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Parte III - I

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I

Tuve días de ruda lucha con mi mujer. La madre marchó una semana después de su llegada, porque hacía ya casi tres meses que no atendía a sus otros hijos. Vieja Mercé estuvo seis semanas en el batey donde vivía Melito, haciéndole compañía hasta que pudo traerles a él y a los suyos, y durante ese tiempo, me vi en la necesidad de recurrir a una haitiana para que me atendiera la casa.

Pero tuve que hacerlo todo. La negra y grajosa mujer no sabía cocinar, ni tenía costumbres, ni la más leve noción de lo que significa limpieza. A los tres días de lucha, me vi en el caso de despedirla, y desde entonces hasta el regreso de la vieja Mercé, fui cocinero, enfermero y perro guardián de mi mujer.

Ella no podía valerse y tuve que bañarla por buen espacio de tiempo. Me las arreglaba para cocinar y atender a la bodega. Desde su cama ella me avisaba cuando un olor se lo denunciaba:

“Se quema la carne", "se queman las habichuelas", “se ha botado la leche", y yo abandonaba mi puesto detrás del mostrador y corría hacia la cocina. Mientras tanto, era todo oídos para no dejarme sorprender por Mr. Baumer, o por cualquier otro alto empleado del central, fuera de mi lugar, porque ello implicaba la pérdida del empleo.

Aprendí en poco tiempo a distinguir todos los ruidos. ¿Qué bocina de automóvil no conozco, aunque para un novato todas suenen lo mismo? ¿Qué ruido de motor no distingo? Ya sé, desde mucho antes de ver un vehículo, tan sólo por el zumbido de la máquina, si viene el subadministrador del central, si es el superintendente de campos, si es Mr. Baumer, si es el segundo manager. ¿Y motores de vía, budhas? Los conozco todos, sin verlos. Cuando es la ambulancia, ya sé que es ella; cuando es el que utilizan los reparadores de vía, también lo conozco; cuando se trata del majestuoso que usa exclusivamente el administrador del central, lo sé también desde muy lejos, y cuando oigo las explosiones de un motor nuevo, no me cabe tampoco duda: o vienen en él los oficinistas a pasar el inventario, o Mr. Baumer ha hecho uno de sus frecuentes cambios de vehículo y en él viene.

Así, nunca me he dejado sorprender fuera de mi lugar en la bodega, aunque ello me haya costado dejar de ser el hombre que era. Significa mucho pasar semanas enteras higienizando a su mujer, que ya no es un ser racional, sino una pobre criatura convaleciente, llena de caprichos; semanas durmiendo en el piso, frente a la cama de la enferma, velando, porque de noche ella se cae como un niño, mientras duerme; semanas, meses, haciendo trampas para evitar que descubran un déficit; semanas, meses, temiéndoles a todos los ruidos, encerrado en una casita techada de zinc, en medio de los cañaverales. Significa mucho, y bien puede ello alterar los nervios y cambiar casi radicalmente el carácter de un hombre.

Ya no soy el mismo, ni mi mujer es la misma, ni vieja Mercé es la misma, ni la gente de la finca es la misma. Es tiempo muerto y todas las caras están adustas. Un gran porcentaje de empleados ha recibido lo que cínicamente la compañía llama “vacaciones sin sueldo".

Es decir, han sido abandonados a su suerte, sin empleo, hasta la próxima zafra, por economías. Los otros ganan ahora menos porque a todos se les rebajó el 10% de sus sueldos, como todos los años. Están hoscos. La finca dormita.

Yo pienso en mi déficit y me desespero. Ahí, sobre mí, está siempre el techo de zinc de la bodega, recalentándome los sesos. Cuando no sopla brisa, todo es sopor, marasmo. El calor es tan denso que casi puede asirse, y por todas partes, ¡los cañaverales! Frente a mí están los cañaverales; a mi lado están los cañaverales; a mi espalda están los cañaverales. ¡Cañaverales!

Sobre ellos siempre un cielo limpio y alto, como un desesperado ojo sin párpados, desde el cual se desparrama un sol de fuego. Cuando uno siente que en la cabeza un incesante dolor martillea, y siente que le brota un sudor aceitoso por todo el cuerpo, y tiene deseos de arrancarse las ropas y gritar, mira ansioso hacia los cañaverales, y la vista se quema en el resplandor de hoguera que parpadea sobre ellos, el horizonte, por encima de cualquier silueta de montaña que se recorte apagada a lo lejos, por encima de cualquier mancha que aparezca en los cañaverales.

Son los días del tiempo muerto. Los empleados que están “de vacaciones” y los otros cuyos sueldos han disminuido ya por quinta o sexta vez, andan desorientados. El ron los quema por dentro y el sol por fuera. Se ahogan en una sorda inconformidad que no comprenden; una inconformidad pesada, de plomo derretido, que deforma y acaba sus vidas inexorablemente. Cuando los veo, sólo pienso en ellos y creo que más me duele lo suyo que todo lo mío. Me crece, encendido, un gran deseo de gritar a todos los vientos, denunciando cómo se destruye a los hombres en estas fincas. Quiero hacerlo, creo que puedo hacerlo, y comienzo a escribir nerviosamente, trazando signos desiguales, con gran fuerza. Mi letra irregular llena hojas y hojas, que voy amontonando con fiebre, ¡hasta que al fin se me vacía el pecho! Entonces leo aquello, y a medida que repaso las hojas unas tras otra, unas tras otra las voy rompiendo, decepcionado, convencido de que allí sólo hay imprecaciones inútiles, ideas inconexas.

Entonces todo es abatimiento. Cuando se está así, ya no se siente amargura, ni rebeldía, ni deseos. No se encuentra esa fuerza que poco antes le hiciera a uno sentirse capaz de conmover el mundo, de remover la tierra, y se ahoga el hombre en un apocamiento que sólo incita a escapar de todo y de todos, para echarse por ahí en algún sitio, sin pensamientos y sin deseos.

Cuando estoy así, casi siempre se me acerca mi mujer con un mimo. Su presencia me molesta. ¿Qué tengo de común con ella ni con nadie? Siento horror ante la perspectiva de tener que hablarle, y casi gimiendo le suplico: «Déjame quieto”. Pero no comprende—¡cómo va a comprender!—, y mis palabras la ofenden. ¡Absurda situación! Trato de explicarle que en esos momentos sufro crisis que me impiden relacionarme con cualquier persona, inclusive con ella; pero con ello agravo más la situación. Se exaspera, pierde el tino, y hace mil escenas ridículas que irritan más mis nervios y me hacen perder mi dominio. Una ira salvaje me golpea las sienes y salgo de la casa como un vendaval.

Ambos atravesamos desde hace tiempo por un estado anormal. Ella, repuesta ya en lo físico, aparentemente, se ha tornado altiva, agresiva, nerviosa, tonta, hasta el extremo de que pocas noches me deja dormir. La obsesionan unos celos estúpidos y se empeña en retenerme toda el día entre estas cuatro paredes, alejándome de toda sociedad, porque nada la martiriza tanto como oírme enfrascado en largas conversaciones con mis amigos, después de haber pasado una semana a su lado, pronunciando escasas palabras, leyendo, escribiendo, o si no, frente al mostrador.

En vano, trato de explicarle mi necesidad de relacionarme, de caminar siquiera en el batey.

Se me aferra al cuello y dice: ¡“Llévame!”.

A veces lo hago. Paseamos a caballo por los carriles, visitamos otros bateyes; pero como mi ánimo no está para hablar del paisaje, marcho silencioso a su lado cuando ella quisiera que de mi boca saliera un inagotable torrente de charla llana. Su vista no se aparta de mí; la mía se pierde en los cañaverales, en el horizonte, sin ver nada.

—¡Háblame algo! —me dice cuando así caminamos.

Tengo que hacer un gran esfuerzo para responderle:

—¿De qué he de hablarte? Sobre lo que pienso es inútil que te diga, y de otra cosa... ¡no sé decir una palabra!

Seguido estalla:

—Es que me tienes por más ignorante de lo que soy, no me aprecias, para ti soy un animal.

¡háblame de cualquier cosa!

Es inútil cuanto hago por calmarla. Solloza furiosa:

—¡No me dices nada! ¡Qué vida llevo! ¡Qué desgraciada! ¡Para ti soy una bestia!

Me invade la pena. Siento que soy culpable de un crimen. Me reprocho el hecho de haberla traído a mi lado porque debí comprender que no podía ser mi compañera. Y un abismo que se ensancha por horas, se abre entre los dos. Entonces quisiera ser un hombre como la mayor parte de los que hay en el mundo; como casi todos los de ayer, los de hoy y los de siempre; como todos los que viven para tener hijos y hablar y dormir con su mujer. Quisiera ser como el marido de mi cuñada, cuyos problemas son trabajar, comer y estar con ella, mientras ella sólo piensa en lavar, cocinar y limpiar la casa con él.

Comprendo que mi cabeza está demasiado repleta de ideas fuertes; de ideas que quizás no puedo plasmar, y que pienso demasiado en la injusticia; que no me resigno a llevar una vida de imbécil, y que todo eso es un enigma para mi pobre mujer, cuya venganza se desahoga contra todo lo que ella cree que nos separa; ya sean libros, manuscritos o amigos..Cuando estoy leyendo, me obliga a observarla. Mueve las cosas, ruidosamente, tropieza con todo; si habla, es con voz irritada. A veces, no puedo soportar tanto ruido y la reprendo. Entonces llora como una tonta. A tal punto ha llegado su nerviosismo, que ya no les oculta su antipatía a mis amigos, con quienes comete imperdonables faltas de educación que los están alejando de mi bodega. A Eduardo hace poco que no le respondió el saludo; cuando alguien está conmigo, pasa entre nosotros, intempestivamente, sin decir palabra.

Como resultado, la casa se me hace insoportable. Esto es muy estrecho y aquí siempre hace calor. Cuando cierro la tienda y me hallo en uno de estos cuartitos, forzosamente cerca de mi mujer, atormentado por toda clase de ruidos, mis nervios trepidan. Oigo los sonidos, exageradamente, me crece la ira. Entonces, me echo afuera y marcho a casa de Cleto, a casa de viejo Dionisio, o me voy simplemente a vagar por los carriles cercanos, como un loco. Y más  vago por los carriles, porque cuando voy a casa de mis vecinos, Cleto y el mayordomo se dan cuenta de mi situación, porque también hasta allí va mi mujer. Desde que llega se me cuelga del brazo y, sin reparar en nada ni en nadie, comienza a decir: “¡Tengo miedo de quedarme sola! ¡!Tengo sueño! ¡Vamos a casa! ¡Camina!”.

Hago lo posible por permanecer sereno. Casi siempre voy tras ella, pero casi siempre —si ocurre esto en casa de Cleto—, el policía no disimula una sonrisa irónica y escupe... A veces, como hablando consigo mismo, comenta: “¡El que tiene rabo!...” Y ello me avergüenza...

Una noche le pedí prestado su mulo al policía. Fui por los carriles hasta las bodegas de Eduardo y Valerio. ¡Buen trecho! Mi déficit había aumentado mucho y después de la visita de mi nuevo vecino, la actitud del alemán no podía ser más significativa.

Con ellos y con el inglesito conseguí dinero y algunos efectos que trasladé en el animal y

que luego puse en mi bodega. Y lo hice a tiempo, porque seguido se inició una serie interminable de inventarios.

En este mes, los oficinistas han venido tres veces, y a tal extremo ello me excita que, a pesar de haber repuesto el dinero no encuentro tranquilidad. Por lo menos una vez a la semana paso inventario de noche, para cerciorarme de mis cuentas. No hay ventas; las cosas merman. Abrir un saco cuyo contenido no se venderá, en quince días, significa pérdidas. El sueldo no me alcanza para cubrir mis necesidades. Tanto mi mujer como yo hemos perdido todo control en nuestros gastos. Ahora bebo ron diariamente y no sé cómo terminará todo esto.

El alemán me mira como el perro a su presa. Se diría que se lamenta de no haberme pescado.

¡Casi todos los días está aquí! Por cualquier futileza le oigo decir amenazante:

—Mucho cuidado. Nosotros siempre pesca al que falla. Todo el que falla aquí, cae. ¡Nadie escapa!

Es como una fiera. Sus palabras me calan los huesos, me revuelven todo; pero, a pesar de

ello, respondo:

—¡Eso es al que falla!

El, con una sonrisa que da frío, siempre dice:

—Bueno... ¡Ya veremos!

Y marcha enardecido, con su paso marcial.

Una cosa comprendo: me persigue, me perseguirá hasta el fin. Me asediará hasta que huya, hasta que encuentre un déficit o hasta que reviente o me cuelgue. La figura de mi compañero suicida, llena mis sueños.....¡ Inventarios! ¡ Inventarios! ¡ Inventarios!

Durante estos últimos sesenta días, los oficinistas —a veces, acompañados por el alemán que ha presenciado las operaciones—, han venido seis veces a mi tienda. ¡No puedo ya con mis nervios! ¡Y no puedo protestar!

Permanezco callado, encerrado en esta bodega, sin poder confiarle a nadie mi angustia, viendo cómo en cada inventario mi destino sigue pendiendo de un hilo, gracias a un microscópico over de algunos centavos que arrojan las cuentas sobre el pequeño superávit anterior. Cada vez que toco algo de la bodega, lo anoto. Cada vez que vendo algo, pienso en la ganancia, por pequeña que sea. Cada vez que algo cae al suelo, pienso en la pérdida aunque parezca invisible e insignificante. ¡Es una obsesión!

Mis pensamientos giran en un mismo círculo: ahí está el balance. Desde principios de año, he dado sesenta y ocho dólares y veintisiete centavos de over. Como esa suma no aparece en ningún libro porque la oficina la deja así hasta fin del año comercial de la compañía, la tengo anotada por ahí ocultamente. ¡$68.27! Después de anotarla, cayeron al suelo cuatro onzas de arroz. ¡ Ya son $68.25! Vendí veinte libras, robé treinta onzas, ¡pero abrí un saco que tenía cinco libras de menos! Bebí un trago de ron. ¡Ya hay déficit!

Anoto en mi libreta veinticinco centavos con cargo a mi cuenta para arreglar el balance.

Vendo dos yardas de tela y robo una cuarta. ¡Otra vez tengo over! Ahora un trago, otro trago; mi mujer quiere azúcar, ¡otra vez déficit! Mi crédito está cubierto hasta mañana y bebo más ron. Me doy a pensar: “¿Si viene el inventario? ¿Si no esperan hasta mañana? ¡Todavía es temprano y pueden llegar”... Las horas son lentas, lentas. Oigo un ruido. Crece mi inquietud. Me pregunto:

“¿Será de motor?» Aguzo el oído... ¡No lo es!

Bebo más ron...

Así de noche y de día. No le hablo a mi mujer. Siempre estoy como ausente, distraído.¡La vida del hombre es miseria! ¿Qué hay de común entre mi mujer y yo? Nada puede haber. ¡Sólo miseria! Hace más de quince noches que no duermo. Ella está intolerable. Yo sólo pienso en el over y en un déficit, aunque sea de dos centavos. Pienso en la deshonra y en aquel bodeguero ahorcado. En sueños, oigo la voz de Mr. Baumer: “Diez putellas de ron.., seis sacos de arroz... Diez..."

Mi mujer me hostiga. De noche, me voy a la tienda y allí me quedo a dormir, pero con ello nada remedio. Desde una ventana de rejas, que hay entre el aposento y el depósito, ella, en ropa de noche, como una loca, despeinada, chilla . Si para poner fin a la escena abro la puerta, entonces comienza ‘otra’ peor. Entra y va hacia mí. Comienza a recriminarme, barbotando necedades sin fin:

--¡No me haces caso! ¡No lo soporto! ¡Te las echas de preocupado, pero poco me importa! ¡No lo aguanto!

La oigo en silencio, aunque creo que voy a enloquecer. Cierro los ojos, pienso en el inventario, trato de dormir, ¡y creo que duermo! Ella, en el paroxismo de su histeria, me sacude y grita una y otra vez:

—¡No te duermas! ¡No te duermas!

Miseria. Me revisto de paciencia. Ensayo ahora por un camino de suavidad.

—¿Qué pretendes? —le pregunto—. Piensa que a las cinco y media debo estar en pie. Hace mucho que no me dejas dormir. Debo trabajar para los dos. Serénate.

Repite:

—¡ No vas a dormir! ¡No vas a dormir!

Parece loca. Hago un esfuerzo por contenerme sin pegarle. Toda mi voluntad quiere considerarla enferma. Digo: “Han sido las noches que pasó casi abandonada en aquel calabozo del hospital; fueron los gritos de aquellos peones, ¡es la finca! No le haré caso”. Ella insiste hasta el amanecer. Cuando el Big Ben toca las seis, estoy borracho de sueño; pero siento un alivio,.porque ya ella se irá a dormir, y yo comenzaré a beber ron. Porque entonces es el día, y sólo a fuerza de ron lo resisto. ¡Sólo a fuerza de ron!

Y si alguien supiera esto, indudablemente me diría:

«¿Por qué no escapas? ¿Qué haces aquí?” Y yo preguntaría: “¿Adónde he de ir? ¿Y las deudas? ¿Y mi mujer? Si mis nervios resisten...”

¡Pero mis nervios no resistieron más!

Esta mañana llegó el alemán. Vino gruñendo, protestando de todo. Como la única lámpara de la bodega está inservible por lo vieja, le pedí una nueva, y ¡esto le irritó! Como si le hubiera mordido un animal ponzoñoso, al oír mi pedido comenzó a chillar:

—¡Usted pida muchas cosas! ¡Usted molesta mucho!

La ira me tiró de los cabellos. Sin embargo —¡miseria!— traté de explicarle con las mejores razones que hallé que él estaba equivocado, que yo me hallaba en mi razón al solicitar aquello.

Pero él siguió:

—¡No diga más! ¡Mí no quiere oír! ¡Usted fuñe mucho! ¡Mí...!

¡Hasta ahí soporté! Lo último lo había dicho en marcha y ya estaba en su automóvil. En ese momento lo echaba a andar. Corrí hacia él. Mi mano cayó en la puerta del vehículo, como una garra. Planté el pie en el estribo y grité:

—¡Cállese, alemán! ¡Óigame! ¡Me va usted a oír!

Volvió la cara espantado, como si no diera crédito a sus oídos ni a sus ojos. Sin darle tiempo a responder, seguí roncando a gritos:

—¡Me va a oír usted! ¡Apague el motor!

Obedeció temblando. Seguí.

-¡Usted me trata como a un perro, alemán! ¡Me quiere ahorcar! ¡Pero usted me va a oír!

¡Tiene que oírme! ¡ Óigame!

Ya él no era rojo. Lívido y mudo, temblaba. Yo no podía decir otra cosa:

—¡Óigame, carajo! ¡Óigame, alemán! ¡Soy un hombre!

Me ahogaba. El no pudo más. El motor arrancó y el carro dio un salto. Lo vi perderse en un carril a toda velocidad.

Cuando volví a la tienda, estaba como idiota. Mi mujer me miraba sin comprender. Sintió temor de acercárseme. Permanecí largo rato sentado en una caja y luego le ordené:

—Arregla nuestras cosas.

Me oyó asombrada, pero obedeció. Abrí una botella de ron y comencé a beber. Casi no oía a Cleto, que habiendo presenciado el suceso, me decía:

—¡Yo sabía que uté era macho, vale! ¡Así se le habla a ese carajo! ¡Eso mielda!

* *

Se fue mi última noche de finca. Amaneció. A las ocho de la mañana llegaron los oficinistas con otro bodeguero. En sus rostros se notaba cierta pena, porque de cuantos hay en este departamento por encima de los encargados de tiendas, creo que son los únicos humanos.

La voz del que tomaba el inventario sonaba monótona:.—Seis botellas de ron, a treinta. Siete latas de mantequilla, a treinta y cinco. Sesenta yardas de tela, a cuarenta. Diez botellas de vino, a treinta y cinco...

El nuevo bodeguero vaciaba graneros, agachado. Yo sumaba las órdenes y contaba fichas de carne. Mi mujer sollozaba en la casa. Los ‘habitantes del batey cercaban la bodega preguntando:

—¿Qué pasando a compai bodeguel? ¿Lo van a traladar?

—¡Tan buena persona! ¿Será botao?

Los más, despreocupadamente decían:

—Da lo mismo. No hay bodeguero bueno. Tó son ladrone.

Vieja Mercé lloraba. Gemía:

—¡Ay, Danielito! ¡Ay, Danielito! ¿Quién me dará el pan ahora pa mi hijo lisiao? ¿Quién?...

Nica y Manuela, también lloriqueando, consolaban a mi mujer. Viejo Dionisio no estaba en casa. Cleto andaba por el batey vecino.

Los que tomaban el inventario terminaron. Liquidaron las partidas. La voz de un oficinista dijo:

—Tienes cuatro pesos y un centavo de over, desde el último inventario a esta fecha.

Yo me había cargado tres pesos por temor a tener déficit.

Firmamos los papeles y salí de la tienda para no entrar más.

¡Qué sensación! Yo no era el mismo. Tropezaba al andar. No sabía estar libre. ¡Ay, la bodega! Tenía ganas de llorar.

Me fui con los oficinistas al pueblo. Mi mujer quedó en el batey. A las tres horas me hallaba de regreso en un camión. El gentío cercó el vehículo y la casa, mientras cargábamos los escasos muebles. Me entristecían las demostraciones de afecto de las gentes, que ahora sinceramente sentían mi partida.

Viejo Dionisio y Cleto ya habían regresado. El mayordomo casi no hablaba. De rato en rato, sólo decía:

—¡Miren que vaina! ¡Trabajar con eto maldito e una degracia. ¡Miren qué vaina!

El policía, malhumorado, como gruñendo, murmuraba entre dientes:

—¡Qué jodiendal ¡Maidita sea!

Y escupía a diestra y siniestra.

Después... yo creo que estuve algo idiota, porque no podía definir mi verdadero estado, a pesar de que a mi lado mi mujer sollozaba.

La vista del pueblo, medio kilómetro antes de llegar,. fue lo que me volvió a la consciencia, y una voz de angustia en mi interior no cesaba de hablar. Murmuraba en mi adentro una especie de lamentación muy amarga. Yo la oía:—” ¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo! Salí de ti una mañana con el estómago vacío; me habías rechazado esa vez, pero todavía mi alma estaba sana. Ahora vuelvo cansado. En unos meses me he vuelto viejo. Me ahoga una gris desconfianza en los hombres.

¡Creo que traigo el alma rota!

“¡Mi pueblo! Te veo dormitar y me atemoriza tu sueño al pie de aquellas chimeneas. Caerán sobre ti, con gran estrépito, y no te quedará nada sano. ¡Nada! Ni siquiera el instinto de vivir.

“Me apena ver que ya no pareces un pedazo de mi tierra. En tu propia casa te has tornado extranjero. Tus hijos no tienen aquella arrogancia y aquella hidalguía que tuvieron sus abuelos.

Se crían enclenques, pusilánimes, encogidos, haciendo de sirvientes del ingenio, y en sus labios jamás florece una sonrisa que no sea de servilismo. ¡Qué anciano eres, siendo tan joven!

“Por tus calles se camina con temor, mirando hacia atrás. Ningún hombre es capaz de hablar en voz alta, como no sea para elogiar al mister. Cuando las locomotoras asustan el cielo con su grito, todos tus hijos callan, como si hablase un dios; y si las factorías —monstruos reales de una nueva y cruel religión—, destrozan un pedazo tuyo —uno de tus hijos—, el resto enmudece, sin lágrimas, y sin protestas.

“¡Ingenio poderoso, que por tus chimeneas escupes diariamente la cara de Dios! ¡Blancos insolentes, rojos de whisky, que nos miran como el amo a su esclavo! Mi pueblo, ¡oh, mi pueblo!, estertor de agonía, en un trozo de tierra prestado donde debiste ser dueño y señor!”....Me ardían los ojos. Volví a pensar en mí, en mi mujer, en lo que debía hacer ese día. Era ya de tarde cuando el camión se detuvo frente a la casa de mi cuñada. Entre el chófer y yo bajamos los modestos muebles. Mi suegra, que estaba allí, tenía el ceño adusto; la hermana de mi mujer me ofrecía una sonrisa sin expresión; el marido estaba ausente. Nubes de polvo vagaban por las calles.

Al día siguiente fui a la oficina del manager. Pasé entre los empleados indiferentes, y fui recibido por el asistente. Una perversidad que le retozaba adentro, se le trocó en sonrisa cuando me preguntó con cinismo jovial:

—¿Qué te ha pasado? Yo respondí

—Nada sé.

Fingió asombro y murmuró entonces:

—¡Es raro! ¿Quieres ver al viejo?

—A eso vine —le dijo.—. Creo que me sobra algo y quiero liquidar mi cuenta.

-Me dijo lo que sin necesidad se le dice a otros tantos:

—¡Hombre! No hay que perder la esperanza. Esto se puede arreglar. Debe ser un castigo.

Espera...

Ocupé una silla que me señalaba. El gran rubio, desde su escritorio, fingía no oír, a pesar de que se enteraba de todo. No levantó la vista. Parecía enfrascado en la revisión de unos papeles que estaban en su mesa.

A los pocos minutos apareció un empleado con una nota para la oficina principal del central.

Se la llevó al manager. El obeso individuo la leyó y firmó. Me le acerqué. Me retozaba el deseo de escupirlo. A mi espalda, la voz del asistente me incitaba:

—No pierdas la oportunidad. Pregúntale por qué te dejó sin trabajo. Quizás sea un castigo...

Yo oía sin contestarle porque bien sabía que me empujaba nada más que pera oír la respuesta del manager y luego hacer, a mi costa, un chiste, como era su costumbre. Su voz seguía diciendo:

—Pregúntale, pregúntale...

Y fue tal su insistencia que sin darme cuenta le hablé al grotesco personaje:

—Mr. Robinson, ¿por qué me dejó sin empleo?

No pude evitarlo. El americano levantó la cabeza. Sus ojos azules me miraron con inquietud.

Demostrando extrañeza me dijo:

—Mí no sabí quién es usted.

¡Como a todos! ¿Por qué no le pegué? Estaba allí como un imbécil. Respondí:

—Yo soy el bodeguero Daniel Comprés, a quien botaron hoy.

Le oí exclamar:

—¡Ah! Ya ricuelda... Usted aquí no teniendo más trabajo. Usted teniendo muy mal carácter.

La compañía quiere gente ¡más pacífica!

¿Qué me ocurrió? Me repugnaba aquel hombre y me despreciaba a mí mismo. ¿Qué hacía allí? Eché a andar... Al salir, el asistente Mr. Lilo me ofreció una nota donde se autorizaba al cajero del central a pagarme seis pesos y centavos, y también me entregó una hoja de liquidación de mi último inventario, en la cual se veía, casi apagada, escondida, la palabra over, seguida de unos números: $401.

Cuando salí, en la puerta hallé a varios hombres que me miraban con ojos inquisidores. En sus rostros se pintaba gran ansiedad. Eran aspirantes a bodegueros que pasaban meses y meses viajando a la oficina de Mr. Robinson, inútilmente. Algunos de ellos habían sido encargados de tiendas y ahora sufrían “un castigo”. En ese momento, la voz del asistente se oyó áspera a mi espalda, dirigiéndose a ellos:

—¡Bajen de ahí! ¡No hay oportunidad para nadie!

El asco me revolvía el interior. Unas yanquis bajaban de un automóvil alborotando en inglés.

Los patios cubiertos de grama recortada, a la inglesa, las flores de los jardines, los cocoteros,.parecían una contradicción a todo aquello.

Después de haber cobrado mi último dinero, abandoné las avenidas del central.

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