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VII

VII

El ruido de la puerta al abrirse, arranca a Antonio del soliloquio. El alcaide entra con la cantina del almuerzo. El preso, en pie, retira la cuchara y el tenedor de estaño. y, uno a uno, los platos, y arrimando una silla se sienta a comer. La sopa, cubierta por una capa de grasa fría, la carne guisada y el plátano salcochado, duros como suela, el arroz con habichuelas tan revuelto, cual si le hubiese escarbado una gallina. El carcelero se desploma en el mecedor, la camisa desabotonada. Gotas gruesas de sudor le corren hasta la empella, cintilando en los pelos de tetillas y ombligo. Resopla como un escualo varado, y después de aspirar con fuerza, exclama:

—¡Caray, qué calor!

Antonio engulle a prisa, callado.

El alcaide continúa:

—Mañana voy a ver como te paso al Salón; allí estarás fresco y te divertirás mirando pal río y pal corral de los criminales.

—Se lo agradeceré mucho, papá Quin.

—Sí, hombre, caray, que ya tienes un año aquí. ¿Cuántas veces te han metido?

—¿A mí?, quince con ésta; pero nunca he permanecido tanto tiempo ni tan solo.

—Ahora hay pocos presos políticos. La República está como una balsa de aceite.

—¿Y qué hay de nuevo? —inquiere.

—Na; no pasa na. El Generai está por el Cibao, y el Palacio vacío. Cuando él se va, no parece ni que hay gobierno.

—¿Y en qué anda por el Cibao?

—Dicen que a recoger la papeleta. Eso de la papeleta, si que no me gusta. Figúrate, caray, que estos zapatos me han costado cien pesos hace una semana, y hoy, con un peso, no se compra en la plaza una libra de carne.

—Y el comercio, ¿ qué dice?

—Ello, repinga su miajita; pero al que no coge el billete, ya tú sabes. —Y se pasa el índice por debajo de la papada, haciendo una mueca lúgubre.

—Pero esa situación es insostenible —replica Antonio con viveza.

—No creas na, muchacho. Lilí sabe más que los blancos de la Impruven y les sacará más cuartos.

—Pero el país es quien, a la postre, pagará los vidrios rotos; usted, yo y todos, que con los derechos por las nubes no ganamos ni para comer.

—Yo ni entiendo de eso, ni me meto. El Generai lo arreglará to; con él no hay quien puea.

—¿Usted cree?

—¿Que si lo creo? No jeringues, muchacho, si aquí no ha parlo madre otro igual, ni lo pare.

Déjate de caballás y arréglate con él. Mira que yo los he visto, que mordían las rejas de rabia, salir de aquí y al otro día ser Papacotes. A más de un gobernador le he remachao endenantes buenos pares de grillos. Será Presidente hasta que se muera. Ese negro es el demonio y no hay quien se menee.

—Dicen que es brujo —le interrumpe Antonio.

—Ello pué que lo sea. Lo que te digo es que sabe más que yo mismo lo que pasa en la caice. To se lo cuentan o lo adivina. Yo tengo un compadre seibano, que cree que Lilí es galipote.

—¿Y qué es eso?

—Ah, caray,. ¿tú no sabes lo que es un galipote?

—Palabra que no.

—Pues un hombre que tiene la virtud de volverse animal: perro, gallo, hormiga; y dime si con un marchante así, hay quien se atreva.

—Pero de veras, papá Quin, ¿usted cree en eso?

—Te diré: yo no lo he visto, pero mi compai sí. A él, siendo pedáneo, le dieron la orden de prender a un vividor de su sección, que era brujo, y al pecharse con él, cerquininga de una mata de la sabana, se le volvió puerco.

Antonio rompe a reír. El alcaide se incorpora y concluye:

—Sí, ríete; pero oye lo que te digo por tu bien: arréglate. No seas sonso, mira que Lilí está untao y no le entran las balas.

—¿Y la que le pegó en la nuca en El Cibao?.

El barcino, arrastrando los pies, cierra tras sí la puerta. Antonio se queda de nuevo frente a la realidad atroz, que la conversación con el carcelero ha hecho aún más evidente: la potencia de su enemigo.

¿Cómo ha escalado la presidencia este hombre, hijo de haitiano, nieto, por la madre, de un prócer venezolano, según se dice, con un poder tan absoluto? ¿Qué hado le solivia constantemente desde las aventuras en la frontera sur, más que de guerra, de abigeo, hasta el Capitolio?

Antonio se explica que dominaran Santana y Báez; ¡pero Heureaux!...

Los veintidós años de ocupación haitiana habían subvertido las costumbres patriarcales de la colonia en aquella época denominada «España Boba», poniendo en íntimo contacto nuestra sociedad débil con el invasor fortalecido en una guerra feroz, distinto de origen, idioma, tradiciones y costumbres. Su presencia en la Española arroja al Continente y a las Antillas españolas, la cultura y la riqueza; clausura la Universidad, arruina los templos y rompe los pétreos escudos nobiliarios de los portones señoriles. La empresa separatista ofrece campo propicio a Pedro Santana que, nativo de la frontera, odia al haitiano, y en cuyas manos puso la espalda libertadora el consejo de los conservadores, temerosos de los sueños de los jóvenes del 27 de Febrero. Por buenas y malas artes, descuella, siega laureles y se abre paso al poder.

Porque había sido jefe de milicias y tenía, por consiguiente, el hábito del mando, se le confía la dirección suprema de la guerra, y porque hubo de vencer, le escogieron por caudillo los afrancesados, es decir, los que por no confiar en la capacidad del dominicano para el gobierno, buscaban las fuerzas necesarias en el protectorado de una potencia. En su hato del Prado, del cual vino y a donde caído o alejado del poder, solía retirarse, aprendió en la lidia con los toros las mañas que sirven para sojuzgar pueblos. Es un hombre del agro; para él, valen el árbol y el ganado más que los ciudadanos. Encarna el principio de autoridad. En 1847, un decreto castiga el robo con la muerte, sin que los procesos sean conocidos por los jurados, y cuatro meses después se ejecuta a Bonifacio Paredes; culpable de haber robado un racimo de plátanos.

Cuando el enemigo de allende la frontera y los del lado de acá le asedian y se despeña en la anexión a España, su voluntad en la diaria brega con los subalternos y con los capitanes generales que le sustituyen, rompe las reglas de la disciplina; y se indigna cuando uno de aquellos oficialitos rosados, de brillantes uniformes, corta una palma, el árbol más útil de la tierra, porque engorda al cerdo con sus granos, brinda al hombre para regalo del paladar la pulpa tierna del palmito, yaguas y tablas para fábricas, y a las abejas exquisito licor.

Voluntarioso, bravo, zorro, bufa como los toros; fuerte cuando manda, es el mismo que sus contemporáneos han visto acoquinado, con un par de chancletas debajo del brazo, en el muelle, camino del desierto, y que desposeído de la autoridad que venera como a cosa suya, muere sin honor en la patria anexada.

Báez, que es alternativamente amigo, sucesor y émulo de Santana, es una figura de jefe nato.

Rico por su casa, con la acometividad de los mestizos, en la época haitiana ha sido corregidor y diputado. Su valor cívico es grande. Cuando en el curso de una discusión tumultuosa, el Presidente Jiménez invade la sala de sesiones del Senado con un grupo que esgrime pistolas, espadas y puñales, produciendo confusión inenarrable, Buenaventura Báez que preside; con ademán de petimetre se descalza para no ensuciar la mesa del bufete, y de un salto, erigiendo sobre ésta su pequeño cuerpo, se impone a todos y restablece la calma. Su caballo es el mejor, y él cabalga con maestría. En su mansión reina la abundancia, y en aquel tiempo de pobreza, en que los personajes más conspicuos se sientan en las primas-noches a tertuliar en las puertas vistiendo viejas, él come en vajilla de porcelana de Sevres a ropas franjas rojas —el color de su divisa—, pintada a mano, y con sus iniciales doradas. Cuida de mantener su predominio: cierto día, uno de sus edecanes se le presenta calzado con botines de charol, iguales a los suyos; imperioso, le ordena quitárselos y le increpa por su falta. Cinco veces le alzan sus partidarios hasta la presidencia, sin que una sola, en las tantas revoluciones que acaudilla, aparezca en los campamentos. En el peñón de Curazao, bien regalado, espera que vayan a buscarle para ofrecerle el poder conquistado a costa de la sangre de sus huestes fascinadas. Cuando pasea por Europa, escribe a los que vagan hambrientos en el exilio, sus triunfos en las Cortes: ha bailado un rigodón con Isabel II; Luis Napoleón le promete cinco mil zuavos que, equipados y pagados por el emperador francés, le restaurarán en el poder tan pronto como arregle la pendiente cuestión de la Iglesia, para lo cual tiene concertada entrevista con el Papa. Y tales epístolas se leen con deleite, y son creídas, y aquellos hombres se lanzan al campo, y de nuevo, Báez, figuración del principio aristocrático del Orden, rige la República.

Heureaux aparece por primera vez en la Historia, apuntando con su arma al general Salcedo, en la plaza de Moca. Durante años es uno de tantos guerrilleros; un oficial, criatura de Luperón, aunque no tiene como éste ideas, ni ideales, ni le escudan las sergas de la guerra restauradora.

 Valor y audacia, sus méritos. Castigo de propietario depredado o desquite, le ha roto la diestra de un balazo. Es el dardo que desde Puerto Plata, Luperón imperante dispara contra el Palacio de la Capital, y dos veces, a la cabeza de tropas cibaeñas entra triunfador en ella. Cuando sus corifeos le creen instrumento dócil, él se sirve a sí mismo, limpiando su camino, e implacable, cumple el mandato siniestro, sin ahorrar la vida del propio cuñado, que captura y fusila. Suave, meloso, achicándose, meliflua la voz, tolerando desórdenes, al alcance de todos los abrazos, se mete al fin en el Palacio, y una vez en él, granjea cómplices venciendo, comprando y matando; pero no veja ni se abandona a sus pasiones, realizando venganzas inútiles. Él sabe olvidar agravios, aprovechar al enemigo de ayer y penar al traidor; premia con largueza a los servidores; procede por cálculo; frío y profundo psicólogo, conoce a los hombres y los maneja como a títeres. El oro y el hierro adquieren en sus manos virtudes inagotables, y disimula sus preocupaciones de raza, rodeándose de blancos. Cuéntase que el famoso violinista negro Brindis de Salas, de paso en Santo Domingo, fue multado por infracción a las ordenanzas de policía. El Presidente Heureaux intervino, condonándole la pena. El artista le visita para darle las gracias y le enristra enfática peroración, expresándole cuán orgulloso sentíase de que uno de su raza hubiese llegado tan alto. Lilís, con un relampagueo de sus ojos, le corta el hilo, y apoyándole la mano en la rodilla, termina la audiencia con esta frase: «Mime, ño Brindis, venga otro día, que yo estoy hoy muy ocupado». Negro es la palabra más ingrata a su oído y el insulto que jamás perdona...

En tres apoteosis, Antonio ha visto expuesto el poder de Lilís. Después del fusilamiento de los nueve en La Clavellina, recorre triunfalmente la República, agasajado, honrado por todas las ciudades, y al regreso a la Capital, saludado por salvas de cañones y discursos de ancianos, mozos y señoritas. Desde el río hasta la Puerta del Conde, y desde la colina de San Miguel hasta el mar, la ciudad se adereza para recibirle. Las casas tendidas de colgaduras, en balcones y ventanas la bandera nacional, luciendo la alegría de sus colores, y calles y parques tejidos de garambainas, guirnaldas y palmas. Los empleados fieles erigen un castillo en la esquina de Palacio; el Ayuntamiento, la colonia española y la prensa, alzan arcos bajo los cuales, periodistas y damas, le piden la libertad de los presos políticos; el Concejo le prepara un banquete; en su honor se convida a los niños a un bazar; se hacen obras de misericordia; se queman fuegos artificiales: ilumínanse las plazas, a la veneciana; se pintan y empavesan las embarcaciones, y una cadena que ostenta la inscripción «Paso al progreso» cierra la barra, para que, cuando entre en la ría, la rompa el crucero «Presidente» a cuyo bordo está el feliz magistrado; el poeta nacional le da la bienvenida, y tres generales le saludan en malos versos impresos en seda y desfilando por entre soldados vestidos de gala, va al templo, por las calles jocundas, a oír el Te Deum que entona el Prelado... ¡Es el Soberano! ¡Dios le es propicio!

En la prima noche, un viento fresco agita las banderas, desgreñando el follaje de sauces y laureles tachonado de farolillos. Los vecinos, al acostarse, atrancan puertas y ventanas. El mar, furioso, escupe sus espumas hasta el faro. Después de las doce, el viento silba, brama, ruge, sacude las puertas, descuaja árboles, derriba casas. La lluvia impetuosa inunda. De hinojos, ante las imágenes iluminadas por lucecillas votivas, las mujeres rezan: «Dios te salve María, llena eres de gracia». Los osados se arriesgan en las calles. Por el arroyo corren torrentes desbordados, vuelan en las tinieblas planchas de cinc, amenazando cercenar cabezas, y familias desvalidas abandonan las habitaciones destechadas. Las centellas alumbran la escena trágica. El viento y el mar acuerdan antífona estupenda. Es el Ciclón. A la mañana siguiente, las últimas ráfagas cimbrean los cocoteros y juegan con los restos de castillos, arcos y adornos. Los árboles arrasados impiden el tráfico por los caminos vecinales. "¡No hay leche!" gritan las madres ante las cunas tibias. Clamor de miseria surge de los hogares en ruina; mujeres desoladas buscan los hijos perdidos; rimeros de tablas, de planchas de cinc, cumbreras de bohíos, herrajes de balcones, amontonados; hembras encinta, hombres contusos; los faroles por tierra, y los laureles del Parque mostrando al sol sus raíces. Y el Pacificador, incansable, va de puerta en puerta , pidiendo a los ricos una limosna para los pobres...

Desde que la banda de cornetas y redoblantes ejecutó la Diana en la Puerta del Conde, aquel 27 de febrero, expectación febril sacude la ciudad. Ni el mensaje presidencial leído por el propio Lilís en el Congreso, ni el Te Deum, ni la inauguración del nuevo edificio de la Aduana, ni la retreta con fuegos artificiales interesan a sus moradores. El baile de trajes que la Sociedad Entre Nous ofrece en el local del Club Unión, y que se anuncia magnífico, acapara toda la atención.

Durante un mes ha sido pasto de las lenguas. Figurines y grabados, representaciones de personajes históricos, han corrido de mano en mano; se discute, modifícanse modelos hasta elegir, guardándose el secreto para evitar imitaciones. Por las calles se advierte inusitado ajetreo de domésticas que van a las tiendas por muestras y telas, y, en las primas noches, de las muchachas que se afanan en busca de adornos y perendengues. En casa de las modistas, atareadas a no poder más, se reúnen a garrulear, dando entre risa y beso, su tijeretazo a las ausentes.

—Niña, María se está haciendo un traje de Margarita, todo de seda, pintado por ella misma.

—Le resultará un primor, porque no se puede negar que tiene gusto. ¿Recuerdas qué linda estaba en el baile en casa de.. .

—Y Antonia P. de Trovador, de raso... ¡y qué avíos, chica!, le costará un ojo de la cara. —Quién como ella, si tiene el gobierno en casa.

—Y las... ¡qué te cuento...! van las cuatro, y ¡con qué lujo!, seda y piedras finas...

—¿Y tú?

—Ya verás, de locura; pero, chica, el viejo está imposible, se oponía al raso y ahora pretende que no le ponga cascabeles. Dizque las cosas están muy malas y no se cobran los alquileres de las casas.

—No creas nada. Dale duro en el codo para que abra la mano, que bien puede.

—¿Y tú?

—De gitana. Abelardo lo pintará.

—¡Una obra de arte!

Los caballeros no se han empeñado menos. Los sastres rechazan los encargos. Lechuga, transforma sin cesar crines de caballos en pelucas del siglo XVIII. Ricos y pobres, grandes y chicos asistirán a la fiesta. En las esquinas los jóvenes dialogan:

—¿Qué tal? ¿Has conseguido el traje?

—En ello ando. Tengo vendidos tres meses de sueldo y estoy negociando otros tres. No me salva ni la burburaca.

—Pues, ya estoy listo. Mi amigo, el ministro H..., me ha prestado su firma, en una letra a sesenta días.

—¿Y tú?

—Yo he comprado en casa de los Bazil un terciopelo blanco que por mareado lo dan barato; pero como de noche no se le ven las manchitas... Mis hermanas me hacen .el traje de pierrot, los borceguíes rojos me los presta un amigo, y la golilla me la acredita Rocha Hermanos. La cuestión es ir, pues se lo he prometido a la muchacha.

—¡Qué turpén eres!

A las 8 de la noche, la acera frente al Club está ocupada por multitud abigarrada. En los balcones y tejados vecinos, racimos humanos. A las nueve, empieza el desfile de los convidados, los unos en coche, los otros a pie. Un rumor de admiración sigue por el amplio portal a cada recién llegado. ¡Cuánto lujo! Nunca vióse una fiesta igual... Y con los comentarios picantes regodéase la masa pedestre.

Los tres salones del Club resplandecen iluminados a giorno. Lambrequines de papel de colores y guirnaldas de flores naturales paramentan los arcos de las puertas, los espejos recién dorados y las arañas de cristal; grecas enlazan las guardamalletas. Del brazo de los galanes las damas se pasean exponiendo sus gracias a la vista de los que han hecho del balcón tabladillo para contemplar el espectáculo. Cuando rompe el primer vals, se confunden, se entreveran armonizándose, luces, colores y líneas. Francisco  rutila, cuajado el sombrero y el peto de diamantes: es un ministro poderoso. Carlos V, es un banquero millonario; un centurión romano, lanza en asta y escudo al pecho, que no le solapa los vellos pectorales; reinas, hechiceras, trovadores, vampiros, palomas, esperanzas, floristas, margaritas, novias suizas, repúblicas, mariposas, rigoletos, poesías, musas, se deslizan, por el entablado pulido, entre los brazos de galantes caballeros de Carlos III, clowns y pierrots. El Presidente viste calzón negro de seda, calza escarpines de charol con hebillas de oro y medias negras, y se toca con sombrero panamá forrado de raso gris, en cuya cinta deslumbran gruesos brillantes y un espejito frontal.. Le acompaña un alto personaje, que se ahoga ceñido por el frac violeta y la chistera gris embutida hasta las orejas, mostrando, mohíno, gordas pantorrillas rurales. A su entrada, la orquesta toca el himno nacional. A sotto voce alguien pregunta:

—¿Cuál es el traje de Lilís?

—Dicen que de etiqueta parisiense.

—¿Y el del otro?

—De Lorenzo XVII de la Mascota.

Y las risas estallan a dúo.

En los huecos de los balcones aposéntanse las mamás, que vestidas de colores serios como sienta a sus años y estado, custodian a las muchachas, y mientras éstas se divierten, ellas hacen trizas los elegantes trajes ricos. La envidia invectiva.

—¡Mira a Fulanita, qué lujo! Después serán los dolores de cabeza y los cobros, si el papá no tiene en qué caerse muerto.

—¿Y esta princesa? Pues si es fulanita, ¡quién se lo había de decir a su abuela, yo que la conocí de cocinera!

—¿Y aquella mulatica, tan apurada, de dónde ha salido?

—No niña, es quimá pa sol.

—¿Cómo?

—Que está quemada por el sol.

—Y Zutanita, ¡qué hermosa y bien puesta!. No hay que negárselo, la pobre.

—Pero se está quedando, ya anda cerca de los treinta. No sé en qué piensan los jóvenes.

__Chica, pero si ha tenido tantos novios. Ahora la cargan con un ministro casado. Yo no lo creo, ¡qué va! pero la gente es muy mala y cuando el río suena...

—¡Ave María Purísima!

—¿Qué te sucede?

—¿No ves ésa, de azul marino, que está en aquel rincón?

—Sí, y...

—Pues que no es casada, y se atreve a presentarse aquí.

—Te equivocas, se casó hace dos semanas en intimidad, para poder acompañar a las hijas a los bailes. Es muy buena.

—En mi tiempo no se veían estas confusiones. Cada oveja andaba con su pareja; pero ya se ve; hoy todo está revuelto, ni sociedad, ni religión: lujo y nada más.

—Mira al negrito cubaneándose con... ¡y el tío expulso! Fíjate con qué dulzura le habla él, y ella le pone los ojos en blanco. ¡Qué mujeres, Dios mío!

—Le estará pidiendo un salvoconducto para el tío.

—No seas tonta..., una aduana para el padre.

Al terminar las piezas, algunos mozos se arriman a la cantina, en donde estacionan de preferencia los que no bailan; allí escancian champaña, y entre alegres risotadas relatan sus impresiones. Hay quien prefiere templarse con una copa de coñac o de ron del país.

¡La cuadrilla!, ¡la cuadrilla!, claman voces. En los tres salones se organizan sendas tandas. En varias sesiones ha sido esmeradamente ensayada. La tanda presidencial elige por escena el segundo salón, favorecido por mayor número de espectadores. El Presidente, ceremonioso, baila con garbo. Cuando avanza solo, luce su marcial apostura; no pierde un compás, sonríe a las lisonjas cortesanas murmuradas, con un rictus que le contrae los labios bezudos, enseñando los dientes, fuertes y blancos... Con el ademán felino que le es familiar sécase frente y nuca sudorosas. Las damas saludan, se contonean con gentileza; los caballeros se mueven mecánicamente, temerosos de equivocarse. Al final de cada figura, las parejas de la cabecera indican la próxima, suscitando discusiones rápidas, pues un error es un delito. En la Poule, el golpe de un cuerpo contra el pavimento interrumpe la danza. Carlos V se ha desplomado, y junto a él ríe su compañera, deliciosa pastora de Watteau. El buffet se abre luego de la medianoche. Con el ímpetu con que el ganado se escapa de los corrales tras el ordeño, desbordándose por los potreros, la multitud lo invade, atropellándose. Un viejo, sin desguantarse, para no perder tiempo, traga pastelillos y emparedados; la grasa mancha la cabritilla y con la boca atestada, previene a los vecinos: «coman turcos, muchachos, que están número uno». Los pies aplastan melindres, dulces, aceitunas, caldos de manos impacientes. En la primera embestida, dos tinajones de frutas cristalizadas desaparecen. Por la escalera de servicio, al soslayo va un galán, escondiendo bajo las faldas de la levita un pudín de dos libras.

Por el balcón, amigos complacientes, arrían a los que están en la calle botellas de champaña.

Las mamás olvidadas, se indignan contra los gandíos que no las sirven. En su tiempo, afirman, no era así.

El General se retira temprano, sin probar una gota de licor; no hay en la fiesta quien le supere a cortés, baila con decencia sin arrimarse a las damas, y para todos tiene una amable palabra oportuna. Las ligas de la etiqueta se aflojan, cabezas antiguas se muestran sin peluca. La comparsa de los payasos triunfa con sus blancos mamelucos amplios, pintarrajadas caras y cráneos, y en pechos y espaldas reptiles cabalísticos. El champaña atiza la sangre. La orquesta ejecuta con más brío; sus cobres y cuerdas excitan, sacuden, acarician, mientras güira y pandereta cosquillean los nervios, aceleran los giros; y los labios secos, se cierran conteniendo un alarido de voluptuosidad revelada en las pupilas lánguidas, las manos calenturientas y las testas que desfallecen graciosas. A las cuatro de la madrugada, las últimas parejas descienden la escalera de mármol. El carabiné, danza final, es bailado con los chales sobre los hombros femeninos; las mamás soñolientas aguardan en el primer peldaño. Luego, en los salones desiertos, mustios, en los cuales penetra ya la luz blanquecina del alba, un grupo masculino apura las postreras copas. Dos poetas, venezolano el uno, dominicano el otro, improvisan a puja, y las rimas galantes cantan las bellezas de cuantas han zarandeado los corazones. Carlos V les escucha complacido, en tanto que un pintor le embroma golpeándole el abdomen con el clac. El sol los derrota. Por las calles doradas, a pie, Antonio Portocarrero se dirige a su casa en compañía del cronista López que, a la tarde, reseñará en el diario la suntuosa fiesta mágica, y que con su disfraz de pierrot, calamocano, escandaliza a las beatas que salen de las iglesias, marcada en la frente la cruz de ceniza.

El recuerdo de la tercera de aquellas apoteosis, acongoja al preso. Erase el aniversario de la independencia. El Parque de Colón, embanderado, enguirnaldado, rebosa de gente. Entre el Palacio del Ejecutivo y el sardinel de la plaza, elévase una, tribuna a la cual se accede por amplia escalinata. En esa cima, el Pacificador se yergue, de gran uniforme, constelado el pecho de condecoraciones europeas y terciada la banda tricolor. Le rodean funcionarios y diplomáticos.

Por los escalones asciende una teoría de capullos, infantitas pueras, los cabellos sueltos, que personifican la libertad, la república, la justicia, las artes, y entregan al Presidente la espada de honor, costeada por subscripción pública. En la empuñadura de oro fulgen brillantes y rubíes.

El Pacificador la ciñe, y su ojo de halcón contempla el concurso. ¡Es el Señor! Su hierro, esgrimido por su mano potente taja en la hacienda y en la carne del pueblo. ¡Es el Señor! El himno nacional vibra, y las tropas le presentan las armas...

Al amanecer, el Presidente se levanta, y en el baño comienza a recibir las primeras visitas, que entran a su morada por la puertecilla de la calle Luperón: el jefe del Cuerpo de Serenos, que le trae el informe de las ocurrencias de la noche, el médico que le pasa la sonda, amigos íntimos, proxenetas, espías. Luego, envuelto en una bata color de castaña, en la cabeza un gorro encarnado, aparece en el balcón de la calle de las Mercedes a cumplir un dulce rito: dar de comer a las palomas realengas que se congregan allí, arrullándose y disputándose el maíz.

Cierto día, una anciana enlutada, el manto a la cara, las perturba, obligándolas a alzar el vuelo, asustadas. ¡Es una madre que desde el arroyo implora por la vida del hijo, a quien en aquel mismo instante ejecutan en la Fortaleza! Con su voz suave, Lilís da los buenos días a sus vecinos, y de nuevo en sus habitaciones continúa las audiencias mientras se viste y desayuna.

Es tan cuidadoso de su persona, se dice, que con sus propias manos hace la raya al pantalón. Es pulcro, no hiede, su continente es gallardo. A las 9 sale en coche, de americana negra de alpaca, chaleco blanco, corbata de color, pantalón de casimir a cuadros o de dril blanco, y fino jipijapa con estrecha cinta negra. Se sienta en el coche, tirado por yegua mora, con las piernas abiertas y la diestra manca apoyada en el bastón de concha de puño de oro. Va al Palacio. De paso, se detiene en casa de algunas de sus mancebas o con un mendigo o con algún personaje.

En su oficina de Palacio, en la cual trabaja sin descanso hasta las 5 de la tarde, con interrupción de una hora para el almuerzo, se contiene toda la vida nacional. En aquel sencillo despacho, sin lujo ninguno, en el cual le acompañan sus secretarios privados, recibe y escribe: es oficina de mandatario y de comerciante. Su capacidad de trabajo es extraordinaria, su actividad incansable, y teniendo excelente memoria, anota, sin embargo, cuanto le dicen y cuanto observa, escribiendo con hermosa letra la pequeña historia vil de su época. Si raptan una doncella, interviene para castigar o proteger al Don Juan, según le convenga. Casa, arregla los matrimonios desavenidos y divorcia; vela por la fidelidad de sus queridas y las de sus amigos; combina siniestros planes políticos y organiza bailes y bromas a los íntimos; con la misma pluma con que ordena una ejecución, firma una dádiva para una iglesia o una carta de amor. No cede a sus tenientes el puesto de peligro. El Erario es su hacienda: dispone de él. Toma dinero a préstamo al 3 por ciento mensual, y otro tanto paga a los fiadores de sus letras. Debe millones: no importa. Emite papel moneda, desvía hacia sus bolsillos las rentas y amontona deuda de millones sobre la República. De los diplomáticos extranjeros se aprovecha: les halaga, da la mano para agarrarles por el pie, y con el mismo descoco con que arregla los asuntos internos, trata las cuestiones internacionales. Minucioso, él mismo disfraza a los que en una tarde de carnaval encarga una alta obra de venganza; a quien ordena un asesinato, le da el caballo ensillado y le prescribe emplear el puñal, arma más segura que el revólver, y escolta en un crucero un balandro, convertido en patíbulo; e instruyendo a un gobernador supersticioso, para el asesinato de un hechicero, suminístrale dos cartuchos embrujados con una cruz en el plomo. Mantiene el arsenal bien provisto de fusiles y cañones; sus allegados le prestan propósitos de conquista, y al efecto visita el vecino Estado con pompa, distribuyendo regalos; pero ello no entorpece para que firme protocolos secretos acerca del territorio discutido y negocie con los yanquis. Habla francés e inglés; es fino en sus maneras, e ignorante de las teorías científicas del gobierno y la historia de los pueblos. Crea instituciones a semejanza suya y a la medida de sus necesidades; no lee, aunque alguien asegura haber visto en su alcoba un libro de Núñez, el presidente de Colombia, acotado por él; y él mismo se jacta de que le inspiró la reelección de 1892 la lectura de la Vida de Marco Bruto, de don Francisco de Quevedo y Villegas.

Es un sátiro. En la capital mantiene dieciocho mancebas, amén de las aventuras que la miseria y el temor le proporcionan y de las hetairas portorriqueñas. No conquista, compra. Blancas, mulatas, negras, de distintos países las posee. De París le han provisto a una doncella, y ante su vientre fecundado, él dice riendo que necesita un hijo blanco para meterlo cura. El ridículo de un cuerno, lo cobra con la muerte; cree mantenerse vigoroso merced a inyecciones de Brown Sequard y a pociones copiosas de Elixir Godineau. Al crepúsculo pasea en coche por la ciudad, y lo mismo visita a un diplomático o familia principal o interviene en el milagro de una histérica o platica con una de sus barraganas, como prepara un fandango para que sirva de ambiente propicio al asesinato que a la medianoche, bajo su inspección, cometerán los serenos en persona que le estorba., Estos, policía de seguridad nocturna, son el espanto del vecindario; ¡malhaya quien tenga que hacer con ellos! El culatazo es la expresión favorita de su autoridad y las carabinas que gastan se disparan solas. El Presidente ha premiado con cien pesos a uno que dio muerte, defendiéndose, y sin someterle a juicio, al jefe de su Estado Mayor, y castigó con el máximum del arresto al jefe del cuerpo por no haber obedecido la orden de hacer fuego sobre un baile de prostitutas en el cual habíase armado un zipizape y uno de cuyos concurrentes era el.comandante militar de la plaza. En tales bailes, extramuros, se solazan la juventud elegante y los funcionarios del gobierno; el champaña y la cerveza desbordándose de las copas enchumban el piso; los hombres riñen disputándose las hembras, y cuando las querellas degeneran en trifulca, los serenos ocupan las puertas apuntando con sus armas al interior, sin percatarse que haya o no ministros en la sala. Dos de éstos han sido cogidos en alegre compañía, en coches que pasean la ciudad con los faroles apagados; otro hace montar guardia a la puerta de una zorra para obligarla a serle fiel, y en el ardor de una de esas bacanales, eminente magistrado se ayunta sobre la grama con una grofa. En las noches, en traje civil o disfrazado,

Lilís anda por la ciudad, que vive siempre bajo su mirada zahorí, y en las de fiesta nacional se confunde con la multitud apiñada en el parque de Colón y se pasea de chistera, casaca de paño azul con botones de oro estampados con las armas de la nación. El es el supremo árbitro, dadivoso y temido. Corrompe, humilla, impera.

Antonio, evocando tales escenas, mide la pesadumbre que aniquila al país; la montaña hecha del almodrote de todos los crímenes, de todos los intereses y de todas las pasiones en cuya cima el tirano, látigo en la diestra, se yergue con su carnavalesco frac rojo.

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La Sangre


 


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