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XVII Las Casas por su parte, no
estando ya retenido en la capital por el noble interés de ayudar a
Méndez en su ardua empresa
de hacer entrar en razón al Comendador, pidió a éste licencia
para ir a Higüey a compartir los
trabajos de la expedición contra los indios sublevados. Bien recordó Ovando la solicitud idéntica
que le hizo el Licenciado en Jaragua, cuando quiso asistir a la
guerra del Bahoruco; pero esta vez
estaba completamente seguro de que los esfuerzos caritativos de Las Casas serían estériles, y
que sus sanguinarias instrucciones a Esquivel tendrían puntual
ejecución al pie de la letra. Por
consiguiente, concedió de buen grado y con sarcástica sonrisa la
licencia que se le pedía, contento en
su interior de los trabajos que el generoso joven iba a arrostrar en Higúey, para recoger el
amargo desengaño de que nadie le hiciera caso. Efectivamente, Las Casas no hizo en aquella
guerra de devastación y exterminio sino el papel, nada grato para
su compasivo corazón, de
espectador y testigo de las más sangrientas escenas de crueldad,
contra las que en vano levantaba su
elocuente voz para evitarías o atemperar el furor implacable de Esquivel y sus soldados. Todo
se llevó a sangre y fuego: la espada y la horca exterminaron a porfía millares y millares
de indios de todas clases y sexos. Inútilmente se ilustró aquella
raza infeliz con actos de sublime
abnegación inspirados por el valor y el patriotismo. El caudillo español, con sus
cuatrocientos hombres cubiertos de acero, y algunas milicias de
indios escogidos en la sumisa e
inmediata provincia de Icayagua, no menos valerosos y aguerridos que los higúeyanos, todo lo
arrolló y devastó en aquel territorio, que ofrecía además pocas escarpaduras inaccesibles y
lugares defendidos. El jefe rebelde Cotubanama, cuya intrepidez
heroica asombraba a los españoles, reducido al último extremo,
habiendo visto caer a su lado a casi todos sus guerreros, se
refugió en la isla Saona, contigua a la costa de Higuey; permaneció allí oculto algunos días, y
al cabo fue sorprendido y preso por los soldados de Esquivel, a
pesar de la desesperada resistencia
que les opuso. Conducido a Santo Domingo, no valió la empeñada recomendación de su
vencedor, movido sin duda por un resto de la antigua amistad que profesaba al valeroso
cacique, para que se le perdonara la vida; y el inexorable Ovando lo
hizo ahorcar públicamente. Las Casas había regresado a
la capital, no bien terminó la campaña, con el alma enferma y llena de
horror por las atrocidades indecibles que había presenciado en la
llamada guerra de Higúey. —Buenas cosas habréis
visto, señor Las Casas —dijo el Comendador con cruel ironía al
presentársele el Licenciado. —Ya las contaré a quien
conviene —respondió el filántropo. —¿A quién? —repuso
altivamente Ovando. —¡A la posteridad!
—replicó mirándole fijamente Las Casas.
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