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XIV

XIV

La noticia le precedió. En la casa estaban conmovidos, y aunque les habían avisado que nada le ocurría, lloraban lamentándose. Luisa, los ojos acuosos y enrojecidos, le abrazó, junto a la puerta. Todos querían saber.

—No ha sido nada, una pelotera sin importancia. Todo ha terminado. ¡Un mentecato! ... ¡hombrearse conmigo!

Después del lance, Antonio se sentía más varonil. Las balas habíanle respetado. El tributo de tantas manos que estrecharon la suya alabándole por haberse portado como un hombre, le satisface.

Su popularidad medra. «La Libertad» relata el duelo, enumerando los disparos, los movimientos, los incidentes y haciendo constar que ni insultos ni tiros le detendrán en su camino. «Nuestro querido Director —termina— se debe a la Patria, y en sus altares, si necesario fuere, ofrendará la vida». «Esta vez sí que llego», se repetía a sí mismo.

En todas las combinaciones ministeriales publicadas por los periódicos se le nombra. Los cobradores le han concedido una tregua, y hasta los tenderos le saludan con una sonrisa prometedora de nuevos créditos. Los amigos le asedian, algunos le piden puestos, musitándole: «ya sabes que siempre he sido tuyo», y no falta quien, de acera a acera, le diga cariñosamente: «adiós, ministro». El, sonriente, replica: «Todavía no sé nada de cierto, ni sé si me convenga aceptar. El Presidente está bien inspirado, a pesar de sus errores: pero los compromisos, y las responsabilidades... » Y deleitándose promulga sus planes de gobierno: no importa el Departamento que se le destine, él está preparado. En Interior, hacer cumplir la Ley con energía. En Hacienda, economías, gastos reproductivos, y fuera las asignaciones. En Relaciones Exteriores, poner a raya a los diplomáticos extranjeros, rechazando, textos en mano, sus reclamaciones dolosas y sus pretensiones humillantes. En Fomento, caminos, puertos, inmigración; si Instrucción Pública, escuelas y educación cívica. El país necesita, concluye, administración, mucha administración honrada, y nacionalismo; sí, nacionalismo, para salvar la independencia amenazada.

—Así es. Hombres como tú e ideas como ésas, las que convienen; si no, nos hundimos — asientan los oyentes.

En la casa, se mantienen alerta, esperando al conserje de la Presidencia, portador de la tarjeta de don Juan, convidándole a una entrevista. Esta vez parece seguro. Antes había anunciado distintos nombramientos: Cónsul general en New York, en Hamburgo, Interventor de Aduanas, los que, según él, le fueron ofrecidos, habiéndose negado.

Reclamos y palabras hostiles le obligan a mentir para engañar la espera dolorosa, en aquella miseria que abate su vanidad. Luisa, calla siempre. La suegra protesta:. «ésta no lo cree; pero se muere antes que confesar que él es un embustero». Con acritud agrega: «no lo nombran ahora tampoco, ya verás como se le pela»; y la abuela doña Altagracia, que sorprende las murmuraciones, se adhiere: « ¡porra para él!», y volviendo el brazo derecho, hace un cuerno.

La familia se reúne en torno de la mesa dos veces a día, a las doce para la comida y a las siete para la cena, mientras toman la sopa y yantan el plato cotidiano, compuesto de carne guisada, arroz blanco, habichuelas rojas y plátanos salcochados, y en la noche sorben el pozuelo de chocolate unos, otros de café con leche, y alguno de infusión de jengibre o de hojas de naranja, chacharean hasta acalorarse de los sucesos del día. Antonio, displicente, frente a la taza de chocolate humeante, con lentitud unta de mantequilla el mollete de pan.

La suegra, con retintín, le interpela:

—¿Qué fue el bando de esta tarde?.—El nombramiento de los nuevos ministros..

-¡Ah!...

Y se produce el silencio, sólo interrumpido por los sorbos y la masticación. En una esquina de la mesa, el unigénito forcejea por alcanzar un pan, tembloroso, balbuceando, apá... apán...

Antonio, molesto le alarga un pedazo, y cuando ha terminado con su ración, relata:

—Don Juan me mandó un recado ayer, ofreciéndome el Ministerio de Hacienda o el de Correos y Telégrafos; pero le contesté que no podía aceptar.

—¿Qué sueldo gana un ministro? —pregunta la suegra con viveza.

—Ninguno de los dos me conviene —prosigue Antonio sin responderle;— La Hacienda está muy embrollada, y no voy yo a exponerme a fracasar, desenredando esa madeja de la Irnprovement, los belgas, los franceses y la Deuda flotante interior, puesto que mi criterio radical, de cortar por lo sano, no habría de ser adoptado por el Gobierno. Y en Correos y Telégrafos sería una figura decorativa, obligado a asumir las responsabilidades de los errores cometidos y de los disparates que seguirán. Si me hubiera ofrecido la Cartera del Interior, tal vez me habría sacrificado y eso para tratar de unir a Horacio con don Juan, Porque las cosas andan de mal en peor, y pronto llegaremos al rompimiento y a la revolución Luisa aprueba con energía: «has hecho bien, es una tontería comprometerse a última hora».

Sones musicales lejanos llegan hasta el comedor. Doña Altagracia pone la oreja en escucha, y anuncia:

—Oigan, música. Debe de ser la serenata que le traen a Antonio porque lo han hecho ministro

—No, señora, si no ha querido —refunfuña la suegra. yo... Como decían...

Y Antonio sale disparado, en busca de aire. En el Parque los bancos están concurridísimos En el ángulo sureste, entre la Catedral y el Palacio Nacional, se sientan comerciantes, abogados y políticos graves, amén de algunas parejas de amartelados que se agradan en el claro- obscuro protector. En el ángulo nordeste, parroquianos del café vecino, conversan a gritos. En los bancos fronteros a la calle Separación, tienen su sede, bajo un laurel, un tipógrafo mudo, un zapatero curazoleño y un pirotécnico los cuales disertan sobre política internacional, analizando los cablegramas del Listín. El tópico palpitante es la guerra entre Francia y Alemania que, a juicio del zapatero, estallará de un momento a otro. De la mitad de aquel lado hasta la esquina de la calle de Plateros, son dueños los galleros, que forman coro en derredor de un álamo. Aquí, las altas voces reseñan las últimas riñas y enumeran las condiciones de un giro o de un malatobo. La batuta la lleva un hombre fornido, blanco, descotada la camisa, que habla y gesticula sin cesar, replica todos los argumentos, domina todas las voces, y afirma contundentemente:

—A mí de gallos no hay quien me enseñe, porque yo sé hasta cuando les duele la cabeza.

En el segundo y tercer banco del frente del Palacio Municipal, con un álamo por medio, se juntan los políticos activos: empleados, periodistas, abogados, médicos y gente de lengua chispeante. Allí, entre bromas y veras, se monda a cuanto ciudadano recibe la gracia de un nombramiento. La honradez tiene una condición fatal: la cesantía. Los nuevos ministros están en la mesa de disección, los bisturíes afanosos escudriñan en los pliegues de lo pasado. Unos atacan y otros defienden. Alguien, exasperado, clama inconforme:

—Bueno, ¿pero qué han hecho esos tales para que los nombren ministros? ¡Comprométase uno para que otros gocen!

Y un burlón, que quiere buscarle la boca, aludiendo al grado de coronel que las Ordenanzas militares reconocen a Jesús Nazareno, agrega:

—Y lo peor es que han nombrado coronel a Jesús..—Ahí está, y ¿qué méritos tiene Jesús para eso? Está visto. Este país está perdido.

—¿Y qué Jesús es ése?

—Hombre, ¡Jesús Nazareno!

Y el coro se desternilla de risa.

Antonio esquiva el Parque de Colón, en donde se sentiría mortificado, y se acoge a la penumbra de la Plaza Duarte. Y allí, solo, frente a la Iglesia del antiguo Convento de Dominicos, cavila.

La última ilusión se ha pulverizado. ¿A qué seguir combatiendo? Y lo que es peor, ¿cómo continuar? Su oposición ha perdido autoridad, y el público se cansa, al fin, de las palabras altisonantes. Esta tarde, el dueño de la imprenta en que se edita «La Libertad», le ha exigido con urgencia: se le deben tres semanas. El administrador dice que los agentes del interior no remiten los fondos, y que las ventas disminuyen. Y ha mostrado las cuentas muy claras, y él mismo está muy alcanzado, tanto, que ha tomado a cuenta seis meses de sueldo, y se ha cargado la cantidad; porque eso sí, él es un honrado padre de familia. El editor ha fallado el pleito, conminándole al. pago. Esperará una semana más, necesita el dinero, las cosas están muy malas, tiene que hacer pagos en Europa y, por otra parte, el Gobierno, en vista de que se tira en sus talleres un periódico de oposición, no le da trabajo de sus oficinas. Y abriendo los brazos, inclina la cabeza, y agrega: «más no puedo hacer». Uno o dos números más, y «La Libertad» habrá muerto.

En el hogar, la situación es intolerable. Luisa y su hermana trabajan de seis a seis, y con frecuencia su mujer mueve el pedal de la máquina, hasta muy entrada la noche; cosiendo para la calle. Herminia lava y hace dulces. El patio está siempre lleno de tablas con cajuiles secándose al sol, y en la cocina borbota el almíbar en la paila estañada. ¡Pobre muchacha, y cuando se case, continuará igual! La suegra cocina y plancha, y el suegro, que nunca maldice, a cada artículo suyo teme que le despidan del empleo que tiene en Palacio, y eso sería el acabóse.

La casa no la pagan hace años, está en ruinas, y el casero no la repara para que se muden. Los cuñados apenas ganan para sus necesidades. Luisa no se queja; pero late en su reserva una protesta; y el hijo crece, se estira, ha logrado, caminar, temblequeante, los brazos abiertos y un hilo de saliva colgante del labio belfo ¡Qué horror! A menudo lo encuentra en la calle, haciendo de policía o de cura, hazmerreír de una trulla de chiquillos que le burlan, le torturan y le enseñan a balbucear obscenidades Es la pesadilla que le abruma. De esa tiranía nadie le libertará, ni poder ni riquezas.

En la oquedad de la plaza, sus ojos descubren dos cuerpos que se abrazan bajo un árbol — una negra sirvienta y un soldado—: animalidad vibrante; y escucha gotear los higuillos de los ramos sacudidos suavemente por el terral .

__Sí , hay que tomar una resolución —se dice—. En Gobierno nada es posible; ya he quemado las naves, sólo resta Horacio. Más allá de las lomas, el Cibao que quita y pone Presidentes.

Hay, pues, que avivar el fuego y mientras tanto, otra vez a ludir los fondillos, desasnando muchachos, en las sillas de las escuelas.

De regreso, encuentra a Luisa, cosiendo a la luz de la lámpara de petróleo, colgante en mitad de la sala.

—No debes matarte tanto, no hay necesidad, muchacha —le dice entre cariñoso y reprensivo.

Y ella, alzando las dulces pupilas, le contempla satisfecha, y se excusa:

—No, si son camisas para ti. Las que tienes se están deshaciendo y quería darte la sorpresa el día de tu cumpleaños.

Y una sonrisa melancólica enarca levemente la boca fina, marchita.

Antonio le toma la cara por la barbilla, y a1zándola, la besa en los ojos murmurando:.—¡Qué buena eres!

Se sienta a su lado siguiendo atento el pulgar que pliega las alforcitas de la pechera. Luego pasea la mirada por la estancia, cuyos muebles nunca le parecieron tan viejos. Los mecedores de bejuco de Viena, que fueron el lujo de sus bodas, descascarados, rota la rejilla, tantas veces renovada, se zarandean de un lado a otro bajo el peso de las personas; el sofá, cojo, se apoya en la pared; las sillas, desvencijadas; la mesa del centro, llena de máculas. El polvo ornamenta la cal de los muros con extraños arabescos; entre vigas y alfaljías, la humedad dibuja fantásticas figuras. En el testero se destaca el retrato de cuerpo entero de uno de los antepasados de Luisa: señor potentísimo de la Colonia, en cuyo pecho prominente ostenta, bordada, la roja espadilla de una encomienda. En el marco, descaecido por los años, el buril talló entre hojas de laurel y bellotas, armas y atributos de guerra; ogaño una arañita prende sus hilos leves a uno de los ángulos superiores del cuadro. La mirada de águila, hecha a regir hombres en las filas y a dominar negros en el hato, conserva toda su altivez, y bajo una cicatriz que parte la frente, la nariz aguileña y el mentón pronunciado denuncian la energía de quienes por el mar o en la tierra impusieron su voluntad heroica.

Antonio siente la presión física de aquellos ojos que le dirigen reproches, y le parece que la diestra que reposa entre dos botones de la túnica militar, se abre indicándole un camino, y que aquellos labios sensuales le interrogan.

—¿Qué has hecho de grande en tu vida? ¿Por qué dilapidas tu energía en palabras? ¿ Qué obra digna de las tradiciones de esta tierra, realizan los hombres de estos tiempos? ¿ Sois libres, prósperos, venturosos? Nosotros izamos nuestras velas al viento desconocido y desentrañamos del océano un mundo. Conquistamos imperios, matamos indios, esclavizamos negros, fundamos ciudades, edificamos hermosas catedrales, defendimos nuestros bienes del asalto de los corsarios y enseñamos al bucanero de Occidente el hierro de las lanzas castellanas, y cuando el Rey nos cedió al francés, al frente de mesnadas campesinas vencimos a los soldados napoleónicos, y restituimos al Rey la Hispaniola. Fecundamos la tierra y el vientre de nuestras mujeres. Veinte hijos sanos, pregonaron mi estirpe, y la negrada de mis ingenios proclamó que fui amo pródigo de mis caricias y de mi oro. Y vosotros peleáis sin cesar, una revolución sucede a otra, desde que la Colonia se hizo República, y la bandera cruzada ondea sobre las piedras yertas que cobijó el pabellón de os leones. Combatís, es cierto, por empleos, con el mismo ardimiento de nuestra sangre...; ¡míseras hazañas!

El ruido monorrítmico de la Singer, palpita en el silencio.

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La Sangre


 


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