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1 - XXVIII - Mutación

XXVIII  
MUTACIÓN

  No estaba el Gobernador Ovando en la capital de la colonia en aquellos días. Hallábase en  Santiago, lugar muy ameno y salubre, a orillas del caudaloso río Yaque, cuya posición central le  permitía atender a los negocios de todo el Cibao cómodamente; y vivía muy ajeno a la idea de  ser relevado del gobierno de la Isla. En igual descuido yacían todos los empleados y demás  colonos al extremo de que un sobrino del Gobernador, que éste había hecho alcaide de la  fortaleza de Santo Domingo, llamado Diego López, faltando a sus deberes, se encontraba ausente  de su puesto, y atendiendo a una granja o estancia que tenía, distante como dos leguas de la  ciudad.

  Al divisarse la escuadra compuesta de tan crecido número de bajeles, se cubrió de curiosos  toda la ribera del mar, y algunos botes provistos de bastimentos salieron a cual más lejos a hacer  su tráfico según solían cada vez que se avistaban naves en el horizonte. A poco rato una de estas  embarcaciones regresó a tierra después de haber vendido sus víveres a una fusta que se había  adelantado a los otros buques de la escuadra; y entonces supieron los curiosos la noticia del  arribo del nuevo Gobernador, la cual cundió por toda la ciudad con rapidez eléctrica. Los  oficiales reales y el Ayuntamiento, aturdidos con tal novedad, se decoraron aceleradamente,  corrieron a la marina, y embarcándose en una falúa de gala salieron a la rada a ofrecer sus  respetos a los ilustres viajeros; pero por mucha diligencia que desplegaron, cuando los remeros  se abrían por los pechos haciendo volar la embarcación oficial por fuera de la boca del puerto, ya  la escuadra toda había echado anclas, y los barcos parecía que aguardaban con impaciencia,  balanceados por las gruesas olas de la rada, el cumplimiento de las etiquetas de ordenanza.

Los regidores y oficiales abordaron a la galera capitana; fueron recibidos con agrado por Don  Diego Colón y su familia, y formularon su voto ferviente de que cuanto antes hicieran su  desembarco los insignes huéspedes.  

Preguntó el Almirante por el Gobernador y el jefe de la fortaleza, y fue informado de su  ausencia. Una hora después se dio la orden de levar anclas la nave capitana y las demás en que  iban los equipajes mas preciosos: entraron con viento favorable en la ría, y se efectuó el  desembarco en medio de un numeroso gentío, que al estruendo de los cañones de la escuadra  haciendo las salvas de ordenanza, prorrumpió en vítores a los Colones con ese frenético  entusiasmo a que tan fácilmente se entrega en todas partes, por motivos y razones más o menos  fundadas, la ciega e impresionable multitud. 

 Brindaron los regidores al Almirante y su familia con un alojamiento tan conveniente cuanto  las circunstancias de la colonia y la ninguna preparación del momento podían permitir; pero Don  Diego les contestó que agradecía su ofrecimiento, no aceptándolo por razones políticas; y  después de haber estado en el templo principal dando gracias a Dios cristianamente por su feliz  arribo, se dirigió a la fortaleza, de la cual tomó inmediata posesión sin ceremonias ni  cumplimientos de ningún género.  A esta sazón ya los correos devoraban la distancia en todas direcciones, llevando la noticia  de tan gran novedad a todos los ámbitos de la isla. Ovando se puso en marcha para la capital sin  demora, y su contrariedad y enojo fueron grandes cuando supo la falta en que había incurrido su  sobrino, el alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, no hallándose en su puesto al llegar el  nuevo Gobernador. 

 Tal fue al menos el desahogo que dio a su descubrimiento, cohonestándolo con el indicado  motivo. El Almirante y su esposa le hicieron el más amable recibimiento; pero el irascible  Gobernador insistía en deplorar con acritud la indisciplina de su joven pariente, y en su propósito  de castigar el desorden de un modo ejemplar. Fue preciso que Don Diego interpusiera cortésmente su ruego en favor del delincuente, y Ovando hubo de deponer al fin el ceño, y  encubrir del todo su mal humor, para entregarse en cuerpo y alma a los deberes de la etiqueta  cortesana.

  Inauguráronse, pues, grandes fiestas, convites, saraos, cabalgatas a los campos vecinos, y  cuanto puede sugerir a los ingenios aduladores la riqueza desocupada. La colonia reunía todos  los elementos de una pequeña corte, en la que resplandecían los más delicados refinamientos de  la época. Los seis años de paz tiránica que Ovando llevaba en el gobierno habían elevado la isla  Española al apogeo de su grandeza; los brazos de los indios, aplicados a las construcciones  civiles bajo la dirección de entendidos arquitectos, habían convertido la humilde nereida del  Ozama en una hermosa ciudad, provista de edificios elegantes y vistosos, con calles tiradas a  cordel y casas particulares de aspecto imponente y gran suntuosidad interior; y el lujo se había  desarrollado a tal extremo, que el adusto Rey Fernando, cuya mirada perspicaz todo lo veía en la  vastísima extensión de los reinos y dominios sometidos a su cetro, hubo de dictar más de una vez  pragmáticas severas, especialmente encaminadas a restringir la refinada ostentación a que  estaban entregados los opulentos moradores de la isla Española.

  Los Virreyes por su parte, jóvenes, recién casados y ricos, habían hecho las más ostentosas  prevenciones para instalarse con el decoro de su rango en la opulenta colonia. Las damas de su  séquito, “aunque más ricas de bellezas que de bienes de fortuna”, según la expresión usual de los  historiadores de aquel tiempo, se ataviaban con todo el esmero y bizarría que sus altas  aspiraciones y los ilustres apellidos que llevaban exigían de ellas; y los caballeros lucían análogamente  los más de ellos los ricos trajes que el año anterior se habían hecho en Italia, cuando  regresaron a España acompañando al Gran Capitán Gonzalo de Córdoba, que se retiraba cubierto  de gloria de su virreinato de Nápoles.  Se explica, pues, que el tren y boato de las fiestas y ceremonias públicas en la capital de La  Española, justificaran el dictado de pequeña corte, que, siguiendo a más de un escritor de fama,  hemos dado a la magnífica instalación de los Virreyes en su gobierno.

Ovando trató de poner  pronto término a la mortificación que sin duda debía experimentar, participando de unos festejos  que, sobre celebrar su propia caída, eclipsaban los mejores días de su finado poder en la colonia.  Ya aceleraba sus preparativos de marcha, cuando un terrible huracán desató su furia sobre la isla,.maltratando lastimosamente la lucida escuadra que había conducido a Diego Colón, y en que  debía embarcarse el Comendador. La nave, capitana, que era muy hermosa, se fue a pique,  cargada de provisiones y de otros efectos de valor, que aún no se habían desembarcado. Cuando  al siguiente día salió el sol, sus rayos alumbraron un cuadro de sombría desolación, tanto en la  costa como en el mar. Miserables despojos, fragmentos flotantes, árboles descuajados, casas de  madera sin puertas ni techumbre, se ofrecían a la vista por todas partes. Afortunadamente, en la  ciudad del Ozama era ya muy considerable el número de las casas y fábricas de cal y canto. Por  fuerza hubo de demorarse la partida de Ovando, hasta rehabilitar los barcos que necesitaba para  su regreso a España. 

 Este retardo dio lugar a otra mortificación mayúscula para el orgulloso Comendador, cual fue  presenciar las publicaciones y apertura del juicio de residencia a que debían someterse sus actos  de gobierno y los de sus alcaldes mayores.

Llamóse a son de trompa a los agraviados y quejosos,  y en los lugares más públicos y concurridos se fijaron carteles o edictos declarando que se  recibirían por espacio de treinta días las denuncias e inscripciones en demanda contra el que  poco tiempo antes era omnipotente y gobernaba como señor absoluto las cosas de la colonia y  del Nuevo Mundo; de donde conocían, según el historiador Herrera, que no es bueno ensoberbecerse  en la prosperidad. 

1 - I - Incertidumbre | 1 - II - Separación | 1 - III - Lobo y Oveja | 1 - IV - Averiguación | 1 - V - Sinceridad | 1 - VI - El Viaje | 1 - VII - La Denuncia | 1 - VIII - Exploración | 1 - IX - La Persecución | 1 - X - Contraste | 1 - XI - El Consejo | 1 - XII - Persuasión | 1 - XIII - Desencanto | 1 - XIV - Un Héroe | 1 - XV - Consuelo | 1 - XVI - El Socorro | 1 - XVII - La Promesa | 1 - XVIII - El Pronóstico | 1 - XIX - Salvamento | 1 - XX - Astros en el Ocaso | 1 - XXI - El Convento | 1 - XXII - Causa de Odio | 1 - XXIII - Reclamación | 1 - XXIV - El Encuentro | 1 - XXV - La Demanda | 1 - XXVI - Apogeo | 1 - XXVII - Derechos Hereditarios | 1 - XXVIII - Mutación | 1 -  XXIX - Informes Personales | 1 - XXX - Efecto Inesperado | 1 -  XXXI - Impresiones Diversas | 1 - XXXII - Lucha Suprema | 2 - I - Alianza Ofensiva | 2 - II - Ansiedad | 2 - III - Presentación | 2 - IV - El Billete | 2 - V - El Consejero | 2 - VI - Alarma | 2 - VII - La Sospecha | 2 - VIII - El Aviso | 2 - IX - Nube de Verano | 2 - X - Golpe Mortal | 2 - XI - Aclaración | 2 - XII - Amonestación | 2 - XIII - Compromiso | 2 - XIV - Vaga Esperanza | 2 - XV -  Contrastes | 2 - XVI - Resolución | 2 - XVII - Deliberaciones | 3 - XVII - Improvisación | 3 - XVIII - Explicaciones | 3 - XIX - Justificación | 3 - XX - Residencia | 3 - XXI - Compendio | 3 - XXII - Sesión Célebre | 3 - XXIII - Vida Nueva | 3 - XXIV - Tramas | 3 - XXV - Suspicacia | 3 - XXVI - Pretexto | 3 - XXVII - Novedades | 3 - XXVIII - Conferencia | 3 - XXIX - Derecho y Fuerza | 3 - XXX - Abatimiento | 3 - XXXI - Arreglos | 3 - XXXII - Cambio de Frente | 3 - XXXIII - Crisol | 3 - XXXIV - Rapacidad | 3 - XXXV - El Bahoruco | 3 - XXXVI - Malas Nuevas | 3 - XXXVII - Rectificación | 3 - XXXVIII - Desagravio | 3 - XXXIX - Recurso Legal | 3 - XL - Última Prueba | 3 - XLI - Alzamiento | 3 - XLII - Libertad | 3 - XLIII - El Dedo de Dios | 3 - XLIV - Guerra | 3 - XLV - Conversión | 3 - XLVI - Razón contra Fuerza | 3 - XLVII - ¡Ya es Tarde! | 3 - XLVIII - Transición | 3 - XLIX - Declinaciones | 3 -L - Celajes | 3 - LI - Paz (Final)


 


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