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XXVII Decir que las bodas de Diego
Colón y María de Toledo fueron celebradas con soberbia
pompa; extendernos a reseñar
minuciosamente los pormenores de este fausto acontecimiento, sería, lo uno exponernos a
ser tachados de superfluidad; porque tratándose de personajes de
tan elevada alcurnia, próximos
parientes del Monarca el padre y el tío de la novia, no es
necesario sino la asistencia del simple
sentido común de nuestros lectores, para dar por supuesto que nada había de omitirse para
revestir al suceso con todo el esplendor y lucimiento que la
etiqueta española y el carácter
ceremonioso de aquella época imponían a todos los interesados en
el asunto; y lo otro, es decir,
la narración de los incidentes de aquella fiesta, nos parece
materia de muy pueril sustancia para
distraer por más tiempo la atención de esos mismos lectores, a
quienes, sobre el natural sentido común,
creemos asistidos de algo más raro, que es el buen sentido; para distraer su atención,
repetimos, de los hechos concretamente relacionados con los
episodios más interesantes de esta verídica
historia, que todavía está en el caso de consagrar algunas páginas más a aquellos prolegómenos,
sin cuyo conocimiento sería muy difícil o imposible apreciar en
su verdadero valor el carácter
de los protagonistas y la índole moral de sus actos y su conducta. Abreviaremos, pues, cuanto
sea posible, nuestra revista retrospectiva de los acontecimientos,
para seguir narrando
concisamente las peripecias que aún nos separan de la acción
prominente y el asunto principal de este
desaliñado libro. Los veinte días que
transcurrieron entre los esponsales o la promesa matrimonial y el
acto solemne de pronunciarlos cónyuges
el juramento de pertenecerse recíprocamente por toda la vida, no fue tiempo perdido
para los intereses de la naciente casa de Colón. El duque de Alba, que gozaba de absoluta
privanza con el Rey, no era hombre que hacía las cosas a medias; y corriendo por su cuenta la
fortuna de su nuevo sobrino, los autos en favor de éste, acordados
por el Supremo Consejo de las
Indias —que hasta entonces habían permanecido sin cumplimiento, como letra muerta—
recibieron la sanción del regio exequatur, o sea la real venia,
como entonces se. decía. El Rey Don
Fernando solamente regateó el título de Virrey para Diego Colón;
aunque, si bien se examina, lo que
regateó su Alteza no fue el título, que al cabo se concedió pro
forma o in nómine, frase que en el
indigesto lenguaje de los letrados de aquel tiempo significaba lo mismo que mera decoración, o
vano adorno; lo que el Rey no sólo regateó, sino que negó obstinadamente, fue la
efectividad de las funciones de Virrey, que a pesar de su real firma
y palabra empeñada con el gran
Cristóbal Colón, encontraba siempre exorbitante para el legítimo
heredero de sus bienes y
previamente definidos derechos como descubridor. Don Fernando el Católico
convenía de buen grado en que el Almirante Don Diego fuera el
primer personaje del Nuevo
Mundo; pero en punto a autoridad, el profundo político que había sabido fundar en España la
preponderancia del poder real sobre las sediciosas pretensiones de
los grandes, nunca podía
desistir de amenguar las prerrogativas hereditarias del hijo de Colón.
Una cosa había sido prometer,
cuando el mundo cuya existencia afirmaba el oscuro navegante se conceptuaba generalmente como
el sueño de una imaginación calenturienta; y otra cosa era cumplir, falseando los
principios inflexibles de todo un sistema de gobierno, cuando ese
mundo surgía con el esplendor de
una realidad victoriosa, de las profundidades del Océano. Por eso el Rey Fernando, al
mismo tiempo que confería a Diego Colón la autoridad de
Gobernador de la Isla Española
y sus dependencias en reemplazo del Comendador Ovando contra cuyas crueldades surgían,
al cabo de tanto tiempo, en un rincón de la real memoria las apremiantes recomendaciones
que hiciera al morir Doña Isabel la Católica; procuraba restringir
disimuladamente esa autoridad, y meditaba la creación de la Real
Audiencia de Santo Domingo, que se llevó a efecto un año
después; y por la misma causa los émulos de Diego Colón en su gobierno, hallaron en la
Corte oídos complacientes para sus torpes calumnias, acogidas más
de una vez por la injusta
suspicacia del Monarca...; pero no anticipemos unos sucesos a otros;
que acaso tendremos que mencionar
esas miserables intrigas en el curso de nuestra narración. Todo estaba previsto y
arreglado para la partida al Nuevo Mundo del Almirante Don Diego y
su bella consorte; desde el día
siguiente de su enlace un brillante y escogido acompañamiento de damas y caballeros
distinguidos por su noble estirpe, tanto de la corte de Castilla
como de las primeras casas de Andalucía,
quedó formado en la ciudad de Sevilla, donde pasaron algunos días los Virreyes, como se les
denominaba por todos, dando la última mano a los preparativos de viaje. Los tíos del
Almirante, Don Diego y Don Bartolomé, cuya experiencia consumada en
los asuntos de gobierno de las Indias
se consideraba indispensable para la inauguración del mando de su sobrino, habían
asistido junto con él a las últimas audiencias del Monarca y
recibido las reales instrucciones, por las
que debían regular sus consejos y los actos del joven Gobernador. En cuanto a Fernando Colón,
sus gustos modestos y su afición a los estudios le traían remiso a
la idea de atravesar otra vez
el Atlántico, de que tan ingratos recuerdos conservaba, habiendo experimentado los grandes
trabajos y peligros del cuarto y último viaje de su padre; pero el mismo Rey Fernando, que
estimaba su carácter y sus distinguidos talentos de un modo extraordinario, le instó
porque también acompañara a su hermano a La Española, y pidiera
para silo que mejor estuviera a
sus deseos. Nada quiso el desinteresado joven, y sólo se determinó
a hacer el viaje cuando Diego
Colón le manifestó que, “sin él, su dicha habría de ser
incompleta, porque de ella habían sido
artífices principales la perspicacia y vivaz inteligencia con que
él había alentado sus
pretensiones matrimoniales”. Embarcáronse todos estos
ilustres personajes con su brillante y numeroso séquito, en el
puerto de San Lúcar, donde los
aguardaba una lucida escuadra de veintidós velas, el día 9 de
junio de 1509, y después de mes y
medio de próspera navegación, saludaron con indecible júbilo las
verdes costas de la Isla Española,
arribando a Santo Domingo al finalizar el mes de julio.
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