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X Las cornetas de la diana
cantando «despiértate, soldado», le sacuden. Los gallos, desenroscan
las cintas de sus quiquiriquís. La claridad se tamiza por el
ventanillo. Antonio se alza. Su primer cuidado es acomodar los
grillos, y, al efecto, despernanca los calzoncillos que se mudó
ayer, y haciendo tiras, rodea los anillos de modo que se amortigüe
el roce del hierro, y tejiendo con tres de éstas un cordón, lo
anuda por la mitad a la barra a fin de mantenerla suspendida y
aligerar el peso. Más adelante, limará la chaveta, y entonces
dormirá sin ellos y aun se librará durante el día. Y avanzando un
pie, antes que el otro, para ensayar, va al lavabo y se ablusiona;
después, a saltos de rana, acarrea la silla, y arrimándola a la
pared, sírvese de ella como escalón, ase los barrotes, y, a pulso,
se asoma al ventanillo. Oficiales y soldados trajinan
por el patio. Algunos paisanos salen a la calle solitaria por el
postigo de la puerta monumental, todavía cerrada. ¿Qué demonios
ocurrirá? ¡Daría lo indecible por saber! Se baja, salta hasta el
mecedor; va al catre, toma un libro, vuelve a repetir. Está
nervioso, tiene cominillo, se desperece. En el patio, entre la torre
y la puerta, han colocado cuatro cañones, frente a frente, que
brillan, pulidos por los primeros rayos solares. A las seis, mira abrirse las
hojas de roble a grandes clavos. La guardia de prevención se forma
presentando las armas, y la bandera nacional asciende lentamente,
saludada por toque marcial. Pero la han izado solamente
hasta media asta. Las cornetas a la sordina y los a tambores
destemplados indican duelo. Y en seguida, un oficial acerca uno de
los dos cañones, un cabo toma del arcón un cartucho, abre la recámara,
la cierra, coloca el tirafrictor, y alejándose unos pasos dispara.
La pieza recula, el humo sube. El estampido rueda por el ámbito de
la ciudad dormida entre la colina y el mar. ¿Qué pasará? Las
manos le escuecen, tiene envarados los pies; no importa, continúa
suspenso atalayando. Aunque la masa de la Catedral n sus cúpulas,
como las espaldas corcovadas de un gigante, limita la calle Santo
Tomás, por la primera cuadra advierte gentes presurosas y bien
vestidas que entran en casa del Gobernador, frontera al cuartel. Los
balcones cerrados En el patio se yergue un árbol enfrutecido de
pomas de oro, y junto a él dos cayucos altos, espinosos, cargados
de flores marchitas. Por la galería cruza una negra con una jarra
de leche hacia la cocina; un chiquillo en cueros corre... En la
terraza, que da a la calle Colón, aparece un tupo: cuatro o cinco
personas, que hablan con aparato de misterio, ¿quiénes serán? Y
se empeña por distinguirlas. Ese que no ha tenido siquiera tiempo
de vestirse completamente, en mangas de camisa, desabrochado el
cuello, es el prócer. Un rayito de sol cabriola en la calva... ¿De
qué tratarán? ¡Ah! ¡poder de adivinar el pensamiento! No le es
posible mantenerse más tiempo en vilo. Gana el mecedor. De nuevo la
voz del cañón retumba. ¡Ajá! entre s dos disparos
ha transcurrido un intervalo largo son: honores, pues. ¿A quién?
¿Al ministro de la Guerra? No, desecha la idea, es un buen hombre,
y no se atreve a aceptar la otra tan grata. Sería tan triste
equivocarse, ¡ si fuera Lilís! ¡ Cómo le pesa no saber de
memoria las Ordenanzas Militares! Y se complace observando cómo el
sol hila sutilísimos alcatifes sobre los ladrillos..A cosa de las
ocho, un ayudante le introduce el desayuno, y se marcha sin pasar de
los buenos días. Antonio registra el pan: ¡ nada! y por el pico de
la cafetera comienza a apurar el café. Se detiene, hay un obstáculo
que re-presa el líquido; busca, es un papelito cuidadosamente
doblado. En abriéndole lo pone al
sol. Es letra de su mujer, y ávido lee: «Hay mucho movimiento
desde ayer tardecita. Mataron a Lilís en Moca». De nuevo lee y
relee; la noticia le pasma. El pecho se le hincha, aspira con
fuerza, la sangre circula vivaz. Bailaría de gozo. Se frota las
manos. Le parece que un puño invisible le ha roto el grillete,
derruido las paredes. Se siente libre. Improviso arruga el ceño: «si
fuese. mentira»... y de súbito abate cabeza y brazos. «Este
hombre es muy marrajo, un engañ9 más no le importa, y es capaz de
fingir su propia muerte para averiguar quiénes se alegran» - « ¡
Caramba, pero eso sería demasiado fúnebre! ». ¿ Cómo vencer las
dudas?, ¿saberlo todo?, ¿ dónde y quién le dio muerte? Y su
imaginación concede al desconocido las virtudes creadoras de los héroes. Nunca le ha parecido tan
lento el ritmo de las horas, ni tan insoportable la pesadumbre del
silencio. Leer, ¡imposible! Va del ventanillo al mecedor. En el
patio sigue el trasiego. Las tropas están acuarteladas, la guardia
de prevención reforzada. Se acuesta. El isócrono tronar del cañón
interrumpe sus cavilaciones. A mediodía, con el almuerzo,
entra el alcaide. En viéndole, estalla: —¿Cómo está Papá Quin?,
¿qué hay de nuevo? —El desmandingue, amigo. El viejo se desploma sobre el
mecedor. Antonio, sin cuidarse de la cantina, insiste: —¿Pero qué es? —¡Qué va a ser!, que lo
mataron ayer de tardecita. —¿A quién? —Al Generai. —¿En dónde?, ¿quién? —En Moca, carijo, un hijo
de Memé Cáceres y otros. —¿Pero es verdad? —Hombre sí. —¿Y los capturaron? —No, ¡qué va!; cogieron
el monte... pero los pecharán, aunque el monte sea más grande que
la iglesia. Antonio, las pupilas
brillantes, la boca húmeda, las manos azogadas, exulta. —¡Al fin... al fin! —No te alegre; mira que ese
hombre va a ser mucha falta pa toos. —-No crea eso, alégrese
usted también, que ahora vamos a tener derechos, libertad. —No creas todo monderó,
eso es palucha; Lilís ha sido un padre para nosotros, y a este país
no va a haber quien lo gobierne. Tú no conoces la gente. —No, no, verá usted como
habrá más prosperidad; Lilís ha sido un tirano y no otra cosa,
que los ha explotado a todos ustedes. —Así será, pero yo «visto
y después Lisboa» —y el viejo se golpea con fuerza las rodillas. —¿Y usted no me decía que
Lilís estaba untado, que no le entraban balas? —Ello... así decían. —Y usted cree que está
muerto de verdad, ¿verdad? —Ello... Y el alcaide, confuso, se
rasca la cabeza en la cual bullen dudas. El rosario de las horas es
interminable para el preso; un día sigue a otro, y componen una
semana; las conversaciones con el alcaide, los mensajes clandestinos
de su esposa, a veces dentro de una arepita frita, de un dulce, o
escritos en el fondo ahumado de la cafetera con un alfiler,
exacerban su impaciencia. A retazos sabe que los matadores de Lilís
escapan a la persecución; que en la frontera Noroeste hay gente en
armas. Ha visto desfilar fuerzas del Batallón Pacificador, con la
frazada terciada, parque y un cañoncito. En la calle, en la mansión
vecina, en el cuartel, el tejemaneje de militares y civiles denuncia
la agitación exterior, y él está retenido allí, fastidiado, inútil,
en instante tan propicio a su energía. El alcaide sólo suelta
noticias vagas, pero se ha suavizado. Antonio, en los mediodías
continúa su prédica, ponderándole las libertades
que ahora disfrutarán todos, el bienestar del país. Y el viejo
replica: —Muchacho, tú no conoce
esta tierra. Eso no pué sé. Eso está muy bueno en los papeles,
que aguantan too; pero yo te digo, «no creas too, no creas too». Mientras tanto, le quita los
grillos, registra menos la comida y se hace más comunicativo. Una tarde, cuando el tedio de
la expectación se trueca en pesimismo, se abre la puerta, y en su
marco aparece la figura parisiense de Arturo Aybar. Antonio le observa de arriba
abajo y exclama: —¿Pero eres tú? —Sí, el mismo que viste y
calza. Y se estrechan en un abrazo
afectuoso. —¿Has venido a visitarme? —No, chico, preso también. —¿Tú, pero no eres de la
situación? —Sí y no; ya verás. —Cuenta, cuenta. Y sentándose el uno en el
catre y el otro en el mecedor, Arturo Aybar después de carraspear
para limpiarse la garganta, y de estirarse los puños de la camisa,
comienza su peroración: —Recordarás que cuando me
convencí de la inutilidad de las revoluciones contra el poder de
Lilís, y Enriquito nos invitó a ti, a mí y a unos cuantos más... —Yo me negué. —Sí, no te satisfizo la
oferta; pero no me interrumpas. Pues bien, yo acepté, porque
convencido de que cambiando elementos gastados y malos por nuevos y
buenos,, se mejoraba indudablemente, y además que yo no servía a
Lilís, sino al país. Al efecto fui nombrado Cónsul General, en
París. Hace un mes, más o menos, regresé, llamado por el
Presidente, y héteme aquí. —¿Pero por qué te
prenden? —A eso voy. El Gobierno es
una olla de grillos, cada uno de los jefes tira de la manta con el
propósito de empuñar la herencia de Heureaux. Los que operan en El
Cibao piden dinero y armas; pero los que mangonean aquí no aflojan,
porque temen el encumbramiento de aquéllos, y el Gobierno está
dividido por dos tendencias; sostiene la una la pura doctrina
lilisiaca: el chicote; y la otra propende a la evolución, en
sentido liberal, civilista, y Manolao, que en cincuenta años de
vida pública jamás ha caído, rompe el equilibrio, ladeándose a
la izquierda. Mientras tanto, los mozos de
Moca triunfan, aunque tienen detrás fuerzas numerosas, y ayer no más
han cogido a San Francisco de Macorís, y en la Línea se pelea; la
revolución tiene a Juan Calvo... Esto gotea como los guineos
maduros. —Bueno, ¿y tu prisión? —Ya llegamos. Como
comprenderás, fiel a mis convicciones y a mi historia, he apoyado
la evolución para ir preparando el terreno, e inicié la lucha con
un artículo en favor del Manifiesto de Manolao; me movía para
ligar los jóvenes; pero Loló ha dado un batatazo y me zampa en la
cárcel para demostrar que es más fuerte que Enriquito. Pero en la
bajaíta lo espero, ahí vienen, y a paso de carga, los de Moca. —¿Y cómo y quiénes
mataron al negro? __Un momento. ¡Caray, qué
calor! Y Arturo se desviste,
colocando en el catre las ropas, cuidadosamente dobladas. Una vez en
paños menores, narra: —Hay varias versiones, pues
cada uno relata a su acomodo; pero esta mía es el evangelio, porque
la tengo de muy buena tinta, por gente de adentro. Verás: Horario Vázquez
propuso esperar a Lilís en el camino con un grupo igual al que le
acompañara, y atacarlo; eso hubiera sido muy caballeresco, pero muy
fácilmente Lilís habría escapado. Mon Cáceres rechazó el plan,
como antes todo proyecto de revolución, y con razón, porque Lilís
era invencible. La culebra se mata por la cabeza. ¿Y quién se
atreve? Y Mon tomó para sí la empresa en la cual habían de
colaborar otros muchachos. Lilis sabía desde La Vega que algo serio
se tramaba, y sin embargo, despachó el Estado Mayor por delante
para Santiago, y se quedó solo con un oficial y el Secretario para
seguir aquella misma tarde. A los conjurados ya les arreglarían las
cuentas, según sus órdenes, las autoridades locales. ¿ Tú
conoces a Moca? —No. —Bueno, pues fíjate bien.
El almacén de los Lara forma esquina; a una calle da la tienda, que
también tiene puerta a la otra, en la que están las oficinas, y
como la casa es la última de la calle transversal, detrás de ella
hay una barranca, y una guásima, en cuyo tronco amarró Mon Cáceres
su caballo. No olvides ese detalle. Lilís estaba sentado en la
acera, en la puerta de la oficina, de espalda al árbol, con botas y
espuelas calzadas, hablando con don Jacobo. Como oyera en la tienda
la voz de Mon Cáceres, a quien hubo de conocer la noche antes en el
Club, preguntó: «¿qué hace ahí ese joven Cáceres?», y en el
acto, vio a Mon enfrentársele, en la diestra un revólver y en la
siniestra una daga. Mon es alto, hercúleo, buen tirador y gran
jinete. Lilís se irguió. El primer
tiro, dicen que se lo dio por la espalda Jacobito de Lara que salió
por la puerta del patio. Mon estuvo siempre frente a frente a Lilís,
quien tomó el revólver que llevaba en bolsillo trasero del pantalón
con la izquierda, y pasándolo a la manca hizo un disparo. Avanzaba
increpándole, y con el panamá le hacía visajes de brujo,
retrocediendo cuando Mon le amagaba con el puñal. El último
disparo fue a quemarropa, apoyado el cañón en la boca, así se ve
en la fotografía del cadáver, el bembe chamuscado y tumefacto.
Otros dispa-raron; pero la verdad es que cuando el lance se trabó,
se quedaron solos Lilís y Mon, como dos gallos. Dicen unos que Lilís
mató a un viejo limosnero, al cual, rato antes, le había regalado
una papeleta de cinco pesos; otros que fue Pablito Arnaud que hacía
fuego desde la esquina. Mon, cuando al fin cayó Lilís,
cargó de nuevo el revólver, le examinó para cerciorarse de que
estaba bien muerto. ¡Le parecía mentira! Y saltó sobre el caballo
y escapó con Pablito, a grupas. El cadáver quedó tendido en
la calle, sin que nadie se acercara. El oficial que le acompañaba
acudió a los tiros; pero le cerró el paso Manuel, un hermano de Cáceres,
y se batieron. Aún caído, Lilís infundía pavor, y a Mon mismo
debió de asombrarle aquel hombre que acometía impávido, a pesar
del plomo que le destrozaba el pecho. ¡Qué toro! —Era valiente; pero tenía
que ser: entre él y la sociedad había pactado un duelo a muerte. —Óyeme. Ahora todos
encuentran la hazaña fácil, y despídete de los que la pensaron, y
más aún, le esperaron más de una vez, escapándoseles de milagro. —¡Ah! eso ya lo supongo;
pero ese Mon es un héroe epónimo, y ¡qué ganas tengo de darle un
abrazo!. —Sí; también su
responsabilidad es grave, y hasta ahora la carga es para él, pues
los otros se sacuden. —Mejor, la gloria será
toda suya. —Sí, aunque lo malo es que
en este caso la gloria cae dentro del Código. —Es verdad, dura lex sed
lex. Sin embargo, el matador de Lilís es un libertador, ha hecho
servicio eminente al país... A Arturo le mandan las
comidas del Hotel. Un azafate bien surtido dos veces al día, y un
desayuno suculento. El aburrimiento de Antonio se disipa; ya puede
seguir el curso de los acontecimientos; comentan y discuten; las
noticias de los éxitos de la revolución o la varadura del crucero
Restauración en las patas de ñame del puerto de San Pedro de Macorís,
ponen entre ambos barricadas. Antonio estalla: —¡Hay que acabar con el
lilisismo! Es obra gigantesca, lo comprendo, pero sólo así se
salvará el país. —Pero chico —replica
Arturo—, y ¿quiénes son los aptos para esa empresa? ¿Quiénes
los puros? Si el que más o el que menos tuvo que hacer con él:
unos directamente, otros por trasmano; lo que importa es restablecer
el orden y administrar. —¿Cómo? ¡Ah! de modo que
vamos a seguir por el mismo camino, a olvidar culpas; no, no
aflijas. Hay que sanear por el hierro y por el fuego. Al que no
quiera lo haremos digno y libre a la trágala. —Oye, Antonio, así pensaba
yo, no lo ignoras, hasta que los tropezones me hicieron levantar los
pies y mirar hacia el suelo. Los intereses creados son mayores de lo
que te figuras. Los revolucionarios necesitan a los gobiernistas, y
a esta hora ya se está tramando una malla impenetrable para los
intransigentes como tú. __Tú hablas así porque te
conviene. —¡Ah! ,¿pero tú crees
que le temo a los que vienen? No hombre, si cuando lleguen a
Palacio, se cuidarán de buscar a los prácticos para que los
ayuden. Échale agua al vino; acuérdate de que has pasado muchas
crujías, y prepárate al desquite. —No me importa, aspiro a
que gobiernen los honrados. __¿Pero cuáles son?... media docena. Lo primero es el orden, y ése
será el fruto de la transigencia, si no, tendremos jandinga para
rato. —¿Y el pueblo? ¿Acaso no
apoyará a los que le han librado de la tiranía? —Estás repitiendo, palabra
por palabra, lo que yo decía hace años, cuando era un iluso. Créeme, el pueblo en este país
baila al son que le toquen, y si le apalean, pe bu, silencio; y así
será mientras no lo eduquemos cívicamente, tarea que requiere
tiempo y paz. —¡Pues estamos frescos!
Con esa cantaleta nos jeringan desde el 44. —Sí, compadre, ésa es la
realidad, aunque te contraríe. Oye mi consejo: consigue un
Consulado y vete al extranjero. Como tú, yo encontraba pésimo
cuanto hacía el Gobierno, y a nuestra capital fea y fastidiosa, y
hoy después de conocer a Nueva York y a París, te juro que no
somos tan malos y que abundan bellezas junto a las cuales pasamos
indiferentes. Una cosa son las teorías en los libros y otra la acción,
y cuando hayas contemplado, por ejemplo, desde el Puente Viejo a
media noche a Notre Dame, la luna entre las dos torres o al Sena,
lamiendo el Louvre que la luz matiza, aprenderás a sentir la
voluptuosidad de nuestro ambiente y a descubrir las sensaciones estéticas
contenidas en los arcaicos sillares de La Primada, como dice don
Fellé. ¿Has visitado de noche las
ruinas del Alcázar de los Colón? —No me vengas con esas
filfas, que tú sabes bien que yo tengo razón, y no se mezclan
impunemente las manzanas buenas con las podridas. Al grito de abajo
el lilisismo, limpiaremos la República. —Bueno, así será; pero
sigue mi consejo, sal por la boca del Ozama..Y Arturo balanceándose
en el mecedor o recorriendo la celda, expone las visiones tentadoras
de París, la alegría del Barrio Latino, en donde la primavera
resta gravedad a la Ciencia; Montmartre, pálido, bajo las
aspas rojas del simbólico Molino, que exprime tantas vidas; el
Bulevar, y también las cátedras, y las bibliotecas, y los museos,
y el gran mercado, y las alcantarillas, concluyendo: —¡Qué escuela!, frére;
la Virtud y el Vicio comparten aquel reino encantado, y la voz de
los sabios y las risas de las cocottes se armonizan seductoras. Y óyelo
bien: nunca apreciarás el valor de sus teorías en nuestro ambiente
encendido. La realidad, la verás desnuda, tal cual es, a través de
una copa de champaña, en compañía de una griseta, en un café de
la plaza de la Sorbona. —¡Nunca! La verdad es una,
aquí o allá, y porque amo la libertad lucho para que rija nuestra
vida. Y Antonio, en calzoncillos,
señala a su contrincante un muro del calabozo. —Lee esos versos de Zenea,
los escribió la mano viril de otro intransigente como yo, y si la
realidad es la que pintas, yo repetiré con el poeta: Tengo el alma, Señor,
adolorida Y Arturo corea el arrebato lírico
con una risotada, rematándola con el refrán popular: —¡Ay, Nana...!
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