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XIX De la última andanza,
Antonio Portocarrero hubo de volver maganto, y atormentado el espíritu
por impías dudas. La realidad, brutal, habíale quebrado las alas a
su fantasía. A cada instante las visiones impresas en sus pupilas
violan su fe. ¿ Sería verdad? El tan doloroso empeño de su vida,
¿habría sido estéril, e infecundo todo grano sembrado en ese
barro? Separado de los suyos por los
mismos prolongados sufrimientos que les ha impuesto, ¿no alcanzará
éxito, siquiera sea el. efímero de la posición política, que el
azar dispensa? ¿Lo que es tan fácil a los demás, será eterno
espejismo para él, no estampará jamás su nombre al pie de un
Decreto o de una Ley, y sus ideas habrán de secarse sin el goce del
alumbramiento? La reclusión en la casa,
cada vez más desgraciada, le acongoja. La abuela, decrépita,
sucia, hurta los relieves de la mesa, se cisca y juega con zulla,
vaga por las estancias, profiriendo palabras obscenas e impregnándolas
de su locura. Ella, y el hijo. temblequeante, que expresa con monosílabos
las ansias del adolescente, le dan un aspecto de hechizamiento, y el
recuerdo de ambos, trepánale días y noches, como un íncubo. En
las tertulias de los parques se perpetúan las mismas cábalas y
malsinerías en derredor del presupuesto. Se acoge, pues, a los
paseos solitarios por los barrios populares, en los cuales, por lo
menos, siente vivir a los humildes. Por la tarde contempla el
mar. Una vela que lo surca o la estela de un vapor, son amables
invitaciones a divagar, a soñar. Sobre las rompientes, hierba cuyas
hojas aterciopeladas amortigua la dureza de las rocas, brinda
asiento a los que entretienen el ocio con el tráfico del camino líquido.
Los pescadores tienden el aparejo a la voracidad de los escualos. El Caribe, si en calma,
tiende desde el horizonte paño de ormesí esmaltado de lentejuelas
áureas; si lo en-crespa la brisa, estréllase contra el acantilado,
rociando la calle, ataviando de espumas hervorosas la roca plana del
tripero, e introdúcese por la sopeña para surtir en chorro
esbelto. Aquí, medio siglo ha, triscaban sirenas entre las algas:
las abuelas que se bañaban en camisa y los muchachos, veían los
cuernos al Diablo en la grieta denominada Boca del Infierno. Cuantas
veces se detiene en este paraje de la costa, Antonio recuerda una
escena de espanto, acaecida años atrás: un viejo pescador,
aletargado por el bochorno del mediodía, que fumaba su pipa con el
cordel entre los dedos del pie, esperando que los jureles picaran,
cayó al agua. Al instante, las fieras le atacan, arrancándole
vientre y tórax; el cadáver flota con el vaivén de la ola,
esquivando, las fauces terribles. En las rocas, la familia grita,
plañe, rodeada de gente. Un negro, que es el terror de los
gallineros, mediante la promesa de diez pesos, atándose a un cable
por las axilas, un cuchillo en la diestra, se arriesga, panquea, apuñala
en torno, revuelve el agua ensangrentada; los tiburones
desprevenidos huyen, ase el cadáver y gana la orilla, cuando
repuestos, seis aletas ya hendían veloces el cristal, persiguiendo
al atrevido. Una cuadra más al oeste, la
explanada del antiguo fuerte de San Gil es un punto de vista
admirable para las marinas que pinta el ocaso. En el Matadero público,
que está al lado, se congregan, entre cuatro y seis de la tarde,
tablajeros, médicos y concejales, amén de los paseantes, en busca
de entretenimientos. En el corral, el ganado que olfatea la muerte,
muge patético. La res enlazada por la cornamenta, se resiste,
forcejea, tirada por un torniquete hasta sujetarla en una de las
columnas de hierro sustentadoras de la techumbre. La puntilla del
matarife la descabella, y luego, añangotado, desnudo hasta la
cintura, el pantalón a la rodilla, la sangre al tobillo, la
desuella y descuartiza, colgando las bandas blancas y róseas, aún
palpitantes. Muchachos haraposos compran los menudos que cargan en
petacas, mientras desperdicios y coágulos, vertidos al mar, ceban
los tiburones. Enrojecido como un verdugo medioeval, un jifero se ha
acercado a Antonio, diciéndole con acento malicioso: —Cuente conmigo. ¿Cuándo
empuñamos la jicotea? En las primas noches barzonea por el altaicín
del norte, que el terral de los montes de Galindo refresca y aroma,
prefiriendo las callejuelas estrechas e intrincadas de uno y otro
lado de las fortificaciones. Por las puertas abiertas examina las
habitaciones: lámpara mortecina ilumina escasos muebles
desvencijados. En los umbrales, las mujeres
sentadas sobre las piedras, charlan y fuman; los chiquillos, en
cerros, retozan en el arroyo, en el césped de las plazuelas o se
escurren por los boquetes de la muralla, por cuya cornisa corretean.
Dos novios, recostadas las sillas en las jambas, la doncella al
interior, el galán afuera, pelan la pava o puntea el segundo la
guitarra, acompañando a la novia que entona melancólica canción
de amor. Calle por medio, dos comadres, recogidas las faldas, lo
brazos en jarra, riñen a causa de la lejía derramada por un rapaz
travieso o de una gallina extraviada; otra, de vuelta del pozo
profundo, común al barrio, la lata colma a la cintura, exclama
escandalizada: ¡Ave María Purísima y se santigua. —Los hombres
forman corros en las esquinas o en los timbiriches que a guisa de
pulperías o cafés sirven de puntos de reunión. Estos son los que durante el
día sudan al sol en los muelles, calles y talleres, aquéllas las
que lavan y planchan de seis a seis. Las mujeres miran a Antonio
con picardía; «pájaro de la mar en tierra», suponen que anda a
caza de aventuras eróticas o que como tantos otros viejos y mozos
mantiene su pelazga por aquellos andurriales. Los hombres le dan las
buenas noches con respeto; a los conocidos les estrecha la mano,
deteniéndose a charlar con ellos. Quisiera penetrar sus
pensamientos, el secreto de sus vidas, saber qué aspiraciones
alientan; pero esquivos, se lamentan de la escasez de trabajo, de lo
caro que está todo y, de paso, tiran su chinita al Gobierno.
Antonio se da cuenta de que algo les separa; acaso le indispone la
altivez ingénita de su figura, desprovista del aura de la
popularidad, y en sus frases mañeras, equívocas, nota la
desconfianza, pues aun los más expansivos, parecen decirle: si
vienes a nuestros barrios pobres y nos hablas, si sonríes a
nuestras hembras y acaricias las cabezas desgreñadas de sus hijos,
es porque buscas escalera para subir. Sin embargo, ellos le inspiran
simpatías; pero ¿ cómo lograr que las crean sinceras ni menos que
comprendan sus anhelos de bien, nutridos con generosa savia cordial? Y por la periferia cada
noche, escapándose de las garras de sus propios recuerdos, continúa
sus excursiones, y queriendo sentir las palpitaciones de la ciudad,
la circunda. De los altos de San Antón, San Miguel y San Lázaro,
baja a las vías nuevas de extramuros, por donde la capital se
ensancha en casitas de madera y cinc, pintadas y limpias; entra por
la Puerta del Rey a la calle de la Misericordia, cuyas primeras
cuadras la forman ruinosos bohíos de tablas de palma; recorre la de
San Pedro, en la que alteman el cinc, la yagua y la piedra, y moran
pared por me-dio vírgenes y hetairas, y en donde, detrás del
fuerte de San Fernando, ofrendan a Afrodita marinos y soldados, con
prostitutas alcohólicas, de marchitas carnes enfermas, mulatas y
negras que, en batas de colores crudos y en chancletas, se exhiben
con un túbano en los belfos, y por quienes las riñas mortales son
frecuentes. Más al este, en las celdas donde tiempo atrás oraban
las Clarisas germina el hampa ciudadana —borrachos, mendigos,
cuanto hiede y repugna—,.oculta a la vista del transeúnte por las
casitas fronteras a La Fuerza, habitaciones de buenas gentes
modestas. Sigue después por los solares del Almirante y del
Aguacate, separados por la empedrada calle de la Atarazana, extendiéndose
el uno detrás de la Casa de los Colón y el otro entre la puerta de
la Atarazana, a espaldas de los almacenes y las calles Comercio y
Marina, lugares donde procrean y bullen curazoleñas y martiniqueñas,
las que enfaldan y anudan el pañuelo en la nuca, con donaire, y
preparan los azafates de dulces que se expenden al aire libre. Por fin, Antonio se pierde en
las intrincadas callejuelas que corren del Castillo de Santa Bárbara
al bastión del Angulo, abrigo de maleantes porteños, y sitio en
donde, las vísperas de fiestas, resuenan atabales y acordeones,
pautando las guarachas transmitidas de playa en playa por los lobos
del Mar Caribe. En el espacio de dos años,
las películas se han sucedido en el cinematógrafo político con
rapidez ofuscadora. Antonio, desgarrada el ánima, tan pronto febril
de deseos, como desasido de todo, ha seguido el desarrollo de los
acontecimientos. Los generales que admiró días antes en los
campamentos, vienen a inclinarse ante el nuevo Presidente, quien
tras un simulacro de comicios, en una mañana de agosto, pasa por
las calles en carroza descubierta, en el pecho la banda tricolor,
entre improvisados dragones de pantalón de grana, a jurar el cargo.
El oro del Erario se dilapida. El Presidente, que es un clubman
culto, prosigue frecuentando los casinos, platica de arte, de
ciencias, de caballos, de perros, de logística, y recita versos de
Virgilio en latín, o pasea la ciudad, en piafante corcel
portorriqueño, plantado en la silla con todas las reglas de la
equitación. La prensa, temerosa. Al Ejecutivo se le suponen ímpetus
y energía. Se conspira. El Homenaje se llena de presos; los vapores
que zarpan, llevan cargamentos de expulsos. En noviembre, la capital es
sitiada y capitula. Jimenistas y horacistas se han unido y traen en
hombros a un cura que ahorcó la sotana, inteligente, audaz. Apenas
entra en el Palacio, los jimenistas parten en guerra, y, en
diciembre, un cerco de bayonetas se extiende de Pajarito a San Jerónimo,
suspendiéndose el tráfico en la ría. Durante cincuenta días,
Santo Domingo de Guzmán, encerrada entre sus murallas, se arrulla
con la música de cañones y fusiles; su juventud la defiende en las
fortificaciones, y las mujeres van a misa, se visitan, y las
retretas continúan jueves y domingos, mientras los beligerantes
entrecambian plomo. Entonces acaece un hecho insólito, que deprime
al soñador: las granadas de navíos de guerra norteamericanos
estallan en tierra dominicana, para castigar a los revolucionarios
que desde Pajarito han osado cañonear un buque mercante de la Unión.
El nuevo Jefe del Ejecutivo, a la cabeza de una charanga, cada vez
que sus armas obtienen un triunfo, discurre por la ciudad, exaltando
su gente con vítores y promesas. En febrero, una salida de los
sitiados rompe el cerco, y Santo Domingo de Guzmán respira. En el
Homenaje, no caben más presos, los desterrados pueblan las vecinas
islas. El tesoro vacío; hipotecadas las rentas. En el ámbito de la república,
dos guerrilleros señalan, con rastro de sangre, el camino de sus
victorias. Atan a la cola de sus bridones la devoción de los
civiles y de los mismos intelectuales. Una comedia de elecciones
consagra constitucionalmente al jefe, quien inaugura su periodo,
fusilando en la puerta del Camposanto, a pleno sol, a dos de sus
contrarios. El Presidente, vestido de dril
blanco, desaliñado, va por las calles inspeccionando las
incipientes obras públicas, dialogando
de acera a acera, y predicando con la palabra y la iniciativa el progreso en ese campamento en
reposo. Los odios partidarios provocan cismas en los hogares; las amistades se quiebran; de
reja a reja se cruzan miradas, y alguna vez, palabras agresivas; se querellan las mujeres en las
tertulias, ruegan en los templos, se mortifican con promesas, desertan los bailes; los
hombres, en tanto, desaparecida aquella devoción ciega que
caracterizó las banderías de la primera república, saltan de una
a otra sin más norma que el interés del momento. Llegada la noche,
manos salvajes dañan las obras públicas en construcción, y las cartas anónimas, echadas en
los buzones van por las manos del cartero a zaherir al primer magistrado y al ciudadano. La
prensa discute el nuevo pacto internacional convenido con la Unión. Cercena la soberanía,
afirman los opositores, mientras el Gobierno se encarama en él, como en tabla de salvación,
y flota. Luchas intestinas dividen a los copartícipes del poder; el
telón baja sobre el
alzamiento del propio Presidente, quien perseguido por tropas,
acusado ante la Cámara, habiéndose
fracturado una pierna, atraviesa la ciudad una tarde de enero hacia
el exilio. Al nuevo caudillo
adornan prestigios de héroe; es fuerte, sano de cuerpo y espíritu,
y la general aspiración a la
tranquilidad funda en su energía y sencillez la esperanza de días prósperos y tranquilos. El
Homenaje continúa siendo medio pacificador, y la razón de Estado siega vidas. Antonio se pregunta,
inmutado, si la tragedia se repetirá indefinidamente, cambiando tan
sólo la figura corporal del
cacique. ¿A qué, pues, luchar? Le enoja la Convención; sus
sentimientos la repulsan. ¿A dónde
dirigirse, cómo ganarse la vida? Para los particulares, él es un
político, bueno nada más que para
vivir del presupuesto; para los gobiernos, un opositor inconforme siempre, al cual hay que
vigilar y castigar, y para los políticos, un intransigente
petulante que les enfada con sus actitudes.
Miguel Gómez le reprocha inacción e inhabilidad para abrirse camino hasta Palacio, no
entiende la hermenéutica ni sabe menear el majarete, términos con
los cuales se significa la
destreza para desenmarañar o urdir las intrigas y lograr un puesto gubernativo. El siéntese
encadenado al pasado, que le acogota señalándole a la ojeriza de
las gentes. « ¿ Para qué puede
servir este hombre? ¿ Qué obra ha realizado?», expresan las
miradas de sus oyentes cuando,
demoledor, critica los sucesos. La prensa alza el tono,
traduciendo el malestar del país que discute la Convención. El Gobierno la mantiene; sus
contrarios la impugnan. Campaña de palabras desabridas, ayuna de razones reales, que encubren
temores y apetitos. Antonio, obligado a
permanecer en casa, por un ataque de gripe, las puertas entornadas, recibe a los jóvenes que le
traen los ecos de la polémica y le explanan con ardor sus
inquietudes e interrogaciones. «El
gobierno se impondrá, y el país naufraga. Es necesario luchar,
sublevar la conciencia nacional. Su
palabra falta, su verbo dará dirección, la autoridad de su vida es
indiscutible. En los bancos
del Parque nadie se explica su abstención». La fiebre lo debilita
y el cerebro le duele; les promete
escribir más adelante; pero Miguel Gómez insiste: —No, socio, el momento es
de oro. Horacio está a caballo; hable, hable, un catarro no mata. Entonces, con voz débil,
entrecortada por la tos, dicta un artículo corto, vibrante como una
arenga. Erguido el pecho en
la mecedora, cada frase parécele un lanzazo asestado a la Convención. El auditorio
aplaude con ahínco aquel estallido impetuoso de sentimientos, de cólera, de amargura. Su índice
vengador señala a los réprobos, los acusa, los juzga, los sentencia y ejecuta; y
termina con un rasgo soberbio, emplaza en nombre de la patria a los
que comprometen sus libertades,
negociando la soberanía y evocando los manes de los héroes de Febrero. Magnífico, afirman;
y mientras Miguel Gómez se escapa con las cuartillas hacia la imprenta, y los demás corren
a pregonar la aparición de la catilinaria destinada a conmover a los diputados y hacer
bambolear al Ejecutivo, Antonio solo, hundido en el mecedor, es
presa de una tenaza que le aprieta el
cráneo. El Poder Ejecutivo barruntando la conjura detrás de las
palabras violentas incubadoras de revuelta, echa sus esbirros a
la calle y El Homenaje hospeda a los agitadores. Un oficial, de uniforme de
kaki, el revólver de ordenanza al cinto, se presenta a solicitar a Antonio, de parte del
Gobernador. La mujer, experta ya, le conduce al aposento. El representante de la fuerza ve
al temido luchador, al sagitario, en un catre de tijera, hecho un ovillo, contraída la faz por
los agudos dolores que le trituran el cerebro.
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