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XXX
Mientras que Don Francisco de Valenzuela daba
cuenta circunstanciada en la Fortaleza de la
vida y hechos de Diego Velázquez y sus compañeros de viaje,
éstos recibían en su alojamiento la
visita de Don Bartolomé de Las Casas.
Apresuróse Velázquez a recoger noticias sobre los cambios
recientes ocurridos en el personal
del gobierno de la colonia, y supo con satisfacción y
regocijo que el nuevo Gobernador estaba
muy altamente predispuesto en su favor. Decía Las Casas
modestamente que el Almirante había
salido de España animado de esas favorables disposiciones;
pero el capitán se obstinó en dar
gracias al Licenciado con la más cordial efusión,
atribuyendo a sus informes y a su influencia los
buenos auspicios bajo los cuales iban a presentarse al nuevo
árbitro de la fortuna y la riqueza en
el mundo occidental.
Es indecible la emoción con que Enriquillo
correspondió a su vez a las cariñosas frases que le
dirigió Las Casas, al ser presentado a éste por Diego Velázquez.
“Ved aquí vuestra obra y la
mía,” había dicho éste a su antiguo consejero del
Bahoruco; y fijando el Licenciado un momento
su mirada de águila en las facciones del joven indio —¡Enríquillo!—,
exclamó—; ¡bendito sea
Dios! ¡Cómo ha crecido este muchacho, y qué apostura y
fortaleza está mostrando! Abrázame,
hijo mío. ¿Eres feliz? ¿Estás contento?
—Mi padrino es muy bueno para mí, señor
Licenciado —dijo Enriquillo-, y estoy contento
porque os veo a vos, mi protector, y porque creo que vos me
haréis ver muy pronto a la familia
que aquí tengo...
—Ahora mismo, muchacho, si tu padrino lo permite.
¡De cuánto consuelo va a servir tu
presencia a tu pobrecita tía! Mira, ella está enferma, muy
delicada; pero no vayas a hacer
pucheros y a amargarle el gusto de verte.
—No temáis flaqueza de mi parte —repuso el
joven con tono firme y severo-. Me habéis
escrito más de una vez que yo debo ser el apoyo de mi tía
Higuemota y mi prima Mencía, y esa
idea está clavada aquí, —concluyó, llevándose la mano
al pecho.
Diego Velázquez prestó gustoso su venia a la
excursión de Enríquillo con el Licenciado, y
ambos se dirigieron con planta rápida a la morada de
Higuemota.
Esta yacía reclinada en un ancho sitial de mullido
asiento, y las sombras del sepulcro se
dibujaban ya con lúgubre expresión en su semblante pálido
y demacrado. Su hija, bella y
luminosa como el alba de un día sereno, estaba a sus pies,
en un escabel que daba a su estatura la
medida necesaria para apoyar los codos blandamente en las
rodillas de la enferma, reposando en
ambas manecitas su rostro de querubín, con la vista fija en
los lánguidos ojos de su madre.
Llegó Enrique, conducido por Las Casas, a tiempo
de contemplar por breves instantes aquel
cuadro de melancólica poesía; y luego adelantáronse ambos
hasta la mitad del salón. Al
percibirlos Doña Ana de Guevara hizo un movimiento, incorporándose
lentamente.
—¿Sois vos, mi buen señor Licenciado? —dijo
con su voz siempre armoniosa, aunque velada
por la debilidad de la tisis que la consumía—. Muy a
tiempo venís, y me parece que hace un
siglo desde vuestra última visita.
—Es, señora, que en cuanto de mi depende, me
propongo hacerme acompañar, siempre que
llego a veros, de algún lenitivo a vuestra tristeza. El otro
día creí traeros un consuelo con la visita
del señor Virrey y su buena esposa; hoy vengo con algo que
creo ha de seros más grato..—Difícil es, señor Las Casas, que
nada pueda complacerme más que aquella bondadosa visita
de los señores Virreyes, de quienes tan ardientes protestas
de amistad y protección recibí para
mi y para mi amada hija.
—Pues bien: aquí está una persona que va a
proporcionaros muchos momentos parecidos;
pues tiene para con vos grandes obligaciones, y hasta...
bastante próximo parentesco.
A estas palabras, el Licenciado tomó del brazo a
Enriquillo y lo presentó a Doña Ana. El
joven dobló una rodilla y dijo con voz balbuciente:
—Mi buena tía Higuemota, dadme vuestra bendición.
-¡Guarocuya! —exclamó con trasporte súbito Doña
Ana— ¡oh, Dios mío! Señor Las Casas,
¡cuánta gratitud debo a vuestros beneficios! Me parece que
recobro mis fuerzas... Sobrino de mi
corazón, acércate; deja que yo bese tu frente.
E inclinándose Enriquillo hacia su tía, recibió
efectivamente un ósculo de aquellos labios
incoloros y fríos, con el mismo recogimiento religioso que
se apoderaba de su ser cuando solía
recibir la comunión eucarística en el monasterio de Vera
Paz.
—Mira, Guarocuya —prosiguió la enferma, en una
especie de acceso febril—; besa a tu
prima; a la que, si Dios oye mis ruegos, ha de ser tu esposa.
Y diciendo estas palabras, Doña Ana inclinó la
cabeza en el respaldo del sillón, cerró los ojos
y guardó silencio. Las Casas y Enrique creyeron por breve
espacio que dormía: la niña removió
dos o tres veces la diestra de su madre, llamándola a media
voz, con este dulce dictado:
¡Madrecita mía! Inútilmente; prolongándose demasiado el
silencio y el sueño, Las Casas se
decidió a tomar el pulso a la enferma, y reconoció con
espanto que aquel era el silencio de la
muerte y el sueño del sepulcro. Doña Ana de Guevara, o sea
Higuemota, había dejado de existir. Su corazón, desgarrado por todas las penas, connaturalizado con la adversidad, no pudo resistir la violencia de un arranque momentáneo y expansivo de alegría, una brusca sensación de júbilo; y su alma pura, acostumbrada a la aflicción y al abatimiento, sólo se reanimó un breve instante para volar a los cielos.
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