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IX El espionaje de los indios no
era un accidente anormal, que se efectuara por virtud de
consignas especiales, y
sujeto a plan u organización determinada. Era un hecho natural, instintivo, espontáneo, y no
ha faltado quien suponga que estaba en la índole y el carácter de aquella raza. Pero esto no
era sino una de tantas calumnias como se han escrito y se escriben
para cohonestar las injusticias;
porque es muy antigua entre los tiranos la práctica de considerar
los efectos de su iniquidad como
razonables motivos para seguir ejerciéndola. El indio de Haití, confiado y sencillo al
recibir la primera visita de los europeos, se hizo naturalmente
arisco, receloso y disimulado en
fuerza de la terrible opresión que pesaba sobre él; y esta opresión
fue haciéndose cada día más
feroz, a medida que los opresores iban observando los desórdenes
morales que eran la necesaria
consecuencia de sus procedimientos tiránicos. El indio, a quien extenuaba
el ímprobo trabajo de lavar oro en los ríos, guardaba
cuidadosamente el secreto de
los demás yacimientos auríferos que le eran conocidos, y aplicaba todo su ingenio a hacer que
permanecieran ignorados de sus codiciosos verdugos: si tenía hambre, estaba obligado a
refinar sus ardides para hurtar un bocado, a fin de que el látigo
no desgarrara sus espaldas, en
castigo de su atrevimiento y golosina; y así aquella raza infeliz,
de cuyo excelente natural había
escrito Colón que “no había gente mejor en el mundo”,
degeneraba rápidamente, y se hacia en
ella ley común la hipocresía, la mentira, el
robo y la perfidia. Cuando los cuerpos se rendían a la fatiga y los malos tratamientos, ya las
almas habían caído en la más repugnante abyección. Tanto puede
la inexorable ferocidad de la
codicia. Los recientes sucesos de
Jaragua, al refugiarse Guaroa en las montañas, habían aguzado,
como era consiguiente, la
predisposición recelosa de los indios. Ningún movimiento de los españoles, ninguna
circunstancia, por leve e insignificante que fuera, pasaba
inadvertida para su atenta y minuciosa observación.
Desde las riberas del litoral marítimo donde tenían su asiento los establecimientos y nuevas
poblaciones fundadas por los conquistadores, hasta el riñón más oculto de las montañas donde
se albergaba el cacique fugitivo, ‘los avisos funcionaban sin
interrupción, como las mallas de una densa red, partiendo del
naboria que con aire estúpido barría la casa del jefe español,
y corriendo de boca en boca por un cordón perfectamente continuado de escuchas y
mensajeros; del aguador al leñador, del leñador al indio viejo y estropeado, que cultivaba al
pie de la montaña un reducido conuco; y del indio viejo a todos los
ámbitos del territorio. Esto hacía que la faena
impuesta por Ovando a Diego Velázquez ofreciera en realidad más
dificultades de las que a
primera vista podían esperarse. El capitán español llevaba por instrucciones capturar o
matar a Guaroa a todo trance, debiendo recorrer las montañas con el ostensible propósito de
reorganizar el servicio de los tributos, interrumpido y trastornado
por la muerte trágica de los
caciques. Mientras que la hueste española hacía el primer alto a
la entrada de los desfiladeros de la
Silla, la noticia de su expedición cundía con rapidez eléctrica
por todas partes, y llegaba a los oídos
del prudente y precavido Guaroa, en la mañana del día siguiente.
El jefe indio, que había fijado
su residencia en la ribera del lado más distante del camino real,
se aprestó inmediatamente a
recibir y aposentar los fugitivos que desde el mismo día, según
las órdenes e instrucciones que
de antemano había comunicado a su gente, no podían menos de comenzar a afluir en derredor
suyo. Como se ve, el plan de campaña de los indios tenía por base principal la fuga; y no podía
ser de otro modo, tratándose de una población inerme y aterrada
por recientes ejemplares. Después
de diez años de experiencia, los indios de La Española, a pesar de su ingénito valor, no podían
proceder absolutamente como salvajes sin noción alguna suficiente para comparar sus débiles
fuerzas con las de sus formidables enemigos. El período de combatir dando alaridos y ofreciéndose
en muchedumbre compacta al hierro, al fuego de la arcabucería y a las cargas de caballería
de los españoles, había pasado con los primeros años de la
conquista, y su recuerdo luctuoso servía
esta vez para hacer comprender a Guaroa que debía evitar en todo lo posible los encuentros, y
fiar más bien su seguridad al paciente y penoso trabajo de huir con rapidez de un punto a otro,
convirtiendo sus súbditos en tribu nómada y trashumante, y esperándolo
todo del tiempo y del
cansancio de sus perseguidores. No quiere esto decir que
estuviera enteramente excluido el combate de los planes de Guaroa;
no. El estaba resuelto a
combatir hasta el último aliento, y de su resolución participaban
todos o los más de sus indios; pero
solamente se debía llegar a las manos cuando no hubiera otro
recurso; o cuando el descuido o la
fatiga de los españoles ofreciera todas las ventajas apetecibles
para las sorpresas y los asaltos.
Fuera de estos casos, la estrategia india, como la de todos los
grandes capitanes que han tenido que
habérselas con fuerzas superiores, debía consistir en mantenerse fuera del alcance de los
enemigos, mientras llegara el momento más favorable para medirse
con ellos. Los extremos siempre
se confunden, y la última palabra de la ciencia militar llegará a
ser probablemente idéntica al
impulso más rudimentario del instinto natural de la propia
conservación. Según lo había supuesto el
caudillo indio, al caer la tarde del mismo día de la entrada de
Velázquez en los
desfiladeros comenzaron a llegar al Lago Dulce los principales
moradores de las montañas, con sus deudos
y amigos más aptos para las agitaciones y los azares de la vida errante que iban a emprender,
y muchos de ellos acompañados de sus mujeres e hijos. Guaroa les dio albergue en un extenso
guanal, a corta distancia del lago, donde con poco trabajo quedaron improvisadas espaciosas y abrigadas viviendas,
cubiertas de guano, cuyos troncos
redondos y derechos tienen cierta
semejanza con las esbeltas columnas de que tan feliz uso ha sabido
hacer la arquitectura árabe. Allí
pudo admirarse la previsión de que eligió aquel sitio como punto
de reunión general. Los
mantenimientos y variedad de víveres enriquecían toda la ribera
del azulado y vistoso lago. Sus
tranquilas aguas, si no eran las más puras y gustosas al paladar,
ofrecían en cambio fácil y abundante
pesca; mientras que contra las exigencias de la sed, multitud de fuentecillas y manantiales
brindaban sus límpidas y refrigerantes corrientes, deslizándose
por en medio de deliciosos vergeles
naturales, en los que confundían y estrechaban sus caprichosos lazos, en agraciado
consorcio, lozanas enredaderas silvestres cuya pomposa florescencia engalanaba los arbustos con
variados y brillantes matices, y donde al pasar el aura apacible
embalsamaba su aliento con
los perfumes robados a las hierbas aromáticas. Diego Velázquez penetró en
la
sierra, y pronto echó de ver la soledad y el
abandono que reinaba a su rededor; pocos
indios, los más ancianos, los inválidos y algunas horribles
mujeres, eran los ejemplares que de la raza se ofrecían a su vista.
No era la primera vez que él visitaba la montaña, adonde le habían
conducido anteriormente comisiones importantes, como la de percibir los tributos, y persuadir a
los indios a formar caseríos o poblados, renunciando a su vida
aislada y huraña. En esta diligencia
había obtenido lisonjeros resultados, que hacían honor a su
talento y su destreza para tratar con
aquellos indígenas. Tenía entre ellos algunos conocidos con
quienes había ejercido actos de
bondad, y que le demostraban siempre gratitud y cariño. Pero en
vano buscó, indagó y preguntó
por algunos de sus colombroños, que así solía llamar
familiarmente a los que para significarle
amor y adhesión tomaban su nombre; costumbre muy común entre aquellos naturales. Todos huían
de su vista cuidadosamente; y es muy probable que mientras Velázquez abrumaba con
preguntas inútiles al indio viejo que apáticamente fumaba su túbano sentado a la puerta del bohío,
el individuo cuyo paradero investigaba con tanto ahínco el capitán
español, estuviera mirándolo
y oyéndolo desde su escondite en la vecina arboleda. Esta exploración infructuosa
duró un mes: los escasos habitantes con quienes tropezaba
Velázquez parecía que se
habían dado el santo y seña para responder de un modo invariable: todos hacían el papel de estúpidos;
hablaban maquinalmente y con absoluta incoherencia, de lo
que les era preguntado. Si
alguna vez se conseguía por excepción topar con un ser
medianamente Alguna vez tomaban la
precaución de atar al guía, y amenazarle con palos o con la muerte
si Sea por piedad o por política,
esta conclusión de Diego Velázquez le indujo a poner en y así, al cabo de una semana
de estar practicando tan benévolo sistema, Velázquez forzaba Uno de aquellos montañeses
—el que más idiota parecía al principio-, llegó un día a Al anochecer volvió el viejo
en su acuerdo, recapacitó sobre su funesta indiscreción, y Fue forzoso abandonar
apresuradamente las hospitalarias riveras del Lago Dulce, que por lo Cuando Velázquez llegó a la
orilla del Lago Dulce halló los vestigios de la reciente presencia Así, desde que llegaron al
guanal del Lago y se hallaron agradablemente instalados, Velázquez La que ocupaba Guaroa con su
gente sólo era adecuada para servir como reducto de guerra; Los depósitos de agua
potable en los canjilones de la granítica meseta eran reducidos y
escasos. No había allí sembrados ni
cultivos de ninguna especie, y en dos o tres días quedaron Un día a tiempo que los
exploradores de Guaroa, en número de ocho, despojaban un lozano No tardó el jefe español en
emprender operaciones activas para sojuzgar o destruir aquellos Pero la vigilancia de este
caudillo proveyó a la defensa con una oportunidad y buen concierto Esta defensa se hacía en
absoluto silencio por parte de los indios: Solicito Guaroa acudió a
todos; los exhortó a la esperanza; los tranquilizó, y les señaló
el
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