo hay imprecaciones inútiles, ideas
inconexas. Entonces
todo es abatimiento. Cuando se está así, ya no se siente amargura,
ni rebeldía, ni deseos.
No se encuentra esa fuerza que poco antes le hiciera a uno sentirse
capaz de conmover el mundo,
de remover la tierra, y se ahoga el hombre en un apocamiento que sólo
incita a escapar de
todo y de todos, para echarse por ahí en algún sitio, sin
pensamientos y sin deseos. Cuando
estoy así, casi siempre se me acerca mi mujer con un mimo. Su
presencia me molesta.
¿Qué tengo de común con ella ni con nadie? Siento horror ante la
perspectiva de tener que
hablarle, y casi gimiendo le suplico: «Déjame quieto”. Pero no
comprende—¡cómo va a comprender!—,
y mis palabras la ofenden. ¡Absurda situación! Trato de explicarle
que en esos momentos
sufro crisis que me impiden relacionarme con cualquier persona,
inclusive con ella; pero
con ello agravo más la situación. Se exaspera, pierde el tino, y
hace mil escenas ridículas que
irritan más mis nervios y me hacen perder mi dominio. Una ira
salvaje me golpea las sienes y
salgo de la casa como un vendaval. Ambos
atravesamos desde hace tiempo por un estado anormal. Ella, repuesta
ya en lo físico, aparentemente, se ha
tornado altiva, agresiva, nerviosa, tonta, hasta el extremo de que
pocas noches me deja dormir. La obsesionan unos
celos estúpidos y se empeña en retenerme toda el día entre estas
cuatro paredes, alejándome de toda sociedad, porque
nada la martiriza tanto como oírme enfrascado en largas
conversaciones con mis amigos, después de haber pasado
una semana a su lado, pronunciando escasas palabras, leyendo,
escribiendo, o si no, frente al mostrador. En
vano, trato de explicarle mi necesidad de relacionarme, de caminar
siquiera en el batey. Se
me aferra al cuello y dice: ¡“Llévame!”. A
veces lo hago. Paseamos a caballo por los carriles, visitamos otros
bateyes; pero como mi ánimo
no está para hablar del paisaje, marcho silencioso a su lado cuando
ella quisiera que de mi —¡Háblame
algo! —me dice cuando así caminamos. Tengo
que hacer un gran esfuerzo para responderle: —¿De
qué he de hablarte? Sobre lo que pienso es inútil que te diga, y
de otra cosa... ¡no sé decir
una palabra! Seguido
estalla: —Es
que me tienes por más ignorante de lo que soy, no me aprecias, para
ti soy un animal. ¡háblame
de cualquier cosa! Es
inútil cuanto hago por calmarla. Solloza furiosa: —¡No
me dices nada! ¡Qué vida llevo! ¡Qué desgraciada! ¡Para ti soy
una bestia! Me
invade la pena. Siento que soy culpable de un crimen. Me reprocho el
hecho de haberla Comprendo
que mi cabeza está demasiado repleta de ideas fuertes; de ideas que
quizás no puedo
plasmar, y que pienso demasiado en la injusticia; que no me resigno
a llevar una vida de Como
resultado, la casa se me hace insoportable. Esto es muy estrecho y
aquí siempre hace calor.
Cuando cierro la tienda y me hallo en uno de estos cuartitos,
forzosamente cerca de mi Hago
lo posible por permanecer sereno. Casi siempre voy tras ella, pero
casi siempre —si ocurre
esto en casa de Cleto—, el policía no disimula una sonrisa irónica
y escupe... A veces, Una
noche le pedí prestado su mulo al policía. Fui por los carriles
hasta las bodegas de Con
ellos y con el inglesito conseguí dinero y algunos efectos que
trasladé en el animal y que
luego puse en mi bodega. Y lo hice a tiempo, porque seguido se inició
una serie interminable En
este mes, los oficinistas han venido tres veces, y a tal extremo
ello me excita que, a pesar El
alemán me mira como el perro a su presa. Se diría que se lamenta
de no haberme pescado. ¡Casi
todos los días está aquí! Por cualquier futileza le oigo decir
amenazante: —Mucho
cuidado. Nosotros siempre pesca al que falla. Todo el que falla aquí,
cae. ¡Nadie Es como una fiera. Sus palabras me calan los huesos, me revuelven todo; pero, a pesar de ello,
respondo: —¡Eso
es al que falla! El,
con una sonrisa que da frío, siempre dice: —Bueno...
¡Ya veremos! Y
marcha enardecido, con su paso marcial. Una
cosa comprendo: me persigue, me perseguirá hasta el fin. Me asediará
hasta que huya, Durante
estos últimos sesenta días, los oficinistas —a veces, acompañados
por el alemán Permanezco
callado, encerrado en esta bodega, sin poder confiarle a nadie mi
angustia, Mis
pensamientos giran en un mismo círculo: ahí está el balance.
Desde principios de año, Anoto
en mi libreta veinticinco centavos con cargo a mi cuenta para
arreglar el balance. Vendo
dos yardas de tela y robo una cuarta. ¡Otra vez tengo over! Ahora
un trago, otro trago; mi “¿Será
de motor?» Aguzo el oído... ¡No lo es! Bebo
más ron... Así
de noche y de día. No le hablo a mi mujer. Siempre estoy como
ausente, distraído.¡La Mi
mujer me hostiga. De noche, me voy a la tienda y allí me quedo a
dormir, pero con ello --¡No
me haces caso! ¡No lo soporto! ¡Te las echas de preocupado, pero
poco me importa! La
oigo en silencio, aunque creo que voy a enloquecer. Cierro los ojos,
pienso en el inventario,
trato de dormir, ¡y creo que duermo! Ella, en el paroxismo de su
histeria, me sacude y —¡No
te duermas! ¡No te duermas! Miseria.
Me revisto de paciencia. Ensayo ahora por un camino de suavidad. —¿Qué
pretendes? —le pregunto—. Piensa que a las cinco y media debo
estar en pie. Hace Repite: —¡
No vas a dormir! ¡No vas a dormir! Parece
loca. Hago un esfuerzo por contenerme sin pegarle. Toda mi voluntad
quiere Y
si alguien supiera esto, indudablemente me diría: «¿Por
qué no escapas? ¿Qué haces aquí?” Y yo preguntaría: “¿Adónde
he de ir? ¿Y las ¡Pero
mis nervios no resistieron más! Esta
mañana llegó el alemán. Vino gruñendo, protestando de todo. Como
la única lámpara —¡Usted
pida muchas cosas! ¡Usted molesta mucho! La
ira me tiró de los cabellos. Sin embargo —¡miseria!— traté de
explicarle con las mejores Pero
él siguió: —¡No
diga más! ¡Mí no quiere oír! ¡Usted fuñe mucho! ¡Mí...! ¡Hasta
ahí soporté! Lo último lo había dicho en marcha y ya estaba en
su automóvil. En ese —¡Cállese,
alemán! ¡Óigame! ¡Me va usted a oír! Volvió
la cara espantado, como si no diera crédito a sus oídos ni a sus
ojos. Sin darle tiempo —¡Me
va a oír usted! ¡Apague el motor! Obedeció
temblando. Seguí. -¡Usted
me trata como a un perro, alemán! ¡Me quiere ahorcar! ¡Pero usted
me va a oír! ¡Tiene
que oírme! ¡ Óigame! Ya
él no era rojo. Lívido y mudo, temblaba. Yo no podía decir otra
cosa: —¡Óigame,
carajo! ¡Óigame, alemán! ¡Soy un hombre! Me
ahogaba. El no pudo más. El motor arrancó y el carro dio un salto.
Lo vi perderse en un Cuando
volví a la tienda, estaba como idiota. Mi mujer me miraba sin
comprender. Sintió —Arregla
nuestras cosas. Me
oyó asombrada, pero obedeció. Abrí una botella de ron y comencé
a beber. Casi no oía a Cleto,
que habiendo presenciado el suceso, me decía: —¡Yo
sabía que uté era macho, vale! ¡Así se le habla a ese carajo! ¡Eso
mielda! *
* Se
fue mi última noche de finca. Amaneció. A las ocho de la mañana
llegaron los oficinistas La
voz del que tomaba el inventario sonaba monótona:.—Seis botellas
de ron, a treinta. Siete latas de mantequilla, a treinta y cinco.
Sesenta yardas El
nuevo bodeguero vaciaba graneros, agachado. Yo sumaba las órdenes y
contaba fichas de —¿Qué
pasando a compai bodeguel? ¿Lo van a traladar? —¡Tan
buena persona! ¿Será botao? Los
más, despreocupadamente decían: —Da
lo mismo. No hay bodeguero bueno. Tó son ladrone. Vieja
Mercé lloraba. Gemía: —¡Ay,
Danielito! ¡Ay, Danielito! ¿Quién me dará el pan ahora pa mi
hijo lisiao? ¿Quién?... Nica
y Manuela, también lloriqueando, consolaban a mi mujer. Viejo
Dionisio no estaba en Los
que tomaban el inventario terminaron. Liquidaron las partidas. La
voz de un oficinista —Tienes
cuatro pesos y un centavo de over, desde el último inventario a
esta fecha. Yo
me había cargado tres pesos por temor a tener déficit. Firmamos
los papeles y salí de la tienda para no entrar más. ¡Qué
sensación! Yo no era el mismo. Tropezaba al andar. No sabía estar
libre. ¡Ay, la Me
fui con los oficinistas al pueblo. Mi mujer quedó en el batey. A
las tres horas me hallaba Viejo
Dionisio y Cleto ya habían regresado. El mayordomo casi no hablaba.
De rato en rato, —¡Miren
que vaina! ¡Trabajar con eto maldito e una degracia. ¡Miren qué
vaina! El
policía, malhumorado, como gruñendo, murmuraba entre dientes: —¡Qué
jodiendal ¡Maidita sea! Y
escupía a diestra y siniestra. Después...
yo creo que estuve algo idiota, porque no podía definir mi
verdadero estado, a La
vista del pueblo, medio kilómetro antes de llegar,. fue lo que me
volvió a la consciencia, ¡Creo
que traigo el alma rota! “¡Mi
pueblo! Te veo dormitar y me atemoriza tu sueño al pie de aquellas
chimeneas. Caerán “Me
apena ver que ya no pareces un pedazo de mi tierra. En tu propia
casa te has tornado Se
crían enclenques, pusilánimes, encogidos, haciendo de sirvientes
del ingenio, y en sus labios “Por
tus calles se camina con temor, mirando hacia atrás. Ningún hombre
es capaz de hablar “¡Ingenio poderoso, que por tus chimeneas escupes diariamente la cara
de Dios! ¡Blancos Al
día siguiente fui a la oficina del manager. Pasé entre los
empleados indiferentes, y fui —¿Qué
te ha pasado? Yo respondí —Nada
sé. Fingió
asombro y murmuró entonces: —¡Es
raro! ¿Quieres ver al viejo? —A
eso vine —le dijo.—. Creo que me sobra algo y quiero liquidar mi
cuenta. -Me
dijo lo que sin necesidad se le dice a otros tantos: —¡Hombre!
No hay que perder la esperanza. Esto se puede arreglar. Debe ser un
castigo. Espera... Ocupé
una silla que me señalaba. El gran rubio, desde su escritorio, fingía
no oír, a pesar de A
los pocos minutos apareció un empleado con una nota para la oficina
principal del central. Se
la llevó al manager. El obeso individuo la leyó y firmó. Me le
acerqué. Me retozaba el deseo —No
pierdas la oportunidad. Pregúntale por qué te dejó sin trabajo.
Quizás sea un castigo... Yo
oía sin contestarle porque bien sabía que me empujaba nada más
que pera oír la —Pregúntale,
pregúntale... Y
fue tal su insistencia que sin darme cuenta le hablé al grotesco
personaje: —Mr.
Robinson, ¿por qué me dejó sin empleo? No
pude evitarlo. El americano levantó la cabeza. Sus ojos azules me
miraron con inquietud. Demostrando
extrañeza me dijo: —Mí
no sabí quién es usted. ¡Como
a todos! ¿Por qué no le pegué? Estaba allí como un imbécil.
Respondí: —Yo
soy el bodeguero Daniel Comprés, a quien botaron hoy. Le
oí exclamar: —¡Ah!
Ya ricuelda... Usted aquí no teniendo más trabajo. Usted teniendo
muy mal carácter. La
compañía quiere gente ¡más pacífica! ¿Qué
me ocurrió? Me repugnaba aquel hombre y me despreciaba a mí mismo.
¿Qué hacía Cuando
salí, en la puerta hallé a varios hombres que me miraban con ojos
inquisidores. En —¡Bajen
de ahí! ¡No hay oportunidad para nadie! El
asco me revolvía el interior. Unas yanquis bajaban de un automóvil
alborotando en inglés. Los
patios cubiertos de grama recortada, a la inglesa, las flores de los
jardines, los cocoteros,.parecían una contradicción a todo
aquello. Después
de haber cobrado mi último dinero, abandoné las avenidas del
central.
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