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XX ASTROS EN OCASO No pasaron muchos días sin
que Colón, enfermo de cuerpo y de espíritu, cansado de las
continuas discusiones que tenía
que sostener con Ovando para hacer valer sus derechos y restablecer sus mal parados
intereses, concluyera sus preparativos de viaje y se embarcara con
rumbo a España. Esta última navegación no
fue más feliz que las demás de todo su cuarto viaje de
descubrimientos. La tempestad
furiosa se obstinó en acompañar y maltratar las naves en que iban él y su familia, como si las
olas del Océano quisieran vengarse del que doce años antes había vencido su resistencia y
desgarrado triunfalmente el velo que ocultaba la existencia del
Nuevo Mundo. Invirtiéronse casi
dos meses en este viaje de Santo Domingo a San Lúcar, adonde
llegaron los buques, desmantelados y
amenazando hundirse, el 7 de noviembre. Colón fue conducido a la ciudad de Sevilla, que miraba
como su puerto de descanso, y los últimos días de su cansada existencia los pasó
dirigiendo a la Corona sentidas representaciones en favor de los
indios, cuya desgraciada suerte pintaba
con los más vivos colores, y reclamando sus derechos y
prerrogativas para su hijo Don Diego, paje
de los soberanos. Todo su empeño porque se le hiciera justicia resultó inútil. Postrada su
protectora, la magnánima Isabel, en lecho de muerte, Colón se vio ingratamente desatendido por
Fernando el Católico, que a fuer de político calculador y egoísta, interesado además por
sistema en la extensión del poder real, veía con celos el
engrandecimiento de la familia del
Descubridor, y se entregaba a las rastreras inspiraciones de sus émulos. Murió Isabel en el mismo mes
de noviembre del año 1504, y las últimas recomendaciones
que hizo a su real esposo
fueron en favor de la raza india, pidiendo perentoriamente el relevo
y castigo de Ovando, por sus
hechos atroces y sanguinarios. Estas generosas voluntades de la
noble reina por de pronto quedaron
sin cumplimiento; pero no deja de ser castigo terrible para un malvado ver sobre su nombre
el perdurable anatema de sus crímenes, legado a la posteridad en
los postreros instantes de
una soberana grande y célebre en la Historia. Colón no tardó mucho tiempo
en seguir al sepulcro a su augusta protectora. La lucha moral a
que su noble espíritu estaba
entregado, viendo sometidas a discusión y a evasivas pérfidas sus más legitimas reclamaciones;
recogiendo por todo premio de sus gloriosos afanes la ingratitud de
un monarca infiel, envuelta,
como por sarcasmo, en vacías demostraciones de aprecio y cortesía, que, según escribió después
Las Casas, nunca le fueron escaseadas por el rey Fernando; tantos
disgustos y desengaños
aceleraron el fin de sus días; y trasladado a Valladolid últimamente,
el 20 de mayo de 1506 se extinguió
aquella ilustre y fecunda existencia. Tuvo el consuelo de morir rodeado de sus hijos Diego y
Fernando; y de varios amigos leales, entre los que se distinguían
el fiel y valeroso Méndez, y su
compañero en la heroica travesía de Jamaica a La Española,
Bartolomé Fiesco.
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