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III Cuando Antonio, conducido por el tío Tomás,
traspuso el umbral de «San Luis Gonzaga» al día siguiente de su
llegada, sintió que algo se desgarraba en sus entrañas. El severo
edificio, de dos pisos, adyacente a la iglesia de Regina Angelorum,
abría sobre la calle numerosas ventanas altas y bajas y una sola
puerta, flanqueada ésta por dos cañones enterrados boca abajo;
Convento de clarisas franciscanas hasta fines del siglo XVIII
cuartel en 1822 y en 1863. A su vista, el muchacho se
había detenido vacilante, sobrecogido, y su tío hubo de empujarle
por el pasaje abovedado comunicante con el claustro. El negro
portero, que guardaba la entrada como antaño la hermana tornera, tañó
una campana. Detrás de ellos venían, en hombros de dos rapaces, el
catre de tijera, con su forro de recia cotonía, un lebrillo y un
baulito de cedro, herencia de los abuelos, en el cual el cuidado de
la madre había ordenado dos mudas de rayadillo y dos de pearl river
vuelto del revés, seis camisas y otros tantos pares de medias; jabón,
peine, una latita de betún de la marca «El Gallito», y un
cepillo, un par de guillotinas de marroquín morado, aguja, hilo,
botones, sus libros y útiles de escritorio, y en un rinconcito,
envueltas en papeles de seda y estraza, panetelas de dulce de leche,
y un escapulario de la Virgen de Regla relleno de alcanfor. El
claustro se ofreció a la mirada de Antonio hecha a registrar el
campo con todos sus detalles en pocas ojeadas. Era un cuadrilátero
en cuyo límite alzábase el primer cuerpo del edificio en todo su
largo. A la derecha, un cuartelillo ruinoso; a la izquierda, la
iglesia y viejas paredes, y al fondo, el refectorio, la cocina y un
lienzo más, también caduco. La mayor parte del espacio ocúpalo el
jardín. Dos palmas airosas le forman portada, y lo encuadra una
verja de madera descaecida, apoyada en pilares de mampostería. Los
arriates, formados por botellas vacías clavadas de pico, están
plantados de cien hojas, mosquetas,
purpurinas y un nido
de amor que se atavía con espléndidas
rosas. Erectas cañas de azucenas, suspenden blancos cálices
odorantes; carmesíes lágrimas de Venus que acendran una gotita de miel; la humilde flor de todo el año, inodora; amarillas copadas
reventonas como su pariente el
clavel; celias, modestas rivales de la margarita, aunque las
estrellas de sus corolas no hayan sido jamás interrogadas por
amantes. Aguaceros,
nardos, albahaca y reseda, que
saturan la noche con sus aromas capitosos. La
cambutera
con sus corales escala
graciosamente la verja. El jazmín del Malabar reta a sus vecinos
con el armiño de sus pétalos. Un cerezo que, cuando enfrutecido,
riega granates; mientras los pomposos girasoles siguen el curso del
astro, la celeste rueca hila el linón róseo de la Vara de San José y el níveo o con purpúreas vetas, de los lirios.
La Sangre de Cristo resplandece por sus cinco pétalos, cual cinco
llamas prendidas por la flecha del pistilo, y su prima, la cayena,
es un coágulo sanguino. Cuatro naranjos de pomas de oro, amparan
bancos de piedra y nutren orquídeas cuyas flores semejan mariposas.
Con discreción de pobres, conviven con los orgullosos rosales, la cara
de hombre, de hojas caprichosamente
matizadas y el Corazón de Jesús, que rodea su vela blanca con guarda-brisa violeta;
la tónica yerbabuena, la malva, la salvia y la ruda, de zumos benéficos;
el hinojo, propicio contra el ahogo, y el llantén de hojas y
espigas eficaces para colirios y tisanas; y entre la coraza verde de
las hojas fulge la flor de cigarrón, ígnea mano crispada. La verdolaga, rastreando,
extiende el terciopelo de sus hojas. El cuartelillo está cubierto
por las hojas rígidas de la efímera y nocharniega flor
de baile y las guirnaldas de la
trinitaria. Entre el jardín y el edificio, un almendro crece a
prisa, como si estuviera ganoso de favorecer la ventana del Rector,
y en fila, defendidos por cercas de cañas, sendos raquíticos
ejemplares de manzano, avellano peral, y una mata de rabo de ratón, el añoso tronco mútilo, alza un solo ramo nevado.
Junto al aljibe, un redondo arbolillo de granos rojos escuda del sol
una tinaja de hierro. A la puerta de la iglesia, malangas,
de hojas verdes o manchadas de
blanco, y dos naranjos gemelos, de frutos regañados por las propias
mieles, y en último término, al fondo, un flamboyán,
que cubre con sus ramas sin
hojas el brocal del pozo y cuyas vainas negras restallan derramando
las duras semillas. En el marco de la ventana más occidental, apareció
la cara pálida, ascética, sonriente del Padre Billini, y con su
vocecilla aguda y el índice, a la par, les señaló la puerta de
acceso a su departamento. Antonio subió detrás de su tío, por la
escalera de ladrillos; y en la presencia del Padre, a quien se le
había enseñado a venerar como a un santo, tal era la fama de su
caridad, se mantuvo en pie con el sombrero en las manos, apretándole
las alas. Mientras su tío expresaba la gratitud de la familia por
la merced de recibirlo gratis o correspondía a las preguntas del
Padre indagando por los del lugarejo, parientes y conocidos, él
examinaba con suspicacia campesina al cura, canijo, nervioso, de
ojos inquietos, nariz aguileña y finas manos de cera, que se
agitaba dentro de la sotana de merino, tal una lámpara azotada por
el viento. La
mano rectoral sonó por dos veces una campanilla, y momentos después,
acudió un vejete menguado de estatura, fuerte, sarmentoso, ceñudo,
con luengas barbas canosas. Era don Marcelino, el Prefecto. El Padre
le entregó al nuevo interno, y Antonio, después de abrazar a su tío,
siguió a aquél por salas y pasillos, escaleras abajo y arriba,
hasta el dormitorio, vasto salón con ventanas a un ángulo del
patio y al coro de la iglesia, al que se llegaba por un pasadizo húmedo
y estrecho, y escalera, comunes ambos al campanario. Los catres,
cerrados, se mantenían sobre sus patas por una cuerda enlazada en
una de las cabezas, cubiertos por sábanas pringosas y teñidas de
sangre de chinches. Don Marcelino le señaló su sitio, del que tomó
posesión, colocando catre y baúl. Y tras un imperioso venga,
echó a andar a su zaga hasta
las aulas. En el curso primario ingresó el recién llegado, sin
examen previo, sin encuesta alguna que clasificara sus
conocimientos, sin que le percibiera el profesor que declamaba a
gritos la lección. Érase una sala, partida longitudinalmente por
vigas blanqueadas, a manera de columnas. A los lados, pupitres
colectivos con sus bancos de pino y, en los intercolumnios, otros más
pequeños. Hasta un ciento de alumnos los ocupaban y producían
constante rumor de colmena irritada. Cuando Antonio, perplejo,
despistado, se acogió al asiento más próximo a la entrada, sintióse
oprimido por una sensación angustiosa, que había experimentado dos
veces ya en su vida: una, la zambullidura inesperada y .por primera
vez en un charco hondo del río, y otra, el día en que vagando solo
por la sabana, se extraviara. Poco a poco, a medida que sus ojos
reconocían el ámbito, fue recuperando ánimo. Aquí y allá,
descubrió caras de compueblanos que le habían precedido. Uno de éstos,
le llamó con la mano desde el extremo opuesto, y Antonio, escurriéndose,
le alcanzó. A su paso, estalló un coro de risas: le habían
lanzado un monigote de papel con una pelotilla mascada que, pegándosele
al cuello, temblequeaba por la espalda. Corrido, acosado, se refugió silencioso junto al
amigo y continuó la inquisición. Del techo pendían dominguillos
zarandeados por la brisa. La sala tiene ventanas enrejadas a la calle, por
las cuales se traficaba en golosinas y solía asomar la cara algún
muchacho callejero que arrojaba por entre las rejas un grito chusco,
o un alumno que prevalíase de la ocasión para mofarse del maestro.
Este, mulato, fornido, alto, las greñas aceitosas, largas las uñas
y con orla negra. Le revoleaban los ojos chispeando en las órbitas.
Vestía de dril, y la americana tenía siempre las sobaqueras señaladas
por una mancha sarrosa. Tocábase con sombrero alón de fieltro
blando, grasiento. De memoria sin rival y puntualidad intachable..
Ni lluvias torrenciales ni ciclones le intimidaban, entraba y salía
a la hora exacta, marcada en el reloj de níquel con gruesa cadena
de plata. Recitaba, con sus puntos y comas, todos los libros de
texto, y de tal modo mecánico, que eludía las preguntas que no
estuvieran formuladas con las mismas palabras que él aprendiera; y
si los discípulos, azuzados por otros profesores, suscitábanle
discusiones, para obligarle a razonar, él imponía la autoridad
inapelable de la letra impresa. A las siete en punto de la mañana
descargaba otras tantas veces sobre la mesa un mazo, recto el índice
y con voz tonante, comenzaba la clase de Religión: «Diez años después de haber ascendido Nuestro Señor
Jesucristo a los cielos, vinieron los apóstoles San Pablo y San
Bernabé». Y proseguía, recorriendo los rangos; interrogaba sin
que nadie le contestara; él mismo con rapidez ensartaba la
respuesta. A cada hora, hasta la meridiana, variaban la asignatura y
el número de porrazos, no el método, e igualmente de dos a cuatro
de la tarde. Su paciencia superaba a su memoria; si en cortísimo
tiempo aprendió sin faltarle una tilde las doscientas páginas de
un tratado de Agricultura, jamás se violentó contra aquella hampa
infantil. ¡Pobre maestro! Antonio evoca su figura con simpatía. La
política le separó de las aulas y le encaramó en la judicatura y
cátale ahí. en el manicomio. Por las mañanas, desde un muro del
ex-Convento de San Francisco, entre otros orates que vociferan, él
truena predicando a las vecinas y, a los raros transeúntes. El
Presidente Lilís, le sentenció diciendo de él, cuando alguien
recomendándoselo enumeraba entre sus conocimientos el latín: «malo, malo; negro que sabe latín se vuelve loco». Mientras profesaba, los muchachos, sordos a sus
lecciones, entreteníanse, quienes labrando con un cortaplumas la
madera de los bancos y pupitres, grabando en ellos palabras
obscenas; quienes pintando monos en los cuadernos o peleando
pajaritas de papel engomado. Disputaban, reñían, y cuando el escándalo
invadía las otras aulas, don Marcelino, airado, implacable, aparecía.
Los ingenuos echábanse de bruces escondiendo las caras. El viejo
desfilaba pegando, sañudo. Adivinaba a los delincuentes, o los
denunciaba alguna venganza empapada en lágrimas. El demonio
castigador, acercándose, fingía equivocarse con el vecino,
volteaba por sobre su cabeza una pita del grueso del pulgar, en dos,
y cuando el muchacho se regodeaba, creyéndose a salvo, recibía el
formidable latigazo. Ex el Prefecto, que seguía la maniobra hasta
que huía la víctima o se doblaba sollozante bajo el flagelo cruel.
A las veces les golpeaba en las corvas con una maceta de roble; además
palmeteaba a trocha y mocha. Otros castigos consistían en
arrodillarlos con los brazos abiertos, o con la cabeza debajo de los
travesaños de bancos y sillas, o hacer en el suelo determinado número
de cruces con la lengua: las frentes sudorosas manchábanse con el
polvo rojizo, desollábanse las rodillas y sangraban las bocas. Para las faltas graves existía el calabozo:
covacha obscura, debajo de la escalera principal, con puerta al
pasillo de ingreso y ventilada por una claraboya. A los impenitentes
metíanles de pies y también de manos en un cepo, y así pasaban
horas aduncos o tendidos sobre el piso duro y meado, o a ley de
Bayona, que se aplicaba en cuclillas, atados a una vara. por debajo
de las corvas y sobre los codos. A la verdad, aquella congregación, era una jauría;
pero su fiereza no igualaba al inquisidor. Antonio no olvidará mientras viva la sorpresa
dolorosa de una madrugada: soñando hablaba en voz, alta; don
Marcelino oyó sus relaciones y le despertó macerándole con la
soga las flacas carnes desnudas. Viejo terrible, para ellos
encarnaba a Satanás, ni perdonó jamás ni acarició nunca,
enternecido o vicioso. Siempre zahareño, el cigarrillo en los
labios. Sólo el alcohol le dominaba, y cuando la tisis le extinguió
el aliento en los pulmones, según publicara un periódico local,
confesó haber sido uno de los que en la calle del Turco, asesinaron
al General Prim. Durante todo el primer día, Antonio permaneció
quieto, receloso, estudiando el terreno, a caza de mutuas simpatías
en los rostros vecinos, constantemente renovados, pues ninguno tenía
puesto fijo. En el internado se mezclaban orígenes y colores, huérfanos
y ricos, expósitos y vástagos de familias potísimas, y a éstos
se agregaban los externos que sólo concurrían a las clases. Los
había vestidos con lujo, pulcros, calzados de cabritilla; pobres,
de limpias ropas reveladoras de los afanes maternos; otros
harapientos, con las orejas terrosas, la piel curtida, el pelo
enredado, piojosos, pero ligados todos por dos sensaciones: hambre y
miedo, al servicio del más rico y del más fuerte. A
las cuatro, concluidas las clases, alineados o en pelotones, en el
espacio medianero entre el jardín y el edificio, bajo el ojo de don
Marcelino, el profesor de gimnasia les hizo mover a compás las
extremidades, saltar, y ejercitarse en barras paralelas, escalas y
argollas. Luego el Prefecto mandó las evoluciones militares, y
cuando al fin, después de más de hora; su voz ordenó «rompan
filas», la reata se desbordó en todas direcciones, con alegría
bulliciosa de la toma que arrolla la presa. Antonio fue a sentarse
en el cuadro formado por bancos de madera entre el aljibe y el pozo,
sitio de descanso, luego del recreo y la cena. Alguien le colocó
una pajita en el hombro, señal de reto. Le miró sin ira. Entonces
otro gritó: «banilejo, chinchoso», aludiendo al cuento que
pretende que las chinches fueron traídas a la capital por los
habitantes fugitivos de Baní cuando la invasión de Dessalines. La
puya se le clavó, hiriéndole en los amores por su pueblo, cuya
nostalgia sentía con intensidad. Se plantó, y como viera uno, más
o menos de su tamaño, que reía enseñándole los puños, rápido,
la cabeza gacha, le embistió derribándole de soberbia morrada en
el esófago. Los demás se arremolinaron. Antonio buscó en torno
suyo otro pollo. El vencido se levantó, jadeante, y entonces
acataron todos al triunfador, advirtiendo el cogote recio y las
manos encallecidas por las jáquimas, mientras le decían «yo soy
tu amigo», «compai Toño, con usté no va ná», y otro
sentenciaba: «su madre del que acuse». La riña había terminado
en el mismo instante; pero Antonio conquistó de sus pares respeto y
también un mote, el ovejo, y desde entonces, al menos en su presencia, Baní
no tuvo más chinches. La
congregación sumaría hasta unos ochenta, entre los siete y
dieciocho años de edad. En el recreo dividíanse en corros o se
aislaban. Los mayores conversaban o leían; los demás jugaban a los
toros, fingiendo uno de bicho con un palo en los dientes a guisa de
cuernos, o bailaban trompos, que recogidos en la palma de la mano
eran lanzados de punta al canto de monedas o botones, y ya al morir
de cabeza, a lo cual llamaban la moteca: el ochavo o el botón, en una o varias veces, debía
salir del espacio demarcado por una raya; otros dábanse a los
bolos. El mayor interés estaba en las disputas por los distintos
valores de las bolas de vidrio, de colores, clasificadas en razón
del volumen y pintas en su germanía, bolones, bolas, fifises
gaticas, aguas y güesos, y por los turnos de salida
para determinar quién era el mano,
el trasmano,
el trastrás
y el porra,
o sobre si el contrario al
disparar un por todo lo que coja o un ponte
allá, que mató,
había o no robado tierra.
También se jugaba al hoyo, que consistía en introducir monedas desde una
distancia convenida en un pequeño agujero escarbado en la tierra,
ganándose tantas cuantas en él cayeran. Tales partidas efectuábanse
a resguardo de la mirada zahorí de don Marcelino. Los más pobres
contentábanse con la rayuela, o con el chato, es decir, el mismo juego de bolos, adaptado a los
medios naturales, una lasca redondeada y semillas de cajuil. Las riñas
menudeaban, y la gritería manteníase siempre en el tono más
agudo, por lo cual las intervenciones del zurriago eran frecuentes,
o los belicosos firmaban la paz en el calabozo, pues ningún sedante
más eficaz que aquella suerte de caponera para calmar iras y
olvidar agravios. En
las primeras semanas, el temor a don Marcelino y la morriña
hicieron de Antonio un colegial modelo, habiéndosele promovido a la
categoría de ayo, la
que le otorgaba autoridad de segundo sobre una sección de diez,
vigilada por un decurión. Para tales comisiones escogíase a los mejores o a
los más hipócritas, duchos en «tirar la piedra y esconder la mano».
Mas, pronto se adaptó; conociendo a cada uno de los condiscípulos,
sumó amigos y restó simpatías, descubría que también allí
sobraban medios de solaz, como en los charcos del. río y en el pajón
de las sabanas. El patio,
situado detrás del claustro, le confió sus secretos. En las mismas
celdas de las monjas, intactas aún las cuatro paredes de algunas,
crecían guineos, lechosos, mangos y caimitos.
La escobita
respetaba tan sólo las
construcciones pétreas de antiguas tumbas. El cundeamor,
tejiendo mantos de verdura,
cubría las tapias, convidando al zumbador
y a los chicos con la pulpa
roja de sus abiertas cápsulas de oro. El chayote
y la auyama,
la patilla
y el melón
extendían sus sarmientos,
desgarrando las pantorrillas de quien buscara en su maraña el gordo
fruto escondido. Las parchas y caguazas
cuelgan, y para alcanzar sus
nectarios, preciso es trepar por los bejucos tramados ‘que suelen
ceder al peso, o subir agarrándose de los agujales. Para Antonio,
ninguna distracción vale como tenderse boca arriba, aspirando el
olor de la tierra y el aroma de las plantas en aquellos boscajes,
algunos de los cuales pudieron ser consumidos por el fuego bíblico;
peccato
gomorrhoerum dijo el santo
sienés. Transcurridos los primeros días, la vida del
colegio se le va haciendo soportable; al cabo del primer mes acepta,
y antes del segundo, destituido de su cargo honorífico de ayo, ha
recorrido la escala de los castigos y sido clasificado entre los
revoltosos. Su inquietud de azoguillo, sus ojos y piernas habituados
al campo sin vallados, padecen en el espacio estrecho de las
aulas... ¡Y luego, tan uniformes y reglamentados los días! A
las cinco de la mañana, invierno como verano, la voz imperativa del
Prefecto despegábales las sábanas, y diez minutos después, hechas
las abluciones con poca agua, peinados, vestidos, a la hila, dirigíanse
al salón de estudios, en donde, ante una imagen de cuerpo de la Purísima,
cantaban las primas en latín. Y ¡qué latín!, ni los esclavos
africanos de Roma lo entendieran. En seguida, en fila india, al
refectorio a desayunarse con una tacita de café claro y un mollete
de pan de dos onzas incompletas. El trayecto lo amenizaban con una
canción en francés, ¡ y qué gabacho! Aún retiene una frase de
las que ululaban en coro: .te
peti-pié de la yurné. Una
hora de estudio, interrumpida por quejas de vecinos quisquillosos,
causantes de una dosis temprana de rebenque, y por el permiso, que
por parejas se les concedía para ir al patio. De siete a once,
clases. Luego otra hora de estudio, y a las doce el almuerzo: un
plato de sopa, en el cual nadan fideos, y otro de plátanos
salcochados, arroz y frijoles colorados, y entre días, carne
guisada, completándose en éstos el denominado bandera
nacional, y corno postres dos guineos, o
mangos, o jobos, o caimitos, según la estación, cosechados en el
propio colegio. De nuevo al estudio, comenzando las aulas a las dos.
De cuatro a cinco, gimnasia y ejercicios militares; luego, una hora
de recreo, en el que las expansiones naturales eran comprimidas por
la vigilancia del Argos. A las seis, en ringla, para la cena
—pocillo de cacao y un pan seco, con boca— y ésta sazonada al ir y venir con un coro en español,
pura jerigonza, sin concierto ni sentido, tal como la frase del «saber
la luz», convertida en «Isabel la aguja»; y así por el estilo. El recuerdo de tales cosas le hace reír, maguer
las amarguras de entonces y los dolores de hoy. Una hora más de estudio, y
tras de cantar las Completas
en latín de cocina, a la
cama. Tres campanadas ordenaban silencio. Los sábados se suprimía
el estudio en la prima, pero en cambio repetíanse los ejercicios
militares y se cantaban las Letanías, y antes de dormir, baño
general. Aquello era de verse; como no había baños en el plantel,
el convento en pelota, en torno al brocal del pozo, se enjabonaba,
vaciándose encima cubos de agua acarreados por cada quisque. ¿Y
los domingos? ¡Tremendos! Obligados a levantarse para asistir a la
primera misa, la de alba, comulgaban aquellos a quienes le cumplía,
y luego, sentados en el salón de estudio, sin el alboroto y regodeo
de las cátedras, bostezando; y cuál sería el fastidio, que
algunos (entre ellos él), faltaban para que los encerraran en el
calabozo. Allí lo pasaban mejor. Sólo los primeros domingos de mes se les permitía
salir hasta el atardecer. Pero tan monótona existencia, a pesar del tirano que la regía a precio de cardenales y encierros, tenía sus variantes. Durante el día, el patio con sus escondrijos era palestra: a pares o en pandillas, se ventilaban las cuestiones de honor, con puños, pies, cabeza, uñas y dientes, y alguna vez cuchilla, traidoramente esgrimida, o a pedrada limpia. Don Marcelino, a vergajazos, arremetía al modo de amigable componedor, y el calabozo apaciguaba los ánimos. Además, el patio, tan provisto de frutales como un huerto, les brindaba, de enero a diciembre, los bananos, con sus opimos racimos que, separados en manos y escondidos entre las cepas, a los doce días cabales estaban maduros. Esto llamábase hacer un nido. En primavera y verano, mangos y caimitos, recogidos en la madrugada, goteados o trepando por las ramas a favor de las paredes; en otoño jobos, cuya madera frágil causaba frecuentes caídas, y en invierno, naranjas. La rapiña de éstas constituía la más escabrosa empresa: por claustro y patio, según las consejas, en la noche vagaban las ánimas en pena de aquellos cuyos huesos suelen encontrarse excavando el suelo o que reposan en las tumbas de cal y canto que aún existen. Había, pues, que no temerles. Toño era de los valerosos.
Sonadas las doce, desnudos, provistos de una funda de almohada, a
gatas, se deslizaban hasta los naranjos, y empinados sobre los poyos
de piedra o resistiendo clavadas de espinas y rasguños de los muñones
resinosos, consumaban el despojo, y los árboles que la víspera
fingieron grandes vasos de malaquita incrustrados de áureas gemas,
amanecían libres de las pesadumbres de las pomas, manifestábanse
entonces el polvo en el piojillo de las horas. También se robaban
las gallinas en complicidad con el propio cocinero, para sancochos y locrios, devorados en conventículos. Esta era hazaña de
los mayores; pero como Antonio poseía la maña necesaria para
captar las gallinas que dormían en el higüero del traspatio, ahogándolas sin que gritaran,
participaba en ellas. Cuando acaecían tales depredaciones, se
practicaba un registro, encontrábanse baúles y pupitres atestados
de naranjas, o se disponía una confesión general; mas, el secreto
se conservaba fielmente. ¡Zoquete quien revelara! Antonio aprendió
en sus propios carrillos que importaba más callar, y así, por la
rejilla del confesionario, no pasaron más pecados que los
comprendidos en los cuatro primeros mandamientos. Los
domingos primeros de mes eran gloria pura. Desde las ocho de la mañana,
uniformados de rayadillo, gorras de paño azul con viseras de hule,
y en una cinta negra en letras doradas «Colegio de San Luis Gonzaga»,
se desbandaban por las calles capitaleñas quienes tenían en la
ciudad familias o encargados, pues forasteros y huérfanos quedaban
en libertad en el jardín. Las aventuras de tales asuetos eran tópicos
para el mes: el baño en la playa de Güibia, disputándose quién
nadó hasta peñita,
hasta curazao
o hasta santomas, que así se nombran las tres peñas que casi
cuadran el hondo y amplio balneario, y la irrupción en las quintas
vecinas, desguazando mangos, cajuiles, naranjos, mameyes y cocales,
y las excursiones a comer guayabas a los montes de Galindo, caimitos
en Pajarito o limoncillos en San Carlos; y los paseos en bote hasta
los Tres Brazos, con paradas en el pueblo de Los Minas, para comprar
casabe de ajonjolí, jarto
reso y conservas de coco y naranja;
o por El Placer, rebasando la punta de La Torrecilla, con los
correspondientes baños en los remansos del río a la sombra de
ceibos y copeyes o en la playita del Retiro; y al pequeño mercado
del Ozama, haciéndoles otomías a los campesinos que allí trafican. De tales
correterías regresaban algunos, hinchadas las caras por la ponzoña
de las avispas, heridos los pies, o el brazo en cabestrillo y con el
relato, hecho entre risa y pavor, de haber tragado agua en un
cantil. Pero
entre todos los del año, dos días magnos, señalábanse en el
calendario del Colegio con dos cruces: el del patrón San Luis
Gonzaga, y el del Rector, San Francisco Xavier. Al primero se le hacía
el novenario, presidiendo su imagen, revestida de cándida
sobrepelliz, la capillita del estudio, y ante ella cantaban a coro
—«pide a Dios que yo te imite, santo joven Luis Gonzaga»—,
intercesión que, si la hubo, jamás mereció la merced divina. El
segundo sobresalía por la copia de regalos, en su mayoría
golosinas —frutas, fuentes de trémulas natillas, reposado arroz
con leche, espolvoreado con canela, pudines de a dos libras,
blanqueados con suspiro y adornados con grajeas, confites y una banderita
en el ápice— que entraban majestuosas en manos de la negra
azafata, vestida de limpias y sonantes sayas. Desde la víspera de
ambas fiestas, suspendíase toda suerte de castigos, se indultaba a
los presos y se penaba a quien fuese con chismes y quejas a los
superiores, siendo lícitas todas las diversiones. Además,
y eso era lo de p p y w, se
les autorizaba el asalto a las bateas de las vendedoras de dulces
que, después del mediodía, acostumbraban poner tienda bajo la
propia ventana del Rector o a la sombra de los naranjos de la
Virgen. El Padre pagaba, y como esto lo sabían las interesadas, traían
su venta íntegra. Antonio
se ríe, y ¡con qué ganas!, recordando aquel su salto felino, para
caer sobre la repleta batea de la mulata curazoleña que, a pesar de
la garantía, miraba espantada cómo aquellas manos ágiles, tal un
instrumento de tortura, se abrían y cerraban apuñando los piñonates
melcochosos, el alfajor empolvado como presumida señoritinga,
el bienmesabe, de pasta tan suave como los bizcochos esponjados,
los frágiles y levemente dorados merengues, de corazón fundente;
las pastas de leche, el azucarado huevo-mejía
sobre papelitos de veriles
plegados; los chupa-bebis, empaladas las distintas figurillas acarameladas;
las botellitas, llenas de fragantes licores, que al romperse corren
por las barbillas, y los gordos canteros de pan
de batata; ¡cuánta cosa buena!
Los bolsillos atestados, en cada dedo un dulce, las palmas
agobiadas, pegados en las orejas; corrió a encerrarse con su botín,
en busca de un rincón oculto entre cepas y sarmientos para darse un
atracón. El Padre, en viéndole pasar, rompió a reír, exclamando
en tono tanto más alegre cuanto era raro, «¡muchacho gandío,
gandío! ».
Dos veces, únicamente, le oyó la voz cantarina,
ésa y una madrugada en que, a filo de las tres, orinando por una
ventana del dormitorio que daba al claustro, surgió de las
tinieblas mudas, a compás del chorro: « ¡ey, ey! ¿quién es el
soldado meón? ».
Era el Padre que venía a
despertar a los acólitos que le ayudaban a misa. Así
discurrían semanas, meses, años, cual cangilones de noria. En las
primeras vacaciones de verano se hospedó en casa del tío Tomás;
pero cuando pasaron las mariposas de San Juan, que los pilluelos
cazan en las calles con varillas de coco, y le manearon, con
prohibiciones, los pies, baqueanos de los caminos de Güibia y de La
Fuente, y de los guayabales de Galindo y la Fagina, se fastidió,
echando de menos el bullicio del colegio. Los primos eran tímidos,
chinchosos, criados entre las faldas de la madre, y ésta, dispéptica,
regañona, le tenía ojeriza. A cada paso, su voz estridente
gritaba: «este condenao me está perdiendo mis hijos»; y en la
mesa, todo medido, sin derecho a repetir, él, que después de las mosucas
del colegio, tenía ganas de
sentirse pin-pin, sonándose la piel de la barriga como un tambor; ¿y
no había inventado ¡mal rayo lo partiera! que del pollo, su presa
preferida era el pescuezo, y a chupar carreteles le condenó
mientras los demás engullían tiernas pechugas, sabrosos muslos y
alas, deleitándose. con el amargor del palomo, de esos pollos
silvestres nutridos con hierbas aromáticas? En las vacaciones
siguientes, se quedó en el colegio. Allí estaba más a sus anchas. Don Marcelino vigilaba menos y se emborrachaba en
grado tal, que una noche, con engañifa, por supuesto, le zamparon
en el cepo. ¡Cómo bramó el viejo inquisidor hasta que el propio
Padre lo libertara! En
los primeros exámenes de fin de curso, Antonio demostró los buenos
elementos aportados de su pueblo, ganó varios premios. En
septiembre ascendió. Por otra parte, el tío Tomás había mejorado
de situación económica y le enviaba la comida; así, tres veces al
día, los muchachos repicaban su goleta. El Padre le hizo monaguillo y lo trasladaron al
dormitorio de los que pagaban, próximo al departamento del Rector,
con altas ventanas enrejadas a la calle de la Universidad, desde las
cuales se espiaban los patios de las casas fronteras. Entonces, alternando,
levantábase a las tres de la. mañana para ayudar a misa; confesaba
y comulgaba con más frecuencia, y en las fiestas solemnes, en
ayunas, se desvanecía de rodillas en las duras gradas del
presbiterio. En la prima noche, novenas, salves, tercios. ¡Cómo
escamoteaba padre-nuestros y avemarías, rodeado de beatas hediondas
a andullo y a cucaracha! Empero, de las frecuentaciones de la
iglesia, de las suntuosidades litúrgicas, ninguna huella en su espíritu.
Fue, en realidad, un oficiante desapegado, atento más que a las
puertas del paraíso a capar el dinero que los feligreses
depositaban el cepillo, engullirse los recortes de las hostias, y
aprovechar los cabos de velas y cirios para fabricar gallos y
boliches. En las procesiones, con la sotana de púrpura, hacíase
notar por sus travesuras: si le confiaban el incensario, balanceábalo
de manera que las brasas cayeran sobre la gente apiñada en las
bocacalles del trayecto, si la naveta, echando el incienso en
cantidad producía humo negro y de olor ingrato. Al cabo de los años,
cansado de encontrar aquel diablillo en la sacristía, y tras una
maldad de a folio, el Padre le arrojó a puntapiés, y púrpura y
sobrepelliz dieron en el calabozo, finando su servicio religioso sin
haber cultivado la matita de mística reseda. Mas, en cambio, fue un
buen alumno, inteligente, aunque desaplicado; predilecto de los
profesores, quienes en él vinculaban el éxito de los exámenes;
acumulaba sobresalientes, y cuando de gala, en el gran salón de actos, reuníanse
las familias de los alumnos, los jurados y los profesores, reventaba
de satisfacción, sintiéndose alabado cuando atravesaba el salón
con su carga de premios. ¡ Si en tales instantes triunfales le
hubiese visto su madre, que en el pueblecito batía el dulce de
leche sin cesar para vestirle; si le hubiese oído, de puntillas en
la tribuna, pronunciar con genial desenfado el discurso en español,
pues en esas ocasiones recitábanse hasta en latín, griego, francés
e inglés, para maravilla de la concurrencia! Cierta vez, el
colegial a quien se le confió el griego, se le olvidó el texto,
pacientemente aprendido, y sin vacilar, seguro de que sólo el
catedrático caería en la cuenta, conjugó los verbos ser y
amar, y descendió saludado por salva de aplausos
entusiastas, mientras el maestro, encarnado como pitahaya,
le fulminaba con las miradas. Los éxitos le acercaban más
y más a las puertas del plantel, alentando envidias y rivalidades. Sus
conocimientos crecían más que su cuerpo, y en veces, no podía reñir
por parejo con quien remataba una disputa con un «tu tío es un
ladrón», aludiendo a que aquél era empleado de aduana; pero sí
castigó siempre, sin medir el tamaño del contrario, las injurias
alusivas a su madre. Estas punzábanle conmoviéndole hasta las lágrimas,
y el hijo de... expiraba bajo su puño en los labios
ensangrentados, cuando una piedra certera no le rompía la cabeza al
infamante. El escozor de semejantes agravios removíale las entrañas,
haciéndole llorar entre las sábanas. Cuando un enemigo caído le
gritó que su padre fue al lugarejo a darse baños porque estaba
podrido, le mordió, le pateó, le escupió con rabia hasta dejarle
túmido el rostro; mas el dardo, su primer dolor de hombre,
permaneció clavado muy adentro. A medida que sumaba ciencia, le placía más la
soledad. La Historia le enseñaba con sus espejismos el secreto del
poder, sus placeres y sus beneficios; en los guarismos que escribía
con tiza en el pizarrón, resolviendo problemas aritméticos o
ecuaciones algebraicas, presentía la fuerza del oro; empero, atraíale
con sus encantos de poesía y misterio el estudio del cielo. Estas nociones científicas alimentaban su mente, encalabrinada por la lectura de las novelas de capa y espada que le prestaba el guardián complaciente de la biblioteca pública anexa al instituto. Sus imágenes de la gloria y grandeza humanas, vagamente supuestas, eran dos estampas: la una, un cromo, Pío IX promulgando el dogma de la Infalibilidad, en el concilio de mitras deslumbradoras, y Monseñor Strossmayer irguiendo su rebeldía en el púlpito; la otra, un grabado de «El Correo de Ultramar»: el entierro de Víctor Hugo, de quien se había sorbido «Los Miserables». En las tardes, durante el recreo, Antonio apartábase de los entretenimientos, propios de sus años, se recogía con un libro en una apartada celda del patio, en la cual las lianas habían tejido una hamaca. Instalado en ella, leía con avidez, y, de rato en rato, entregábase a divagar, imaginando una vida gloriosa de luchas y triunfos. Veíase muerto, en un féretro, seguido de tropas y de muchedumbre, o bien subyugando hombres; y en duermevela delicioso, enredábase en mil cálculos por los que llegaba a ser presidente de Francia. Rompía el silencio una lagartija reptando entre el follaje, y que, de repente, levantando el cuerpecito, luciendo al sol la membrana traslúcida del cuello, atemorizada, quedábase mirando a aquel poderoso, hasta que una ráfaga retozando con las anchas hojas de los bananos, le ofrecía, dedada de miel en el áspero cáliz de las flores.
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