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Parte III - II

II

No hace mucho que salí del campo, pero parece que han transcurrido muchos años desde entonces. ¡Suceden tantas cosas en dos meses! Porque nada es estable alrededor de un hombre que se empeñe en mantenerle un rumbo fijo a su espíritu. Los demás le forcejean con violencia; si cede, instintivamente le consideran inferior y le desprecian; si no cede, se enfurecen contra él y le magullan o le arrojan. Quizás nadie lo entienda, pero así es como lo veo y lo siento. Y sobre todo ahora, recordando la historia de estos días pasados.

Al salir de la finca, mis nervios se rompían, mi cabeza giraba, mi pecho quería reventar.

Pero cuando de mi vista desaparecieron los cañaverales y los hombres molidos, y cesó el tormento de aquel techo de zinc de la bodega que me cocinaba vivo, sentirme como aligerado de un enorme peso.

Encerrado en el cuarto que nos destinaron a mi mujer y a mí, dormía la mayor parte del tiempo. Atolondrado, no pensaba en otra cosa que no fuera descansar, descansar, descansar. .. no sé hasta cuándo hubiera seguido así, de no haberme recordado mi compañera que los seis pesos que me pagó el central, habían tocado a su fin, y que era necesario buscar otros, trabajar.

¡Trabajar! ¡Dónde había trabajo? Y dinero, ¿dónde había?

Por primera vez quise creer en la fábula del Edén, y lamenté que se hubiera perdido aquella maravilla. Desde entonces no volví a vivir en paz, porque a todas horas parecía decirme el aspecto sombrío de mi mujer:

—Busca trabajo. Busca dinero.

Yo pensaba que indudablemente algunas personas han nacido para que nadie las comprenda, y que entre esas me encontraba yo; porque no había uno, entre los que me rodeaban, que comprendiera mi estado de ánimo. Todo era lamentarse de la violencia que me hizo perder el empleo, y de mi modo de ser. Exponían con razones que consideraban irrebatibles, sus conceptos sobre la necesidad de conservar el empleo a costa de cualquier sacrificio. Con frecuencia les oía decir:

En este tiempo hay que soportar patadas, si es necesario, para no perder lo que nos proporciona el pan.

¡El pan! Siempre el pan. ¡Cuántas bajezas por el pan! Y mi angustia no podía ser mayor, porque mis razonamientos, harto oscuros para todos, se estrellaban en el muro de la incomprensión general.

Tuve que resignarme a oír sermones, consejos y mil cosas de esa laya, por el hecho de que quien lo daba todo en la casa era el marido de mi cuñada.

¡Penosos días! La creencia de que yo era un chiflado echaba raíces con gran rapidez. Una frialdad que congelaba el ambiente, me azotaba el rostro. Nadie confiaba en mí. Y aquel estribillo de mi mujer:

—Hace falta dinero. Busca qué hacer.

Desolado, no cesaba de hacerme preguntas:

¿Será mi mujer un verdugo? ¿Podrá decirme alguien para qué nací?

Y me iba a la calle, sin rumbo, en busca... ¡no sabía de qué!

No quedó tienda donde yo no fuera en busca de trabajo, pero no lo obtuve sencillamente porque en los establecimientos del pueblo, ni aun los dueños hallan qué hacer. Todo parece estar sumido en profundo letargo. Lo poco que se vende es a crédito y casi nunca se cobra. Los establecimientos cada vez son menos. No puedo olvidar lo que me dijo el último comerciante con quien me entrevisté:

Amigo, cualquiera le daría trabajo, pero el negocio no vale ya la pena. Usted sabe, que el noventa por ciento de la gente que trabaja en la región, vive del central, y que el central ha monopolizado el negocio. Si la compañía no ejerciera el comercio al detalle, quizás se podría vivir, pero usted sabe que ella lo resuelve todo con provisiones y mercancías, porque cuenta con todos los recursos para obligar a los que dependen de ella a comprar en sus tiendas. Sus peones cobran semanalmente y sus empleados todas las quincenas, pero todo el mundo sabe que ello no significa nada para el que cobra ni para nosotros. La pequeñez que le sobra a esa gente no le alcanza para nada y atento a ella el comercio particular no puede vivir. Lo que cobran los días de pago es una piltrafa que les echan para que crean que trabajan por dinero, y nada más. ¡Y nada podemos decir! Porque los métodos coercitivos que posee la compañía son tan perfectos que ante la imposibilidad de hacemos oír, si denunciamos la extorsión, sólo nos queda el recurso de callar.

¡Sólo nos queda el recurso de callar! Lo dijo aquel hombre y ¡de qué valía mi indignación!

Nadie mejor que yo conocía esos métodos perfectos de que se vale el central. El sistema de avances en órdenes contra sus tiendas exclusivamente, y la pequeñez de los salarios, le dejan muy pocas veces algún residuo al trabajador, y como el central ejerce un espionaje abrumador sobre sus dependientes, ellos, por agradar al amo y por conservar el pan, gastan lo que les sobra en sus tiendas.

¡Malditas tiendas! En ellas es donde se paga la zafra. Es con provisiones y mercancías que arrojan como mínimo un treinta por ciento neto de ganancias, con lo que se paga la elaboración de los millones de quintales de azúcar que produce la región. ¡Es con arroz, arenques, harina de maíz, bacalao y fuerte azul, con lo que se les paga a miles de eslavos! Porque los pagos son una mentira. El peón, el empleado o como se llame, tiene que gastar más de un sesenta por ciento —casi nunca baja de un ochenta o un noventa por ciento— de su salario o sueldo, y luego, aquello que le sobra es tan poco, sirve para tan poca cosa, que horas después cae en el cajón de las bodegas.

Y como dijo el comerciante aquel, “es necesario callar”, en vista de que nadie prestaría oídos a una denuncia sobre esa explotación, y estando seguros, como todos están de que cualquier simulacro de investigación nada llegaría a probar, porque el central es todopoderoso.

¡Todopoderoso! ¡Todos lo saben! Los vendedores de leche, los panaderos, los carniceros, todos gritan, todos dicen:

—Si el central sólo hiciera azúcar podríamos vivir. Y es que el central hace de todo y vende de todo, ¡hasta hielo y carbón!

¡ Qué rapacidad! Por no dejar de quitarnos, hay días que hasta nos quita el sol, porque el humo de sus chimeneas es tanto, que cubre pedazos de cielo.

Tales impresiones recogía en la calle, y ¿no era natural que viera el central con horror? Allí estuve prisionero, allí fui martirizado, humillado; allí se me cayó parte del pelo; allí vi un amigo ahorcado, otros locos, desesperados, bajo el peso de esa organización cuya única religión es el over. Allí —¿necesito decirlo?— ¡allí no volvería más! Y así se lo decía a mi mujer:

—¡No vuelvo al central! ¡No vuelvo al central!

Mi situación siguió estrechándose. Ya en La cesa se me negaba el saludo. Para todos yo era un holgazán. Un chiflado.

—¡Tanto que trabaja mi marido! —decía mi cuñada.

—¡Tan estrecha la casa! —suspiraba mi suegra.

Y mi mujer.

—Busca jabón para la ropa. Busca dinero para la lavandera. Necesito un vestido. Busca trabajo.

Jamás creí que se podría acosar tanto a un hombre. Un día de esos, crucé al fin la frontera de mis escrúpulos y me decidí a recurrir a los viejos amigos, a los camaradas que seguían en el trapiche de la finca. Y fui a casa de Eduardo...

Recuerdo el día. ¡Qué cariñoso recibimiento! Me abrazó como a un hermano.

—Lo tuyo nos duele en carne viva —me dijo—. ¡No sabes cuánto nos ha desalentado esa injusticia! Pero no olvides que estamos aquí. Tú sabes que siempre puedes disponer de una parte de nuestros sueldos. Al menos del mío y creo que también del que gana Valerio.

No sé por qué una rara emoción me hacía encoger la piel de la cara. Un deseo de abrazarlo fuerte y largamente me subía al corazón. No era por el dinero que ya me había dado, sino porque al fin hallaba una persona que no me hiciera acusaciones por haber perdido el empleo.

Después, entrada la noche, frente a una mesa donde se amontonaban unos platos con restos de comida, vaciando la segunda botella de ron, su voz era una ola de indignación:

—Los gobiernos castigan a los desesperados que matan a los explotadores y cometen actos de terrorismo, pero a quienes deberían castigar es a estos capitalistas sin entrañas. Cegados por su fiebre de atesorar dinero, y empecinados en conceptos de superioridad racial, explotan, oprimen y siembran tal rencor en los hombres, que cuando el día del estallido inevitable llegue, la venganza de las masas lo arrasará todo como un huracán!...

Y todavía, al acostarnos, su voz seguía diciendo:

—Es lástima que en una tierra donde siempre debió haber paz se haya conocido esta injusticia. Se le está creando un porvenir sombrío a nuestro pueblo, porque nuestros hombres quedarán incapacitados para toda obra de bien, de seguir amargándoseles así; ¡estrangularán en ellos hasta el último buen sentimiento?

Quedaba en silencio, sacudía la cabeza y otra vez murmuraba:

—¡Es una lástima!.

Pasó la noche. Al día siguiente fui en un caballo de mi amigo, hasta un pobladito que se arrastra en un camino real que desemboca en la carretera. En ese lugar esperaría un automóvil; mientras mi vista examinaba aquel raro caserío que ya no podría crecer más.

¡Triste y sufrido poblado aquel! La necesidad de vivir llevó a sus fundadores a ese lugar.

Levantaron sus enramadas y casuchas allí, porque el camino, era del gobierno y el sitio estaba al pie de una oficina de pago del central. Tuvieron miles de inconvenientes porque desde un principio la compañía trató de barrerlos, pero se. agarraron con dientes y uñas a esa faja de tierra nacional, cuyo ancho no excede de cuarenta metros, y formaron dos hileras de casas, sin patios.

Casi todas aquellas construcciones de madera, techadas de zinc están ocupadas por establecimientos comerciales, y sus dueños viven porque algo venden de día en día, a los peones de la finca. Pero es imposible que haya en la tierra otra comunidad tan humillada como esa. Las alambradas del central clavan sus púas en las paredes posteriores de las casas, como dándoles un empellón brutal, para arrojarlas del sitio. No ha habido forma de obtener una cuarta de tierra para letrinas y patios. Los hijos de aquellos hombres no han hallado lugar para sus juegos infantiles, y como una ironía: miles, ¡miles de hectáreas del central! hasta más allá de la línea del horizonte.

Y no son los alambres únicamente los que estrechan la vida de los moradores de aquel poblado. Sus tiendas, como las del pueblo, dormitan. Ese día les vi a todos, uno por uno, leyendo periódicos, o mirando, de codos al mostrador, la lejanía, mientras en la bodega que a la entrada del poblado, como un tapón les ha ajustado la compañía, una turba de peones se desgañitaba voceándoles a dos dependientes que no podían despacharles.

¡Duro espectáculo!

* *

Otro día estuve donde Valerio. Exaltado como siempre, saltó el mostrador y me alcanzó con los brazos abiertos. Lo primero que hizo fue brindarme medio vaso de ron, porque sigue sosteniendo su vieja teoría de que sólo borracho se puede vivir en medio de estos cañaverales.  Me habló largamente lo que significa el ron para los que no pueden darle rumbo a su vida, y afirmó su teoría con argumentos contundentes.

—Si uno es un trapo, debe estar borracho. ¿Qué rayos puede hacer aquí un desgraciado?.¿Pensar en sacar over y echar barriga? ¿Sacarles las tripas a estos peones a sangre fría? ¡No fuñan! ¡Hay que estar borracho!

Luego concluyó:

—Y además, nosotros somos hijos del ron. Estamos destinados a nacer, a crecer y a morir bajo la influencia del ron. Esto, compadre, sólo se puede ver desde un tonel de ron. Aquí todo es ron, mi viejo...

Yo le oía, sonreído, aun a mi pesar, y pensaba que con el ron también nos robaron la tierra, y con ella la felicidad.

Esa noche nos emborrachamos, para confirmar la teoría de Valerio. La mujer de mi amigo, como siempre, permanecía callada, serena, sin expresión alguna, al lado de la mesita donde una lámpara de petróleo, derramaba su pobre luz. Los chiquillos roncaban. Cuando llegó la hora de acostarnos, me improvisaron dormitorio en el cuartito que en las casitas de la compañía hace las veces de sala, cocina y comedor.

La voz de mi amigo rezongaba desde el aposento:

—No queda otro remedio que estar borracho, hermano. ¡No queda otro remedio!

Casi lloraba.

Después viví unos quince días algo tranquilo. Pero ¡son tan poca cosa ocho o diez pesos! Y los míos —¿cómo evitarlo?— tocaron a su fin, como todo en la tierra; y volvió la desesperación a mi vida.

En la casa, el ambiente era punzante. Mi cuñada quería romper las puertas, de tanto que las estrellaba, cuando me veía. El marido evitaba hallarme. Mi suegra, como siempre, se mostraba indiferente y soltaba suspiros. Hasta que al fin comprendí que allí alguien estaba de más, molestando al resto, y que ese alguien era yo.

A esa conclusión llegué una noche, después de acostado. Los demás, inclusive mi mujer, se desternillaban de risa en la galería. Entré al cuarto. Mi mujer no vino, como en otros días, a arreglarme la cama. Las risas, afuera, seguían. Se me retorcía el corazón. Hilvanaba en mi mente un discurso, en el cual vaciaría todo mi desengaño antes de partir. Me colocaría en medio de todos y les diría:

¡Eh, ustedes! Recuerden que en mi casa fui un caballero. Todo lo mío —casi nada—, pero todo lo mío, ¡era de ustedes! Siempre hallaron abierto mi corazón, y ahora, en pago, ¡me echan! ¡Sí, porque no es otra cosa lo que hacen!

Me vestí. Cuando asomé a la puerta, todos hicieron silencio, a pesar de que ninguno quiso mirarme. Les miré a todos, erguirme cuan alto soy... ¡pero se me ahogó el discurso y me fui sin decir palabra!

Después, ¡ah! después... ¡Nadie lo creería! Lo que me sucedió no lo entendería yo mismo de haberle ocurrido a otro. Experimentaba la sensación que sentimos cuando nos enfadamos injustamente o nos quejamos sin razón.

¡Eso sentía yo! Y lo repito, de haberle sucedido a otro, no lo hubiera comprendido.

Una voz lejana me explicaba todo en forma que apagaba mi indignación y aumentaba mi amargura. Las palabras venían suaves, explícitas, bajo la lluvia que retozaba en los faroles:

“Entiende, hombre, ¡entiende! —decía—. Arráncate de la mente la injusticia: ¡Ellos tienen razón! ¿Qué hiciste? Su hija era hermosa y fresca como una flor. Tú eras un ser en la miseria, viruta pequeñita en el torbellino de la explotación! Y una noche, te llevaste a la niña hacia tu vida estrecha, lleno de egoísmo.. .”

Las manos en los bolsillos del pantalón, la solapa del saco levantada, el sombrero ajustado hasta las cejas, la espalda encorvada, bajo la llovizna marchaba yo. La voz seguía:

“Ellos tienen razón. No son culpables de no tener ojos para ver lo que te convirtió en un ser huraño y gris ante su niña, que se lanzó a la vida confiado en ti ¡El over se tragó tu vida! Le pertenecías. Debiste saber que de ti no podías dar nada, porque todo lo tuyo —conciencia, cuerpo, corazón—, era del monstruo que ahoga a los hombres en la agonía del más.

“¿Y qué saben ellos? ¿Acaso tienen ojos para ver tu angustia? ¿Pueden saber de tu desesperación? Tú, que comprendías, fuiste quien obraste mal. Ahora en ti sólo ven al que amargó la juventud de su niña, sumiéndola egoístamente en la vorágine donde naufragó tu vida.

¡Hombre! Si conservas algo digno en el alma, comprende. Y si no puedes ahogar tu ira, vuélvela contra ti, o contra la fuerza que te arrebató!”.

Después de eso, caminé durante un par de horas. La llovizna caía sobre mí como un llanto.

Tuve ganas de gritar, pero el peso de mi alma era tan grande, que vagué callado, sin rumbo, más viejo que el resto de la humanidad.

Fue la puerta abierta de una casa deshabitada la que me invitó a entrar. Allí tendí mi americana en el piso y me tumbé como un animal herido.

La llovizna seguía cayendo. La quietud se enseñoreaba de la noche. Mi ser era una cosa gastada. Me quedé dormido....

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