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XIII

XIII

En las columnas de «La Libertad», interdiario que ha fundado y dirige, Antonio derrama su ira contra el gobierno, quebrando lanzas por la Constitución, pues a su juicio, los nuevos mandarines la violan desahogadamente. Los errores de los jefes comunales analfabetos, arrójalos sobre la cabeza de turco del Ejecutivo: el Palacio es el único responsable. Elocuente, fuerte, rimbombante, su prosa estalla, desmenuzando al contrario. A su vez, los plumíferos empleados le atacan. Un seudónimo impenetrable, inquiere cómo ha vivido hasta hoy, qué- industria costea su existencia, e insinúa que aceptó los favores de la tiranía; otro le amenaza con el Archivo del Tirano, suerte de bubón cuyo pus pringa todas las caras. Sus cartas circulan de mano en mano, y la maldad adoba y cuchichea que, entre tales papeles, han aparecido virginales camisas ensangrentadas con monogramas.

¡Marea de sanies! En la calle, la gente le estrecha la mano con efusión o esquiva el saludo, según sirva o ataque sus intereses. Los lilisistas le elogian; los jimenistas le denigran. Este, le dice al oído: «siga, amigo, que este Pan sobao se las trae, y es preciso defender los vitales intereses del país»; aquél, que ejerce autoridad, con sonrisa maligna le susurra: «Usted no sabe cómo anda la procesión por dentro, el santurrón quiere embestir. Esto es un cuero tieso, le pisan una punta y se levantan las otras tres, y Horacio, hum.... »

La redacción, establecida en una accesoria de la imprenta, con una mesa de pino, tres sillas y otros tantos cajones vacíos por mueblaje, es un mentidero. Allí se reúnen los opositores y también quienes gustan de encandilar a salva mano. Las propagandas, los chismes, las noticias, convergen y se transforman en prosa candente. A horcajadas, sentados sobre la mesa y en los rimeros de periódicos sobrantes, charlan, porfían, mientras Antonio escribe, y los reporteros voluntarios acarrean gacetillas, y un misterioso colaborador que se disfraza con un seudónimo desliza su manuscrito envenenado, recomendando el secreto; el cronista de salones deshoja flores a los pies de las damas concurrentes al último sarao, y los forasteros visitan para que les pongan un saludo de bienvenida. En los días en que de antemano se sabe que «La Libertad» viene picante, lectores impacientes aguardan a la puerta.

Antonio no mira hacia atrás, ni examina quiénes le impelen. Su enemigo es el Palacio, madriguera del despotismo para él, y truena contra los mismos procedimientos que sólo han cambiado de antifaz.

Al oído del Presidente se insiste: «Usted es muy bueno, Lilís le habría metido en la cárcel, por lo menos». «Este país no se puede gobernar así». En el Parque, los discutidores se enfurecen.

—Esa es la obra de los lilisistas, que nos están dividiendo para vencemos.

—Sí, y don Juan debe pelar el ojo, y agarrarse, porque la mulita corcovea.

Portocarrero siéntese satisfecho. Es el blanco de todas las flechas; admirado, odiado, aplaudido o denostado; su fuerza se enfrenta al poder, que al fin capitulará. Los que entretienen sus ansias, haciendo combinaciones ministeriales, incluyen su nombre en primera línea. Cada error gubernativo es una piedra más en su pedestal. El Presidente continúa recorriendo las calles a trancos, con sus edecanes a la zaga, y los domingos oye devotamente la misa en la Catedral, acompañado de su familia. El edificio cruje al golpe de las piquetas demoledoras; pero él, cabeciduro, repite con acento afrancesado su estribillo: «Ni un día más, ni un día menos».

Una tarde, los granujas vocean: «La Libertad», con «la caída del Ministerio», «lo que le dicen a don Juan». Tres secretarios de Estado han renunciado, y Portocarrero enristra una catilinaria al Presidente, enumera los errores en que ha incurrido, le acusa de acoger a los lilisistas, y lo que es peor, de usar las mismas prácticas corruptoras. «La Constitución es un trapo, cuando debe ser tan sagrada como la bandera nacional», escribe; y barajando los nombres que se indican para el nuevo Gabinete, su péndola, sin piedad ni rebozo, excluye, acusa, clava en la picota o elogia sin tasa, aclama o anatematiza.

En los mentideros del Parque de Colón, se comenta el artículo; alguno afirma que Portocarrero será al fin ministro, y se le reconocen cualidades. Cuando llega en busca de los laureles de la jornada, las manos se tienden afables, sólo una le repulsa. El paladín le mira retador, y el otro estalla:

—Usted no es más que un sinvergüenza, y mi tío es un hombre honrado, que muchas veces con su dinero le ha matado a usted el hambre.

El bastón del periodista se alza. El bombín del insultador rueda roto, los testigos se apartan y los revólveres relucen. Portocarrero se planta en la avenida; el otro se escuda en el tronco de un álamo, y entre los gritos de los presentes, los dos hombres se bombardean, pum, pum, saltando, zigzagueando, o perfilados detrás de los árboles hasta que las cámaras se vacían; entonces los otros promedian y la policía acude: Muchas puertas se han cerrado, y la guardia de la Gobernación está firme. Los combatientes, ilesos. Los espectadores la cuentan de chiripa; a todos les ha pellizcado el plomo las orejas.

La única baja, es una borrica que pasa por la calle cargada de petacas de carbón y haces de caña de azúcar, la que herida en una pata, amusga las orejas y lanza un rebuzno formidable..

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La Sangre


 


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