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XXI Tres años habían
transcurrido desde la muerte de Colón. Durante ese trienio, ningún
suceso público que interese a
nuestra narración hallamos en las crónicas e historias de aquel
tiempo. Ovando continuó gobernando a
la isla Española, y dando diversión a sus remordimientos —si
algunos experimentaba por la
ferocidad de sus pasados actos hacia los pobres indios—, en el ensanche y embellecimiento de
la ciudad de Santo Domingo; en la construcción de templos y edificios piadosos, y en la
fundación de diversas poblaciones, de las que algunas subsisten todavía, como son Puerto
Plata y Monte Cristi, y otras han desaparecido sin dejar el menor
rastro o vestigio de su existencia:
esta última suerte cupo a Santa Maria de la Vera Paz. Allí prosperaba, más que
ningún otro instituto de religión y utilidad pública, el convento
de Padres franciscanos que tenían
a su cargo la educación de los caciques del antiguo reino de
Jaragua; y entre ellos,
mimado y atendido más que ninguno, el niño Enrique. Varias causas concurrían a
la predilección de los reverendos frailes hacia el infantil
cacique: en primer lugar, la gracia física
y la feliz disposición intelectual del niño, que aprendía con asombrosa facilidad cuanto le
enseñaban, y manifestaba una extraordinaria ambición de conocimientos literarios y
científicos superiores a su edad. Todo llamaba su atención; todo
lo inquiría con un interés que
era la más sabrosa distracción de los buenos franciscanos. En
segundo lugar, las recomendaciones
primitivas del Licenciado Las Casas, frecuentemente reiteradas en cartas llenas de solicitud e
interés por el niño que había confiado a aquellos dignos
religiosos, de quienes en cambio se había
él constituido procurador y agente activo en la capital de la
colonia, para todas las diligencias y
reclamaciones de su convento ante las autoridades superiores; al mismo tiempo, que bajo la
dirección de religiosos también franciscanos, hacia los ejercicios
preparatorios para abrazar el estado eclesiástico, al que de veras
se había aficionado por el hastío y repugnancia que le
inspiraban las maldades que diariamente presenciaba. Por último,
Diego Velázquez, teniente de
Ovando en Jaragua, seguía por su parte atendiendo solícito al
infante indio, y proveyendo con cariñosa
liberalidad a todas sus necesidades, como si fuera su propio hijo; no dejando adormecer su
celo en este punto las frecuentes misivas del eficaz y perseverante
Las Casas, con quien tenía
establecida la más amistosa correspondencia. De esta manera, Enrique recibía
la mejor educación que podía darse en aquel tiempo: desde
la edad de ocho años aprendía la equitación con
el diestro picador que tenía a su cargo el hato de su padrino y protector,
situado a media legua del convento. Dos años más tarde comenzó a ejercitarse en el arte de la
esgrima, al que manifestaba la mayor afición; llegando poco tiempo después a merecer los
aplausos del mismo Velázquez, cuya habilidad y maestría en la
materia no reconocían superior. Para esta parte de la
instrucción de Enrique estaban señalados dos días a la semana, en
que el muchacho, discurriendo
libremente hasta el hato, seguido de su fiel Tamayo, respiraba con
placer el puro ambiente de los
bosques. Sin embargo, cuando terminados sus ejercicios volvía por
la tarde al convento, al cruzar
por la cumbre de una verde colina que cortaba el camino, sus ojos se humedecían, y su semblante,
contraído por un pesar visible, tomaba la expresión de la más acerba melancolía. Desde allí
se divisaba la casita que había sido de Higuemota, la pradera y el caobo de los paseos
vespertinos; y este recuerdo, hiriendo repentinamente la imaginación
del niño, le infundía el
sentimiento intuitivo de su no comprendida orfandad. Bien había preguntado a Las
Casas primero, y a los frailes franciscanos después, por el
paradero de Doña Ana y su
tierna hija, habiéndose lisonjeado con la esperanza de volver a encontrarlas cuando el
Licenciado le tomó consigo para regresar a Yaguana. Se le había
dicho y se le repetía siempre que
estaban en Santo Domingo, y que algún día se vería a su lado; y
Las Casas, que de todo sabía
sacar partido para el bien, le mandaba razón de ellas, estimulándole
al estudio y a hacerse un hombre
de provecho para que pudiera acompañarlas pronto y servirles de apoyo. Esta idea echaba
naturalmente hondas raíces en el ánimo de Enrique, y es de creer
que influyera mucho en su
aplicación y en la temprana seriedad de su carácter. Entre los religiosos que con
más placer se dedicaban a la noble tarea de cultivar la
inteligencia de los educandos
en el convento de Vera Paz, era fray Remigio el que obtenía la predilección de Enrique, y
el que con más infatigable paciencia contestaba a sus innumerables preguntas, y resolvía
cuantas cuestiones proponía el niño. El padre Remigio era un
religioso natural de Picardía en
Francia, y su ciencia y la santidad de su vida lo hacían justamente venerable para sus compañeros,
que lo trataban con tanto más respeto que al buen superior de la comunidad. En cuanto a éste,
era un fraile muy anciano y taciturno, de quien se decía que en el siglo había sido un
personaje rico y poderoso; lo que nada tenía de extraño, pues era
muy frecuente en aquellos tiempos
que príncipes y grandes señores acudieran a encerrar en el claustro, como a un puerto de
refugio, la nave de su existencia, combatida y averiada por las borrascas de la vida; o a
explicar acaso con las mortificaciones ascéticas algún crimen
sugerido por la ambición y las demás pasiones mundanas. Este padre superior
conservaba de su real o conjeturada grandeza pasada
una afición decidida al estudio de la Historia, y su rostro melancólico y adusto sólo
se animaba con la lectura que en las horas del refectorio hacían
por turno los jóvenes educandos,
de algunos de los altos hechos de la antigüedad griega y romana; alternando con trozos de la
Sagrada Escritura, que de rigor estaba prescrita por la regla
conventual. Cuando la vez tocaba al joven
Enrique, era fácil observar la profunda impresión que en su
ánimo causaban los rasgos de abnegación, valor o
magnanimidad. Mientras que los demás niños escuchaban con igual
indiferente distracción las animadas narraciones de Quinto Curcio,
Valerio Máximo, Tito Livio y otros célebres
historiadores, el precoz caciquillo del Bahoruco sentía los transportes de un generoso
entusiasmo cuando leía las proezas ilustradas en aquellas páginas inmortales. Fray Remigio
usaba de este medio como el más a propósito para inculcar en el
alma de sus alumnos el amor al
bien y la virtud. Había un episodio histórico
que conmovía profundamente a Enrique, y sobre el cual
prolongaba sus interminables interrogatorios,
al paciente profesor. Era la sublevación del lusitano Viriato
contra los romanos. ¿Cómo pudo un simple pastor, al frente de unos
hombres desarmados, vencer tantas
veces a los fuertes y aguerridos ejércitos romanos? ¿Quién enseñó
a Viriato el arte de la guerra?
¿Por qué el general romano no lo desafió cuerpo a cuerpo, en vez
de hacerlo matar a traición?
Estas preguntas y otras muchas por el estilo formulaba aquel niño extraordinario; y el buen
padre Remigio, entusiasmado a su vez, las satisfacía con el
criterio de la verdad y de la justicia,
depositando en el alma privilegiada de su discípulo gérmenes
fecundos de honradez y rectitud. De tan plausibles progresos intelectuales y morales se complacía el sabio preceptor en dar cuenta minuciosa, con harta frecuencia, a sus amigos el Licenciado Las Casas y Diego Velázquez. En todas las acciones del joven cacique se reflejaban los nobles sentimientos que tan excelente educación iba desarrollando en su magnánimo pecho. Manso y respetuoso para con sus superiores, compasivo para todos los desgraciados, sólo llegaba a irritarse cuando en su presencia era maltratado algún condiscípulo suyo por otro más fuerte; o cuando veía azotar algún infeliz indio, sobre el que al punto ejercía la protección más enérgica y eficaz, increpando la dureza del injusto agresor, y, en los casos extremos, acudiendo a las vías de hecho con la valentía de un halcón. Siendo considerado por todos como sí fuera hijo de Diego Velázquez, que gobernaba por delegación casi absoluta de Ovando aquella dilatada comarca, el celo impetuoso, y a veces imprudente, del audaz jovencito, en vez de proporcionarle riesgos y enemistades, le granjeaba el respeto de los opresores, que, admirando tanta energía en tan pocos años, acataban sus reproches llenos de razón y dictados por un espíritu de justicia y caridad. Mojica, a quien hemos
olvidado un tanto, iba también al convento una vez por semana a
visitar a Enrique, a quien
manifestaba mucho afecto por lisonjear a su padrino, el teniente gobernador. Una vez que fue a
la capital, con objeto de rendir las cuentas de su mayordomía, volvió con recados de Doña
Ana y algunos regalillos para el muchacho, que desde entonces sintió borrarse la antipatía
que le inspiraba el meloso hidalgo. Este era buen músico, tañía
la guzla morisca con mucha
habilidad, y llevó su complacencia hasta dar su amiguillo, como llamaba a Enrique, varias
lecciones que fueron pronto y bien aprovechadas. Sin embargo, habiendo oído un día al
escudero de Diego Velázquez ejecutar en la trompa de caza un aire marcial, Enrique se aficionó
a este instrumento que en poco tiempo tocaba con singular maestría, dándole la preferencia sobre
el laúd árabe. Por más que parezcan triviales todos estos pormenores sobre el que
primitivamente se llamó Guarocuya, ninguno de ellos es indiferente
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