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XVII Partida la Compañía de
Roncoroni, la ciudad en las primas noches recuperó su monótona
calma. Los hombres, en cafés y parques, a comadrear sobre política;
las mujeres a balancearse en las puertas de las casas, en las
aceras, y jueves y domingos, durante las horas de la retreta, a dar
vueltas en el Parque de Colón, cogidas del brazo o aparejadas con
galanes, según la moda que las yanquis y las criollas, que
estuvieron un mes en Nueva York, han introducido. Antonio, mortificado aún por
el escozor de su lance amoroso, con dos o tres amigos se refugia en
la Plaza Duarte, mal iluminada y solitaria. En la penumbra, a salvo
de miradas delatoras, es posible conversar, maquinar, y aun
conspirar. La situación política cada día está peor, aumentándose
la división entre los dos hombres que usufructúan el poder en un
tira y encoge insostenible. La prensa partidaria pega, las intrigas
bullen y los personajes moran en los caminos, chapaleando en el
lodo, para atajar a los gallos que quieren arremeterse. De boca a
oreja se divulgan frases sibilinas. Las dueñas de casa almacenan
petacas de carbón; las verduras y gallinas suben de precio, y los
campesinos se llevan a las hijas que sirven como domésticas, y
aprovisiónanse de sal. La revolución está en el aire, una chispa
sola y las llamas crepitarán. El Congreso pide cuentas al Ejecutivo
del manejo de los fondos nacionales, y después de acalorado debate,
acuerda un voto de censura. Los partidarios del Presidente recogen
adhesiones al pie de un documento que le da un voto de confianza.
Alea jacta est!, ha exclamado, alisándose la barba, un docto de
vara alta. De noche bajo los haces de yerba, en carretas y en
coches, trasponen carabinas fuera de la ciudad y damajuanas y
bidones llenos de proyectiles. Los caballos están
ensillados. Una mañana radiosa de aquella primavera, por la calle
del Conde, a escape, tendido sobre el cuello del corcel, el revólver
en la diestra, disparando, fusilado por sus perseguidores desde la
esquina de la Gobernación, pasa un general, cual un centauro. Un
repórter de Le Figaro, de París, enfoca la escena con su kodak. Más
tarde, los campesinos que han venido a mercar, se arremolinan,
clamorosos, aferrados al cabestro de sus bestias, defendiéndolas de
la policía que las requisa. Es la revolución. Muy de mañana, Portocarrero
ha recibido la visita de su amigo y contertulio Miguel Gómez, y en
el patio, junto al brocal del pozo, conferencian. —Bueno, socio, ya rompieron
los tiros. Horacio se ha pronunciado en el Cibao y viene sobre la
capital. —Pero, ¿ es seguro? —¡Cómo!, he leído el
telegrama en clave que le ha puesto a Corderito; éste, con un
grupo, se sale esta noche para Baní, y nosotros, si estás
dispuesto, nos vamos por el Este. —Y... —Sí, socio; en Guerra, se
alzarán Amador y Marcos del Rosario, que tienen su gentecita lista,
y Lalo en Bayaguana, y con el nombre que tú tienes, nos adueñamos
de la cosa y damos tamaño golpe. —Pero... —Sin pero, hay que moverse,
si no, nos meten en la cárcel. Desengáñate, en este país los
intelectuales no sirven más que para secretarios de los macheteros:
hay que hacerse general. —Sí, sí, yo quiero probar
que soy hombre de acción, y que en esta tierra guapos somos todos. —Así me gusta. Compai, si
cogemos el pueblo de Los Llanos. ¿ Quién le quita a usted ese
Ministerio de Relaciones Exteriores, y a mí, ese Consulado en El
Havre? —¿Y las armas, y el
dinero? —Todo está arreglado.
Tengo dos carabinas 50-70 y un sable de cabo, ése para ti, que serás
el jefe. Oye el plan. Esta noche, en un coche, pongo las carabinas
entre un paquete de cañas, doscientos tiros en un macuto, tapados
con naranjas de china, y .bajo al río. Allí, en La Fuente, nos
espera un bote con dos marineros de confianza. En cuanto a dinero,
yo llevo diez pesos cambiados en nacionales para que abulten, tú,
busca lo más que puedas; y ya sabes, lo llevas en clavaos, rinden más;
no te olvides de comprarte un sombrero de cana con su divisa roja, y
una chamarra de dril. —Estamos entendidos. —Hasta la noche, a las
ocho..Por detrás de la muralla, disfrazado con el sombrero de cana
alón y el traje rural, Antonio ganó La Fuente, que es, en la
margen del Ozama, aguada de los buques. A la luz de las estrellas,
se alza el paredón cubierto por manto verde de hiedra. El bote está
oculto en la sombra. Momentos después, un coche
de punto se detiene en el camino. Miguel registra con la vista el
paraje. —Venga, compadre, soy yo. —¡Cará! no te había
conocido. Déjame verte bien. Antonio se acerca al farol
del vehículo. —Socio, de rechupete; y en
cuanto te tercies el cabo, un general; no hay quien te lo despinte.
Y entrambos conducen al bote las cañas y el macuto de naranjas. El
cochero, que ha vigilado el camino, un negrito de ojos vivos y finos
rasgos, les despide: —Buena suerte, y ya sabe,
mano Miguel, cuando triunfen hay que conseguirme mi despacho de
capitán y mi racioncita. —Sí, oro molido que
quieras. Has prestado un gran servicio a la causa, y ya sabes, mañana
riegas en el paradero del parque nuestra salida. El bote boga río arriba.
Pronto entran en la parte desierta, sombría. En ambas laderas, los
manglares se esfuman con extraños perfiles; en las abras que sirven
de atracadero, una ceiba abre sus ramas o un mamey se yergue alto,
inmóvil. Alas torpes agitan las hojas, y grillos y ranas conciertan
sus discantes. De rato en rato, en dirección contraria pasa una
canoa cargada de carbón, de yerba y de frutos. El campesino,
desnudo el torso, los pantalones arrollados, sentado en el centro,
la impulsa con el canalete, cantando: ¡ Eh! tololé-tololá, ¡Eh! tololé-tololá. En los tres brazos del río
desembarcan. El agua trifurcada susurra entre los mangles de la
isleta. El terral les trae olores de vacada. Las carabinas en
bandolera, las saquetas de cartuchos a la espalda, y Antonio, sable
en mano, se dirigen a la casa del potrero cercano, en donde el
mayoral, pariente de Miguel, les proveerá caballos. Mas como éste
no ha sido prevenido, se excusa: «los caballos están sueltos en
los vasos, y ¿quién puede enlazarlos a tal hora? ¿Por qué no le
mandó un recao? ¡Qué cosas las del primo! Pero ya que están en
el apuro, pa que no digan, les prestará el mulo de hacer los
mandados; eso sí, que no se sepa, pues no quiere comprometerse».
No hay silla, sino aparejo, y los acompañará hasta ponerlos en el
camino de Guerra. Al pasito, en tres horas, pueden llegar; la noche
está fresca y clara. El mayoral mismo les apera el macho, y les da
el pie para montar, recomendándoles no tocarlo por detrás, pues
corcovea; es manso, y andador. Callados, atraviesan los potreros, la
yerba páez crece lozana hasta tapar el ganado. En la guardarraya,
una vez corrida la tranquera, el mayoral les dice adiós: —La Virgen los acompañe.
Por ahí, derecho; no se perderá, y cuídeme mucho el mulo y los
aperos. En la soledad del camino el
arrebato de Antonio decae. El macho trota de modo infernal, a cada
salto, el estómago le llega a la boca. Le molesta el compañero que
va a grupas; el sable, la carabina, la saqueta, le pesan sobre
hombros y costillas; y luego, ni una casa, ni alma viviente a quien
interrogar. ¡ Qué barbaridad! ¿Cuándo llegarán? A mucho andar,
distinguen la puerta de un ingenio, al fondo la casa de calderas,
con los índices obscuros de las chimeneas. El aroma de la caña
molida les sonsaca; pero no, si entran pueden encontrarse con el
Jefe de Orden y ser aprehendidos. Siguen. Al fin, divisan las
primeras casas del pueblecito. Ahora, ya Miguel es baqueano, conoce
el bohío de un su compadre, con quien en días atrás habló. Los
canes ladran.Es del otro lado, a la entrada del camino de Los
Llanos, tiene un flamboyán en la puerta. —Aquélla es. ¡ Qué
descanso! Miguel toca en la ventana. —Compai, compai, soy yo,
Miguel Gómez. El mastín ladra alarmado. De adentro una voz
femenina pregunta: —¿Quién va? —Comai, es Miguel Gómez,
al compai Juan que me abra... —El no tá; fue a un
velorio y entoavía no volvió. —Entonces, ábrame, comai,
que tengo que esperarlo. Una mano desconfiada alza la
aldabilla de la ventana y por la rendija un ojo escudriña. —Espérese, compai. En el interior se oyen
murmullos de voces y de ropas. Al fin se abre la puerta. Un candil
aclara la habitación. La comadre, en enaguas, los recibe, y luego
de un rato de conversación exploradora, concluye: —El hombre Juan, va a vení
ahoritica. Y aparece éste, pintadas en
el rostro las huellas del sueño. Precavido, después de cerciorarse
bien, salió por la puerta del corral y, registrando, dio la vuelta.
Miguel le abraza efusivo presentándole a Antonio. —Este es el amigo que le
dije. Hombre de mucho prestigio, de toa confianza de Horacio. Compai, con él tiene usted
seguro su nombramiento de Jefe comunal. —Y el jefe Horacio, ¿es
verdad? —Cómo, compai, si ya está
en Antonsí, con tres mil hombres, too el Cibao. ¡Ave María! una
pasá na má, compai. Y los muchachos de usted ¿dónde están? —Ello, escondío en el
monte, sin armas, y hace falta plata. El jefe Marco del Rosario anda
desde ayer por la sabana con unos viejitos, pa comer vacas na má.
La plaza está casimente sola, pero mi compai, el ayudante, me dijo
que el Gobierno mandaba esta noche mesma tropa de la Capital...
Asina es... —De manera que todo se ha
vuelto bulla; y ahora ¿qué hacemos? El compadre Juan, indeciso,
la cabeza baja, escupe y se rasca el dedo gordo del pie. —Asigún; yo creo, compai,
que lo mejor es aplastarse un tiempecito, hasta que la gente del
jefe Horacio llegue a Sabana Grande; vuelvo y digo, si al jefe
Antonio le parece. —¿Pero en dónde? —Aquí, cerquininga, en ca
el vale Pedro Espíritu Santo; es un buen escondedero. Vamo pa allá,
él es seguro, hombre de mucha concencia. Aceptan. Y de nuevo, a
horcajadas en el mulo, parten detrás del compadre Juan por la
sabana; desvían el camino, alargándolo con marchas y contramarchas
estratégicas por entre las matas... La luz láctea del alba
mancha el cielo, cuando llegan un destartalado bohío de palma y
yagua, inclinado bajo u propia pesadumbre, entre árboles de mangos
y caimitos. El perro ladra furioso. El
compadre Juan llama, la mujer contesta; después de un parlamento,
se abre la ventana, a la postre, por detrás del rancho, sale el
vale Pedro, el busto desnudo, armado de un trabuco. El vale Juan le
explica; él oye con la cabeza gacha, y cuando ha rumiado bien,
conviene: —Vale, yo soy suyo. Asina
es. Que los amigos desmonten sin cuidado. —Y alzando la voz—:
Tanasia, alevántate, pa que le haga café al vale Juan y la compaña. La cocina es un cobertizo
hecho de cuatro varas, cubierto de yaguas. Tres piedras
ennegrecidas, el fogón; latas ahumadas, higüeras, cucharas y un
colador, el ajuar. El huésped les brinda los asientos hechos de
troncos toscamente labrados por las caras. La siña Atanasia,agarrándose
con una mano las polleras, tiende la otra a las visitas y pregunta
por la mujer del vale Juan. Enciende, en las brasas que enterradas
guardó el día anterior, una raja de cuaba, la mete debajo de la leña
colocada entre las piedras del fogón, y, arrodillándose, sopla con
vigor; cuando llamea, afirma el burén, en el cual esparce puñados
de café. Con una paleta lo mueve para que no se pegue. El aroma de
los granos tostados emerge. Luego, con mano firme, los pila, y,
recogiendo con un pedazo de higüera el polvo fragante, lo deposita
en el colador, bañándolo con agua hirviente, y una y otra vez lo
pasa. A los forasteros, les brinda en jarritos de hoja de lata con
asa, a los de confianza en higüeritas, y muerde en el terrón de
raspadura con sus dientes amarillos, da a cada uno, para endulzar su
poción, un bocado húmedo de saliva. —¡Siña Tanasia, qué
mano, Dios se la guarde! —exclama el vale Juan, cuando el primer
trago le conforta. —Magnífico, así no se
toma en la Capital. —Este es café legítimo,
corean Antonio y Miguel. El compadre Juan se marchó,
prometiendo volver al anochecer y recomendándoles no dejarse ver de
nadie; y el vale Pedro, desenjalmando el mulo, lo amarra con la soga
larga en una cejita de monte, en donde la yerba medra lozana. Los
dos revolucionarios, que se duermen en pie, se internan detrás del
bohío y, bajo un mango, se acuestan sobre la tierra. Roncaban como
benditos, cuando un toque de corneta en dirección del pueblo les
despertó. El sol estaba en el cenit. —Socio, ¿has oído? —Sí, ése es punto de
guerrilla. Las tropas de la Capital que llegan. —¿Y tú crees que estamos
seguros aquí? —¡Uy! ¡Como en la
iglesia! El vale Pedro se les reúne.
No hay que preocuparse, la gente se quedará en el pueblo y por
estos lados no vienen ni mosquitos. El vale Pedro es alto:
fornido. La tez del rostro y del busto, curtida por el sol, es áspera
y dorada como cordobán antiguo. El bigote, largo y lacio, se mezcla
con la barba gris ensortijada que le cubre el mentón. Usa camisa
cuando va al pueblo; y los pantalones terrosos, única prenda que
viste, los sujeta a la cintura con una correa de la cual penden el
«Collins» de monte, en vaina historiada de arabescos; un cuchillo
puntiagudo y afilado con el que come, pica el tabaco, se escarba los
dientes y se extrae las niguas, y un venerable revólver de pistón,
de esos que llaman marmitas. Sus manos son tenazas; la costra de los
pies es dura como pezuña. Desde Hato Mayor hasta Santiago de los
Caballeros ha engendrado veinte hijos. En otro tiempo fue hombre de
guerra. Con el general Miches bajó al Cibao; el trabuco se lo regaló
Pedro Guillermo por una acción de flor, que realizó en plena
capital, una noche, en la calle del Comercio, deslomando un azul; y
el machete, que cuelga en la cabecera, lo desenvainó la última vez
en La Pomarrosa. Allí le rompieron una pierna, de la que aún
renquea en los días lluviosos, y por tal mérito, el general Cesáreo
le recompensó con el grado de comandante. Desde entonces es ciudadano
pacífico; ha aprendido que los Gobiernos olvidan siempre lo que
prometen los caudillos revolucionarios. Y el comandante Pedro Espíritu
Santo vive tranquilo, siendo buen amigo de las autoridades. Posee el
bohío: dos piezas de piso de hormigón, sala y aposento; el tejado
de yaguas se clarea; el moblaje consiste en tres cajones que hacen
de armarios y baúles; por cama, una barbacoa cubierta por una
estera. El platanal le regala pan nutritivo, y allí mismo, a un
paso, batatas y auyamas frutecen para él; un árbol de higüero le
provee la vajilla, y mangos y caimitos, sus maduras pomas; las
abejas le engríen con la miel y la cera de sus panales, y las
palmas le engordan los cerdos. ¿Para qué trabajar? La mujer se
ocupa en las faenas de la casa y del conuco; los hijos, aplazados
todos, hembras y varones, le traen, cuando le visitan, morro de
huevos o banda de tocino; y si ha menester ron, tabaco o un pantalón,
los empresta al vale Juan o a otro compadre, y si no, para los
apuros mayores, ahí está el Ingenio: corta caña una semana, y
basta. Sentado a la puerta, en un
tronco de roble, otea la sabana. A una legua reconoce a los
conocidos por la pisada de los caballos; de rato en rato, da una
vuelta por el fogón, o corta con pulso sereno finas hebras de
andullo, que aspira primero con deleite, las desmenuza entre las
palmas, y luego rellena el cachimbo de barro rojo bien curado. Sin
embargo, el comandante Pedro Espíritu Santo confía al jefe Antonio
y al jefe Miguel, que espera de ellos cuando «en sus glorias se
vean» un alguito para lavarle la cara al rancho, comprarse una
muda, un revólver Miste y Ueso, cacha de nácar, pavón negro, de
quince milímetros, y un nombramiento de Alcalde pedáneo de la
sección. Regocijado con la formal promesa, conviene en ir al pueblo
a brujulear, y antes de partir les envía con la Tanasia, dos plátanos
verdes, asados en las brasas, calientes, y suaves corno bizcochos. La siña Atanasia, aunque más
joven, ha visto cincuenta veces florecer los flamboyanes, y ha
parido doce hijos. El obscuro pigmento se ha desvanecido adquiriendo
un agradable matiz de caoba. El rostro libre de arrugas, las pasas
cervunas, brazos y pantorrillas viriles. Cocina, deshierba el
conuco, carga el agua en calabazas desde el cachón, castra las
colmenas, y mata y sala el puerco ajeno, si Dios se lo depara. Nunca
fue celosa; es amiga de las mancebas de su señor, y con más de una
ha compartido en dulce paz el hogar. A la puesta del sol el vale
Pedro regresa de su excursión: había visto al compadre Juan, quien
tan pronto como vibrara la corneta, se encuevó; pero desde su
escondite, en casa del cura, está en atisbo. —¿Y las tropas? —le
interrogan. —Cómo tropa; sí, ello son
mucha, toos vestidos de azul, con frisa y cachufuces nuevecitos, y
las cartucheras jartas de tiros. Son del batallón y también
trujeron cañones. —Cañones ¿cuántos? —Yo vide uno. —¿Y quién es el jefe? —Un chiquito, flaquito y
feo que ñaman Chavito, hermano del cantor que viene al pueblo pa
las fiestas de San Antonio. —¡Ah! sí, el comandante
Chávez, buena carabina y amigo nuestro. —¡Anja! Y dice el vale
Juan, que en esta nochecita no pué vení, porque ello haberá
guardia en la boca de los caminos; pero que no tengan cuidao, que en
cuantico se ponga al habla con sus muchachos, esos descoloríos
capitaleños van a sentir bajo e berraco. En la sala se acomodan los
dos amigos para dormir, teniendo por lecho el piso erizado de
pedrezuelas, y por almohadas los aperos sudados del mulo. Durante el
día se alimentaron con plátanos asados y batatas salcochadas.
Antonio se revuelve, intranquilo: las pulgas le corren por las
piernas; el suelo es duro; las noticias le inquietan. En tanto
Miguel ronca ruidosamente, él medita, imagina: «Hay que moverse, sí,
no es posible permanecer inertes. Pero ¿cómo? Escribir a Chávez,
hablar con él, convencerle, ¿ no son correligionarios? Pero es un
militar de honor y no aceptará. Tal vez, ¿por qué no? El Gobierno
está caído y la resistencia será inútil. ¡ Qué suerte si lo
consigue! Con esas fuerzas, bien equipadas, parqueadas y veteranas,
tomaría a Pajarito, sitiando a Santo Domingo por esta parte del río,
mientras Horacio, con las tropas del Cibao, lo hace por San Carlos y
San Jerónimo. No, así quedaría eclipsado por la presencia del
jefe superior; mejor plan es entrar a Bayaguana y Los Llanos, cortar
el telégrafo, reunir los elementos revolucionarios de esas
localidades y atacar rápidamente, de súbito, a San Pedro de Macorís,
cabecera de provincia, con puerto y aduana. ¡Qué golpe! ¡Cómo
quedarían los charlatanes de la Capital! Y luego, ¿no sería ese
éxito brillante, título indiscutible para una cartera en el
Gabinete? ¡Qué cara pondrían sus detractores envidiosos cuando el
pregonero, leyendo en las esquinas promulgue: “Secretario de
Estado en los Despachos de lo Interior y Policía, General Antonio
Portocarrero”!. ¡Le parece que ya oye los alegres redobles del
tambor! Pero no, en el Gabinete no
hay suficiente independencia, el Presidente hace sombra, y los
errores de éste recaen sobre los Secretarios; más le conviene la
Gobernación de Macorís, y quizás la Delegación en el Este. ¡Eso
sí! ¡Cuántas cosas haría! Parques, calles, escuelas, veladas,
discursos, la fiesta del árbol, acueducto, alumbrado eléctrico.
Aquello se presta, cuenta con numerosa colonia extranjera, y, además,
diez ingenios que asisten a las iniciativas progresistas. Sí,
decididamente, Gobernador de Macorís. De ese modo, su prestigio
irradiando a las otras provincias, se impondría a la capital misma,
tan desamorada de sus propios hombres y tan fácil para los del
Cibao. Y el porvenir... ¡Quién sabe!...». Las pulgas voraces le
cosquillean chupándole la sangre. A la mañana siguiente, mientras
toman el café, Antonio expone su plan. El vale Pedro irá al pueblo
a comprar papel y un lápiz para la carta que escribirá al
comandante. El medio es infalible, Miguel asienta: —Después de todo, nada se
pierde. El fue enemigo de Lilís no le ha de gustar ver a Perico y a
otros cacaos lilisitas peleando por Jiménez. Pónselo en la carta,
que eso le hará efecto. El vale Pedro, rascándose la
cabeza interviene: —Mi jefe, usted me
dispensa; pero yo le oí a un Don de la capital, que vino a alcanzar
a Cesáreo, que la política no se ecribe. ´ —Eso será cierto; pero
esa carta hay que enviarla. —Pué, yo no la llevo. Ese
comandantico tiene la cara muy seria, y jefe Antonio, su merced me
perdone, manque yo esté viejo, las mujeres entoavía me apetitean. Los argumentos y las promesas
son inútiles; el vale Pedro es inconvencible. Al fin propone: —Güeno, pa que no digan,
diré a montear, a ver si me pecho con el vale Marco del Rosario. Eso sí, endempués no se
olviden del revólver, de la moticas pa el bohío y del papel de Pedáneo. ¡A güeno! En el platanal, al grato
abrigo de las amplias hojas de malaquita, contemplando las gráciles
columnas de jaspe que, rodeadas de cepas mustias y tiernos retoños,
sostienen grandes racimos; cada plátano es un dedo de gigante, y al
extremo el floripondio morado donde la abeja vagabunda liba; los dos
revolucionarios comienzan a sentirse nerviosos, a dudar, a
desesperarse de la expectación. Los estómagos reclaman algo más
que frutas y viandas. Miguel parlamenta con la siña
Atanasia. —Mamita, ¿no habrá por ahí
un pollo o una gallinita?, se la pagamos bien. —Ay, jijo; si la última
que me trujo una jija que tengo por la vuelta e lo Mina, se la
comieron, de viajito, lo maldito perro jíbaro. —¿Y usted no tendrá algún
pedazo de tocino? Vea, mamita, que le voy a regalar un pañuelo de
madrás de a vara, para cuando vaya a verme a la Capital. —¡Ay, cristiano! —suspiró
la negra, enseñando los afilados caninos. Por la tarde, el vale Pedro
volvió del cantón de Marcos, con noticias y un cuarto de novilla. En torno a la lata en que se
cuece el sancocho, las interpretan optimistas. El Gobernador del
Seibo, pronunciado contra el Gobierno; en Bayaguana y Los Llanos,
gente en el monte; y de Caño Hondo, una columna que avanza sobre
Santo Domingo. No, si el triunfo es un hecho, lo malo es que Marcos
les aconseja esperar quietos aquí. —No, de ningún modo, eso
es una pendejada. —Hay que atacar a Guerra
cuanto antes. —Ma, si el jefe Marco no
tiene ma que unos viejitos desarmaos, y lo de la columna que dicen,
es humo e sabana. Los días transcurren sin
cambios. Antonio empieza a dudar del éxito de la empresa. El vale
Pedro trae del pueblo noticias desalentadoras: Puerto Plata, la Línea
y el Sur, están por el Gobierno, y fuerzas de éste marchan sobre
Santiago. ¡ Propagandas!, afirma Miguel. No obstante, la situación
de ellos se hace más difícil, las guerrillas recorren los
contornos, llegan al bohío, piden agua, preguntan si no han visto
revolucionarios; una vez, apenas tuvieron tiempo de meterse debajo
de la barbacoa; otra, tendidos boca abajo entre matorral tupido, a
dos pasos, han oído hablar a los oficiales, reconociéndolos por
las voces. Así supieron que en Los Jovillos se ha peleado, que
Horacio está ya cerca, que una columna salió de Caño Hondo con
dirección a Guerra, y que el compadre Juan, tan mentado, permanece
en casa del párroco, habiéndoles ofrecido sus servicios. Ese no es
más que un mancuenco, ha dicho un tenientico. ¡Diablo! si a alguno se le
hubiese ocurrido registrar... De sólo pensarlo, Antonio se
estremece. ¡ Qué ridículo, entrar a Santo Domingo prisionero, el
muelle repleto de curiosos, y en el tránsito, hasta la Fortaleza,
astrosos, lamentables, saludados por sonrisas irónicas y burlas! No, sería insufrible, y, sin
embargo, de un momento a otro puede suceder. La angustia de. la espera le
extenúa; ya no sueña con la gobernación, ni con la cartera; se ha
transado por la diputación, sí, en la cual, por independiente, será
el centro de todos los debates. Pero el recuerdo de la
familia le perturba: cómo estará su mujer, sin saber nada de él,
pobrecita, y la suegra, dale que dale a la lengua, y el hijo... Y
cierra los ojos para no verle resbalando tremulento por las paredes. Desde la copa de un caimito
abarca la pampa que se tiende leguas y leguas, unido plano verde,
cortado aquí y allá por meandros de hicacos o por robles
solitarios, que parecen desafiar el rayo. Al lejos, un jinete pasa
bajo el sol de fuego. A la sombra de los mangos, de bruces sobre la
tierra fresca, observa atento la labor de la hormiga, de la abeja,
de la lombriz viscosa. Entre las ramas, un ruiseñor
canta. ¡Ah la villa nativa, el valle plácido, el río bullidor!,
¿por qué los abandonó por las calles polvorientas, los parques
empedrados de malas intenciones y las luchas mezquinas de la
ciudad?, ¿y qué ha ganado? Allí, como sus condiscípulos, habría
sido tendero, además tendría chivales, apiarios, un buen caballo
para caracolear los domingos por las aldehuelas, bebería leche recién
ordeñada, se bañaría en el río y aspiraría a presidir el
Ayuntamiento... Miguel le interrumpe el
soliloquio. —Socio, tengo una comezón
en el dedo gordo del pie derecho, ¿qué será? —Niguas, seguro. —Hombre, lo que me faltaba.
—Peor estoy yo. A Antonio, la cabalgata de la
primera noche en aparejo le produjo una peladura en la rabadilla,
después, le ha salido una negrita, y luego otra y diez más; tiene
las nalgas reventadas, los calzoncillos se adhieren a los bezos;
cuando camina, aquellos se desprenden lastimándole, y el pus
sanguinolento le moja los muslos. ¡Bonita situación para un
caudillo! Y los días transcurren... Al fin, un tiroteo graneado les
sorprende, seguido durante media hora de descargas cerradas. Atacan
a Guerra. ¿Quién? —La colunia que a venío de
arriba —asegura el vale Pedro. Cuando cesa el combate, la
brisa les trae las albricias. « ¡Viva Horacio! » se oye
distintamente. —¡Qué voz tan argentina!
—exclama Miguel.— ¡Ya era tiempo! Se escucha el galope de un
caballo; el vale Pedro anuncia: «el potro moro del compadre Juan»,
y, en efecto, rato después, es él, que vestido de rayadillo, con
botones militares dorados, sombrero de yarey y divisa colorada, se
zarandea, enseñando las espuelas de plata. —Compai, ya ganamos. ¿No
se lo mandé a decir, que esa gente iba a sentir bajo e berraco?.—¿Pero
usted ha tomado el pueblo? —En compañía del general
Rafael, que vino con una columna por Bayaguana; pero en justicia, la
acción es mía y de mis muchachos, y esa Comandancia no hay quien
me la quite. —¿Qué general Rafael es
ese? —El los conoce, ahí detrás
vienen dos caballos que les manda para que se vayan al pueblo. ¡Viva Horacio!, ¡ca...!
—vocea haciendo escarcear el jaco. En el pueblo, el general
Rafael, abrazándole casi le desmontó del caballo, y Antonio se
encuentra sentado ante una mesa de pino, pluma en ristre, convertido
en secretario de aquel jefe de operaciones. La Capital capituló, asilándose
el Presidente en una Legación. La campaña había terminado sin las
hazañas proyectadas. ¡ Qué gusto se darán los de los bancos del
Parque! ¡ Qué suerte la suya! Las posaderas le torturan,
putrefactas; no puede andar ni sentarse; imposible montar a caballo;
y mientras Miguel entrará por la Puerta del Conde, a la diestra del
General victorioso, él lo hará por el río, acostado en un lanchón,
sobre sacos de azúcar, entre enjambres de moscas...
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