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VIII A las cinco de la tarde un ayudante del alcaide le
trae la cena: en el mismo cestillo del desayuno, una poción de
cacao, un mollete con mantequilla y un piñonate de coco. También
le han enviado dos libros y un hatillo: A tragos gordos,
intercalados con bocados de pan, Antonio sorbe el chocolate de agua.
Luego, mientras paladea el dulce, hojea los libros, a la rústica:
«París» de Zola, y «Cosmópolis» de Bourget. Tras la cubierta
amarilla, lee manuscrito: Arturo Aybar. ¡Ah!, éste es envío de su
amigo Arturo Aybar, que ha regresado de París. ¡Qué punto!..., apóstol,
luchador, intransigente, se transó con Lilís, y helo ahí cónsul
en París. ¡Cuántas veces, calentada por sus declamaciones
ciceronianas, movida por sus insinuaciones, la pluma de Antonio atacó
al tirano y fue encarcelado!; en cambio, el predicador se metió
diablo, y ahora le envía esos dos libros para que ellos le muestren
en su celda los placeres que serían el precio de su conciencia: la
tentación. ¡ Si él quisiera, apagaría la sed de una sola vez! Y
desata el lío envuelto en un ejemplar del Listín Diario:
calzoncillos y camisilla. De la ropa blanca y lustrosa se desprenden
olores de carbón y cera, y a través de los muros, mira él a su
mujercita inclinada sobre la tabla, que pasa con brío y paciencia
la plancha: heroína silenciosa. Y acogiéndose al mecedor, Antonio revive sus
amores, tragedia sin sangre ni muerte, pero ¡cuan dolorosa! ¡Cómo la conoció! Púber la veía, mañana y
tarde, en compañía de una hermanita en dirección del Colegio «El
Dominicano», desde la esquina, en donde él y otros hacían plantón
para ver entrar y salir a las muchachas, sin que jamás atrajera su
atención aquella chiquilla flacucha y sin gracia. Luego, la
retiraron de la escuela, la fimbria de la falda tocó el calzado, y
dejó de encontrarla, hasta un día de San Andrés. Desde mediados de noviembre, la chiquillería
proveyéndose de tunas en los batiportes anuncia el famoso día del
santo crucificado, rayando de rojo las paredes de las casas y las
ropas de los compañeros y de las negritas sirvientas que transitan
por las calles. La víspera se inicia el juego. En la mañana
comienza la faena de preparar las municiones, lavando los cascarones
de huevos que han sido cuidadosamente almacenados durante el año, y
que en varias casas constituye industria. Sobre el brasero, en
cazuela vidriada, se funden unas libras de cera, y en torno de la
tina de agua de tuna perfumada con «Agua de Florida», se reúnen
dos o tres mujeres, y mientras una llena los cascarones, la otra
corta parches de trapo, redondos, que la tercera impregna de cera
caliente y con ellos tapa los agujeros, entretanto un muchacho
coloca aquellos proyectiles en cajones, canastos y barriles. Al
mediodía, empieza el trajín, de chiquillos que, con el macuto al
hombro, vienen a comprar su par de docenas, con los cuales molestarán
a las señoritas ventaneras, amagando hasta hallarlas descuidadas.
El cascarón revienta en la reja, salpicándola, o en la pared
chorreándola, o entra traidor, y sobre el corpiño de la hermosa
pinta flor purpúrea, arrancándole un grito de susto. La ventana se
cierra con estrépito. Al atardecer, algunos jóvenes, entusiastas
impacientes, recorren las calles a pie o en coche, lanzando
proyectiles a diestro y siniestro. En la noche la gente se recluye
en las casas calafateando las rendijas, y se mantienen a obscuras
los salones. El día 30 desde el amanecer, los combatientes están
listos. En las casas donde se juega, los criados acarrean agua de
pozos y aljibes, colmando bateas, baños, toneletes y latas que,
transportados a balcones y azoteas, constituyen el material de
guerra de la tropa femenina. En estas casas se congregan las
muchachas. Los adversarios, vestidos de dril blanco o de colores
desteñidos, en grupos pedestres o a caballo, o en coches, o en
carretas, cargan los cascarones en barriles, canastas y macutos.
Alguno de estos grupos lleva un charanga que con sus sones alegra la
algarada. La mañana es propicia a los jugadores furtivos, quienes
protegiéndose de los balcones con los paraguas, se escurren con
mucho tiento junto a las paredes, y cuando descubren una cabeza
medrosa, en acecho del lechero o del panadero, disparan el cascarón
que ocultan en el bolsillo y se escapan, en tanto detrás de la reja
rompe un ¡ay! A las diez, ahí están las luchadoras en balcones y
azoteas, cubiertas las miedosas con mascarillas de alambre. Desde el
arroyo, los hombres sin cesar arrojan cascarones, a tiempo que de
arriba cae sobre ellos una lluvia roja, azul, amarilla. La faena
excita a ambos bandos; se grita, los cascarones vuelan agresivos. Los más pudientes, los ofrecen a las muchachas, y
los proyectiles, blancos y frágiles, se entrecruzan innúmeros. De
raro en raro, se oye un grito, y del balcón o de la calle se retira
un combatiente con la mano en el ojo averiado. A veces, el accidente
es ligero; mas suele ser grave o por lo menos exige fomentos
constantes y reposo. Cuando la lidia, entiéndase la ducha, inflama,
los de la calle asaltan la casa. Las muchachas les esperan a pie
firme, y se mojan cuerpo a cuerpo, se empapan, se sumergen en los baños,
o se empelucan con polvos de color: hay quien haya dejado un diente
o medio carrillo en el canto de una batea. Después de tales
encuentros, fuerza es cambiar las ropas ensopadas. Un armisticio
para almorzar, que el combate se reanudará en la tarde con más bríos.
A las cinco, algunos, no por más galantes, sustituyen los
cascarones con flores y confites; en la noche, éstos visitan las
casas, rociando a las muchachas con polvos y esencias finas, y aquéllos,
armados de una jeringa, introducen por las rendijas o por el ojo de
la cerradura, chorro que hace estallar las lámparas, o echan
pelucas a los transeúntes. Sonadas las diez, muertos de cansancio, después de
una confortante fricción de bay-rum, cada cual rememora en casa,
delante de un pocillo de chocolate, los lances de semejantes horas
de locura que dejan párpados hinchados, brazos molidos, manchas
multicolores en las paredes, y en el arroyo briznas de cáscaras de
huevos, amén de uno que otro herido de puñal o revólver, pues no
todos reciben de buen grado, y más si no juegan, una libra de
harina o de almagre en la cabeza. Tal era el inculto y deleitoso San
Andrés, carnaval barato con que. nuestros abuelos de la Colonia se
desquitaban por adelantado de las penas del Adviento, y que el
progreso ha desterrado de las costumbres dominicanas, importando, en
cambio, los bailes blancos. En un asalto, Antonio se encontró de improviso
frente a frente con aquella chica, magra y nada bonita. Furiosamente
se bombardearon con higüeras de agua, cerca, tan cerca, que sentía
el calor de sus alientos. Se detuvieron, turbados, fláccidos, los músculos.
Ella, apretados los dientes, le miraba altanera, retándole. El
traje ceñíale las carnes, mostrando los pechos erectos y la cadera
firme. Un golpe de agua en pleno rostro ahogó la mirada lasciva, y
el galán respondió arrojando el capullo de rosa que le adornaba la
solapa. El domingo siguiente, la vio pasar grave y serena,
al salir de la misa, en el atrio de la Catedral, y así los otros
domingos, hasta que por pascua de Navidad, la encontró en una
jaranita en casa amiga, y bailaron una danza. No era una buena
bailadora, pero ya le parecía simpática, graciosa: algo de ella
entraba en él. La noche de San Silvestre, la casualidad los reunió
en tertulia para esperar el cañonazo en la cena tradicional:
pastelitos, lerenes, maní largo y congo; y con las expansiones del
año nuevo, entre los abrazos efusivos de los amigos, se insinuaron
bromas denunciadoras de una afinidad electiva, ya sospechada por los
demás. Y Antonio comenzó a pasear la calle, a pararse en la
esquina. El Día de Reyes, organizaron entre varios un bailecito a
escote, pidiendo la sala a una familia respetable, y ella le concedió
el primer vals y una danza. Después, las fiestas finaron, y con
ellas las ocasiones de hablarse. Continuó haciendo el oso, de plantón
en la esquina y esperándola a la salida de la misa dominical, para
llevarle la silla hasta la casa vecina del templo, que las presta, o
en donde las guardan las que habitan lejos. Comenzaba a sentir
impaciencia, el Carnaval parecíale demasiado distante y recurrió a
las cartitas. Hubo de comprar la criada para que las llevase, la
primera y la segunda le fueron devueltas sin abrir, pero la tercera
presentaba señales de lecturas, y las restantes fueron bien
acogidas. Ya tenía esperanzas. A veces, un chubasco inoportuno
interrumpía el plantón obligándole a guarecerse a escape en una
de las casas o debajo de un balcón, entre risas y burlas de las
vecinas fisgonas. Las malacrianzas del hermanito de la muchacha, a
quien había de regalar motas para dulces, y las puertas de la casa
cerradas violentamente por la madre, decían a las claras que sus
propósitos eran conocidos. Buscó un confidente entre las amigas de
ella. Esta afirmóle: «le eres simpático; pero chico, tienes que
darle pruebas, y además no le caes bien a la mamá». Alimentada la
llama por miradas furtivas y sonrisas, discurrieron los días, hasta
el Carnaval, cuyas tres noches aprovechó, cambiando de disfraces
para no ser descubierto por la vieja perspicaz. En el bullicio de
las máscaras le susurró algunas palabras al oído, nerviosas,
anhelantes, y sintió fuego en las manos de ella cuando estrechaban
la suya. Pero eso no era mucho, necesitaba oírla decir que le
amaba. Al fin, el 27 de febrero en la noche, el Parque de Colón,
rebosante de multitud que choca y se confunde, les fue favorable.
Ella paseaba con su hermana y un grupo de amigas, pastoreadas por el
papá, quien arrellanado en un banco divertíase con los fuegos
artificiales. Se acercó, y mientras volteaban al compás de la
charanga, él, expresivo y sincero, le habló de su amor, de sus
esperanzas, de sus proyectos, y la chica muy queda, dijo sí. Ante
su alborozo le recomendó cautela, mucha prudencia, porque en su
casa se oponían, y prometió escribirle. Ella misma tiraría la
carta por el balcón en el momento de cerrarlo al día siguiente. A las diez, la charanga partió tocando marcial
pasodoble; la muchedumbre se derramó por las calles adyacentes, y
Antonio, contemplando la fina silueta que se desvanecía, sintióse
feliz. Aquella noche Lilís le pareció menos perverso,
pues el amor existía en sus dominios. A la siguiente, la cartita cayó revoloteando.
Antonio espió ansioso todas las puertas, y cuando las de la cuadra
estuvieron cerradas, la recogió, leyéndola a la luz de un farol.
¡Cuántas cosas dulces contenía aquel pliego escrito con letra
menudita y buena ortografía, y cuyas frases, aun las más amorosas,
revelaban una mujercita orgullosa y leal! El correo se estableció,
valiéndose de la criada, o por el balcón, y alguna vez por medio
de la hermanita complaciente. Pero conversar, ¡cuán difícil! Un
minuto, si acaso, los domingos. Había que esperar la Semana Santa,
y ¡qué larga y mortificadora aquella cuaresma! Entretanto había
que contentarse con hablar por letras de mano, suerte de telégrafo
que manipulaban con extraordinaria rapidez, desesperante para los
curiosos. La Semana Mayor era un acontecimiento público en
Santo Domingo de Guzmán. Quince días antes del Domingo de Ramos,
principiaba el ajetreo de las costureras y el movimiento en las
tiendas. El espectáculo de la Pasión de Nuestro Señor exigía
vestidos y sombreros bonitos y de moda. Hasta el preciso momento en
que las carracas sonaban, se oía el ruido de las máquinas de
coser; porque eso sí, tan pronto como encerraran el jueves en la
Catedral ni circulaban vehículos, ni bestias, ni se barría con
escobas, ni se daba un martillazo. Un silencio de dolor envolvía
las cosas, maguer las gentes rieran y los amantes aprovecharan para
sus citas las ceremonias litúrgicas y las procesiones. El primer número del programa correspondía al
Sermón de la Magdalena, el jueves del Concilio. Desde el púlpito
de la Catedral, la elocuencia del Padre Meriño cerníase sobre las
cabezas de los feligreses que invadían las tres naves. Alto,
hermoso, nieve en la testa altiva, envuelto en la púrpura
episcopal, el orador, con frase sobria y perspicua, convencía,
conmovía, subyugaba, discurriendo en torno de la vida de aquella
pecadora redimida por el amor que inspiró las sublimes palabras de
la Cena en casa de Simón. El Viernes de Dolores, misa solemne, y
horas cantadas, durante el día, y, en la noche, rosario y sermón
en la Iglesia Mayor. El Sábado, el paso de Jesús en el Huerto salía
del Convento de Dominicos para recorrer las calles de Universidad,
Comercio, Plateros, Mercedes, Nueva de las Mercedes y Universidad
hasta la propia iglesia, itinerario común a todas las procesiones
siguientes. El Domingo, en el interior de la Metropolitana, y en
cada iglesia, celebrábase la fiesta de los Ramos, en conmemoración
de la entrada de Jesús sobre la mansa borrica, a Jerusalén,
repartiéndose a los fieles palmas bendecidas, propicias contra las
tentaciones y los rayos. A los privilegiados se les obsequiaba con
pencas de hojas entretejidas y adornadas con cintas, las cuales,
colocadas en las ventanas, prevalecerían contra las obras del
demonio. En la noche, Jesús Cautivo salía de la iglesia de la
Merced. El Lunes, de la Catedral, Jesús en la Columna, que en los
tiempos coloniales, cargaba la Cofradía de los Sanjuaneros,
presidida por el Meso Polanco. El Martes, Jesús en la Peña (Ecce
Homo) o la Humildad y Paciencia, de Santa Bárbara. El Miércoles,
era el día de la iglesita del Carmen: misas desde la madrugada
hasta las doce del día, y la mayor, a las diez; horas cantadas
después; a las cuatro de la tarde, sermón, encomendado siempre a
un reputado predicador. Sonadas las cinco, procesión de Jesús
Nazareno, la imagen más venerada y prestigiosa de todas, la mejor
como talla, de humano parecido. Se cuenta que el imaginero oró
varios días para que Dios le inspirase. Llevarlo en hombros, es señalado
honor que se atribuyen y debaten los de la hermandad. A la ceremonia
concurren el Gobernador de la Provincia y un batallón de infantería
con bandera, pues las Ordenanzas reconocen al Nazareno el grado de
Coronel. El Jueves consagración de los óleos en la Catedral y
procesión dentro de la iglesia para encerrar el Santísimo
Sacramento. El Presidente de la República, embrazado el guión de
plata, marcha con ritmo de cuadrilla delante del palio episcopal, y
a las campanas ladinas suceden las roncas carracas. En la tarde,
Lavatorio en la Catedral y en Regina Angelorum. En la noche, adoración
del Santísimo en todas las iglesias: Cristo yacente, con un cepillo
al lado para recibir las limosnas de quienes prosternados besan sus
llagas. Calles y templos tienen aspecto de jubileo. Después de las
diez de la noche, de la Capilla de San Andrés, la procesión del
Sexto Dolor: la Virgen con el Hijo en brazos. El Viernes, el paso de
la Cruz en la Catedral. El Presidente con la llave del Sagrario al
cuello, hace tres genuflexiones, deposita un ósculo en el cristiano
pie y una morocota en el cepillo. Le siguen uno tras otro los altos
dignatarios, mientras el prelado y los canónigos cantan: —Pópule meus. Agios o theos. Pópule meus, quid
feci tibi? aut in quo contristavi te? Respónde mihi. Quia eduxi te
de terra ¡Egipti, parásti crucem Salvatóri tuo.—Agios o theos
—impreca un coro. —Santus Deus —responde el otro, y la antífona
continúa por sobre las cabezas abatidas. —Agios ischyros. —Sanctus fortis. —Agios athánatos eléison imás. —Santus inmortalis miserére nobis. Jueves y Viernes son los días de exhibir el lujo.
Al primero corresponden los trajes azules, rojos, gualdos, blancos,
encintados; al otro, los tonos serios, lila, gris o negro. Por la
tarde, en la iglesia de la Merced, el sermón de las Siete Palabras,
y el Descendimiento de la Cruz, seguido de la procesión del Santo
Entierro, en cuyo cortejo forman el Arzobispo y el clero diocesano,
el Gobernador de la Provincia, un batallón con la bandera enlutada
y armas a la funerala. El pesado sarcófago de cristal, rodeado de
macetas de flores de seda, lo cargan los isleños de San Carlos y le
preceden minoristas, portadores del gallo, la corona de espinas, la
lanza, los clavos, la esponja, las escaleras y el paño de la Verónica.
Y luego de sepultado en una capilla de la iglesia Mayor, la
concurrencia juvenil luce sus galas en el Parque de Colón En la
noche, tinieblas en Regina, y pasadas las diez, sale de Santa Bárbara
la procesión de la Soledad, la Madre Dolorosa, que peregrina en
busca del Hijo. El Sábado en la mañana, misa en la Catedral, el
clero de bruces sobre las gradas del presbiterio, entona las letanías,
luego bendice el agua y el fuego, y a las diez, a la voz del
oficiante, Gloria in excelsis Deo!, el velo negro que cubre al altar
se rasga y aparece la Resurrección. Las campanas propagan la buena
nueva; en las calles estallan cohetes y triquitraques y se ajusticia
a Judas, muñeco de trapo, que cuelgan de una soga tendida de casa a
casa, y contra el cual se disparan piedras y tiros, hasta que,
derribado, la chiquillería lo arrastra y quema. Como por ensalmo,
se reanuda el tráfago de coches y carretas; los caballos de los
lecheros relinchan, y dan su nota grave los burros portadores del
pan y del carbón. El comercio abre sus puertas. En la noche se
baila: ¡Cristo ha resucitado! ¡Hosanna! El domingo, a las cuatro
de la madrugada, misa en la Catedral, procesión del Santísimo en
torno de la iglesia, y, en seguida, la imagen de la Resurrección
—Jesús con un estandarte rojo— es conducido a la Merced, acompañado
de San Juan, la Virgen, María Magdalena y las dos mariquitas. Y la
Semana Santa fue. En tales días la ciudad se anima, los vecinos se
echan a la calle en pandillas, con los críos de la mano o en
hombros, para ver pasar las procesiones, formadas de esta guisa: la
cruz alta y los cirios; filas, de uno en fondo, de niños,
adolescentes y hombres destocados, a un lado y otro de las aceras,
cada cual con su vela encendida y protegida por guardabrisa de
papel; el paso del día, cargado por los de la hermandad, detrás un
coro y orquesta de cuerda. Le sigue San Juan Evangelista, de roja
capa y pluma en ristre; la Magdalena, con pobre túnica violeta,
llevados casi en vilo por la gente joven, y, en último término, la
Virgen, transida por la espada de los dolores; tres sacerdotes con
capa pluvial, y el beaterio, que runrunea el rosario; cerrando el
desfile, una compañía de infantería, que marcha a paso lento y
levanta nubes de polvo. Las filas se clarean o se nutren, según se
detenga el Santo ante la puerta de un devoto que ha pagado un
motete. No faltan las pelazgas cuando el que va delante sorprende al
de atrás goteándole la americana de casimir con la vela, o cuando
ha recibido en la cabeza un golpe de cocomacaco, pelota de cera
endurecida y con perdigones que, sujeta por una cuerda elástica al
puño de la camisa se alarga y encoge rápidamente, escondiéndose
en la manga, o bien cuando quedan prendidas dos beatas por los
mantones de lana a flecos, con uñas de maya encontradas. Durante
las ceremonias en los templos, los jóvenes, en pie en las naves o
agrupados en las puertas, se entretienen charlando, mirando y
haciendo señas a las muchachas, y montan la guardia en el atrio
para chicolearlas a la salida. La romería del Jueves a los
monumentos con su entrevero de gente, favorece las travesuras; hay
zagalejo que esgrime tijeras para cortar las trenzas o que riega
cerillas en el piso para que en ardiendo se asusten las mujeres,
quienes se recogen las faldas chillando; algunos diabólicos confabúlanse
para robar los cepillos, lo cual efectúa el designado untándose de
sebo la suela del zapato, y al acercarse para besar el Cristo,
empujado por el cómplice, introduce el pie y lo apoya con fuerza
para que las monedas se adhieran; el tal sale de estampía, a la
pata coja, simulando perseguir al otro. En las esquinas, la multitud
se agolpa para ver pasar las santas imágenes, y las manos salvas
aprovechan. En aquella Semana Santa, los camaradas de Antonio
idearon formar una compañía para velar el Monumento de Regina
Angelorum, del Jueves al Sábado, al mando de un capitán. Ese año
aumentó la concurrencia de muchachas en Regina, que siempre fue la
iglesia predilecta; ¡había que ver a Pancho Peynado y a Lucas T.
Gibbes, el más largo sargento que haya sido uniformado y con el
fusil terciado! El Padre Billini sonreía complacido; ¡ los
normalistas, los ateos, rendían parias a Jesús! Antonio no formó
en aquellas filas milicianas. No, él tenía necesidad de todo el
tiempo. Durante las funciones matinales, en la iglesia de turno,
colocado en donde su novia pudiera mirarle sin volver la cara, la
contemplaba a su sabor. El misterio de la Pasión, las voces gangosas del
coro, el lujo chillón, le importaban poco; acariciado por el aroma
del incienso, contemplaba aquella muchacha, a quien había
calificado de fea, pero en cuya tez ambarina, en los ojos negros y
luminosos, en la boca de grana, en la cabellera que si suelta le caía
hasta las corvas, el amor había impreso una gracia nueva, una
idealidad magnética; y por entre los fieles, de hinojos, cuando el
oficiante alzaba la hostia sobre el cáliz, sus ardientes miradas
comulgaban, trasmutando la carne y la sangre. En las noches, al pasar de las procesiones, en las
esquinas, atropellados por la muchedumbre apiñada, entre el polvo y
los olores fuertes, se apretaban las manos, musitando la dulce letanía
del amor. Para ellos no existían las amigas, ni las imágenes, sólo
inquietábales el temor de que los sorprendieran el padre o los
hermanos. Aquella Semana Santa terminó, dejando a los
vecinos de Santo Domingo de Guzmán tópicos para un mes de relatos,
comentarios y chismorreos. Luisa le había dicho, al despedirse en
la plazuela de la Merced, el domingo de Resurrección: «ahora hasta
Corpus», y el amante, de facción en la esquina, por las tardes y
primas noches, empezó a contar los días. Una vez el balcón
permaneció cerrado. El hermanito no le pidió motas. En la noche,
igual mutismo, y asimismo al día siguiente. Acudió a la amiga
confidente. Esta, lo recibió con las manos en la cabeza. —¿Pero de verdad que no sabes nada? —Absolutamente. —Pues figúrate que le han puesto un anónimo a
la familia, por debajo de la puerta, y como la madre es la primera
que se levanta, a coger la leche, lo leyó y... la gran trifulca. No
te cuento más. —Sí, quiero saberlo todo. —Bueno; pero no me vayas a meter en líos. La
vieja empezó por aconsejarla que peleara, porque tú no ere más
que un candidato perpetuo a la cárcel, que la hará desgraciada con
la política; que si tu familia esto y otro, bueno, y que patatín y
patatán; pero Luisa dijo que nones, y entonces fue lo gordo: la
madre se enfureció y 1e cayó a moquetazos, no digo más, la
galleta hereje. El padre intervino; pero todos están contra ti, no
te pueden ver ni en pintura; sólo la hermanita, Herminia, te apoya. ¡Qué te parece!.—Son unos infames. —Oye: dice Luisa que en estos días no pases por
la calle ni le escribas; que tengas paciencia y consideres lo que
sufre, la pobre... Ya puedes estar satisfecho, chico, porque te
quiere con toda el alma. Antonio rondó por la casa a todas horas: el balcón
siempre hermético. Transcurrió una semana. Al fin, descubrió, ¡qué gozo! dos brasas que
brillaban detrás de las celosías; sí, los ojos de ella, y cuando
el diálogo mudo se iniciaba, se le acercó un oficial diciéndole: —El Gobernador quiere verlo. Venga conmigo. El sabía bien, lo que tal invitación significaba:
el Homenaje. Desde por la mañana le avisaron que por el Cibao había
movimiento, que no se dejara ver; pero propio era ese momento para
esconderse, y ahora... ¡Nunca le pareció Lilís más abominable! El carcelazo duró seis meses. El día en que lo
pusieron en libertad, corrió a casa de la confidente. —¡Qué gusto, chico, y qué alegría para la
pobre Luisa cuando te vea! —¿Y cómo está?, dame noticias. —Buena, ¡y qué bien se ha portado! No, si tú
no te la mereces; sólo a misa, a rezar por ti, ha ido en todo este
tiempo. La familia se ha mudado. —¿Adónde? —Al papá le han quitado el empleo y están mal
pasando; figúrate, sin criada; la mamá cocina y plancha, y las
muchachas cosen para fuera, y hasta lavan. —¿Pero dónde viven? —Ya te lo diré. En la calle de la Merced, cerca
de la iglesia, una casa de portón grande, con dos ventanas, pintada
de azul, ¿la recuerdas? —No, ¿de quién es? —De quién va a ser: de Alardo. Pero si no tienes
pérdida; enfrentico de la pulpería de seña Catalina. —¿Medio-Tocino? —Angelina... esa misma. Antonio estableció su campamento en el ventorrillo
de la esquina, en el cual, para granjearse la voluntad de la
ventera, compraba cigarrillos y fósforos. Érase una negra alta,
fornida, cincuentona, la color de caoba, en la cabeza atado siempre
un pañuelo de madrás, y la ancha bata de prusiana morada
arremangada en las caderas y arrollada hasta el codo. El
establecimiento ocupaba el espacio de una mediana habitación. En el
aparador de pino; sin pintar, mostrábanse en frascos bocones que
antes contuvieron ciruelas pasas: cigarrillos del país, hilo, azul
de bolita, agujas, madejitas de lana y horquillas, caramelos y café
en polvo; y en otros que fueron de aceitunas: nuez moscada y canela;
paquetes de velas y de fósforos; conservas de coco y de naranja
envueltas en hojas secas de plátano. Pendidos: macutos y escobas de
Baní, ristras de ajos y cebollas, chichiguas y un manojo de pulidas
higüeras; colgando de las alfaljías, racimos de guineos, amarillos
taraceados de negro los manzanos; verdes veteados, los martinicos, y
gruesos cárdenos, los mampurios. En el mostrador, en cajones,
fideos, pan, arroz, azúcar, frijoles colorados. Semejante a fuste
de columna, la pila de tortas de casabe. En el arroz, los huevos
frescos, del propio corral. Una damajuana de manteca de cerdo con
tapón de tusa, y al lado el vidrio con el embudo; una lata de
mantequilla norteamericana; en una bateíta, tomates, ajíes,
perejil, puerros, berenjenas y aguacates. Debajo del mostrador,
latas de petróleo y de melado; por delante un barril de sal con el
cuartillo de medirla; sobre otro y en una batea, las frutas de la
estación: cajuiles, mangos, guayabas, mamones, papayas, algarrobas,
pasto de las moscas; y en cajoncito, alineadas, las botellas de prú
espumosas. En el suelo, plátanos, cocos, ñames y batatas. En uno
de los rincones, un rimero de petacas de carbón esmeradamente
estibadas, y en el opuesto, haces de caña de azúcar, y pendones,
con los cuales se arman los papalotes, amén de un montón de leña.
En dos cordeles, a lo largo del cuarto, ostentan sus magras y
gordos, una cecina (a la cual seña Catalina llama carne de. mal
nombre) y un tocino del Seibo. Al mediodía, hay majarete, harina
con dulce y funde, en platos y tacitas. En la tarde, una tabla de
dulce de coco hecho con melaza, cortado en cuadros y colocados los
jalaos, famosos en la ciudad, en hojas de naranjo; ítem más, alegría
de ajonjolí. La ventera, doblada más que sentada en una sillita
baja, en espera de los compradores, maja café, revolcando con brío
el pilón; desgrana mazorcas de maíz o ralla cocos y batatas. Sus
manos no están nunca ociosas; respira a sus anchas el humo de
verduras y carnes, y los olores del café tostado y de las fritangas
que trascienden de la cocina. Seña Catalina, que se levanta cuando
las campanas de Regina tocan el Avemaría, para ir a mercar sus
frutos a los campesinos que vienen por el camino de Güibia, cierra
sus puertas al tantán de las nueve, sonantes en la Catedral. Tiene
una hija, mulata galana que la suple a ratos en el ventorro y que se
ocupa en los quehaceres de la casa, es hija de un general y está
aplazada con un oficial del Batallón Pacificador. La madre dice: «es
un sinselvir, que no le da ni pa jabón; manque le vamo a jacer, eso
es de familia: a nojotras nos tiran los melitares». Cuando no
duerme, fuma un tabaco que los dientes han convertido en escobilla,
o masca andullo y escupe por el colmillo hasta la acera, con
singular destreza; y si reposa con las piernas cruzadas, se distrae
bailando la chancleta en la punta del pie desnudo. Los parroquianos,
los muchachos y las negritas sirvientas del barrio, la sacan de
quicio, regateando, pellizcando las frutas, pidiendo ñapas o
devolviendo lo comprado, y cuando se encariba, las manos en jarras,
les increpa: « ¡Condenao, a la perra que te volvió a parí,
canijo! » Antonio le interrogó un día: Seña Catalina, ¿por
qué le dicen Medio-Tocino? Y ella, riendo, respondióle: —Ajá, niño, eso fue cuando la España.
Endentonces estaba yo moza, y una real jembra. No te pué figurá tú
los blanquitos que me cortejiaban. Una mañanita estaba yo en el
mercao, echá palante, curcuteando una pollona pa encontrale la
gordura, y un maldecío cabo españó, me dio una nalgá diciendo:
paisana, ¡qué buen medio tocino!, y ahí tá; pero la gente que é
mu mala, jizo un acumulo endespués, ansina mesmo; pero yo me río,
vivo pegá almate pa no necesitá de nadie, y mi, para la chuma
jablanchina. Y con mímica despectiva, alzóse la falda con la
siniestra, se pasó el índice y el mayor por las narices, los
sacudió castañeteándolos y volviéndose, enseñó el tocino
entero, rematando la gráfica acción con una sonora carcajada, que
le sacó al sol doble hilera de dientes fuertes y níveos. —¿Y qué tal era el cabo? —Un güen mozo, como toiticos los españoles. Y la negra juntó ‘los dedos cabezones y los besó,
expresando de ese modo su delectación por los últimos
conquistadores. Antonio continuaba profesando en San Luis Gonzaga;
pero más que en el aula y en su casa, se le encontraba en el
ventorrillo a las ocho, cuando iba para clases; a las doce, al
regresar, a la una, a las cinco de la tarde y después de la cena,
hasta que la vieja con un bostezo ruidoso le intimaba la orden de
retirarse. Conversaba con Luisa en la ventana, encelada la joven por
el cancel de ‘madera que defendía el interior de las miradas
inquisidoras. La oposición de la madre se mantenía tensa, siempre
irritada, y el hermanito menor, cuantas veces hacía una diablura
por la cual habían de pegarle, al llegar a la esquina, disparaba
una piedra y entraba en la casa gritando: «Mamá, le zumbé una
piedra a ese vagamundo». Y la madre engreíale, librándose el
pillastre de la cueriza dos veces merecida. Para tener a la ventorrillera contenta, Antonio le
regalaba de vez en vez, un pañuelo de madrás de vivos colores o
algún pomito de esencia barata. La seña Catalina le instruía de
los movimientos de la casa, avisándole cuando Luisa salía y por qué
calle tomaba, y hasta solía también intervenir en el servicio
postal. Si Antonio se refería a los perjuicios que su permanencia
podía ocasionarle, ella replicaba con malicia: —Ni por pienso, niño. Mejó, ansí me cogen meno
fíao. Y le mostraba la cuenta de la familia. La ventorrillera apuntaba en la memoria los créditos,
y cuando sumaban un peso, hacía un palote con carbón en la pared,
detrás de la puerta. —Las probe, tan mal que etán. Tú pué creé;
hay día que no comen ma que arró, habichuela y plátano. Son buena
gente, la vieja jabla, pero no e mala ná, por eso yo le fío tó. Tú
ve ese tocino, pue lo que falta se lo han comío ellos. Yo los
conozco desdenantes, mi mama fue cocinera de la familia de la niña
Rosita, y los vio crecé a tós, y mi taita nació en el hato del agüelo
de don Pedro. El otro día la muchacha le regalaron una ecofieta a
mi nieto. Son buena, la probes. Y la negra, con su parlenía, repasaba la vida del
vecindario y de más allá; las altas y bajas de las familias, según
los avatares de la política; y abierta de piernas, manoteando en
muslos y regazo, concluía: —Ansí mesmito é, que te lo digo yo, que vide al
mundo da mucha vuelta. Tú ve las... pué tú no te figura la plata
que tenían: ésa era gente de mucha campanita; el primer piano,
primenito, que trujenon aquí fue pa ellas, y ya lo ve, las probe,
hasta por allá trá, por el Tripero, vive una sin tené en qué
caese mueta... Muchacho tú no sea pendejo, a tu mandao en cuantico
empuñe, y deja que jablen. Yo conoco en ete pueblo a tó Dió, sí
mi amitades son del cogollito, a mí me jié la brosa, y lo mesmo
fue mi jija, hasta que dio su mal paso, an pué. Un mediodía estival, mientras los novios pelaban
la pava a la reja, sonaron voces destempladas en el interior. Luisa
suplicó: «vete pronto que ahí vienen mis hermanos». Antonio se
dirigió al ventorrillo. Por la puerta, abierta con estrépito,
aparecieron los dos hermanos sin sombrero, furiosos, con sendos
garrotes. —¿Dónde está ese vagabundo? —preguntaban a
la par. —Ahora va a saber lo que es bueno. Desde el umbral, la madre les acuciaba. El
chiquillo saltaba de regocijo en la esquina. Antonio, en pie en la
acera, se llevó la mano al revólver, conteniendo el ímpetu de los
agresores. Por entre los hierros de la ventana, Luisa le dirigía
miradas de angustia. El padre, que dormía la siesta, saltó de la
hamaca, acudiendo en mangas de camisa y pantuflas. La seña
Catalina, indignada, con un plátano a medio pelan en la mano, les
increpó: —¿Qué e eso? Ustedes tan loco y do contra uno.
¡Manita con la gente! El padre y dos o tres vecinos, atraídos por el
alboroto, promediaron, haciendo entrar a los hermanos. La puerta se
cerró, marchándose Antonio, mohíno y agraviado. Minutos después,
toda la ciudad conocía el suceso, las lenguas se calentaban,
favorables o adversas. El tío Tomás, y el padre de Luisa, que eran
amigos de infancia, conferenciaron, y resultó que le concedieron a
Antonio autorización para visitar la casa en las primas noches y en
la tarde de los domingos. La escena cambió como por encanto. El
paso se estableció cerca de la puerta, en dos mecedoras bajo la
mirada de la vieja que, ya apaciguada, solía regalarle con un
platito de piñonate o de malarrabia o de suspiro. El padre se dormía
con el benjamín en las piernas, mientras la hermana, en la acera,
se mecía y abanicaba, esperando su turno entre bostezo y bostezo,
esto es, el novio, al cual se opondrían en la casa, al que apalearían,
para terminar por mimarlo. Cada noche, dos horas, durante cuatro años,
y en los mediodías y atardeceres, en la reja, en voz baja, confiábanse
proyectos, esperanzas e ilusiones, reconviniéndose por naderías, y
aun al despedirse una postdata en la puerta, por lo que la vieja,
asomándose a la ventana después de reojear el cielo, exclamaba: «
¿cómo que va a llover?». En el último año de las relaciones, Antonio mejoró
económicamente, fue nombrado director de una escuela nocturna con
un ayudante y pocos alumnos, lo que le permitía asistir de siete a
ocho; y poco a poco, como los pájaros acarrean briznas para
construir el nido, fue comprando muebles de lance y dándole a la
novia para la habilitación, que ella misma confeccionara. El padre
de Luisa emprendió un negocio, y de acuerdo todos, se resolvió que
el matrimonio se quedara a vivir en la casa; para el efecto, se
mudaron a otra más amplia, renovando a crédito el estrado de la
sala. El día de las bodas ha sido el único feliz de su
vida. Desde temprano, empezaron a llegar las domésticas de las
amigas con bandejas y ramilletes de flores,.que eran colocados en
jofainas de agua para que no se marchitaran, y más tarde, las íntimas
de Luisa que habían de pasar con ella el día. En el almuerzo, en
cuyo condimento doña Rosita puso sus primores, reinó la alegría
en todos, hubo vayas alusivas que provocaron pucheros de risa, y
muchachas que, tocadas por el vino, lanzaron bolitas de migas de pan
a la nariz de los galanes. Por la noche, en el salón recién
encalado, los invitados fueron sentándose en filas paralelas. Los
colores de los trajes femeninos y el negro uniforme de levitas,
americanas y de alguna que otra casaca masculina se concertaban. En
el centro, mesa redonda de caoba, adornada con el ramillete de
azucenas y rosas blancas, en cuyo ápice tiembla un angelito de
biscuit; allí el tintero y la pluma. A las ocho en punto, el
Oficial del Estado Civil, sentado frente a sus librotes, carraspeó;
entonces salió la comitiva nupcial del aposento: la novia, envuelta
en amplio velo albo, sonriente, resuelta, del brazo del papá;
Antonio ceñido por la levita, con la suegra, y detrás los
testigos. Cuando todos estuvieron en sus puestos, en torno de la
misma mesa que sirvió para el matrimonio de la madre y de la
abuela, el funcionario, color de tabaco, canijo, feísimo, con la
boca llena de saliva, masculló los actos y los artículos del Código,
y en pie, enlazadas las manos, les tomó la promesa que unía sus
cuerpos y sus bienes... El libro registro circuló recibiendo las
firmas de novios y testigos. El hombre de la ley fuese en dirección
del comedor, en donde llenó el pañuelo con un par de botellas de
cerveza y un gran pedazo de pudín, para él y su mujer. El
matrimonio religioso habíase celebrado en la madrugada, velado, según
tradición familiar. De hinojos, oyeron la misa, y comulgaron. El
oficiante les unció con la cadena; cambiáronse las arras y
anillos; fueron bendecidos. La desposada, en el aposento, recibió
besos y congratulaciones; mientras Antonio, en la sala, iba de
abrazo en abrazo. Luego volvió ella a la sala, para repartir a las
amigas las flores de azahar del ramo prendido en el pecho; a una
predilecta tocó la corona; a otra, los guantes; la gente moza se
apresuró, en parejas, a meterse debajo del velo, pues tales
amuletos y prácticas tienen la virtud de facilitar los matrimonios. Los chicos de la familia ofrecieron a la
concurrencia el tradicional pudín, cortado en trozos y servido en
platillos, así como el vaso de cerveza espumosa, y por grupos, a
eso de las diez, fueron marchándose aquellos testigos de su
ventura. Luego, en la alcoba de ladrillos, iluminada por una lámpara
rosada, Antonio desprendió el velo estrechando contra su corazón a
la virgen grave que se daba íntegramente... La luna de miel fue realmente plácida. La suegra,
aliviada de los quehaceres de la cocina, se tomó festiva,
agradable, y ya habían comenzado a comprar encajes, batista y lana
para la canastilla cuando la eclipsó Lilís con la más injusta
prisión. Entonces comenzó el calvario de Luisa... ¡Maldita política!.
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