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XXII CAUSA DE ODIO Un día —era en el verano
de 1509—, la religiosa quietud del convento franciscano de Vera
Paz fue interrumpida hacia
las dos de la tarde por un estruendoso tropel de caballos, que se
detuvo en el patio exterior
del monasterio. Un momento después anunciaban al padre superior la Había recibido Velázquez
aquel mismo día la noticia de la llegada a Santo Domingo del
nuevo Gobernador, el
Almirante Don Diego Colón que reemplazaba al Comendador Frey Nicolás
de Ovando; y este cambio exigía imperiosamente la presencia del
comandante español de Jaragua en la capital de
la isla; tanto por el deber de ofrecer sus respetos al nuevo jefe de
La Española, cuanto por la
obligación de despedir a Ovando, que le había favorecido con su confianza; y por la
conveniencia de definir personalmente con el gobernador Almirante su
propia situación en lo sucesivo.
Quería, por último, llevar a Enrique, no solamente por dar
lucimiento a su comitiva con aquel simpático
y distinguido mancebo indio; sino también por razones políticas que no carecían de
fundamento. La administración de Ovando había sido despótica y
cruel para con la población indígena,
que decrecía rápidamente al peso de íos malos tratamientos; y
todos sabían en la isla cuál había
sido la última voluntad de la Reina Doña Isabel sobre que se
castigara al Comendador de Lares por
sus actos sanguinarios, y las anhelosas recomendaciones de la ilustre moribunda al Rey su
marido, a la princesa Doña Juana su hija, y al esposo de ésta,
porque "se enseñara religión y sanas costumbres a los indios,
se les protegiera y educara solícitamente, y no se consintiera ni diese
lugar a que los indios vecinos e moradores de las Indias e Tierra
firme ganada e por ganar, reciban
agravio alguno en sus personas e bienes. E más mando que sean bien
e justamente tratados; e si algún agravio han
recibido, lo remedien e provean”. Los adversarios de Colón,
los primitivos rebeldes de la colonia, apoyados y amparados por
Ovando, formaban un partido
privilegiado, que venia disfrutando desde hacia más de siete años todas las gracias y
concesiones de la colonización, en detrimento de los que habían
permanecido fieles a la autoridad del
Almirante, y adictos a su persona en los días de su adversidad. La
brutal explotación de los indios
era el tema favorito de las quejas que estos partidarios de la
justicia hacían llegar continuamente
a la Corte, clamando contra la tiranía de sus afortunados antagonistas, y contra su
propio disfavor. Su regocijo, pues, no tuvo limites al saber que un
hijo del gran Colón llegaba a
ejercer el primer mando del Nuevo Mundo, como Gobernador de La
Española. Estas circunstancias
despertaron en el ánimo de Velázquez el recelo de verse envuelto
en las serias responsabilidades que
era consiguiente pesaran sobre Ovando y sus tenientes al efectuarse el cambio del Gobernador.
Mientras más tardío había sido el cumplimiento de las piadosas voluntades de la Reina Católica,
más severo se dibujaba el aspecto de esa responsabilidad; porque, desde que los colonos
se convencieron de que el frío egoísmo del Rey Don Fernando en nada pensaba menos que en
desagraviar la memoria de su noble esposa, creyeron asegurada para siempre la impunidad de su
infame tiranía contra la desamparada nación india, y extremaron su destructora opresión, por el
afán de lucrarse más pronto, siguiendo el no olvidado consejo del
impío Bobadilla. Al ver ahora llegar al hijo
del Descubridor, cuyos generosos sentimientos guardaban perfecta
armonía con los de la
difunta reina, los malvados opresores tenían forzosamente que estar amedrentados; alzándose
contra ellos para hacerles esperar el castigo de sus crímenes el
grito aterrador de su propia
conciencia. Natural era, por lo mismo, que todos los que en medio de aquel general olvido de los
sentimientos humanos habían guardado algún respeto filantrópico y honesto, acudieran a
proveerse de los testimonios que habían de acreditar su conducta a
los ojos del nuevo Gobernador. Por eso
Diego Velázquez llevaba a Santo Domingo en su compañía al joven cacique, para cuya
orfandad había sido en efecto una providencia tutelar, y que debía servirle ahora como prueba
elocuente de sus sentimientos humanitarios. Complacíase, pues, doblemente en las predicciones
que adornaban a su protegido, y una vez más experimentaba la
profunda verdad del adagio
vulgar que dice: hacer bien nunca se pierde. Media hora más tarde los
preparativos concernientes al viaje de Enrique estaban terminados,
y éste, en traje de montar
de aquel tiempo, se despedía de la comunidad entera en presencia de Diego Velázquez y los
oficiales de su séquito. A todos los buenos religiosos iba el joven estrechando afectuosamente la
mano. El prior y el padre Remigio bajaron hasta el portal acompañando a su pupilo, y
por hacer honra al comandante Velázquez. Ambos abrazaron con efusión al conmovido mancebo,
dándole el ósculo de paz y deseándole toda clase de prosperidad. Enrique correspondió con lágrimas
de sincera gratitud a estas expresivas demostraciones de
paternal cariño. En seguida montó en un
brioso caballo andaluz que le aguardaba enjaezado vistosamente; su
fiel Tamayo, conduciendo una
muía que llevaba las maletas del joven, se reunió con los fámulos
y equipajes de Diego Velázquez, y la abigarrada comitiva partió a
buen paso por el camino de Santo Domingo. Un jinete de mala catadura se
acercó a poco andar a Enriquillo, que continuaba triste y
cabizbajo; y tocándole
familiarmente en el hombro le dijo: —Anímate, mocoso, vas a
ver a tu tía Higuera-rota. Enrique detuvo su caballo, y
mirando con ceño al que así le apostrofaba, le respondió: —Como os vuelva a tentar el
diablo, desfigurando el nombre de mi tía, señor Don Pedro,
tened Cuenta con vuestra
joroba, porque os la romperé a palos. Don Pedro de Mojica —que no
era otro el bromista—, al oír esta amenaza, en vez de
mostrarse ofendido, soltó
una ruidosa carcajada: todos los circunstantes, incluso Velázquez, rompieron a reír de buena
gana, y lo más extraño es que el mismo Enrique acabó por
asociarse al humor de los demás, mirando
sin enojo a Mojica. La razón de este cambio súbito
en sus disposiciones iracundas es muy llana: además de que
en su bondadosa índole los
movimientos coléricos eran muy fugaces, lo que el hidalgo burlón
le había dicho en sustancia era
que iba a ver a su tía Higuemota; y si le había ofendido la forma irrespetuosa empleada para
hacer llegar a su oído este grato recuerdo, no por eso dejaba de
inundarle en júbilo inmenso
el corazón. Por lo que respecta a Mojica,
la expresa alusión hecha a una de sus más visibles
imperfecciones físicas le
había herido en lo más vivo de su amor propio, y desde entonces
juró un odio eterno al joven
indio; aunque disimulando sus sentimientos rencorosos cuanto lo exigían las circunstancias y su
conveniencia personal, que era en todos los casos su principal
cuidado y el punto concreto de su más
esmerada solicitud. Por eso pudo ahogar en una carcajada hipócrita, si bien convulsiva e histérica,
el grito de rabia que se escapó de su pecho al escuchar la
injuriosa réplica que en un rapto de
pasajera indignación le lanzó al rostro Enriquillo.
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