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VI ALARMA Como lo había dicho Mojica a
Velázquez, andaban de paseo por el campo Cortés y Grijalva, ya íntimos
amigos. Su excursión a la granja o huerta del ex-Gobernador Ovando
fue más penosa que entretenida: después de recorrer dos leguas de
un camino lleno de lodazales, nada llegaron a ver de provecho. La
tal huerta estaba punto menos que abandonada hacía algún tiempo:
un esclavo africano y tres indios apenas se cuidaban de deshierbarla
a trozos. Cuatro jumentos flacos, dos yeguas éticas y algunas
gallinas fue cuanto vieron en aquel sitio los futuros adalides de la
conquista de Méjico. Grijalva se echó a reír, sobrellevando el
chasco sin impaciencia: su carácter modesto y sufrido no podía
alterarse por causas fútiles. Cortés no lo tomó con tanta
frescura, y al ver la hilaridad de su compañero, exclamó: —Admiro vuestra flema, señor
Juan de Grijalva. ¡Por la Virgen! Ese tuno de Mojica, ese
contrahecho mentiroso se ha querido burlar de nosotros. —Necia burla sería ésta,
señor Cortés. Prefiero creer que Mojica no habrá visto esta
heredad sino hace algunos años; cuando el Comendador la miraba con
algún cuidado: como en los últimos tiempos no le agradaba sino
residir en el Bonao, o en Santiago... —¿Y por qué asegurar ese
galápago lo que no le constaba con seguridad? Como si ayer mismo
hubiera estado en este breñal, arqueó aquellas cejas tenebrosas, y
me dijo: “Sabed, señor Cortés, ya que deseáis dejar a Azua y
venir a fijaros aquí cerca, que nada puede conveniros tanto como la
hermosa granja del Comendador... id a verla, y estoy cierto de que
quedaréis encantado”. —¡Vaya un encanto! Ganas me dan de
cortar al embustero aquellas descomunales orejas... Grijalva seguía riendo de la
mejor gana al oírlos chistosos desahogos de su irritado compañero.
Pronto recobró éste su serenidad y buen humor, y emprendieron el
regreso a la ciudad sin hablar más de Mojica, ni de la famosa
huerta del Comendador. —Cuando determiné acompañar
desde Azua al teniente Velázquez —dijo Hernán Cortés reanudando
la conversación— no pensaba permanecer lejos de mi casa y oficio
sino una semana a lo sumo: ya va corrido un mes largo, y héteme
vuestra merced tratando de echar raíces por acá. Yo mismo me asombro de esta
facilidad en cambiar de propósitos. —Eso es propio y natural de
hombres de imaginación viva, señor Cortés —respondió
Grijalva—. Por mi parte os certifico que sólo una idea tiene
fijeza en mí; las demás retozan como unas loquillas en mi cabeza:
nacen, corren... y pasan. —¿Y puede saberse cuál es
esa vuestra idea fija, señor Grijalva? —Mi amor —replicó lacónicamente
el interpelado. —Me lo figuraba, amigo mío;
porque estoy en el mismo caso. Todas esas damas recién llegadas de
Castilla con los Virreyes, no parece sino que fueron adrede
escogidas para trastornar el seso a los que por aquí estábamos,
medio olvidados ya de que hay ojos que valen más que todas las
minas de oro, y que todas las encomiendas de indios. ¿Qué os
parece la Catalina Juárez? —Graciosa y honesta
granadina en verdad, señor Cortés. Aunque pobre y modesta, merece
un esposo de altas y nobles cualidades. —Preso estoy en sus cadenas
—repuso Cortés—, pero con risueña esperanza. ¿Y nada tendréis
vos que comunicar al amigo, sobre el capítulo de vuestro amor, Don
Juan? —Mi amor —dijo el doncel
a media voz, como recatándose aun de la soledad del bosque—, mi
amor es un sentimiento tan grande y tan sano; de tal modo embarga
todo mi ser, y absorbe todas las aspiraciones de mi alma, que
solamente de él quisiera hablar, a todas horas y en todas partes.
De él vivo; él llena y embellece todos los instantes de mi
existencia, y a fuerza de dedicar mis pensamientos a la beldad que
adoro, he llegado a identificar mis efectos con los suyos hasta el
extremo de que si ella me aborreciera, yo me aborrecería..—Mucho
amor es ése, Grijalva —dijo Cortés gravemente, mirando a su
compañero con profunda atención. —Tanto, Don Hernando, que
el día que llegara a faltarme, me faltaría el calor, la luz y la
vida —repuso con ardorosa animación el joven— y nada en el
mundo tendría valor para mi. —¿Ni las riquezas? ¿Ni la
gloria? —preguntó Cortés. —Ni la gloria, ni las
riquezas —contestó Grijalva—. Sólo ese amor puede estimularme
a desearías, y a hacer grandes cosas para adquirirlas. —Pero ¿sois correspondido? —Si por cierto; ¡y ése es
mi orgullo! —¿Os pesará completar
vuestra confidencia, y decirme el nombre de vuestra amada? —Quisiera decirlo a voces,
pero no me es permitido; que soy pobre y no sé cuándo podré
unirme a ella ante los altares. A vos, pues, Don Hernando, en toda
confianza, os diré que mi cielo, mi luz, mi ídolo tiene por
nombre... María de Cuéllar. —¡Hermosísima es, a fe mía!
—dijo Cortés con entusiasmo—; y os felicito por vuestra dicha
en poseer el corazón de tan peregrina criatura. En esta conversación
siguieron los dos jinetes entretenidos hasta hallarse en las calles
de la ciudad, seguidos a corta distancia del escudero que les había
servido de guía en su poco afortunada excursión. Se acercaba la noche cuando
pasaron por la plaza principal, en dirección a la posada de Cortés:
en su camino casi tropezaron con tres sujetos bien vestidos, que
saludaron a los dos caballeros. Reconocieron éstos a Pedro de
Mojica, acompañado de García de Aguilar y Gonzalo de Guzmán,
hidalgos los dos de la primera nobleza de España; ambos jóvenes de
gallarda figura y distinguidas prendas morales. Cortés se encaró
con Mojica y le dijo entre adusto y chancero: —¡Ea! contemplad vuestra
obra; reíos de nosotros, pero os aconsejo que no repitáis la
gracia, si en algo estimáis vuestras hermosas orejas. —No os entiendo, Don
Hernando —respondió Mojica con alguna inquietud—. Ni creo que
mis pobres orejas os hayan hecho ningún desaguisado. —No; ¿eh? ¡Cuidadías,
Mojica; os lo repito! Don García de Aguilar
intervino en esta sazón, diciendo a Grijalva: —Te aguardaba impaciente:
anda a desmontarte, y sin tardanza te espero en mi alojamiento:
tengo que comunicarte cosas de mucho interés para ti. El tono misterioso en que
pronunció Aguilar estas palabras hizo estremecer instintivamente a
Grijalva. Espoleó su caballo, seguido de Cortes, a quien se volvió
a poco andar para decirle: —Presiento alguna mala
noticia. ¡No he nacido con buen sino, Don Hernando!
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