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XXIV Este gran retroceso en sus
legitimas esperanzas exasperó al joven, que en muchos días no se
presentó en la corte.
Fernando, en cuanto notó su ausencia, se informó de él con vivo
interés, porque a pesar de las
sugestiones de su política egoísta no podía menos de profesarle
afectuosa estimación, por sus
distinguidas cualidades. Un paje fue de orden del mismo Rey a
preguntar por Don Diego a su alojamiento, y volvió con la
contestación de que se hallaba en cama con calentura. A esta nueva, el Monarca expresó altamente su sentimiento y cuidado: tal vez la conciencia le remordía como culpable, por su injusticia, de la enfermedad del mancebo. Ante el interés que por éste manifestaba el Rey, los cortesanos, que en todo tiempo y en todas partes se parecen, empezaron a porfía a dar muestras de gran cuidado por la salud del joven Almirante. La inquietud y la emoción llegaron a su colmo cuando el Soberano, dirigiéndose a Don Fernando de Toledo, Comendador mayor de León y hermano del duque de Alba, le dijo estas palabras: —Primo mío, ved de mi
parte a Diego Colón, decidle cuánto siento su enfermedad, y cuán
de veras le estimo. El Comendador se inclinó
respetuosamente, y se dispuso a cumplir el real encargo, a tiempo
que el monarca volvió a
llamarle, y le dijo en secreto algunas palabras. Cuando llegó a la casa de
Don Diego, el regio emisario fue recibido por Fernando Colón, que
quiso excusar a su hermano de
la visita diciendo que había dormido muy mal la noche anterior, y que en la actualidad
descansaba; pero el Comendador insistió en ver al enfermo,
afirmando que creía llevarle el alivio con
su visita. Conducido al aposento de Don
Diego, le hallaron efectivamente en su lecho; pero al tomarle
la mano el Comendador observó
que no tenía alteración su calor natural, ni ofrecía ningún otro
síntoma de enfermedad que un
tinte de sombría tristeza esparcido en el semblante. ~¿Qué tenéis, Don Diego?
—le preguntó en tono amistoso-; ¿Cuál es vuestro mal? —Mi mal, señor, está en
el corazón, que ya sangra y desfallece ante la injusticia del Rey. —No habléis en tales términos
de vuestro señor y el mío, —dijo el de Toledo frunciendo
ligeramente el entrecejo—.
Creed más bien que tendrá sus razones graves, ligadas con el bien
del Estado, al no acceder a
vuestros deseos. —Es, señor —repuso Don
Diego—, que no puedo conformarme con que la razón de Estado
ahogue mis legítimos
derechos; ni veo qué males pueden sobrevenir, al Rey ni al Estado,
de que se me haga justicia, siendo
como soy un fiel vasallo. —Pues bien, Don Diego, no
dejéis de serlo con vuestra impaciencia; ved que perderéis
mucho con ello. El Rey, mi
primo y señor, os quiere y estima, y en prueba de esta verdad, aquí
me tenéis que vengo de orden
suya a aseguraros su aprecio y cariño. —Mucho agradezco a su
Alteza y os agradezco a vos el cuidado, ilustre Comendador. —Hay más todavía, señor
Don Diego —continuó Don Fernando de Toledo-; traigo encargo
del Rey de deciros que
enteramente convencido de vuestra fidelidad, os propone el título
de duque, con una cuantiosa
renta sobre los beneficios de la corona, con tal que cedáis a ésta vuestros derechos y títulos
heredados de Don Cristóbal, vuestro ilustre padre, que son
incompatibles con las
prerrogativas reales. A estas palabras se incorporó
Diego Colón, miró fijamente al comisario regio, y le dijo con
voz sonora y ademán altivo: —Dignaos decir al Rey, que
yo, su fiel súbdito, consentiré gustoso en que me despoje de todo
haber, de toda dignidad y
preeminencia, y en servirle como el último
de sus soldados o como su más humilde vasallo, más bien que
sacrificar voluntariamente,
por pacto de vil interés, ninguno de los dictados que con
testimonio de su gloria me legó mi
inmortal progenitor. Don Fernando de Toledo,
profundamente conmovido, tendió la diestra al generoso mancebo,
diciéndole: —Tenéis razón, Don Diego;
mucha razón. Adiós. Tan pronto como el enviado
del Rey le dejó solo, Diego Colón se levantó con vivacidad
febril, se vistió y dispuso
salir de paseo a caballo con su hermano Don Fernando. Este le
objetaba la inconveniencia de
presentarse en público cuando había hecho anunciar en palacio que
estaba enfermo, y a esa
circunstancia había debido la visita del noble Comendador, en
nombre del Rey; pero el joven Almirante acalló
los reparos de su buen hermano diciéndole que él no sabía fingir; que había dicho la verdad a
Don Fernando de Toledo, y que su partido estaba tomado ya, conformándose con su suerte;
y por consiguiente, que la tristeza y el abatimiento lo habían
abandonado, como sucede
siempre que el hombre acepta con ánimo resignado los reveses de la
fortuna. Era Fernando Colón, por la
superioridad de su talento, así como la nobleza y generosidad de
sus sentimientos y su educación
filosófica, muy capaz de apreciar esta resolución varonil de Don
Diego, y así, no hizo más
que aplaudiría, y confirmarle en ella con elocuentes reflexiones. Departiendo de esta manera
los dos nobles hermanos, su paseo fue ameno y se prolongó hasta
muy avanzada la tarde. Al
regreso, ambos jinetes lleno el ánimo de ideas plácidas y el
semblante iluminado con los reflejos de
su pura conciencia, conversaban todavía animadamente, mientras que sus dóciles corceles
marchaban airosos al paso regular y contenido, como cuidando de no interrumpir aquella agradable
y discreta conversación. Iban así, atentos, el uno al otro, por la vasta alameda que conducía a
la puerta principal de Valladolid, cuando se cruzaron con varios
escuderos que precedían a
una joven dama, acompañada de tres o cuatro señores, todos a
caballo. Los Colones saludaron cortésmente
al pasar junto a la brillante comitiva, uno de cuyos
jinetes, el Comendador mayor
Don Fernando de Toledo, detuvo su caballo al contestar el saludo
de los hermanos, y dijo: —Parad todos, señores: ¿cómo
así, Don Diego, tan lozano y arrogante, cuando suponía que
estabais aún con vuestra
calentura? Recogieron los dos hermanos
las bridas de sus caballos, y Don Diego contestó a la
interpelación del
Comendador: —Señor; vuestra visita me
hizo tanto bien, que mató como por encanto la melancolía que
me atormentaba, y me sentí
bueno en el acto. —¿Sabéis, Don Diego, que
el Rey está muy enojado con vos? Le he dicho palabra por
palabra vuestra respuesta.
Pero ¿qué hago? ¿Cómo os impido acercaros a saludar esta
amazona, que no me perdonará tamaña descortesía? Y el buen caballero invitaba
con el gesto a sus interlocutores a acercarse a la joven y bella
dama, que había detenido su
caballo a algunos pasos de distancia. Llegáronse a ella los tres,
y mientras los hermanos dirigían sus cumplidos a la dama, el Comendador dijo a ésta: —Maria, mi amada hija,
felicita al Almirante Don Diego por su dignidad y entereza. Hoy ha
dado gran prueba de si. El
Rey mismo se ha quedado maravillado, y en vez de enojarse, Don
Diego, desea volveros a ver,
y espera que al fin quedaréis satisfecho de él. Dichas estas palabras, Don
Fernando saludó afectuosamente a los dos hermanos, y la joven
al despedirse les dirigió
una sonrisa candorosa, que expresaba de un modo inequívoco la más franca
simpatía. Alejáronse el uno del otro
los dos grupos, narrando al pormenor el Comendador a su hija la
escena de por la mañana en
casa de Don Diego; mientras que éste repetía dos y tres veces,
como hablando consigo mismo: —¡Qué
hermosura tan espléndida! Fernando Colón movió la
cabeza maliciosamente, y guardó silencio respetando la
preocupación de su hermano.
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