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Las cornetas de la diana cantando «despiértate, soldado», le sacuden. Los gallos, desenroscan las cintas de sus quiquiriquís. La claridad se tamiza por el ventanillo. Antonio se alza. Su primer cuidado es acomodar los grillos, y, al efecto, despernanca los calzoncillos que se mudó ayer, y haciendo tiras, rodea los anillos de modo que se amortigüe el roce del hierro, y tejiendo con tres de éstas un cordón, lo anuda por la mitad a la barra a fin de mantenerla suspendida y aligerar el peso. Más adelante, limará la chaveta, y entonces dormirá sin ellos y aun se librará durante el día. Y avanzando un pie, antes que el otro, para ensayar, va al lavabo y se ablusiona; después, a saltos de rana, acarrea la silla, y arrimándola a la pared, sírvese de ella como escalón, ase los barrotes, y, a pulso, se asoma al ventanillo.

Oficiales y soldados trajinan por el patio. Algunos paisanos salen a la calle solitaria por el postigo de la puerta monumental, todavía cerrada. ¿Qué demonios ocurrirá? ¡Daría lo indecible por saber! Se baja, salta hasta el mecedor; va al catre, toma un libro, vuelve a repetir. Está nervioso, tiene cominillo, se desperece. En el patio, entre la torre y la puerta, han colocado cuatro cañones, frente a frente, que brillan, pulidos por los primeros rayos solares.

A las seis, mira abrirse las hojas de roble a grandes clavos. La guardia de prevención se forma presentando las armas, y la bandera nacional asciende lentamente, saludada por toque marcial.

Pero la han izado solamente hasta media asta. Las cornetas a la sordina y los a tambores destemplados indican duelo. Y en seguida, un oficial acerca uno de los dos cañones, un cabo toma del arcón un cartucho, abre la recámara, la cierra, coloca el tirafrictor, y alejándose unos pasos dispara. La pieza recula, el humo sube. El estampido rueda por el ámbito de la ciudad dormida entre la colina y el mar. ¿Qué pasará? Las manos le escuecen, tiene envarados los pies; no importa, continúa suspenso atalayando. Aunque la masa de la Catedral n sus cúpulas, como las espaldas corcovadas de un gigante, limita la calle Santo Tomás, por la primera cuadra advierte gentes presurosas y bien vestidas que entran en casa del Gobernador, frontera al cuartel. Los balcones cerrados En el patio se yergue un árbol enfrutecido de pomas de oro, y junto a él dos cayucos altos, espinosos, cargados de flores marchitas. Por la galería cruza una negra con una jarra de leche hacia la cocina; un chiquillo en cueros corre... En la terraza, que da a la calle Colón, aparece un tupo: cuatro o cinco personas, que hablan con aparato de misterio, ¿quiénes serán? Y se empeña por distinguirlas. Ese que no ha tenido siquiera tiempo de vestirse completamente, en mangas de camisa, desabrochado el cuello, es el prócer. Un rayito de sol cabriola en la calva... ¿De qué tratarán? ¡Ah! ¡poder de adivinar el pensamiento! No le es posible mantenerse más tiempo en vilo. Gana el mecedor. De nuevo la voz del cañón retumba.

¡Ajá! entre s dos disparos ha transcurrido un intervalo largo son: honores, pues. ¿A quién? ¿Al ministro de la Guerra? No, desecha la idea, es un buen hombre, y no se atreve a aceptar la otra tan grata. Sería tan triste equivocarse, ¡ si fuera Lilís! ¡ Cómo le pesa no saber de memoria las Ordenanzas Militares! Y se complace observando cómo el sol hila sutilísimos alcatifes sobre los ladrillos..A cosa de las ocho, un ayudante le introduce el desayuno, y se marcha sin pasar de los buenos días. Antonio registra el pan: ¡ nada! y por el pico de la cafetera comienza a apurar el café. Se detiene, hay un obstáculo que re-presa el líquido; busca, es un papelito cuidadosamente doblado.

En abriéndole lo pone al sol. Es letra de su mujer, y ávido lee: «Hay mucho movimiento desde ayer tardecita. Mataron a Lilís en Moca». De nuevo lee y relee; la noticia le pasma. El pecho se le hincha, aspira con fuerza, la sangre circula vivaz. Bailaría de gozo. Se frota las manos. Le parece que un puño invisible le ha roto el grillete, derruido las paredes. Se siente libre.

Improviso arruga el ceño: «si fuese. mentira»... y de súbito abate cabeza y brazos. «Este hombre es muy marrajo, un engañ9 más no le importa, y es capaz de fingir su propia muerte para averiguar quiénes se alegran» - « ¡ Caramba, pero eso sería demasiado fúnebre! ». ¿ Cómo vencer las dudas?, ¿saberlo todo?, ¿ dónde y quién le dio muerte? Y su imaginación concede al desconocido las virtudes creadoras de los héroes.

Nunca le ha parecido tan lento el ritmo de las horas, ni tan insoportable la pesadumbre del silencio. Leer, ¡imposible! Va del ventanillo al mecedor. En el patio sigue el trasiego. Las tropas están acuarteladas, la guardia de prevención reforzada. Se acuesta. El isócrono tronar del cañón interrumpe sus cavilaciones.

A mediodía, con el almuerzo, entra el alcaide. En viéndole, estalla:

—¿Cómo está Papá Quin?, ¿qué hay de nuevo?

—El desmandingue, amigo.

El viejo se desploma sobre el mecedor. Antonio, sin cuidarse de la cantina, insiste:

—¿Pero qué es?

—¡Qué va a ser!, que lo mataron ayer de tardecita.

—¿A quién?

—Al Generai.

—¿En dónde?, ¿quién?

—En Moca, carijo, un hijo de Memé Cáceres y otros.

—¿Pero es verdad?

—Hombre sí.

—¿Y los capturaron?

—No, ¡qué va!; cogieron el monte... pero los pecharán, aunque el monte sea más grande que la iglesia.

Antonio, las pupilas brillantes, la boca húmeda, las manos azogadas, exulta.

—¡Al fin... al fin!

—No te alegre; mira que ese hombre va a ser mucha falta pa toos.

—-No crea eso, alégrese usted también, que ahora vamos a tener derechos, libertad.

—No creas todo monderó, eso es palucha; Lilís ha sido un padre para nosotros, y a este país no va a haber quien lo gobierne. Tú no conoces la gente.

—No, no, verá usted como habrá más prosperidad; Lilís ha sido un tirano y no otra cosa, que los ha explotado a todos ustedes.

—Así será, pero yo «visto y después Lisboa» —y el viejo se golpea con fuerza las rodillas.

—¿Y usted no me decía que Lilís estaba untado, que no le entraban balas?

—Ello... así decían.

—Y usted cree que está muerto de verdad, ¿verdad?

—Ello...

Y el alcaide, confuso, se rasca la cabeza en la cual bullen dudas.

El rosario de las horas es interminable para el preso; un día sigue a otro, y componen una semana; las conversaciones con el alcaide, los mensajes clandestinos de su esposa, a veces dentro de una arepita frita, de un dulce, o escritos en el fondo ahumado de la cafetera con un alfiler, exacerban su impaciencia. A retazos sabe que los matadores de Lilís escapan a la persecución; que en la frontera Noroeste hay gente en armas. Ha visto desfilar fuerzas del Batallón Pacificador, con la frazada terciada, parque y un cañoncito. En la calle, en la mansión vecina, en el cuartel, el tejemaneje de militares y civiles denuncia la agitación exterior, y él está retenido allí, fastidiado, inútil, en instante tan propicio a su energía. El alcaide sólo suelta noticias vagas, pero se ha suavizado. Antonio, en los mediodías continúa su prédica, ponderándole las libertades que ahora disfrutarán todos, el bienestar del país. Y el viejo replica:

—Muchacho, tú no conoce esta tierra. Eso no pué sé. Eso está muy bueno en los papeles, que aguantan too; pero yo te digo, «no creas too, no creas too».

Mientras tanto, le quita los grillos, registra menos la comida y se hace más comunicativo.

Una tarde, cuando el tedio de la expectación se trueca en pesimismo, se abre la puerta, y en su marco aparece la figura parisiense de Arturo Aybar.

Antonio le observa de arriba abajo y exclama:

—¿Pero eres tú?

—Sí, el mismo que viste y calza.

Y se estrechan en un abrazo afectuoso.

—¿Has venido a visitarme?

—No, chico, preso también.

—¿Tú, pero no eres de la situación?

—Sí y no; ya verás.

—Cuenta, cuenta.

Y sentándose el uno en el catre y el otro en el mecedor, Arturo Aybar después de carraspear para limpiarse la garganta, y de estirarse los puños de la camisa, comienza su peroración:

—Recordarás que cuando me convencí de la inutilidad de las revoluciones contra el poder de Lilís, y Enriquito nos invitó a ti, a mí y a unos cuantos más...

—Yo me negué.

—Sí, no te satisfizo la oferta; pero no me interrumpas. Pues bien, yo acepté, porque convencido de que cambiando elementos gastados y malos por nuevos y buenos,, se mejoraba indudablemente, y además que yo no servía a Lilís, sino al país. Al efecto fui nombrado Cónsul General, en París. Hace un mes, más o menos, regresé, llamado por el Presidente, y héteme aquí.

—¿Pero por qué te prenden?

—A eso voy. El Gobierno es una olla de grillos, cada uno de los jefes tira de la manta con el propósito de empuñar la herencia de Heureaux. Los que operan en El Cibao piden dinero y armas; pero los que mangonean aquí no aflojan, porque temen el encumbramiento de aquéllos, y el Gobierno está dividido por dos tendencias; sostiene la una la pura doctrina lilisiaca: el chicote; y la otra propende a la evolución, en sentido liberal, civilista, y Manolao, que en cincuenta años de vida pública jamás ha caído, rompe el equilibrio, ladeándose a la izquierda.

Mientras tanto, los mozos de Moca triunfan, aunque tienen detrás fuerzas numerosas, y ayer no más han cogido a San Francisco de Macorís, y en la Línea se pelea; la revolución tiene a Juan Calvo... Esto gotea como los guineos maduros.

—Bueno, ¿y tu prisión?

—Ya llegamos. Como comprenderás, fiel a mis convicciones y a mi historia, he apoyado la evolución para ir preparando el terreno, e inicié la lucha con un artículo en favor del Manifiesto de Manolao; me movía para ligar los jóvenes; pero Loló ha dado un batatazo y me zampa en la cárcel para demostrar que es más fuerte que Enriquito. Pero en la bajaíta lo espero, ahí vienen, y a paso de carga, los de Moca.

—¿Y cómo y quiénes mataron al negro?

__Un momento. ¡Caray, qué calor!

Y Arturo se desviste, colocando en el catre las ropas, cuidadosamente dobladas. Una vez en paños menores, narra:

—Hay varias versiones, pues cada uno relata a su acomodo; pero esta mía es el evangelio, porque la tengo de muy buena tinta, por gente de adentro. Verás: Horario Vázquez propuso esperar a Lilís en el camino con un grupo igual al que le acompañara, y atacarlo; eso hubiera sido muy caballeresco, pero muy fácilmente Lilís habría escapado. Mon Cáceres rechazó el plan, como antes todo proyecto de revolución, y con razón, porque Lilís era invencible. La culebra se mata por la cabeza. ¿Y quién se atreve? Y Mon tomó para sí la empresa en la cual habían de colaborar otros muchachos. Lilis sabía desde La Vega que algo serio se tramaba, y sin embargo, despachó el Estado Mayor por delante para Santiago, y se quedó solo con un oficial y el Secretario para seguir aquella misma tarde. A los conjurados ya les arreglarían las cuentas, según sus órdenes, las autoridades locales. ¿ Tú conoces a Moca?

—No.

—Bueno, pues fíjate bien. El almacén de los Lara forma esquina; a una calle da la tienda, que también tiene puerta a la otra, en la que están las oficinas, y como la casa es la última de la calle transversal, detrás de ella hay una barranca, y una guásima, en cuyo tronco amarró Mon Cáceres su caballo. No olvides ese detalle. Lilís estaba sentado en la acera, en la puerta de la oficina, de espalda al árbol, con botas y espuelas calzadas, hablando con don Jacobo. Como oyera en la tienda la voz de Mon Cáceres, a quien hubo de conocer la noche antes en el Club, preguntó: «¿qué hace ahí ese joven Cáceres?», y en el acto, vio a Mon enfrentársele, en la diestra un revólver y en la siniestra una daga. Mon es alto, hercúleo, buen tirador y gran jinete.

Lilís se irguió. El primer tiro, dicen que se lo dio por la espalda Jacobito de Lara que salió por la puerta del patio. Mon estuvo siempre frente a frente a Lilís, quien tomó el revólver que llevaba en bolsillo trasero del pantalón con la izquierda, y pasándolo a la manca hizo un disparo. Avanzaba increpándole, y con el panamá le hacía visajes de brujo, retrocediendo cuando Mon le amagaba con el puñal. El último disparo fue a quemarropa, apoyado el cañón en la boca, así se ve en la fotografía del cadáver, el bembe chamuscado y tumefacto. Otros dispa-raron; pero la verdad es que cuando el lance se trabó, se quedaron solos Lilís y Mon, como dos gallos. Dicen unos que Lilís mató a un viejo limosnero, al cual, rato antes, le había regalado una papeleta de cinco pesos; otros que fue Pablito Arnaud que hacía fuego desde la esquina.

Mon, cuando al fin cayó Lilís, cargó de nuevo el revólver, le examinó para cerciorarse de que estaba bien muerto. ¡Le parecía mentira! Y saltó sobre el caballo y escapó con Pablito, a grupas.

El cadáver quedó tendido en la calle, sin que nadie se acercara. El oficial que le acompañaba acudió a los tiros; pero le cerró el paso Manuel, un hermano de Cáceres, y se batieron. Aún caído, Lilís infundía pavor, y a Mon mismo debió de asombrarle aquel hombre que acometía impávido, a pesar del plomo que le destrozaba el pecho. ¡Qué toro!

—Era valiente; pero tenía que ser: entre él y la sociedad había pactado un duelo a muerte.

—Óyeme. Ahora todos encuentran la hazaña fácil, y despídete de los que la pensaron, y más aún, le esperaron más de una vez, escapándoseles de milagro.

—¡Ah! eso ya lo supongo; pero ese Mon es un héroe epónimo, y ¡qué ganas tengo de darle un abrazo!.

—Sí; también su responsabilidad es grave, y hasta ahora la carga es para él, pues los otros se sacuden.

—Mejor, la gloria será toda suya.

—Sí, aunque lo malo es que en este caso la gloria cae dentro del Código.

—Es verdad, dura lex sed lex. Sin embargo, el matador de Lilís es un libertador, ha hecho servicio eminente al país...

A Arturo le mandan las comidas del Hotel. Un azafate bien surtido dos veces al día, y un desayuno suculento. El aburrimiento de Antonio se disipa; ya puede seguir el curso de los acontecimientos; comentan y discuten; las noticias de los éxitos de la revolución o la varadura del crucero Restauración en las patas de ñame del puerto de San Pedro de Macorís, ponen entre ambos barricadas. Antonio estalla:

—¡Hay que acabar con el lilisismo! Es obra gigantesca, lo comprendo, pero sólo así se salvará el país.

—Pero chico —replica Arturo—, y ¿quiénes son los aptos para esa empresa? ¿Quiénes los puros? Si el que más o el que menos tuvo que hacer con él: unos directamente, otros por trasmano; lo que importa es restablecer el orden y administrar.

—¿Cómo? ¡Ah! de modo que vamos a seguir por el mismo camino, a olvidar culpas; no, no aflijas. Hay que sanear por el hierro y por el fuego. Al que no quiera lo haremos digno y libre a la trágala.

—Oye, Antonio, así pensaba yo, no lo ignoras, hasta que los tropezones me hicieron levantar los pies y mirar hacia el suelo. Los intereses creados son mayores de lo que te figuras. Los revolucionarios necesitan a los gobiernistas, y a esta hora ya se está tramando una malla impenetrable para los intransigentes como tú.

__Tú hablas así porque te conviene.

—¡Ah! ,¿pero tú crees que le temo a los que vienen? No hombre, si cuando lleguen a Palacio, se cuidarán de buscar a los prácticos para que los ayuden. Échale agua al vino; acuérdate de que has pasado muchas crujías, y prepárate al desquite.

—No me importa, aspiro a que gobiernen los honrados. __¿Pero cuáles son?... media docena.

Lo primero es el orden, y ése será el fruto de la transigencia, si no, tendremos jandinga para rato.

—¿Y el pueblo? ¿Acaso no apoyará a los que le han librado de la tiranía?

—Estás repitiendo, palabra por palabra, lo que yo decía hace años, cuando era un iluso.

Créeme, el pueblo en este país baila al son que le toquen, y si le apalean, pe bu, silencio; y así será mientras no lo eduquemos cívicamente, tarea que requiere tiempo y paz.

—¡Pues estamos frescos! Con esa cantaleta nos jeringan desde el 44.

—Sí, compadre, ésa es la realidad, aunque te contraríe. Oye mi consejo: consigue un Consulado y vete al extranjero. Como tú, yo encontraba pésimo cuanto hacía el Gobierno, y a nuestra capital fea y fastidiosa, y hoy después de conocer a Nueva York y a París, te juro que no somos tan malos y que abundan bellezas junto a las cuales pasamos indiferentes. Una cosa son las teorías en los libros y otra la acción, y cuando hayas contemplado, por ejemplo, desde el Puente Viejo a media noche a Notre Dame, la luna entre las dos torres o al Sena, lamiendo el Louvre que la luz matiza, aprenderás a sentir la voluptuosidad de nuestro ambiente y a descubrir las sensaciones estéticas contenidas en los arcaicos sillares de La Primada, como dice don Fellé.

¿Has visitado de noche las ruinas del Alcázar de los Colón?

—No me vengas con esas filfas, que tú sabes bien que yo tengo razón, y no se mezclan impunemente las manzanas buenas con las podridas. Al grito de abajo el lilisismo, limpiaremos la República.

—Bueno, así será; pero sigue mi consejo, sal por la boca del Ozama..Y Arturo balanceándose en el mecedor o recorriendo la celda, expone las visiones tentadoras de París, la alegría del Barrio Latino, en donde la primavera resta gravedad a la Ciencia;

Montmartre, pálido, bajo las aspas rojas del simbólico Molino, que exprime tantas vidas; el Bulevar, y también las cátedras, y las bibliotecas, y los museos, y el gran mercado, y las alcantarillas, concluyendo:

—¡Qué escuela!, frére; la Virtud y el Vicio comparten aquel reino encantado, y la voz de los sabios y las risas de las cocottes se armonizan seductoras. Y óyelo bien: nunca apreciarás el valor de sus teorías en nuestro ambiente encendido. La realidad, la verás desnuda, tal cual es, a través de una copa de champaña, en compañía de una griseta, en un café de la plaza de la Sorbona.

—¡Nunca! La verdad es una, aquí o allá, y porque amo la libertad lucho para que rija nuestra vida.

Y Antonio, en calzoncillos, señala a su contrincante un muro del calabozo.

—Lee esos versos de Zenea, los escribió la mano viril de otro intransigente como yo, y si la realidad es la que pintas, yo repetiré con el poeta:

Tengo el alma, Señor, adolorida
Por unas penas que no tienen nombres,
Y no me culpes, no, porque te pida,
Otra patria, otro siglo y otros hombres.
Que aquella edad con que soñé no asoma,
Con mi país de promisión no acierto,
Mis tiempos son los de la antigua Roma,
Y mis hermanos con la Grecia han muerto...

Y Arturo corea el arrebato lírico con una risotada, rematándola con el refrán popular:

—¡Ay, Nana...!

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La Sangre


 


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