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XV

XV

Doña Altagracia, la abuela, es una mujercita seca, pina, a pesar de sus noventa años. En el rostro arrugado y moreno, brillan, entre los párpados abotargados, las pupilas vivas, y se destaca aquilina la nariz. Nadie la ha visto llorar. Sin embargo, en su largo vivir ha sido traspasada por los siete puñales. Sufrió reveses de fortuna; cruzó el mar en buques de vela, rumbo al exilio; las pasiones de la política le encarcelaron esposo, hijos, hermanos; cerró los ojos a los padres, y besó la carne muerta de los vástagos; gozó diez veces el dolor de la maternidad, siempre serena, fuerte, bíblica.

A1máciga preciosa. Su memoria comienza ya a desvariar; pero irreducible cuando le rectifican, se atiene a su dicho y acude al testimonio de su libro de apuntes. Es un cuaderno con tapas de cartón, en el cual, desde los albores del siglo, con malísima ortografía y letra redonda, de gruesos perfiles, que con los años ha ido perdiendo serenidad, ha anotado los sucesos de su casa y los de la calle. Así, en sus páginas se asocian la noticia política, las ejecuciones y los pronunciamientos, con el nacimiento de hijos, nietos y biznietos; la exaltación y caída de los caudillos; el primer diente o el primer pinito; la muerte de los seres más queridos y la primera comunión; las prisiones, las expulsiones, las angustias de los asedios, y el ruido pasajero de bailes, mojigangas callejeras y fuegos artificiales. Empero, ni una sola vez agrega al relato, lágrimas o comentario; la pluma consigna el hecho y nada más. Cuando recibe en su morada interior la eucaristía, escribe: «he cumplido con Dios», y al registrar la muerte de un hijo: «Dios le tenga en su santo reino». Y frente a Lilís, que triunfa corrompiendo y humillando, ella que ha sido perseguida y martirizada en los suyos, exclama sin ufanía: «¡nunca le he dado la mano! ».

Las modas pasan, los hombres nacen y mueren, ella conserva inmutable la forma del traje y las mismas amistades. En la casa, viste bata de prusiana morada, a flores, alto el talle; un pañuelito esquinado cúbrele la cabellera nevada, partida en dos trenzas que rodean la cabeza y se juntan en mono; medias blancas y guillotinas de marroquín morado, hechas especialmente por José Mena, buen hombre de figura quijotesca, que toca la trompa en la misa cantada de los sábados, en el ex Convento de Dominicos. Sale dos veces al mes: una para adorar al Santísimo, el domingo tercero en la Catedral, y pasar ese día en casa de una de sus amigas de infancia y comadre; otra, el en que se pone de hinojos ante su confesor. En tales efemérides, luce sus sayas negras de viuda, prende a las orejas zarcillos de azabache y oro, tócase con manto de merino a flecos, adorna el cuello con un pañuelo blanco sujeto por un medallón con el retrato del esposo, y calza botín de ternel, con lacito en la punta y dos borlas en el remate de la caña; devocionario en mano, camina erguida y despacito, junto al nieto, que la auxilia en los accidentes de las aceras, y carga el paquete con la muda de entre casa.

Con los años ha perdido la ecuanimidad, y es cada vez más terca; porfía y curiosea, aunque siempre muestra recato en el juicio, y tal amor por los suyos que no les conoce defecto. Recorre la casa sin cesar, husmea, regaña a los nietos, y a los impenitentes les planta en el cráneo un cocotazo dado con sus nudillos huesudos. Cose, zurce y pone plantillas nuevas a los calcetines.

En su alcoba se consume constantemente una lamparilla de aceite ante la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, de la cual es devota, y los miércoles, ante la de Jesús Nazareno, a quien ha consagrado su prole; y una palma bendita renovada cada Domingo de Ramos, protege el lecho. En armario de caoba, que era de su madre cuando ésta casó, y cuya madera fue cortada y labrada en tierras propias, guarda la ropa; en arquilla de cedro, los papeles y novenas, y en cestillo cuyos mimbres crecieron hace cincuenta años, hilo, agujas, botones, dedales, la madejita de lana, tijeras y un cabo de vela. No bebe agua de aljibe, sino de pozo, de los pozos profundos y poéticos, depositada en negra alcarraza española; tampoco usa vaso sino una higüerita, y otra higüera grande le sirve de jofaina. Cubre la cama con colcha de retacitos de diversos colores, por ella misma coleccionados y añadidos. Dos veces al día escancia agua endulzada con papelón. La silla de comodidad procede de su padre. Los días modernos no le impresionan; para ella indiscutiblemente el tiempo pasado fue mejor, y la grandeza ancestral la libra de injurias y de vanidades efímeras. Su casa poseyó capilla, esclavos, rebaños, trapiches, y sus raíces espirituales se han afirmado hace ya trescientos años en la tierra quisqueyana. El domingo primero de cada. mes, después de misa, la visita un primo suyo, que viene en calesa y con chistera. Hablan una hora de las cosas que fueron y de las que son, tales sus achaques.

Desde el muro, el retrato del abuelo coronel de milicias, cuyas hazañas rememoran, les sonríe, y cuando se despide, doña Altagracia cuenta, cómo él pudo alcanzar en el comercio, sin meter un solo contrabando, posición desahogada; fue desde joven honesto, tanto, que siendo hijo natural, un día el padre de ella, mayorazgo, haciéndole comparecer a su presencia díjole: «Sé que eres merecedor de llevar el nombre de mi hermano, y desde hoy te autorizo a usar nuestro apellido».

Cada noche, después de la cena, la familia se reúne en la sala, y la tertulia animada y, a veces, reidora, dura hasta las diez. Los jóvenes se marchan tras el último trago de chocolate, pero ingresan dos visitas: el novio de Herminia, mayor de veinticinco, y un viejo amigo, quien desde chico frecuenta la casa. Alto, tez cobriza, digno, ebanista de oficio, siempre de excelente humor, no tuvo la tiranía enemigo más firme, nunca se descubrió al paso de Lilís ni le aceptó una sonrisa. En la tertulia inicia las bromas y corta el nudo de tristeza con que suelen atragantarse. El novio es un buen muchacho, de pocas palabras, que llega invariablemente a las siete y media y se despide a las diez. Empleado en el comercio, gana cuarenta pesos y espera que le aumenten, cuando las cosas mejoren, para casarse. Todas las tardes, después de la faena, se asea, acicala y perfuma, y prepara su espíritu para el coloquio amoroso, pues es preciso que su amada lo crea el más elegante, fino, discreto y varonil. Herminia, la novia, que ajetrea desde que amanece, después de recogidos los peroles de hacer dulce y la tabla y las planchas, se baña, componiéndose con blusa de batistilla adornada de encajes y cintas, falda de lanilla azul obscuro y zapatos de tacón alto. Florece la negra cabellera con una rosa, y se sienta en el balcón a leer novelas de Dumas, de Feval o de Pérez Escrich, hasta que llega el novio.

Don Pedro,. en mangas de camisa, una pierna sobre el brazo del mecedor, charla con su amigo en torno de los sucesos de la política. Jamás habla mal de nadie, ni alimenta dudas; cree en los hombres, y si le engaña uno, pone su fe en otro. Sano de cuerpo y de espíritu, gracias a un optimismo ínsito, resiste a los más duros embates de la miseria y se conforma con su empleo, cuya paga, a duras penas, satisface los primeros menesteres de la vida, por la que pasa sin odios ni envidias. Ni preocupaciones ni pesares le quitan el apetito; es un buen diente cuando hay qué y a toda hora; a veces, después de los postres, la esposa echa de ver con lástima que se ha quedado una taza de sopa de la que se guardó a mediodía y se va a perder.

—«Tráemela», reclama con gozo—. «Muchacho, no la tomes, que te va a hacer daño», aconseja doña Altagracia; pero él ase con ambas manos el tazón, sopla la capa de grasa fría que cubre el líquido, y la apura con deleite. Y si la madre o la consorte le reprochan. «qué gandío eres», replica risueño: «lo mismo era papá y no murió del estómago», y en seguida intercala, con gran escándalo de doña Altagracia, que niega indignada, alguna de las tantas famosas indigestiones paternales.

Luisa, aunque también toma parte en la tertulia, al mismo tiempo cose o teje o cuida del hijo que anda de un lado para otro, acarreando objetos estrafalarios, los brazos en balance, las piernas temblorosas, y cae, a menudo, hasta que se duerme sobre el sofá, quedándose allí cual un pelele desmadejado. Doña Rosita en un rincón, apelotonada, las piernas en cruz, lee un grueso novelón y, entre párrafo y párrafo, coloca un chiste mordaz. Para ella casi todos los vecinos de la ciudad tienen un apodo, originado por defecto físico o por historieta chusca, que les pone con gracejo hilarante. Incansable en el trabajo, virtuosa, consciente de su destino que será igual hasta la tumba, si la dispepsia la atenacea se rebela, y es entonces cuando sus saetas se clavan en el yerno y da recias nalgadas al nieto.

La voz de la abuela es la que más suena en la tertulia, nunca le falta tema, pues remueve pasado y presente. A Antonio le gusta oírla y la hace hablar, ora interrogándola, ora contradiciéndola. Y ella, altanera recuenta, confundiendo fechas y nombres, reviviendo días y hombres pretéritos. Un siglo entero se anima en su memoria. Y es su conversación pintoresca, si evoca, tal como se las contó su mamita, los percances del año de Toussaint L’Ouverture,.cuando éste vino del Guarico, y los alzamientos de los esclavos. “Mi taita reunió a los suyos, ciento, y les dijo: mis hijos, ustedes son libres, y todos, toditos se quedaron en el ingenio y en los hatos, trabajando hasta pagar su rescate. ¡Cuándo los negros de hoy...! Ya todo está cambiado, hay mucho libertinaje, y poca religión».

—Doña —suele decirle Antonio—, he oído hablar de un tío de usted que era muy mujeriego.

—¡Malhaya quien lo diga! —replica.

—Pero si cuentan que una noche, trepando para entrar por la azotea se cayó de un alero y estuvo tendido en la acera hasta que el fresco de la madrugada le devolvió el sentido. Y que otra vez un amigo guasón metió por debajo del portal de la casa, en la cual había entrado de tapadillo, un mazo de triquitraques, y que despertando azorado, le encontró el padre en la alcoba de la moza.

—¡Quita de ahí, que son patrañas! Mi tío Miguel fue hombre muy de bien, casado dos veces y que a sus hijos naturales les dio nombre y les encaminó. Nunca salía a la calle de noche sin pedirle la bendición a su taita, y si es verdad que iba a visitar a sus amistades, envuelto en la capa, la espada debajo del brazo y un farol en la mano —porque entonces no había alumbrado—, volvía temprano, y ni jugaba ni tenía deudas. Entonces cada uno vivía de lo suyo.

—El Listín anuncia que viene una compañía dramática.

—Así será ella —dice la abuela—. Ya no vienen cómicos buenos, ni mantones de china, ni crea fina de hilo, como en mi tiempo. Antaño era otra cosa. Ninguna señorita correspondía a un enamorado si aquél no tenía con qué casarse, y además cumplía con su madre. Y en los bailes, todas muy bien puestas, y los jóvenes, de casaca azul con botones de oro. ¿Emborracharse? ¡Eso nunca! Se comían pastelitos y se bebía sangría.

—Pero no había teatro.

— ¡ Ofrézcome al Señor! Si no hacía maldita la falta. Cuando vino Pizarrosa, un gran actor como no vienen agora, en el patio del Café de la Reina se levantó un tablado para el escenario.

Cada familia llevaba sus sillas, su potiza con agua, y copas. Mi taita hizo colocar un escaño grande, de caoba, donde cabíamos seis personas. Y se representaban muy buenas comedias y misterios, y sin la inmoralidad de hoy en día. También venían maromeros, y muy buenos. Por cierto que, una noche, uno que saltaba una docena de sillas a lo largo, fue a caer abrazado a mi amiga Pepita Contreras, la misma que después vino a ser mi comadre. ¡Ave María Purísima, qué pena! Ella se puso como la grana, se retiró, y mientras estuvieron aquí los titiriteros no se asomó más a la ventana. ¡Qué diferencia de las muchachas de hoy en día, que están siempre callejeando o con los dientes al sol en las rejas!

—Pero doña, si en aquella época la gente, después del toque de las oraciones, se sentaba en la puerta, en chancletas, con pantalones viejos, a fumar la cachimba, y el único refresco era el vaso de agua de melao; ni existía moneda, sino cambalache.

—¡Alabado sea Dios!, ¡qué mala lengua tiene este demonio! ¡Ojalá los de hoy! Mucha onza pelucona se guardaba, y cajones de pesos columnarios, y miles de cabezas de ganado en los hatos. Ojalá ustedes se dieran un trasunto a aquellos hombres. ¡ Cata uno ahí! —y señalando el retrato del coronel de milicias, prosigue—: ése fue rico, muy rico, y bravo, de los campeones de la Reconquista. La herida de la frente se la hizo un franchute con quien se batió frente a frente en Palo Hincado. Su compadre, Don Juan Sánchez Ramírez, le quiso mucho, y cuando estuvo en la Corte, el Rey Don Fernando le agasajó tanto... ¡Esos sí eran varones!... ¡Y las mujeres! Mientras mi abuelo sitiaba la ciudad, mi mamita, su esposa, entre las murallas, rezaba, hacía hilas, y se comía el cuero de las butacas sancochado. Entonces había valor y virtud.

—Esas son historias....—¡Anda a la porra, condenado! Ustedes se mofan de los viejos, y se han dejado guberciar catorce años por un negro mañé... ¡Quién se lo hubiera dicho a mi compadre el general Santana!

Y la anciana, erguida, triunfante, se refugia en su alcoba a pasar ante el retablo de Nuestra Señora de las Mercedes, por el ánima de vivos y de muertos, quince casas de su rosario.

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La Sangre


 


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