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IV

IV

Corría el año 1886, que por cierto no fue de gracia.

Presidía la República un general de treinta años, con fama de valor e inteligencia. Meses atrás, la Capital estupefacta vio cercada la casa del ex-presidente Guillermo, herida su señora, muerto un yanqui, y él, perseguido, después de apagar a tiros las lámparas, escapar por los patios, huyendo hasta ganar la provincia de Azua, en donde se alzó en armas, y, vencido por su rival Heureaux, acosado, solo, a la postre murió por su propia mano.

Dos candidaturas presidenciales se disputaban el triunfo. La una proclamaba a Ulises Heureaux, alias Lilís, que ya había ejercido la magistratura, y quien, aunque huérfano de popularidad, tenía en su haber los resonantes éxitos militares del Cibao y Boca del Vía. Era inexorable, no retrocedía ante los obstáculos ni le temía a los muertos; sus virtudes: audacia, energía, valor; además, la gente ignara creíale brujo. La otra, a Moya, joven de atractivo talante, laborioso, inteligente, con algo de donjuanismo, congregó en torno suyo a los azules liberales, a la juventud recién nutrida por las doctrinas de Hostos, y a cuantos poseían aspiraciones y soñaban con el progreso, aun cuando en las mismas filas militaran, sirviendo de cimientos a la empresa, conmilitones de los tiempos pasados, y Benito Monción, señor de horca y cuchilla de la Línea Noroeste.

La atmósfera se caldea pronto, y los periódicos, recogiendo las palpitaciones de ambos partidarios, soplan las llamas. La tarde de un domingo, entre estandartes, banderas, músicas, vivas y cohetes, desfila por las calles brillante y numerosa manifestación moyista. Los adictos se agradaban luego, repitiendo que cuando la cola estaba en el arquillo de la calle Santo Tomás, ya la cabeza había alcanzado la plaza de la Catedral por la del Conde. A la octava siguiente, fue el turno de los lilisistas, inferiores en cantidad, en banderas y en indumentaria. Los Comités Centrales dirigían con tesón la campaña, y al pie de los Manifiestos impresos, apretábanse millares de firmas de vivos y difuntos en pro de cada uno de los candidatos. A las adhesiones sucedíanse las protestas por usurpación de firmas. A la oratoria cordial de Federico Henríquez y Carvajal, pugnando por Moya, oponíase el ingenio del poeta Scanlan y el del coplero popular Juan Antonio Alix, que servían a Lilís en décimas chispeantes. La juventud recién salida de las aulas de San Luis Gonzaga y la primera hornada de la Escuela Normal, rociaban la arena con su partidismo ardiente, en el cual confundíanse el amor a la ciencia y las simpatías por el caudillo.

Ambos candidatos tenían para su guarda y defensa escolta de valientes. En la Librería, frente al parque, en la mañana y al crepúsculo, tertuliaban hombres notables, llevando la voz cantante, con el imperio de sus nobles pasiones, Mariano A. Cestero y José G. García, más agresivas en el uno y no menos tenaces en el otro. Y el mismo Presidente solía concurrir aportando comentarios picantes, exprimidos de la malicia campesina y de. la observación urbana.

Referíase, cierta mañana, con calor, que en la casa de Lilís, custodiada por centinelas, había aparecido escrito con carbón un letrero que decía: abajo el negro mañé. García opina que sólo el propio Lilis podía haberlo puesto, a lo cual opuso el Presidente: «no, el negro llora de noche». Y un coro de carcajadas acogió la ocurrencia maleante. Una madrugada, Moya montó a caballo, tomando el camino del Cibao.

Por las ventanas del colegio entraban las lenguas de fuego que abrasaban las calles. Los externos traían el eco de los sucesos, de las conversaciones y disputas escuchadas en las casas, y el vocerío de las fiestas cívicas transponía los altos muros. En las aulas, se dividían en moyistas y lilisístas, y entre los plátanos, a pedradas, se libraban batallas..Antonio, cuyo tío es partidario de Moya, se siente solicitado por este candidato a quien había visto alguna vez jinete en potro overo de larga cola, y que no se cayó un día que se le encabritara. Además, entre todos los que luchaban en la prensa y la tribuna, su tipo predilecto era uno de sus profesores, el fogoso, altivo, Miguel Ángel Garrido.

Los comicios duraron tres días del mes de julio. En la capital, los moyistas protestaron.

 Apoyado por la autoridad, un negro lacertoso y bellaco, con un gran perro al lado, en el atrio mismo del Palacio del Concejo, en donde se efectuaba la función electoral, coaccionaba.

Votaron las tropas, primero de uniforme, después de paisanos. A los campesinos se les afeitaba, y travestidos, cambiando los nombres para que sufragaran dos veces y hasta tres en un colegio, amén de repetir en San Carlos y Pajarito, se les conducía en rebaños, y en las propias barbas de las Comisiones fiscalizadoras les sustituían los votos. Los boletines por Moya lucían en el reverso los galanos colores nacionales, los de Lilís, la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia. En todos los pueblos de la República ocurría otro tanto, perteneciendo la supremacía al grupo que contara con la autoridad. En pequeñas comunas se registraron miles de electores, y de una se cuenta que el Comandante de Armas, sentándose a la mesa de la Comisión, puso en ella su clásico machete de cabo y arengó: «señores, las elecciones son libres; pero al que no vota por el compai Lilí, le trozo la cabeza».

El 21 de julio se pronuncian Moya en La Vega, y Monción, en la Línea. Se organiza con actividad una columna a las órdenes de Lilís, para combatir la revolución. Un mediodía, se conmovieron los rocosos cimientos de la ciudad: había explotado la dinamita que dos franceses preparaban aceleradamente para Lilís: en las rendijas de los tabiques de madera, en el techo de la casa junto al mar, se encontraron piltrafas de carne y los troncos cercenados. Heureaux salió una hora más tarde al frente de sus tropas. Y las propagandas comenzaron en la medida de la expectación. Villanueva le espera en el «Sillón de la Viuda», se afirmaba, y ya se le veía caer en la emboscada en aquel estrecho pasaje de la montaña. Billini, candidato a la vicepresidencia, fue preso y muchos otros más. El Gobierno cae, al primer empellón, se decía, y se combinó un golpe de mano; pero, delatados, una noche, fueron cercados en las casas en donde estaban reunidos y capturados los jóvenes que debían realizarlo. Las más disparatadas noticias corrían de boca en boca. Lilís entró en La Vega, desocupada previamente por Moya. El sol alumbró una mañana la ejecución sumarísima de tres presos políticos, y por la calle del Arquillo, en el negrito (ataúd común del Hospital militar), pasaron los tres cadáveres destilando sangre. Los ciudadanos pusieron sordina a las voces, practicando el cuarto evangelio con sigilo. En alta noche, las alegres canciones de una parranda rompen el silencio, suena un disparo de revólver.

A la mañana siguiente, la estatua del Gran Almirante de la Mar Océano, que sobre el pedestal de granito, frente a la Catedral, esperaba el momento solemne de la inauguración, aparece, caídos los lienzos sobre el zócalo, y un balazo en la cabeza, señalando hacia el Cibao, como si el escultor, al extenderle el brazo en tal actitud, hubiese previsto los sucesos de aquellos días...

En la segunda quincena del mes se celebraron los exámenes. Antonio había estudiado poco.

 Ahora a las diversiones del patio se unía el interés por las noticias políticas; sin embargo, valiéndose de mañas, con su natural despejo, soplando a los vecinos para ser oído por el examinador y protestando cuando lo hacían con él, granjeó los sobresalientes de costumbre, y en la repartición de premios recitó el discursito, y un cuarto de hora después estaba en el calabozo, pues le habían sorprendido escondiendo en su pupitre los dulces que le cometía brindar a la concurrencia. Pasó las vacaciones en casa del tío Tomás. ¡Buenos tiempos aquéllos! Conquistó a la negrita sirvienta de la casa, con la que se encerraba en la letrina. El tío Tomás, aunque moyista puro, conservaba su empleo en la Aduana, porque, según argüía, era amigo particular del Presidente.

Las nuevas llegaban del Cibao con asombrosa rapidez. No existía alambre, pero sí el telégrafo de los campesinos.

Los de ambas facciones las aliñaban según sus deseos, enmarañando la madeja de las propagandas, y el Hoyo de Lima, la Ceiba de Madera, el Aguacate, lugares que Antonio ignoraba a pesar de sus estudios de geografía patria, se hacían familiares a causa de los pleitos que en ellos se libraban. Se formaban planes en los corrillos queriendo transmitirlos telepáticamente al caudillo. La muerte de los generales Cartagena y Tavárez, aplanó a los moyistas, pues eran tenidos por hombres de empuje. ¿Por qué habían dejado llegar a Lilís hasta La Vega? se interrogaban. En tales hablillas, entreteníanse, tratando de explicarse el retroceso de la revolución. De día y de noche, por las calles trajinaba gente de armas. Tomás García y Linares, Comisarios de policía, eran el espanto de los moyistas. Cuando rondaban por una calle, los escondidos salvaban los muros medianeros preparándose a correrías por toda la manzana.

Las negras en los patios, lavando, cantaban:

 General Benito
Yo se lo decía
Que en el Aguacate,
La vieja salía.
Si tú eres Moya,
Yo Lilí,
Si no te gusta,
Yo pa mí.

Aquellas vacaciones fueron realmente las últimas de su infancia. Desatendido de la caza de mariposas y lagartijas, sólo le halagan las conversaciones de la tertulia de su tío a la prima, y organizó, bajo su jefatura, los mataperros del barrio, afectos a Moya, y a pedradas en la Sabana del Estado, extra-muros, o en Galindo, con guayabas, debatían sus prematuras controversias políticas, hasta que una noche, un negrito, jefe del enemigo, le hirió con una lezna en la rodilla, hasta el hueso. Menuda follisca se armó en la casa; curada y vendada la herida, el tío Tomás, con el paraguas viejo, le sacudió el polvo. También solían ir a la briba, saqueando los ventorros, para lo cual, mientras unos distraían con regateos a la ventorrillera, otro clavaba un anzuelo en un racimo de guineos, o en un haz de cañas y hasta en un tocino, para después, tirando el cordel escabullirse con la presa, en tanto la burlada llenaba la calle con el escándalo de sus maldiciones; o bien, concertaban una riña entre dos de corpulencia distinta, el mayor esgrimía un garrote, cuya punta había sido embadurnada de la más ruin materia. El pequeño exigía: «sin palo», y la disputa se prolongaba hasta que un transeúnte intervenía, ¡ tanto mejor si era una beata! El del palo le suplicaba que se lo agarrara y cuando éste asía la punta, tiraba de él y corrían todos como alma que lleva el diablo. El olor avisaba al emporcado su mala ventura.

También, provistos de un cordel que mantenían tenso, de acera a acera, y corriendo en dirección contraria a los pasantes, les derribaban en el arroyo.

Fue Antonio, con sus secuaces, la desesperación de aquel Hilario, manco y fañoso, a quien gritaban ángel de un ala, gallina de una pata, y quien les apedreaba con furia, y de Rivié, siervo y beato de la Catedral, con voz de emasculado, descaecido, los fondillos flojos, larga americana de dril, entontecido por aquellas burlas..En casa del tío Tomás, congregábase en las primas noches, en la puerta del patio, al abrigo de miradas inquisidoras, una mano de amigos íntimos y correligionarios, los cuales glosaban a su antojo las noticias del día. Desde luego, que las propagandas daban jugo sustancioso a la charla, y cada uno desarrollaba allí sus inéditas aptitudes de estratégico, criticando las operaciones militares y exponiendo su plan, el único que produciría el triunfo en brinco y medio, según la gráfica expresión. Para unos, el gran golpe habría sido prender al Presidente Wos y Gil cuando estuvo en La Vega:

—Y no hay que darle vueltas, ha sido ésa una debilidad de Casimirito.

—No, pues que Alejandrito es azul.

—Bueno, y ¿por qué no esperarían, caray, a Lilís en el Sillón de la Viuda? Eso sí era darle en la yema.

—Pero, compadre, si ése fue el plan de Villanueva, pero Mariano Cestero se opuso, sosteniéndole a don Pablo, en su misma cara, que no era hora de hacer capú.

—Las intransigencias de los sabios nos perderán, hay que ser prácticos.

—No y no, Mariano tenía razón; don Pablo es rojo, y, si llega primero, puede entenderse con Gautier y Damián, y aployarnos.

—Todo eso será así; pero lo que yo sé es que revolución que no avanza retrocede.

—Y Guelito, caray, el hombre de Santiago, que se deja prender asando batatas. Eso me da mala espina.

—Pero chico, no seas pesimista; ¿cuándo se ha visto perder una revolución que baja del Cibao?

¡ Ya verás sorpresa uno de estos días! Les contaremos un cuento a estos lilises, cuando vean al manquito volver con el rabo entre las piernas. Y si se perdiere de momento, los Tiburcios se meten en las lomas y será como cuando la de Los Pinos, y le darán mucha agua a beber al Gobierno.

—Ah sí, porque ésos son como el maquey, hay que darles candela.

Dejémonos de ilusiones. El negro es brujo.

Y se relataba entonces que Lilís poseía dos muñequitos, a los cuales consultaba en unión de la Vieja María Vicenta Pavilo, que vivía en una casita semejante a un palomar; y de Mauricio Vega, zambo sexagenario, de hirsutas barbas de troglodita, habitante de un bohío de yaguas en el patio del ex-convento de Dominicos, rodeado de laureles rosa de sangrientas flores tóxicas, el cual transitaba por las calles, en compañía de una nietezuela, cuyas escrófulas rebosaba en hojas y sucio barboquejo.

Y suerte que no pudo llevar la dinasmita, como dice Luperón, que si no, hicotea mea domine, no nos salva ni la chiquitina de Higüey __concluye uno.

Una noche cae en la tertulia, como piedra en charco de ranas, una vieja, de almidonada bata de prusiana, muy ancha, la cabeza envuelta en un abrigo de los que llaman de piel de cabra, que le emboza el rostro, con aspecto de lavandera en solicitud de algo a cuenta de la ropa. Cuando se descubre, el asombro rompe en carcajadas estrepitosas. Es uno de los amigos, que se ha escondido, y con tal disfraz sale a tomar lenguas.

—Pero chico, qué imprudencia.

Sólo a ti se te ocurre esto.

—¿Y si te topas con Tomás García?

Y las miradas escudriñan recelosas, no ande por allí el temido esbirro.

El recién llegado refiere el fastidio del escondite, las carreras por los techos, salvando paredes, algunas erizadas de fondos de botellas, y los accidentes por las calles, esquivando las puertas abiertas, y al fin pregunta:

—¿Pero qué hay de nuevo y de cierto, caray?.—Hombre, dicen...

—Sí, «dicen que viene y no viene ná», como cantaleteaba el viejo Silverio claveteando las suelas, en tiempos de Báez, y le mojaron las nalgas con agua salada. Antonio, desde su rincón, en la penumbra, inmóvil para no ser advertido, escucha ávido, sin perder palabra. En tales noches, no le importan las diversiones callejeras, y olvida que le aguarda con sus caricias silenciosas la negrita oliente a aceite de coco.

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La Sangre


 


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