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XI Aclaración Rayaba
el son en el horizonte, llenando de vida y de luz los espacios al
anunciar el Nuevo día, cuando Las Casas, que había pasado uno noche
de insomnio, se dirigió con la vivacidad que le era característica a
casa del Teniente Gobernador Diego Velázquez. La amistad de ambos se
había hecho más estrecha desde que Velázquez, carácter débil y
siempre fluctuando entre el bien y el mal, reconoció la superioridad
moral de Las Casas, y escuchaba con verdadera deferencia y respeto los
consejos que el buen Licenciado no le escaseaba. En
aquella mañana, Velázquez debía hacer la primera visita de
ceremonia a María de Cuéllar, y ser autorizado por el Contador a
considerarla y tratarla oficial y públicamente como su prometida
novia. Las
Casas había sido invitado por Velázquez a honrarle con su compañía
en aquel acto, y estaba dispuesto a prestar ese servicio al amigo;
pero no era este el objeto que le conducía tan temprano a la
presencia del afortunado pretendiente, sino el interés de poner en
claro los puntos que le parecieron oscuros o embrollados en el relato
que le había hecho Enriquillo al anochecer del día anterior. Era en
su concepto muy grave lo que se refería a la intervención de la
Virreina en los asuntos matrimoniales de su dama de honor; y
entreviendo un misterio cuya naturaleza parecía sospechosa, el
Licenciado, que era de suyo dado a la investigación de la verdad,
quiso saber a fondo lo que significaba aquel papel escrito por la
esposa del Almirante, y enviado a Velázquez en nombre de su prometida. Velázquez
lo recibió con la deferencia acostumbrada, y satisfizo a las francas
preguntas de su amigo con sencillez y sinceridad; narrándole los
sucesos de la noche anterior. —“Ese
empeño del Almirante por recobrar el papel que contenía la cita
—pensó Las Casas— me prueba más aún que fue escrito por la
Virreina. Necesito ir la fortaleza, a ver si saco algo en limpio.
Quiero ver si mi pobre Enrique tiene fundamento efectivo para mirar
con repugnancia aquella mansión, y que se le den encargos propios de
caracteres servirles. ¡”Oh témpora!
¡oh mores!” —añadió, siempre mentalmente, repitiendo el
consabido desahogo ciceroniano. Y
se despidió de Velázquez ofreciéndole volver a hora de acompañarle
a la mencionada visita. Llegó
a la presencia de Diego Colón en la Fortaleza, encontrándole de
excelente humor. Sin rodeos de ninguna especie, después de los
cumplimientos de uso, entró en material el fogoso Licenciado,
refiriendo la invitación pendiente para acompañarlo a Velázquez
aquel día en la visita de presentación formal a su novia; pero añadió
que deseaba saber si los incidentes del jardín en la pasada noche
podrían afectar en algo la seriedad de aquel paso, para no exponer su
propia dignidad a inmerecido sonrojo. Diego Colón le contestó haciéndole
fiel relación de todo lo ocurrido, sin ocultarle lo del papel escrito
por la Virreina y rescatado por él; aunque al mismo tiempo recomendó
mucho a Las Casas que guarda Diego Colón fuera dictada por el recelo
de que Enriquillo dijera toda la verdad al Licenciado, que era la
persona a quien más afecto profesaba y en cuya inmediata protección
vivía; y de hecho así había sucedido, obrando por lo mismo
cuerdamente el Almirante al aclarar todo el enigma, en la parte que pudiera
perjudicar al concepto de su joven esposa. Oyó
Las Casas todos esos pormenores con profunda atención, y prometió
guardar el secreto que se imponía. —Sin
embargo —añadió— me atreveré a decir a Vueseñoría que se me
exige en ello el mayor de los sacrificios: yo: que no tengo los altos
respetos políticos de que vos no podéis prescindir, parece como que
me hago cómplice voluntario de una gran crueldad, cual es sacrificar
a la razón de Estado el sosiego y la dicha de dos jóvenes que
parecen formados por el cielo para pertenecerse mutuamente. —Ayudadme
—contestó Diego Colón— a buscar el modo de estorbar ese enlace.
En un año que tenemos por delante, ¿vos y yo seremos tan pobres de expedientes
que no podamos realizar lo que mi compasiva María emprendió, la
pobrecilla, con más fe que experiencia? —¡Ah,
señor! ¡No sabéis lo que me pedís! —contestó en tono de
reconvención Las Casas—: lo que en vos se cohonesta al menos, ya
que no se justifique, con la exigencias de la alta posición en que os
halláis, en mí tendría toda la odiosa fealdad de la mentira y la
perfidia; ni más ni menos. Yo, amigo de Velázquez y amigo de
Grijalva, mal podría terciar en ese delicado asunto como no fuera
para decir al primero toda la verdad, y hacerle desistir de su
proyecto, devolviendo al desgraciado Grijalva el bien que se le quiere
arrebatar. —¡Guardaos
bien de ello, Don Bartolomé! —dijo vivamente el Almirante:
—retiro mi invitación, y solo os pido que me cumpláis vuestro
ofrecimiento de no volver a hablar de este asunto con alma viviente. —Os
cumpliré, señor, a toda costa —respondió el Licenciado, despidiéndose
del Almirante. De
regreso a su convento el buen Las Casas hacía el resumen de sus
impresiones de la mañana en el siguiente monólogo: —Se
me ha quitado un gran peso de encima con saber que la Virreina, ángel
de bondad y de virtud, no ha obedecido a móviles ruines o indignos, y
sí a los nobilísimos resortes de la compasión y la amistad. A esto
lo califica el Almirante con el epíteto de abnegación
indiscreta, que así se denomina por estos mundos todo arranque
espontáneo y candoroso de cristiana caridad… Mas,
por fortuna, Diego Colón es digno hijo de su padre; posee un alma
bellísima, y sabe que con indiscreciones como esa se aquilata el
tesoro de los sentimientos humanos. ¡Así
le rebosa hoy el contento de verse dueño de tal mujer…! Y sin
embargo, ella y él; él más que ella; ella por ser su esposa, se ven
constreñidos a mentir; a forjar intriguillas; a ahogar los movimientos
compasivos de su corazón, por atemperarse a lo que llaman la voz de
los deberes de Estado. ¡Vayan unos deberes…! ¡Y cómo padecen la
virtud y la verdad en los palacios de los poderosos! Pero ¿de eso me
asombro? ¿No hacen gala los Soberanos del siglo de engañarse recíprocamente?
Nuestro católico Rey Don Fernando ¿no es el primero en este funesto
arte? Así está Europa, ardiendo en guerras y en discordias: los que
de allá vienen a conquistar y poblar esta Indias ¿qué otra cosa han
de ser con esos altos ejemplos a la vista, sino lobos carniceros y
rapaces? ¡Pobres indios! ¡Pobres indios…! Mas, ya es tiempo de ver
a Enriquillo. Y
el Licenciado hizo llamar a Enriquillo, encerrándose con él a solas
en su aposento.
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