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XI En aquellos días
caniculares, los dos presos, trasladados el alcaide, a quien los éxitos
de la revolución han amansado, al salón, el mayor de los
departamentos de la torre, cuyas ventanas miran al patio de la
Fortaleza, al río y al interior de la mazmorra, se aburren,
languidecen. En las mañanas y tardes, un par de horas les distraen
las evoluciones de los soldados, que a la voz de uno, dos, repiten
durante los cuatro años del enganche los mismos ejercicios, y que a
la postre, a fuerza de planazos y constancia de los instructores,
llegan hasta desfilar, sin marcialidad, en columna de honor, los
aniversarios patrios, por delante de la mansión presidencial, y a
seguir a paso lento, arma terciada, las procesiones religiosas. ¡Pobres
sol. dados de una democracia! La injusticia les recluta entre la hez
urbana y la gente moza campesina, que no compra a tiempo la
autoridad local con potranca fina u onza pelucona, de esas con la
efigie del rey Carlos IV, que la avaricia entierra. Mientras visten
el uniforme de dril azul, son mal pagados, duermen en duros
camastros, sufren la horrible tortura del zapato, jamás apropiado a
sus pies; les apalean, y si desertan, les fusilan. Por las calles,
carabina al brazo, custodian las yuntas de penados que, a rastras la
cadena, limpian las vías o trabajan en las edificaciones de los
magnates, y en las horas francas, hacen oficio de mandaderos, y en
la primas noches, el kepis ladeado hacia la oreja, balanceándose
sobre las piernas abiertas, esperan en las esquinas el condumio con
que les regala la criada corteja. Después del toque de paseo,
Antonio y Arturo matan el tiempo jugando a la brisca o al tute; leen
o disputan acerca de las últimas noticias. Ninguna idea les
concierta encerrándose con frecuencia en silencio hostil. Antonio
pasea a zancadas a lo largo de la estancia, las manos atrás, y
Arturo, amodorrado en el mecedor, cuenta las rejas, y si la brisa
refresca un tanto, monologa. Se conocieron en los bancos
de San Luis Gonzaga, estudiaron en los mismos libros, jugaron
juntos, y desde entonces datan sus divergencias. A la verdad,
aquella no era una escuela, pues no modelaba los espíritus, haciéndolos
semejantes. De niños las dirimían a puñetazos, ahora con palabras
a veces agresivas. Arturo recuerda con cierta ternura la última vez
que riñeron, ya adolescentes, por un quítame allá esas pajas, de
noche, en la Plazuela de los Curas: revolcándose, se arañaron,
pegaron y mordieron, y en seguida, jadeantes, se dieron las manos, y
sacudiéndose mutuamente los trajes empolvados, fueron a calmar la
calentura con sendos helados en el café La Diana. El odio a la
tiranía los unió, tuvieron los mismos ensueños; pero el uno, más
astuto y frío, aprovechóse del impulso ingenuo del otro. Arturo, que se acusa de tal
pecado, reconoce y admira, él que tuvo puesto en la mesa del festín,
la fiereza con que Portocarrero se ha estrellado contra la tremenda
realidad, sin miedo ni fatiga. Es como un dardo: ciego, hiere o se
quiebra. Cree que su misión es combatir, exterminar, y ataca sin
mirar a su alrededor; no conoce a los hombres y acepta con la mayor
candidez que la tiranía desaparece con Lilís. Y como él tantos
otros, que se dicen intelectuales, porque poseen titulo académico,
o son lectores de novelas, o empollan, de año en año, un
articulejo, o hacen frases y chistes, más o menos ingeniosos, en
los corrillos. Sí, de pipiripao, nunca supieron el dolor que cuesta
alumbrar una idea. Para ellos, no es, por cierto, el consejo
virgiliano: cuida el árbol para que tus nietos recojan los frutos. Con la perspicacia de los
ojos que vuelven a ver, y que, por tanto, pueden aislar seres y
cosas, observándolos por los cuatro lados, Arturo registra ayer y
hoy en busca de un hilo para guiarse mañana. La tiranía de
Heureaux, se dice, no ha sido adventicia, como Antonio y muchos
piensan. No. Los veintidós años de dominación haitiana
disgregaron las castas coloniales, y fueron los restos de éstas los
que dieron molde a las dos facciones contendientes en la primera república.
Caudillos y huestes concordaban; las pasiones eran sinceras,
comunes; de ahí el fervor, la abnegación y la implacable saña de
sus bregas. En Santana predomina el instinto; en Báez, el
intelecto; pero ambos llegan a su hora. Con la levadura de los
restauradores triunfantes de España, adviene un factor nuevo. Los
hombres tienen prisa de gozar; la disciplina social desaparece; las
clases se mezclan; el peculado asoma. El baecismo sobreviviente
impera con más vigor que antes frente a los azules, quienes, por
sentimentales, no se concilian en una sola aspiración, bajo un jefe
único, y, a la postre, contagian al adversario. Fragmentados ambos,
rotos los ídolos, se inicia la era de los caudillejos ignorantes,
sanguinarios; las regiones se imponen; las figuras efímeras se
suceden en Palacio, y, en tal ambiente de asonadas, fusilamientos y
asesinatos, se destacan un austero ideólogo, una mente patricia caída
en la dictadura y un poeta epicúreo, hasta que la anarquía
engendra a Heureaux, cuya voluntad suma todas las ajenas, dispersas,
y cercenando cabezas, estudiando a los hombres y sus flaquezas, mete
al país en el puño de su diestra manca. Pero como a su sombra maléfica
no ha creado ni una oligarquía vigorosa ni una conciencia nacional,
tornamos a las andadas, a los pronunciamientos, a los golpes de
estado, a los gobiernos estériles. La exaltación revolucionaria
presumió, sin género de duda, que basta vitorear la libertad para
alcanzarla, y encumbrará un civil, un hombre de levita, o un novel
general enamorado de las doctrinas de Hostos, que no comprende, y
las mismas manos lo derribarán al día siguiente. ¿En dónde el corazón que
nos nutra con su sangre generosa? ¿ En cuál cerebro anida el
pensamiento mentor? ¿Los viejos? Uno, dos, tal vez cuatro; pero no,
encastillados en sus virtudes, satisfechos de lo que han sido,
inexorables en el juicio, permanecerán aislados, respetados, no
queridos, temidos más bien; son demasiado honrados para algunos,
troncos sin savia para otros. Como el griego, apurarían la cicuta
sin temblar; mas no sabrían encontrar el ritmo de la vida en la
cabellera del discípulo juvenil. Y, sin embargo, la ocasión es de
perlas. ¡Quién se atreviera! El diablillo del orgullo le
tienta. La empresa es hermosa. Expulsar de sí al sibarita que se
place en la lectura de libros bien impresos, en la hembra entre
encajes y perfumes, en la mesa rica, en el vino añejo, en la cama
mullida, en la obra de arte; bajar de la torre de marfil a la arena,
ser un hombre como los otros; amar, odiar, dar y recibir golpes;
atisbar en las almas, decir la palabra que alienta, redime, consuela
o fulmina; sacrificarse por una idea, vencer, triunfar. El laurel,
¡pero qué va!; los capitaleños se reirían de él, aquí no será
profeta uno a quien han visto en mamelucos, volando chichiguas. No,
de los campos cultivados vendrá el varón fuerte, que tenga, como
quería el florentino, de la raposa y del león... —Oye, Arturo, esta frase es
de Castelar. —Déjate de pamplinas. Más
te importa leer a Maquiavelo y estudiar a Lilís. Y de un salto, Arturo, se
planta en una de las ventanas orientales. En la anafaga del río expira
la tarde. Del corral de los criminales suben ruidos de cacharros, de
cadenas, acres vozarrones de bestias en brama. Los hombres, medio
desnudos, duermen en calabozos infectos, padecen hambre, miseria del
cuerpo y del alma, acoplamientos infames; el capricho aparea el
asesino con el ratero; la existencia es la más dura condena, así
la arriesgan frente a los fusiles de los cabos de vara al primer
descuido, o salvando el muro y las rocas, sin temer a los dientes de
los tiburones ni el mar, vadean la ría; y cuando, por merced
arbitraria o por la de su arrojo, a espaldas de la ley se libertan,
esparcen tales miasmas por los campos . Del antro asciende una voz
fresca que entona una canción penetrante, sugestiva, la misma que a
la vera de las rejas sollozan las guitarras a la luz de la luna; pétalo,
ala, la letra vulgar conmueve acercando a los hombres, a través de
los gruesos muros, destila una lágrima de las piedras siniestras: Símbolo de mi amor * * * Las cinco de la tarde. Antonio baja a saltos los
escalones de piedra y atraviesa como una flecha el patio hasta ganar
la puerta. ¡En libertad al fin! Tiene alas en los pies. En la calle
esperábanle dos amigos en un coche. Por el trayecto hasta su casa
le enteran del acontecimiento del día, la renuncia del Presidente
Figuereo, y de que la revolución. que avanza por el Norte y el
Este, toca ya con las culatas de sus fusiles a las puertas de la
capital. Pero ésta no debe permanecer inerte, es preciso dar un
golpe y derribar el Ministerio que asume el Poder Ejecutivo. Y esta
noche será. Hay, pues, que apresurarse. Antonio acoge el proyecto
con fruición. Sí, naturalmente, ¿cómo es posible que la victoria
sea íntegra para cibaeños y seibanos? No, ha de ser de todos. El
pronunciamiento se impone, y de una vez. Manos a la obra. Por las calles del tránsito, desde las puertas y
aceras le saludan, efusivos, vecinos y transeúntes. El lee en todas
las pupilas un acuerdo tácito. Cuando el coche desemboca por la
esquina próxima a su casa, sujetándose a la puerta, temblequeante,
se empina el hijo, que aúlla amá, apá. Le ha anunciado, y una
impresión, mezcla de alegría y tristeza, le oprime. ¡Cómo ha
crecido! Antonio le carga en vilo y entra con él en la casa. Un
abrazo los confunde a los tres. El contento se pinta en los rostros
familiares. ¡Caramba, ya
era tiempo! Y ahora ¡a triunfar, a realizar los sueños! Le hacen
coro; pero a qué remover las penas del cautiverio, lo que importa
es el porvenir que empezará dentro de dos o tres horas. Y Antonio abraza con fuerza
afectiva, que promete días de prosperidad, de dicha. La cuñada,
jubilosa, le presenta un gran plato de natillas con sus iniciales en
canela espolvoreada, que saborea en compañía de los amigos. El
hechizo del ambiente le encadena; pero hay que arrancarse de allí,
la palestra lo espera. Los ojos de la mujercita
reflejan inquietud resignada, y cuando se dispone a salir, ella le
acompaña hasta el umbral, y con voz insinuante pregunta: —¿A qué hora vuelves a
cenar? —No sé, no me esperes;
pero no tengas cuidado —y en la oreja siembra el secreto, fecundándolo
con un beso. Desde las siete de la noche
en el Parque de Colón nótase la presencia de corrillos y el ir y
venir de gente moza armada. Algunos han vestido chamarra de dril;
otros, de bombito y saqué cola de pato, embrazan larga carabina y
cruzan al pecho la cartuchera repleta, y no falta quien se tercie el
machete de cabo. Aunque el nuevo Gobernador
simpatiza con la revolución, conviene pronunciar la Capital, echar
por tierra el Ministerio, porque, ¿quién quita?... Se cuentan
entre sí los comprometidos. Antonio, abrazado,
felicitado, va de aquí para allá, cuchicheando; concertando
pareceres. ¡Abajo el Ministerio! grita una voz, y a su impulso el
grupo se dirige por la calle dcl Conde a la Gobernación de la
Provincia, y sin que la policía, cuyo cuartel está en la planta
baja, les moleste, escaleras arriba gana el despacho del Gobernador.
¡Viva la revolución! ¡Muera el tirano! Un bastón de ébano
fracasa el cristal del retrato ecuestre de Lilís. Descuélganlo, y
manos y pies le hacen trizas. La fogosidad los ciega y los
concita. El contentamiento los impele, y se echan de nuevo a la
calle. Hay que galvanizar la ciudad. Un chalet que irradia luz por
sus cristales atrae las miradas. Pedrada certera rompe una
vidriera, y otra, y ciento, hacen añicos las ventanas. El objetivo
de la épica jornada ha sido descubierto; sí, el enemigo se esconde
en las casas, edificadas con el oro del pueblo: tiembla entre su
lujo. ¡Pues, sus a él! Y las piedras golpean las mansiones de los
engrandecidos. El grupo, inflamado, acusa lapidando. En cada calle
erige un pretorio. Una voz apunta: «¡a donde Manolao; sí, con él...»
Pero otra detiene el coraje, reflexiva: «hay que tomar
precauciones, tiene azuanos armados en su casa. ¡Es verdad! Y la
multitud piensa que sería inútil manchar con sangre tal proeza cívica,
y recuerda que el general Figuereo ha renunciado al poder. ¡Ese
rasgo merece más respeto que los fusiles de sus azuanos! Y los
gritos llevan el ardimiento de la pasión regeneradora a los
habitantes de La Primada, que se están quedos y a cal y canto,
mientras ellos les devuelven el bien sumo de la libertad. El pronunciamiento culmina en
una Junta Gubernativa, uno de cuyos miembros perteneció al
Ejecutivo derrocado, y el grupo se disuelve, roncas las gargantas,
desmayados los brazos, los unos a montar guardia en la Gobernación
—es necesario estar alerta, los caídos pueden reaccionar— los
otros, a relatar los hechos, a repartir desde ya la parte que a cada
cual corresponde, en el Casino o en el en el Club Unión, en donde
el ministro de Relaciones Exteriores entretiene un corro con su
charla amena. Antonio rehúsa la botella de
cerveza fría con que le invita uno de sus correligionarios, y, a
pesar del triunfo, toma camino de su casa, presa de vago malestar.
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