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XII

XII

Muy de mañana, Antonio, dejando el lecho, empiema unos pantalones remendados, y, en camisilla, los pies desnudos en holgados chanclos, toalla al hombro, baja del piso alto, en el cual están la sala y los dormitorios, a la planta tercera, compuesta de zaguán, comedor, cocina y cuarto de baño. Provisto de un vaso, lo llena en el tinajero y asomándose por la ventana de la cocina, se enjuaga la boca gargarizando, se frota los dientes con el índice, a guisa de cepillo, y escupe las bocanadas al patio. Luego se sienta en la clásica sillita criolla a esperar el café, cuyas borras hierven, cantarinas, en anafe cerca de la puerta.

La suegra preside en el ámbito, flaca, cetrina la rugosa piel de trigueña; un pañuelito blanco anudado en el occipucio, la protege de resfriados, y con ademán cordial le alarga el pozuelo de café tinto, caliente y aromoso. Mientras lo paladea a sorbitos, Antonio examina la estancia. Dos puertas la comunican con el comedor y el patio, una ventana lateral se abre sobre éste, y alta claraboya mira al colindante. En la pared del fondo, el aparador de pino, en cuyos tramos escurren boca abajo la loza a flores, recién fregada, las ollas vidriadas y las pulidas cucharas de higüero. Al lado, en la mesa cuadrilonga, de la misma madera añosa, revelando la frecuencia con que el cuchillo raspa las manchas que la afrentan, reposan, recostadas en el muro, las pailas estañadas de hacer dulces, el almirez de piedra y la hachuela de picar carne, el frasco de bija con su muñequita, la higüerita con la sal, cuchillos, tenazas, macetas, bolillos, machetes y otros enseres; debajo de la misma, el pilón de algarrobo de moler café y rajas de cuaba para juntar candela. En un ángulo, el barril del carbón; entre la ventana y la puerta del patio, tiene su sede el fogón: hasta cinco anafes de hierro de diversos tamaños asentados en poyo de mampostería, y detrás de éstos, en fila, reclinados en el tabique, los calderos. De un clavo cuelgan colador de metal, espumadera y guayo.

En el umbral de la puerta del patio, la señora en cuclillas, despercude cacharros, faena que abandona para preparar el café de los madrugadores o cuando en el portal suenan la tapa de latón del panadero o las vasijas de la leche. Entonces se escucha su voz que cuenta: «uno, dos, tres», y reclama, «cámbieme ese mollete que es de ayer», y «éste que está blandito como barriga de viejo» o «llene bien la medida», o «esta leche está bautizada y se le ve el azul de la batata». «Eso no es tener conciencia».

Antonio, después de sorber la última gota azucarada, sale al patio y lo revisa con mirada curiosa. Todo está igual. No; ha envejecido también. Es un cuadrilátero, plantado de árboles, cerrado por tres tapias erizadas de fondos de botella que lo guardan de los rateros. En uno de los extremos medra un humilde jardincillo. La mitad la ocupa el gallinero, cercado de cañas de Castilla, atadas con tiras de yagua, en el cual ponen y encluecan al amor de un gallo una docena de gallinas, que es fuerza mantener con las alas cortadas. Un limoncillo las ampara del sol con sus ramas, y un cocotero, cuyo tronco forma un codo, brinda tribuna a sus estrepitosos cacareos; un casco de tinaja de hierro, el bebedero. Antonio observa complacido una blanca pollona moñuda, que en un pie, en el borde de aquél, se mira coqueta en el agua y lustra con el pico las plumas pectorales. El sultán engalla la cresta cárdena.

En el jardincillo, entre arriates de caracoles marinos, enfloran mosquetas y cienhojas, espiga el llantén y brilla el terciopelo de la yerba buena. Hay también hinojo, salvia y sábila, ruda y albahaca, y tuatúa, cuyas hojas purgan arrancadas hacia abajo, según decir, y hacia arriba son eméticas, concordándose el placer estético con la utilidad de la medicina casera. En cajoncitos, un geranio escarlata y un clavel de olor, defendidos de la adefagia de las lagartijas, por cáscaras de huevos enhiestas en varillas de coco.

En uno de los ángulos, en cuartucho cobijado de cinc, está el retrete, que infesta el recinto y hasta la misma casa. Aquí y allá; restando dominio al sol, naranjos, guanábanos y limoneros, y por encima de la pared medianera extiende el ancho abanico de sus hojas y carga las hermosas esmeraldas peludas de sus mazorcas un pan de fruta, que regala con su sombra el lavadero: una batea de roble sobre un barril vacío, tres piedras carbonizadas y la lata de lejía. De tapia a tapia y de árbol a árbol, dividen el espacio los cordeles de tender la ropa. En la opuesta esquina asienta sus reales el pozo, que surte agua fresca a dos casas. Musgo fino tapiza el brocal de piedra, y de la boca surgen graciosos helechos.

Antonio, asida por la abrazadera la lata que fue de manteca, se allega a él. En el seno profundo espejea la líquida pupila, de la cual afirma la conseja popular que, el día de San Juan, las muchachas casaderas que se asomen ven retratado el futuro, aquél cuyo nombre será el mismo del primer pordiosero que en tal día haya tocado a su puerta. La mirada escruta la pétrea garganta cavernosa, y el húmedo vaho le penetra. Bienhechora sensación de calma y de poesía le acaricia. El claro ojo le fascina. Se aparta, de súbito, sustrayéndose a un pensamiento: ¡sería tan fácil acabar, dormir para siempre, en la paz de lo hondo del pozo! Rocía el carrillo para que no chirríe, y echa el recado, soga de majagua con dos bambúes. Y del pretil al baño acarrea el agua. En el silencio se escucha el raudal, vertiéndose en la batea.

En el baño, Antonio, boca arriba, las piernas encorvadas, el tronco sumergido hasta la nuca, goza de la impresión voluptuosa del agua fría; burbujas le cosquillean por la espalda. ¡Qué delicia! Y pensar que más de un año estuvo privado de ella. Sentado, mientras se estruja la piel hasta enrojecerla y se enjabona copiosamente, dice para sus adentros: «no importa lo que cueste, es urgente que El Homenaje no sea en lo adelante el domicilio de los dominicanos que piensen en voz alta contra el Gobierno, y es necesario también que ésta sea la última revolución», enfrascándose en sus planes de sanear, libertar y restaurar el país.

Con la higüera se empapa la cabeza.

Cuando, de regreso a su cuarto atraviesa por la cocina, la leche que hierve forma una cúpula de nata y se derrama sobre las brasas. La suegra acude presurosa, la trasiega repetidas veces para enfriarla. Antonio se detiene, le interesan estas faenas domésticas, en las cuales descubre la belleza sencilla, y sigue unos instantes el curso del lácteo chorro. Sube las escaleras ágilmente.

En su cuarto encuentra ya listas sobre la cama y en el espaldar de una silla, las ropas, repasadas por la mano amorosa de la mujercita, que está allí, rondando, para ayudarle a vestirse. Le sujeta los pantalones por los bajos para que el pie entre recto, y avienta los cabellos que han caído sobre la pechera. Antonio mata con la esperma de un cabo de vela el filo del cuello, para que las hilachas no le molesten ni el sudor lo ablande Quiere una corbata roja, expresión de su radicalismo, pero no la posee. Mas, Luisa acude a uno de los hermanos y vuelve con una, flamante, encarnada; ella misma le hace el nudo, y empinándose al final, le besa. ¡Cómo le ama y admira!

Antonio parte el revólver W. and 5, lo aceita, y cargándole lo vuelve a la canana colocada en el costado izquierdo; ceñido el saqué se planta ante el espejo; las solapas caen bien, y en la espalda ni un pliegue. Está un poco estrecho, tanto mejor, así marca las líneas varoniles del tórax, y si huele a bencina, ya cesará en cuanto le dé el aire. Caía hasta las cejas el sombrero de yarey, de alas acanaladas, la copa circuida por cinta negra de dos dedos de ancho, y en el bolsillo de pecho guarda el pañuelo blanco de seda perfumado de Yˆlan Yˆlan. Aún hay más: dos pesos para los cigarrillos. Y en compañía de la esposa, haciendo molinetes con la varita de corozo, baja al comedor, donde le espera un desayuno extraordinario.

El mantel de alemanisco azul, color encubridor, doblado en cuatro, está puesto en una de las cabezas de la mesa de caoba, mueble secular. En un plato, huevo frito y media vara de longaniza; un plátano maduro, de los mentados dominicos de los campos de San Cristóbal, asado con cáscara en la hornilla; un pocillo de leche, un pan de corteza dorada, y en un platillo, medio de mantequilla. La habitación es adyacente al zaguán. La amueblan un tinajero de pino pintado, base de la piedra musgosa que destila el agua, gota a gota, a la panzuda tinaja, estregada a diario con estropajo de hojas de guayabo; un cajón alacenado con puertas de tela metálica, en el cual se guardan bajo llave la loza, las golosinas y el azúcar por temor de los muchachos; unas perchas o cosa así, destinadas a las tablas para secar al sol los cajuiles y al mármol para estirar y cortar los caramelos; baúles viejos, sobre los cuales atadijos de ropa recién almidonada.

En torno de la mesa la familia se sienta. El suegro, rechoncho, encorvado ligeramente, con un reflejo de bondad en el rostro rasurado, ha vuelto del mercado a donde él mismo va con la negrita sirvienta a hacer la compra. Todos interrogan, desean saber qué fue lo de anoche. Antonio, entre bocado y bocado, relata el pronunciamiento. A la verdad, se siente mohíno; aunque no lo confiesa, no está satisfecho. El habría preferido una pelea, sangre, los culpables colgados de los faroles, como tremenda lección; pero ¿ cómo referir que las piedras vejaron a quienes más de una vez han favorecido a la familia y a él mismo? Del embarazo le sacan tres conmilitones que llegan presurosos. Vienen a buscarle. La cosa está que arde.

—Es necesario que nos reunamos en seguida para constituir una Asociación Cívica, que vele por que no se emplee a los lilisistas. No pediremos nada para nosotros, bien entendido; pero que no se les dé a ellos, porque eso sería injusto, inmoral --dice uno.

—Lo que importa es abrir los ojos y no dormirse sobre los laureles, pues ya hay un complot para reaccionar; en él están metidos hasta el gollete los jefes de San Carlos y Pajarito, y de momento rompen los tiros —noticia otro.

—Eso no lo logran, aunque yo sé que desde esta madrugada están sacando carabinas y cápsulas; pero lo más gordo es que se están llevando el dinero, de Palacio para sus casas; los han visto con los claros del día, cargando sacos llenos en un coche —asegura el último.

Don Pedro los ha oído suspenso. El primero ha sido empleado de la tiranía hasta ayer; el segundo, mozo inofensivo, pacífico, excelente bailador; y el tercero, ¡santo Dios! ¡qué transformación tan rápida! de espía y alcahuete le reputaban...

El buen hombre les .dice persuasivo: —Vayan despacio, que hay mucha gente mala, y no deben creer sus intrigas. ¡Qué sacos ni ocho cuartos, si en las cajas no hay más que papeles!

—¡No, don Pedro, usted es muy sano, esta gente es capaz de todo, nosotros los conocemos!

—Vamos, que debemos impedirlo.

—Sí, lo primero es ir a la Gobernación para poner en cuenta a la Junta.

Y los cuatro salen a cumplir el arduo deber de salvaguardar la paz de la ciudad, los dineros del Estado y los servicios públicos.

La magna lucha duró seis días, en los cuales la juventud, ojo avizor hacia San Carlos y Pajarito, veló las armas. Por la Puerta del Conde seguían entrando los lecheros, y la vieja barca cruzaba el río con los pasajeros trafagadores. Se confeccionó una lista de candidatos a mejorar las instituciones desde las oficinas, y la Junta forcejeaba, vigorizada por la intransigencia de una cabeza dantoniana, contra el asalto de las pasiones irascibles y de los nuevos intereses voraces. Un día, el aire embalsamado por las pomarrosas de las sabanas orientales, trajo nuevas explosivas: el jefe revolucionario de esas provincias se proponía entrar en la Capital, con su taifa de paso tardo, armada de largos machetes y al hombro el saco de yute en que almacenan frutos y objetos realengos, que no desamparan ni en las marchas penosas ni en las refriegas. La Junta se opone. Vale más esperar a los del Cibao, que sea el triunfo uno solo. En las esquinas, en corrillos, o medio a medio de las calles, los comentarios corren quemantes, manos inexpertas lubrican los fusiles, aún oxidados, y a los oídos de la gente moza las canas duchas insinúan: —¡Cuidado con los del Este, son matreros, ambiciosos y amigos de hacer coca! Acuérdense de Santana.

En la tarde del sexto día, por debajo del Baluarte del Conde, pasan los revolucionarios, a lo largo de la empavesada calle de la Separación hasta La Fuerza. En el grupo de jinetes que precede, las manos entusiastas señalan figuras conocidas: el Jefe, alto, cual tallado en mármol, la negra barba en punta; Ramón Cáceres, el héroe, hermoso, jinete insigne, un tanto ladeado, la cara de risa, ¡homérica risa que durante doce años resonará preponderante en la política nacional! Sobre sus cabezas caen pétalos, revuelan los aplausos y aletean las aclamaciones. A su paso, mirando a los balcones engalanados, y a las que en ellos agitan manos febriles, los mal intencionados murmuran: «¡son las mismas que bailaban con el negrito!» y los rapazuelos callejeros, que enantes corrían tras los carruajes en los bautizos rumbosos, tararean las canciones procaces, en las cuales la chusma ha sacudido el lodo de sus chancletas sobre las faldas de seda.

Los soldados de la revolución desfilan, mirando el hembrerío de los balcones, con una palmita de guáyiga en los sombreros rotos: es la divisa de las tropas que desde Santiago a la Capital cuentan en su jornada una sola baja: un oficial herido en un muslo por el cuchillo con que hacía rajas una caña.

En los días siguientes, un nuevo espíritu animó la ciudad. Las serenatas a los triunfadores sucedíanse por las calles, los discursos premiaban el esfuerzo de los caudillos. Cada plaza se convirtió en sucursal del ágora, y la palabra meeting, importada por un negro autodidacto, graduado de doctor en una Universidad del Norte, que pasea su vehemencia de chistera y levita, cuyos faldones ahueca el viento, se adhirió al vocabulario político. La juventud audaz, encaramada en sillas claudicantes, derrama sobre el pueblo las doctrinas constitucionales de Hostos. El ejemplo de los Estados Unidos y de Suiza se cita como meta de la democracia.

Eugenio Deschamps, recién llegado, lee las cuartillas de sus arengas, y restalla el látigo de siete colas en su verbo indignado, rico en dicterios. Miguel A. Garrido, de gallardo talante, enciende los cohetes de su prosa; Antonio Portocarrero desenvuelve como en un cinematógrafo las visiones de los catorce años de tiranía, y gimiendo con los presos, hace sonar los grilletes y saca de la tierra en que se pudren los cadáveres de las víctimas. Arturo Aybar habla del orden, de la libertad, de la educación cívica, de la necesidad de que los hombres idóneos gobiernen, y del olvido de lo pasado. Y el pueblo, borracho de palabras, palmotea. Algún orador novel alude al sol y al cielo; otro hace cambiar las sonrisas que produjera esta poesía, por un gesto de espanto, anunciando: ¡se maquina en la sombra! Las miradas se vuelven buscando a los impenitentes lilisistas, y las diestras apuñan bajo las chaquetas las cachas de los revólveres. Los papeles impresos, con títulos alusivos, aumentan: las piedras de la épica noche se han transformado en tipos de imprenta. Se elogia, se insulta. El ditirambo y la diatriba se codean, y al pie de los artículos se leen todos los signos del alfabeto o seudónimos, más o menos jacobinos. Se ha descubierto que existía una lista de puño y letra del tirano, en la cual están anotados los que debían morir por el hierro de sus esbirros. Todos están en la nómina, uno explica: «yo porque no le saludaba», otro, «yo porque no le quise aceptar un puesto». En el Jordán de la Revolución zabullen todos, y limpios de culpas, bregan por hacer la felicidad de la Patria.

Portocarrero está asombrado: nunca supo que tuviera tantos admiradores ni la tiranía tales enemigos. En una asamblea lanza su candidatura a Diputado, que sus oyentes acogen con aclamaciones, y levantándose el pantalón, exhibe la mordedura de los grillos, su mejor título para legislar. La candidatura gana prosélitos « ¡Se lo merece y sabrá defender nuestros derechos!», dice la gente. Pero una noche, con gran sigilo, bajo un laurel del Parque, un compañero de la Asociación le confía que el Gobierno Provisional no le apoya, ni tampoco el candidato a la presidencia.

—¡A mí! ¡Eso no es posible!

—Sí, a ti. Dicen que eres muy intransigente, que lo discutes todo, y no eres un hombre práctico, ni tienes ideas gubernamentales.

Mas, el presidente futuro, en una conferencia, le contesta, diciéndole: «Necesito ese puesto para una combinación; usted tendrá otro en mi Gobierno, distinguido y de confianza» .

A diario, la prensa registra nombramientos. En los bancos del Parque se despelleja a los agraciados. Ningún mérito se les reconoce. Vientos de Fronda desmadejan el ramaje de álamos y laureles. Los vencedores se dividen en dos grupos, igualmente istas, roídos de ambiciones indiscretas. Algunos jefes lilisistas venidos de las provincias, pasean por las calles, señalados a la burla pública desde los periódicos, con sus panamás alones. Cuando la naciente oposición da en el blanco, la pasión grita en el Parque: «Horacio está que trina, dice que va a desenvainar el encabao y a entrar a planazo limpio a La Bandera Libre. ¡Usted verá! ». En las palabras, en los pensamientos, en los actos, se advierte una sombra: Lilís. Se le niega, se le abomina, se le combate; pero está presente, suena en todas las bocas y obsede las imaginaciones. Es cátedra de política criolla; se repite: «el hacía esto así», o «acuérdense de Lilís que tenía experiencia y sabía en donde apretaba el zapato». Acusación o ejemplo, domina, amenaza. Ese muerto gobierna.

Un día de noviembre, la levita inglesa abrochada, reluciente el parisiense sombrero de copa, cruzado el pecho por la banda tricolor, el elegido jura la Primera Magistratura. El Metropolitano, bajo las naves de la Catedral, entona el Te Deum laudamus. En la tarde, a son de bando, en las esquinas alternas, se lee el Decreto presidencial nombrando el Gabinete. Cada apellido que cae de los labios del pregonero, es presa de las lenguas implacables. En los días siguientes, los cibaeños retornan a sus lares; el Listín Diario continúa publicando las listas de nombramientos, y el Presidente, cuatro veces al día, a zancadas, atraviesa el Parque, un cigarrillo en la boca, los faldones al aire, seguido de dos edecanes, de azul y oro. El pueblo, en tanto, le pone motes chocarreros.

Antonio espera cada día, impaciente, la carta del Presidente, anunciándole su puesto. Los compañeros que ya alcanzaron su tajada en el botín, le aconsejan calma. «Don Juan —le dicen—, habla siempre de ti con cariño, y está preparando una combinación. Ten paciencia».

Arturo Aybar, ratificado en su Consulado en París, mientras prepara las maletas, enseña a los contertulios del Club a descorchar las botellas de champaña, sin ruido, y sin que el espumante vino se derrame. Los acreedores presintiendo el fracaso, asedian a Antonio: siempre hay un cobrador de facción en la puerta; otros le asaltan en la calle. La suegra murmura, y él nota un ardor de súplica en las pupilas de su esposa.

¿Qué hacer? De arriba, de abajo, hay algo que le repele. La palabra intransigente ha sido escrita como un inri sobre su cruz. Los amigos le traen del Palacio consuelos: el majarete cuajará. Los periódicos suelen publicar gacetillas, en las cuales se recoge el rumor: «se dice que nuestro querido amigo el brillante periodista Antonio Portocarrero, será nombrado próximamente secretario de Estado de.. . » En Palacio se le ha ido descartando, poco a poco, de todos los cargos. Es un «espíritu de contradicción», han sentenciado. «Tampoco es serio», agregan, «tiene muchos ingleses».

Se rebela contra la sorda, mansa y taimada hostilidad ambiente. ¡Ah! el triunfo para los otros, aun para sus propios contrarios, menos para él, condenado al dolor, a la miseria; acorralado, desconocido, maldito. No; nunca; y airada, incisiva, la pluma rasga las cuartillas.

Luisa, viéndole escribir, le interroga con timidez:

—¿Otra vez?

—Si quieren lucha, la tendrán. ¡Ya sabrán lo que es candela!

Al crepúsculo, descalzos, a trizas la sucia camisa, el rollo de periódicos debajo del brazo, los rapaces vociferan: El Listín Diario a rial articulo caliente de Portocarrero. Las manos les arrebatan el papel, y arrellanados en los bancos públicos o en los mecedores de bejuco, devoran la prosa vibrante, en cuyas cláusulas adquieren las palabras extraño sentido, y producen sensación de fragua. «Pero, este hombre nunca está conforme. ¡Pobre mujer!» —opina uno.

«Ese es un despechado__afirma otro. Los lilisistas se soban las manos con gusto, y un Secretario del Despacho, acariciándose las patillas, acusa: «ese huevo quiere sal».

Al día siguiente, se cruzó en la calle con el Presidente; la chistera parisiense y el yarey portorriqueño permanecieron inmóviles en las respectivas testas.

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La Sangre

 


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